El corto verano del flower-negacionismo

  • La mascarilla es demasiado golosa como para no convertirla en símbolo de una revuelta comodona, sin mayor fundamento teórico que cadenas de WhatsApp.

¿Quién no alberga en su interior una semilla, por pequeña que sea, de rebeldía e inconformismo? Democracias representativas que funcionan por delegación, individualismo salvaje, capitalismo despiadado, patriarcado por doquier, fronteras férreas, muertos en pateras, educación excesivamente tutelada, sanidad desbordada, crianzas sin políticas de conciliación, burocracias laberínticas, medios de comunicación sin vocación de servicio público y, donde quiera que uno mire, injusticias y desigualdades de todo tipo. Demasiado para el cuerpo. El Leviatán parece inconmensurable, imperturbable, rocoso como un antidisturbios atizando a un ingenuo, una ingenua, que tenga la ocurrencia, por ejemplo, de frenar un desahucio. No me digan que no da pereza alzarse contra este estado de cosas.

Dan ganas de quedarse en el sofá y empezar alguna revolución sin salir de casa o, cuando menos, algún movimiento contestatario a golpe de click. Esas ganas crecen sobre todo en verano, y más en uno como el que acabamos de pasar, con la movilidad reducida, los ahorros enflaquecidos, el futuro laboral en el aire y los subsidios sin llegar: un verano tan propenso al aburrimiento.

Para algunos el mayor problema que atraviesa este país es el uso obligatorio de mascarillas. Ahí ven el mayor esfuerzo del Estado neoliberal por domeñar nuestra conciencia, doblegar nuestra voluntad, aniquilar el libre albedrío o, lo que es peor, evitar el abrazo, la composición de los cuerpos para crear un nosotros. En definitiva, la mascarilla es la novedosa vía para constreñirnos, una vez más, en el individualismo. La mascarilla, el coronavirus en sí, tiene todo para que germine nuestra semilla rebelde sin tener que acudir a farragosas asambleas, sin llenar de nuevo las plazas, sin poner esos cuerpos que antes echábamos de menos en los portales amenazados de desahucios, en las manifestaciones contra las sentencias favorables a violadores. La mascarilla es demasiado golosa como para no convertirla en símbolo de una revuelta comodona, sin mayor fundamento teórico que cadenas de WhatsApp. Yo lo entiendo. Seguir leyendo “El corto verano del flower-negacionismo”