‘Vengo de ese miedo’: poner cuerpo y voz al horror de la violencia infantil

  • portada_vengo-de-ese-miedo_miguel-angel-oeste_202207111619 (1)El relato de supervivencia del malagueño Miguel Ángel Oeste sobre el maltrato al que le sometieron sus padres, a la postre un retrato de época, me dejó, por primera vez en mi vida, sin palabras después de terminar un libro.

[Publicado originalmente en elDiario.es]. A lo largo de 300 páginas Miguel Ángel Oeste quiere matar a su padre, un mantra que repite una y otra vez, para desconcierto inicial del lector, en el relato autobiográfico Vengo de ese de miedo (Tusquets). Cuando uno concluye esta lectura se pregunta: “¿Por qué no lo has matado?”. O aún peor: “¿Por qué no te mataste tú, cómo conseguiste sobrevivir a las palizas, abusos, humillaciones y vejaciones a los que desde niño te sometió de manera constante tu padre?”. Y tu madre. De hecho, este estremecedor libro arranca con la muerte de ella, a cuyo entierro Oeste (que se ha inventado su apellido para eludir la huella del horror) ni siquiera asistió.

Nunca antes me había ocurrido que al cerrar un libro me quedara sin palabras para describirlo. Siempre encuentro el modo inmediato de transmitir mi descontento o mi entusiasmo después de una lectura. Vengo de ese miedo me dejó tan conmocionado que las primeras palabras no llegaron sino al cabo de varios días. Por qué no lo mataste, Miguel Ángel, por qué no te mataste. Si es verdad el tópico de que un buen libro es aquel al que entras siendo uno y sales convertido en otra persona, solo puedo decir que yo ya no soy el mismo.

En medio de toda esa banalidad narcisista tan propia de la autoficción, un libro de memorias como este, si bien construido con las herramientas de la ficción, reúne algunas virtudes mayores. En primer lugar, porque, a pesar de las atrocidades que desvela, evita con maestría el tono victimista o incluso el escabroso exhibicionismo, males típicos en tantas narraciones confesionales. En segundo lugar, porque ni siquiera señala, juzga o culpa a quienes durante su calvario, y el de su hermano, miraron a otro lado. Y eso no es solo un posicionamiento ético, sino también una cuestión de pericia estilística, un dominio literario que, sin duda, eleva la calidad artística.

Como en toda buena literatura, la verdad se erige por encima de los hechos, y lo de menos es el carácter autobiográfico del libro porque a fin de cuentas trasciende su propia historia

Esta es, de hecho, una de las claves de Vengo de ese miedo. Sin complacencia, sin concesiones y rehuyendo cualquier escena fácilmente lacrimógena, Oeste ha compuesto un texto medido, siempre en equilibrio, que atraviesa al lector sin caer en la truculencia. A la postre, consigue algo que solo un verdadero narrador puede lograr: que la realidad no se confunda con el realismo, que por muy ciertos que sean los hechos expuestos no parezcan inverosímiles, un defecto harto común cuando leemos historias tan centradas en el mero acontecimiento que acaban perdiendo su verdad en favor del morbo.

Aquí ocurre lo contrario: como en toda buena literatura, la verdad se erige por encima de los hechos, y lo de menos es el carácter autobiográfico del libro porque a fin de cuentas trasciende su propia historia. Esto es así porque el libro se acaba convirtiendo en el retrato de una sociedad, de un país y una época concretos. Y, por supuesto, el de una generación que en numerosas ocasiones padeció desde el silencio una espeluznante experiencia que, si bien hoy deja traumatizados de por vida a tantos adultos, al menos se visibiliza. Incluso con leyes específicas. No era así hace cuarenta años. Entonces, sin siquiera protocolos escolares, una maestra podía pasar por alto que las calificaciones de un alumno aplicado se descalabraran estrepitosamente y sin causa aparente. El maltrato es también el silencio de quienes tienen poder para atajarlo. Y si no que pregunten a la jerarquía eclesiástica.

Oeste ha puesto carne, vísceras, dolor y angustia a la frialdad de la prosa jurídica, de las estadísticas, de la distancia creada por cierta ficción o, de manera paradójica, por los titulares de las monstruosidades más noticiables, como la de los abusos sexuales intrafamiliares, que en realidad suponen la culminación de procesos largos y espantosos. Aquí no hay escapatoria. O, mejor dicho, sí la hay, pero no por la puerta de atrás de cualquier truco literario más o menos resultón. Y la hay porque el propio testimonio de su autor, hoy padre de dos niñas, arroja la luminosa certeza de que él encontró la fuga, el aire, la vida.

Si quieran saber cómo lo hizo, darán con algunas pistas en sus anteriores novelas. Después de todo, quizás hoy somos algo mejores.

Maltratar al resto de homínidos es maltratar nuestra humanidad

  • Catorce años después de que el Gobierno de Zapatero ignorara una Proposición no de Ley aprobada por el Parlamento, seguimos sin una norma que cumpla con el proyecto Gran Simio y prohíba el cautiverio y maltrato al resto de homínidos.

Orangutan Rocky[Publicado originalmente en elDiario.es]. Hace media vida comencé a cursar Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid pero, sobre todo durante el primer año, me saltaba algunas clases. Con la persona con la que salía por entonces asistía a las numerosas ofertas culturales y de todo tipo que siempre ofrecía la ciudad. En una de aquellas mañanas se nos ocurrió visitar el zoo de Madrid, una experiencia que estaba ligada, como la de tanta otra gente, a la infancia. Terminé completamente traumatizado, y nunca más he pisado ningún otro zoológico.

Nunca he olvidado a una pareja de orangutanes, hembra y macho, si no recuerdo mal, cada uno en su celda acristalada, situada en un pabellón cerrado. Las celdas estaban separadas por un tabique, también de cristal, que no llegaba hasta el suelo. Uno de los orangutanes me miró a los ojos, con una expresión absolutamente desolada, sin duda con plena conciencia de su estado de encierro, de que su vida consistía en eso, en estar expuesto a través de una cristalera para que otros simios no tan diferentes a él le contemplaran en su calvario, en su existencia reducida a unos pocos metros cuadrados. En un momento dado, el orangután metió la mano hasta la otra celda por el hueco de ese tabique de vidrio que no llegaba hasta el suelo, y su compañero se la estrechó. Así, cogidos de la mano, nos miraron durante unos segundos insoportables. Fue la culminación de un periplo que nos había dejado algunas otras estampas nada memorables.

El sufrimiento de los orangutanes por la privación de libertad y la falta de contacto con sus similares es prácticamente igual que el nuestro en situaciones idénticas

He recordado todo ello porque en estos meses ha arrancado su recorrido, primeramente por festivales, el documental Persona (no) humana, de Álex Cuéllar y Rafa G. Sánchez, sobre el caso de la orangutana Sandra, a la que la justicia argentina liberó de su cautiverio en un zoo y le reconoció derechos de persona no humana. La sentencia daba por sentado lo mismo que yo había comprobado hace un cuarto de siglo en el zoo de Madrid: que el sufrimiento de los orangutanes por la privación de libertad y la falta de contacto con sus similares es prácticamente igual que el nuestro en situaciones idénticas. Varias décadas de aportes filosóficos y científicos así lo demostraban. Por tanto, que en España apenas se esté haciendo nada para evitar estas aberraciones nos deja en un lugar nefasto.

Paula Casal, especialista en filosofía del derecho y autora, junto al renombrado Peter Singer, del libro Los derechos de los simios, cuenta en este artículo cómo en la época de Zapatero se aprobó una Proposición No de Ley en este sentido que el presidente ni siquiera ratificó. Por su parte, el Gobierno actual tiene comprometida una Ley de Grandes Simios. ¿Se hará algo en lo que queda de legislatura? De momento no lo parece, hasta el punto de que en España ni siquiera es ilegal la tenencia de homínidos. Y es que de eso se trata, al fin y al cabo: como explica Casal, hace tiempo que la ciencia nos ha reclasificado a todos los simios como homínidos. En palabras de José Luis Arsuaga, que participa en el documental Persona (no) humana, no es que vengamos del mono, “es que somos monos”.

Hace tiempo que la ciencia nos ha reclasificado a todos los simios como homínidos. En palabras de José Luis Arsuaga, que participa en el documental Persona (no) humana, no es que vengamos del mono, «es que somos monos»

Han pasado treinta años desde que la sociedad civil, a partir del estudio de Paola Cavalieri y Peter Singer, impulsara el Proyecto Gran Simio. Sin embargo, catorce años después de aquella Proposición No de Ley aprobada, sigue sin validarse un texto que establecía cuestiones tan básicas como “la prohibición expresa de la experimentación o la investigación cuando se cause daño a los simios y no redunde en su beneficio”. El Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030, ahora que por fin contamos con una Dirección General de Derechos de los Animales, tiene que entender que esto no es postergable, que no es negociable seguir justificando el maltrato salvaje a los otros primates, a los otros homínidos.

Seguro que ustedes también están de acuerdo, así que les sugiero un primer paso muy sencillo: firmar esta petición.

Aprender que no habéis muerto

  • Este verano la muerte me ha arrebatado a dos amigos, pero también me ha demostrado por qué la vida es diferente si hay comunidad

Ausencia (1)[Publicado originalmente en elDiario.es]. Cuando acabe este verano mi pareja y yo vamos a mudarnos y durante el próximo curso viviremos en otra ciudad antes de regresar nuevamente a Málaga. Es un plan sencillo: cargar los bultos en el coche y conducir para luego instalarnos en un piso que ya tenemos alquilado, a unos pasos del de mi hermana y su hija. Es, en definitiva, un proyecto como tantos de los que hacemos a lo largo de la vida, un proyecto que, más allá de los motivos concretos que nos llevan a esa mudanza temporal, resulta emocionante por lo que tiene de compartido, por saber que se trata de una experiencia decidida y concebida entre los dos. Entonces, ¿por qué duele, y pesa, y hay días que deja un poso amargo? Porque este ha sido un verano extremadamente cruel: la muerte me ha arrebatado a dos amigos, a dos compañeros.

Mi pareja no llegó a conocer a uno de ellos, que desde hace unos años, cuando le fue diagnosticado un cáncer de hígado, nos enseñó a todos cómo la vida también consiste en aprender a esperar a la muerte. Y llevó esa lección hasta su ultimísima hora. Hemos sido personas de varias generaciones las que aprendimos de él, y mucho de ello lo recoge este documental de Moisés Salama. De alguna manera, tuve la oportunidad de despedirme de él. No fue así con mi otro amigo, con nuestro otro amigo.

El domingo en que nos enteramos de que había muerto, con poco más de treinta años, a causa de un terrible accidente, decenas de compañeros fuimos cayendo al patio de La Casa Invisible, que ese día mantuvimos cerrada, sin nada más que hacer que llorar juntos durante horas. Unos días después nos inventábamos una ceremonia para celebrar su vida. Su familia, al otro lado del Atlántico, pudo comprobar por videoconferencia que, a pesar de los pocos años que llevaba en Málaga, formaba parte, con su pareja, de una inmensa comunidad. Esa ceremonia, sin duda, nos ha marcado a todos, ha supuesto una de las experiencias más intensas que hayamos atravesado. Sin entrar en detalles, nos reveló algo que, en nuestras sociedades adiestradas para el individualismo, o el familiarismo nuclear, casi hemos olvidado: que el sentimiento de comunidad da a la muerte un significado distinto. O lo que es lo mismo: da a la vida un significado distinto.

Las grandes religiones monoteístas han elaborado complicadas narrativas sobre la muerte y lo que viene después. En el cristianismo tenemos incluso protocolos de entrada al paraíso, como el limbo, y descripciones sobre sus habitantes, sobre cómo llegar a él, igual que las pantallas de un videojuego por las que solo avanzaremos si superamos algunas enrevesadas pruebas. Con los siglos, en paralelo al proceso de urbanización de las sociedades, los ritos funerarios se han vuelto más intrincados. Si todo ritual de despedida resulta fundamental para comenzar el duelo, parece evidente que estas complejas liturgias responden, más bien, al progresivo distanciamiento de nuestras sociedades (urbanizadas, luego industrializadas y más tarde tecnificadas) de su propio entorno, de la propia naturaleza. Es como si a medida que destruimos el medio ambiente y atomizamos la sociedad tuviéramos que exponer imaginativos relatos en los que la muerte está claramente escindida de la vida, en lugar de formar parte indisoluble de ella.

Sabían que la muerte no es lo que nos dicen, y por eso su desaparición biológica no ha puesto fin a nada

Parece que se trata de olvidar que, precisamente la naturaleza, esa de la que nos hemos separado de manera depredadora, es la esencia de la vida. Cuando menor es nuestro vínculo con ella, menos entendemos que acotar el tiempo en función de una vida humana no deja de ser una convención, como si el nacimiento y la muerte marcaran una división objetiva. Y no es así. Los ciclos vitales van más allá de lo biológico, se incardinan en un relato comunitario en el que las vidas de sus individuos únicamente son hitos de un camino mucho más largo. Por tanto, el drama de la muerte se atenúa, al comprender que la pérdida de un ser querido no supone tanto una conclusión, sino un paso más de una trayectoria que ni empieza ni acaba con nosotros, pero que tampoco se entendería sin nuestra presencia, ni se entenderá. En suma, las narrativas y liturgias de la muerte se vuelven más complicadas cuando perdemos el sentido de comunidad y de pertenencia a nuestro entorno. Solo así se explica que haya que inventar un más allá donde por fin recuperemos todo eso que nuestros sistemas sociales, del que la religión es parte insoslayable, se han encargado de destruir. Sería largo e impropio de un artículo como este desarrollar esa idea, y además seguro que alguien lo ha hecho ya.

Me disculpo por toda esta digresión. Ha sido un verano cruel, ya lo he dicho, y hace meses que le vengo dando vueltas a esto porque ninguno de mis dos amigos, ninguno de mis dos compañeros, ha tenido una despedida convencional. Sabían que la muerte no es lo que nos dicen, y por eso su desaparición biológica no ha puesto fin a nada. Me habría encantado que se hubieran conocido, pero las circunstancias lo impidieron. No tengo ninguna duda de cuánto habrían encontrado el uno en el otro.

En un rato terminaré de leer La hora sin sombra, una novela de Osvaldo Soriano que la pareja de mi joven amigo me ha regalado, con otros de sus libros. Entre sus páginas encontré una factura del primer teléfono móvil que él se compró al llegar a España en 2019, poco antes de que estallara la pandemia. Es un Alcaltel 1S 3GB + 32GB Dual SIM. Me dan ganas de llamarle, como si realmente su muerte no hubiera puesto fin a nada, y contarle que mi pareja y yo nos mudaremos unos meses después del verano y que no soporto la idea de que él ya no pueda hacer planes similares con la suya.

No hay liturgia contra eso.

No miren fijamente a Carlos Fonseca

  • La prosa de Carlos Fonseca, cuya última novela (Austral), ha publicado Anagrama, es un péndulo que poco a poco te hipnotiza hasta que la conciencia queda en suspenso para vagar por un territorio construido a la medida de su ambición.

[Fonseca (1)Publicado originalmente en elDiario.es] Si ustedes también han rebasado esa linde vaporosa que solemos conocer como “mediana edad” seguro que ya han caído en la tentación de volver a las lecturas que marcaron su juventud. Yo aproveché El Confinamiento, ese período de nuestra recentísima historia que, con una duración de apenas cien días (¡pero cuál es la duración real de cada día de reclusión domiciliaria!), ya merece las mayúsculas. Releí, por ejemplo, casi todo Saramago. De ese modo, descubrí cómo alguna de sus novelas que, allá por el siglo XX, me había deslumbrado, de pronto se me antojaba demasiado efectista. Por otro lado, si ya entonces sospechaba que algunas otras eran obras maestras, los argumentos que entonces me faltaban para defender esa idea ahora me venían en tropel. Aún no tengo claro si en esos veintitantos años era Saramago o yo quien había cambiado. Supongo, más bien, que si los ejemplares a los que volví a enfrentarme eran los mismos, el lector de antaño y el de aquel Confinamiento solo compartían nombre.

Ya en racha, me dije que iba a abordar a Faulkner, otro autor de juventud, pero entonces fui saltando de un libro a otro, posponiendo ese propósito de relectura, hasta que sin más irrumpió la nueva normalidad, no sé si la recuerdan. Con ella se fue mi intención, o en todo caso se aplazó, pues lo cierto es que hace tan solo unos meses retomé, por fin, a Faulkner.

Para mí, Faulkner era sobre todo ¡Absalón, Absalón!, y ¡Absalón, Absalón! era sobre todo una atmósfera, en concreto una casi hipnótica. En mi recuerdo, esa novela, que había leído en un viejo ejemplar de la biblioteca de mi padre, no tenía trama, ni casi personajes, ni casi escenarios, ni reflexiones, ni diálogos, si a eso vamos. Teniendo todo eso claro, ¡Absalón, Absalón!, quizás más que el resto de novelas de su autor, me había deparado principalmente la sinuosidad de una evocación, la de dos jóvenes insomnes una noche tan oscura como las de antes. Echados sobre sus camas de un cuarto de estudiantes, lejos del Sur, pero solo en vulgares términos físicos, entre cigarrillo y cigarrillo, destilan el humo inaprensible de la memoria, la de ellos, la mítica de su condado, y también la de sus ancestros. El Sur, el Sur, el Sur se convertía así en una suerte de hipnosis a la que habíamos llegado porque la prosa de Faulkner, esa habitación de mi recuerdo con sus dos estudiantes, lograba suspender nuestra conciencia. De esa manera nos tenía a su merced, como parte de una historia en la que, sin embargo, solo parecíamos vagar de un sitio a otro, ajenos a nuestra propia voluntad. No importaba qué nos contase ese relato, sino cómo su autor había urdido un conjuro para que toda la atmósfera se nos impregnara por dentro. Seguir leyendo «No miren fijamente a Carlos Fonseca»

España es Madrid o el debate de la nación como pleno municipal

  • Para Pedro Sánchez a todos nos tenía que resultar de vital interés los problemas de una barriada de Madrid, calcados a los de cualquier otra ciudad del país.

Congreso (1)[Publicado originalmente en elDiario.es.] Gracias al debate del Estado de la Nación ahora sabemos que aquello de que Madrid es España, ese delirio de Díaz Ayuso del que tanto nos reímos, lo comparte también el presidente del Gobierno. Cuarenta y cuatro millones de personas que en España no vivimos en Madrid capital nos pudimos enterar de que por allí tienen un problema con una promoción urbanística en una zona que llaman Campamento. Por muy calcado que ese problema sea a cualquier otro de cualquier otra ciudad, Pedro Sánchez consideró que ninguno más merecía el estatus de cuestión de estado, así que anunció en el debate de la nación que iba a desbloquear la operación urbanística.

A 44 millones de residentes en España se nos quedó la misma cara que si a los madrileños, y a casi todo el resto del país, les hubieran anunciado en el debate del Estado de la Nación que el consejo de ministros, por fin, paralizaba la tramitación para la torre del puerto, que ustedes no saben qué es. Para Pedro Sánchez, a todos nos tenían que resultar de vital interés los problemas de una barriada de Madrid, pero no, por ejemplo, que en un dique de Málaga se vaya a construir un rascacielos con gravísimos costes medioambientales para la bahía. Ese de la torre del puerto es un proyecto que ha despertado un enardecido rechazo popular en Málaga, y en última instancia su tramitación, como la de Campamento, depende del Gobierno central. Nadie en Málaga, ni en cualquier otra ciudad que no fuera Madrid, habría entendido que el debate de la nación se convirtiera en un pleno municipal.

Por si fuera poco, en su estrecha concepción de la nación, Sánchez también anunció la gratuidad para los trenes de cercanías y media distancia. ¿Saben qué provincia encabeza el ránking de ciudades con más de 50.000 habitantes sin tren? Málaga, sí, que por increíble que parezca no tiene conexión ferroviaria de su capital con ninguna de las otras tres ciudades más pobladas, Marbella, Mijas y Vélez-Málaga. De hecho, Andalucía, la Comunidad más poblada de todo el país, encabeza igualmente ese ránking autonómico, de modo que hubiera sido pertinente que el presidente explicara que igual esa medida de la gratuidad estaba principalmente destinada, otra vez, sí, a Madrid. De hecho, podría haber anunciado que por fin se cumplía la promesa de conectar esas ciudades por tren, algo que lleva décadas esperando un rimbombante desbloqueo como el de Campamento. Da igual; si se desbloqueara, nunca se anunciaría, con toda lógica, en un debate del Estado de la Nación.

De todas formas, lo más sonrojante fue que anunciara que iba a meter un impuesto especial a la banca y las eléctricas: especial porque solo va a durar dos años, como si el problema con sus beneficios indecentes fuera temporal

Se conoce que a Sánchez el problema con esa promoción urbanística le parece una cuestión de Estado más relevante que las vergonzosas muertes de Melilla, por las que su ministro Grande-Marlaska va a tener que dar explicaciones en Bruselas. Por supuesto, es mucho más relevante que su decisión de duplicar el presupuesto en armamento mientras España arde sin dotaciones suficientes de bomberos.

En el fondo, la batería de medidas que Sánchez anunció parecía más bien una pedrea con la que repartir miseria y recoger antes de que saliera el gordo. De lo contrario, en lugar de ese problema local de Madrid con algunas viviendas, nos habría explicado cómo iba a revertir el modelo especulativo que en España convierte la vivienda en un producto de mercado, y no en un bien social. También qué va a pasar con los inmuebles de la SAREB, con las subidas de las hipotecas, con la insuficiente ley de los alquileres, con la vivienda social, etc.

Del mismo modo, a la vez que anunciaba la gratuidad de los cercanías y medias distancias, hubiera estipulado el aumento de la frecuencia, como resultaba evidente. Además, por fin habría decretado que el AVE no puede tener precios para unos pocos, que se van a recuperar todas las líneas perdidas y a construir otras necesarias.

De todas formas, lo más sonrojante fue que anunciara que iba a meter un impuesto especial a la banca y las eléctricas: especial porque solo va a durar dos años, como si el problema con sus beneficios indecentes fuera temporal, y no estructural gracias a una legislación que sí supone, y de qué manera, una cuestión de Estado.

Al final, entre problemas que eran locales y otros estructurales que no abordaron, pareció que más que el debate del estado de la nación estábamos ante el debate del estado del gobierno. Y como sigan así va a ser igual que el impuesto especial: temporal.

Si no sabemos qué es la realidad, ¡riámonos de ella!: ‘La postura imperfecta’, de PL Salvador

  • Sin salir de Calpe, PL Salvador viene desarrollando una obra singular y prolífica que poco a poco gana lectores, en este caso Santi Fdez. Patón se acerca a su más reciente novela, de la que le interesa su exploración de la psique del individuo moderno, algo en lo que enlaza con su propuesta narrativa propia.

[Publicado originalmente en Revista Penúltima.] PL Salvador es uno de esos autores tan singulares como minoritarios. En La postura imperfecta bebe de las mejores tradiciones literarias para componer el largo monólogo de un recepcionista nocturno que, en las ochos horas de su jornada laboral, demostrará que si la realidad es un concepto escurridizo, lo mejor será tirar de ironía.

La postura imperfecta, ganadora de la tercera edición del premio Martín Fierro convocado por la editorial Distrito 93, pone las cartas sobre la mesa desde el primer párrafo: «[arrastro] una atrofia cerebral con la mayor dignidad posible». Quedamos avisados, por tanto, de que a partir de ese momento se dan por reventadas las costuras de la realidad. El juego, como en Alicia en el país de las maravillas, no puede quedar atado a reglas estrictas, sino que estas se irán componiendo sobre la marcha. ¿Padece de verdad este nocturno narrador un trastorno esquizoafectivo? ¿La sinuosa recopilación que hace sobre su vida, tan inaprensible como disparatada, es fruto de ese trastorno o, por el contrario, su desbocada fantasía es la que le lleva incluso a inventar males mentales? ¿Qué es, de hecho, la realidad? ¿Es esta el propio relato que nos hacemos sobre nosotros mismos y sobre cuanto nos rodea, o ese relativismo absoluto, ese «mal del posmodernismo», se erige como la excusa para no arrostrar la cara fea de la vida? Vayamos más allá: ¿la vida se limita a ese recorrido biológico que va desde el nacimiento a la muerte?

Ocho horas de escritura febril en una recepción de una torre de apartamentos turísticos dan para muchos meandros, al menos si, como es el caso, la pericia de este narrador consigue hacernos cómplices de tremendos disparates, reencarnaciones hilarantes, momentos históricos cardinales, reflexiones filosóficas de aquí (Occidente) y de allá (Oriente), para sin pausa arrancarnos carcajadas, a veces culpables.

Por eso hemos dicho que PL Salvador, personaje con cameo en este divertido, audaz e incisivo monólogo, bebe de tradiciones reconocibles, desde esa que hemos mencionado de Lewis Carroll hasta otras del humor, como el Tristam Shandy. Todo ello nos da ya una pista de que nos encontramos ante una novela que, mediante una prosa cuidadísima, trata de explorar los límites no solo de lo real y lo vivido, sino incluso de la fantasía, lo que puede parecer una contradicción. La pregunta sería la siguiente: ¿en qué momento entramos en el terreno de lo fantasioso si uno lo experimenta como real y, de hecho, con qué autoridad se sitúa el testigo exterior para determinar algún tipo de verdad? ¿Nos vale el discurso social, el médico, el profesoral, como validadores absolutos de la realidad? ¿No son acaso también convenciones epocales condenadas, antes o después, a perder su consenso?

Posiblemente, pero por mucho dolor o sufrimiento que quizás haya experimentado este recepcionista con querencia por las horas solitarias de la noche, el drama de una vida desquiciada queda anulado desde el momento en que el discurso resulta tan ambiguo como seductor. Así, no podemos sino reírnos de las penalidades que nos narra, ya se trate de una malformación mal curada en el pene hasta una inclinación hilarante por el nazismo que siempre entra conflicto con el cultivo de amistades en absoloto arias. En fin, que nos nos podemos creer nada, ni siquiera el origen belga del narrador, ni su vida familiar, ni sus amigos, ni sus supuestas dolencias y, menos que nada, sus recuerdos de infancia y adolescencia. ¿Acaso no ha confesado en el primer párrafo que esos tiempos lejanos «subyacen en el país de las lagunas»? Ahí radica, una vez más, la humorada, en que a continuación no duda en desgranar esos mismo tiempos nebulosos.

Sin embargo, no comentamos el error de creer que todo vale. PL Salvador, como buen bebedor de exquisitas tradiciones, sabe que la literatura es exigente, y la elaboración artística que aquí nos ofrece jamás desbarra. La postura imperfecta va y va, fluye y fluye, no nos deja detenernos, pero siempre en un dirección concreta, la que marcan las ocho horas de esa jornada laboral. En esas ocho horas todo este relato debe dar sentido a una vida entera, y sentido no significa a la fuerza «racionalidad», ni «destino», sino simple dirección. Entre medias, nos irá dejando pensamientos como perlas, ideas como destellos, argumentos convincentes… Solo para desmontarlos unas páginas más allá. Y a la postre, ese será el sentido: si esta noche el relato de toda una vida ha cabido en ocho horas, mañana quizás una vida diferente, aunque sea la misma, cabrá en el relato de otras ocho horas. Ambas vidas y ambos relatos serán verdad. Y quien no lo entienda, por lo menos se reirá.

Nacionalización exprés: cuando dar papeles es racista

  • España ha nacionalizado a un base de Estados Unidos para que dispute con la selección el Eurobasket, pero, a pesar de los muertos de Melilla, solo se ha generado una polémica de carácter deportivo.

Lorenzo Brown (1)[Publicado originalmente en elDiario.es.] Cerca de 30.000 personas llegaron a España de forma irregular el año pasado. Según datos del Ministerio de Interior que, como es evidente, solo son aproximativos, suponen un 51% más que el año anterior. Muchas otras murieron ahogadas en la fosa común del Mediterráneo o en algún operativo “bien resuelto”, como esas 58 de la valla de Melilla (según los últimos recuentos), por las que Marlaska ha felicitado al Gobierno marroquí.

En el extremo contrario tenemos a algunas personas que, sin moverse de su sofá al otro lado del Atlántico, han conseguido la nacionalidad española. Es el caso de Lorenzo Brown, base estadounidense de baloncesto. El consejo de ministras ha tenido con él un detallazo. Ya que no cuenta con ningún vínculo con España, no habla la lengua, no conoce a casi nadie por aquí, no tiene ningún ascendiente y solo ha pisado el país para jugar con su equipo algún partido, le han permitido jurar la Constitución en la ciudad de Atlanta. Todo ello debido a “circunstancias excepcionales”.

Esas circunstancias son, sencillamente, que el base Ricki Rubio, elegido mejor jugador del último Mundial de baloncesto, está lesionado, y otros habituales en su puesto han renunciado a participar este septiembre en el Eurobasket. Así que hay que entender esto como una acto patriótico. Al menos esa parece la postura de Jorge Garbajosa, hoy presidente de la Federación de Baloncesto, ya que Brown “viene a ayudarnos en una situación difícil”, y era la opción que solicitaba Scariolo, el seleccionador.

Con los 58 cadáveres de Melilla aún calientes, no han añadido una sola palabra sobre las «expectativas dinamitadas» de quienes, ganándose el pan en nuestro país, solo encuentran impedimentos burocráticos para obtener la residencia

Ante este despropósito, la Asociación de Jugadores de Baloncesto, con su presidente a la cabeza, Alfonso Reyes, ha emitido un duro comunicado. Para la Asociación, “con la obtención de la nacionalidad española exprés de un jugador sin ningún arraigo en España, el mensaje que se hace llegar a los jugadores nacionales es muy nocivo” puesto que, añade, “dinamita las expectativas de los jugadores”. En el mismo sentido se han pronunciado Rudy Fernández, capitán de la selección, y el propio Pau Gasol, ya retirado. La Asociación no entiende que no se convoque a ninguno de los bases nacionales que, de hecho, han competido de manera sobresaliente en las llamadas “ventanas” (la fase previa de clasificación al Eurobasket). No entiende que a la hora de cobrarse el merecido premio, se les desprecie y se recurra a una artimaña administrativa para seleccionar a un foráneo.

Quizás, para la Asociación de Jugadores de Baloncesto, las circunstancias de esas 30.000 personas que se jugaron el tipo para traspasar nuestra frontera el año pasado tampoco resultan excepcionales

Y eso es todo, de modo que, por mucha razón que lleven, el comunicado de los jugadores resulta dolorosamente decepcionante. Con los 58 cadáveres de Melilla aún calientes en sus tumbas anónimas, no han añadido ni una sola palabra sobre las “expectativas dinamitadas” de quienes, viviendo y ganándose el pan en nuestro país, únicamente encuentran impedimentos burocráticos para obtener la residencia, no digamos ya la nacionalidad. Quizás, para la Asociación de Jugadores de Baloncesto, las circunstancias de esas 30.000 personas que se jugaron el tipo para traspasar nuestra frontera el año pasado tampoco resultan excepcionales. Es lógico, ya que, para nuestro propio presidente del Gobierno, cuando grupos hambrientos y desesperados intentan saltar una alambrada, en realidad se trata de “asaltos violentos que ponen en cuestión nuestra integridad territorial” .

El mundo del baloncesto profesional ha sido tradicionalmente más sensible a cuestiones sociales que el otro gran deporte de masas, el fútbol. La selección femenina, sin ir más lejos, ha puesto sobre la mesa, con enorme coste personal para las denunciantes, el maltrato psicológico que varias jugadoras sufrieron a manos de su entrenador. Ahora, por el contrario, la Asociación de Jugadores ha dado muestras de una insólita insensibilidad. Cuando dice que estas nacionalizaciones exprés envían un mensaje “muy nocivo”, pero lo centra exclusivamente en sus intereses profesionales, valida por omisión un contexto de racismo y xenobia. Son dos de esas lacras que, como se suele repetir, el deporte combate. Excepto, se conoce, cuando llega el Eurobasket.

Los sábados por la mañana, ¡gobierno de izquierdas!

  • Pedro Sánchez no ha entendido el mensaje de las urnas andaluzas. En lugar de cambios estructurales se va a conformar con medidas cosméticas los sábados por la mañana y, si vuelven a morir de forma violenta algunos subsaharianos, le tomará prestado el argumentario a Abascal.

Pdr (1)[Publicado originalmente en elDiario.es] A Pedro Sánchez le han entrado las prisas por hacerse de izquierdas. Es algo que, por lo visto, le tenemos que agradecer a la abultada victoria de la derecha en Andalucía: 72 parlamentarios entre la mayoría absoluta del PP y el ligero ascenso de Vox. Tanta prisa le entró al presidente que no pudo esperar a un día laborable y convocó para este sábado pasado el Consejo de Ministros con la intención de aprobar una batería de medidas sociales, de medidas de izquierdas, para entendernos.

Tuvo la mala suerte de que la jornada precedente se le colara la masacre de Melilla, que ha arrojado 37 víctimas mortales. Como a Pedro Sánchez solo le sale lo de ser de izquierdas cuando lo programa, esto le pilló a contrapié, de manera que calificó la masacre como de operativo “bien resuelto” por las fuerzas marroquíes. Ya envalentonado, porque se le había olvidado que esa mañana le tocaba ser de izquierdas, repitió todo el argumentario de la extrema derecha sobre la migración, como bien explica aquí Olga Rodríguez. Ni una sola palabra para lamentar las muertes hasta este lunes: 37 jóvenes hambrientos y desesperados que huyen de realidades muy parecidas a las de Ucrania, pero a los que únicamente les espera un operativo bien resuelto. Pelillos a la mar, o a la fosa común. Lo importante era esa deslumbrante batería de medidas sociales.

Al final, resultó que ni eran tantas, porque algunas ya estaban en vigor y simplemente se han prorrogado, ni de tanto calado. De hecho, esos 9.000 millones que van a tener de presupuesto suenan irrisorios al lado de lo que nos va a costar el compromiso con la OTAN de duplicar la inversión en armamento. Se ve que también es algo de izquierdas, aunque no cuente con respaldo social.

Sin embargo, por alguna razón que a mí se me escapa, Pedro Sánchez anunció que esas migajas (que, por otro lado e indiscutiblemente, no se podían postergar más) iban a incomodar a “ciertos poderes”. A mí, la verdad, no se me ocurre a cuáles, ya que sin ningún rubor las tres grandes eléctricas no dejan de anunciar cómo están superando sus propios récords de beneficios mientras nuestra factura se encarece mes tras mes. Se suponía que, ante semejante obscenidad, el plan de choque del sábado iba a incluir un impuesto especial para esas compañías; algo que, sin duda, sí les habría incomodado. Bueno, de momento, como se conoce que para esto no hay prisas, esa resolución, si llega, deberá esperar al año que viene.

Lo que sí ha hecho el gobierno es reducir aún más el IVA de la factura de la luz, una medida que no discrimina por rangos de ingresos, que resta recaudación al Estado, que no tiene efectos a largo plazo, que no afecta absolutamente en nada a las eléctricas y que, de hecho, desaconsejan los economistas.

Al final, va a resultar que Pedro Sánchez no ha terminado de entender el mensaje de las urnas andaluzas. En lugar de cambios estructurales y de calado como los que demanda la crisis actual, se va a conformar con medidas cosméticas los sábados por la mañana. De paso, si vuelven a morir de forma violenta algunos subsaharianos, le tomará prestado el argumentario a Santiago Abascal, aunque me temo, ese es el mismo que tiene Grande-Marlaska desde hace tiempo.

Prohibir la prostitución no es abolirla

  • Hablar de acabar con la prostitución, pero no con las condiciones que la provocan, como hace el PSOE, es simple hipocresía.

Otras[Publicado originalmente en elDiario.es.] Dicen en el PSOE, y lo han repetido últimamente, que están decididos a acabar con la prostitución, a abolirla, incluso en esta legislatura. Sin embargo, hasta la fecha no les hemos oído nada de acabar con las condiciones que llevan a tantas mujeres a prostituirse en contra de su voluntad. Es decir, que no parece que realmente quieran abolir la prostitución, sino más bien prohibirla: mirar hacia otro lado porque, no sabemos en virtud de qué extraña alquimia, para el PSOE lo prohibido no existe, empezando por el cannabis, que tanto le cuesta legalizar.

Cada vez que alguna portavoz del PSOE afirma que van a acabar con la prostitución, por la vía del decreto, me quedo en suspenso para ver cómo finaliza esa frase. Imagino, de manera ingenua, que a continuación añadirá algo como que “Por eso, pondremos en marcha las siguientes actuaciones de carácter social, acompañadas de un presupuesto de…”. Pero no, qué va. Antes al contrario: si desde los ministerios en manos de Unidas Podemos se diseñan medidas para mejorar la vida de los sectores más urgidos, indefectiblemente llega el intento de boicot por parte del PSOE. Con respecto a las mujeres, sin ir más lejos, lo hemos visto en estas semanas, cuando desde el Ministerio de Hacienda se ha conseguido eliminar de la ley del aborto la propuesta de reducir el IVA de las compresas, por ejemplo, un detalle que, efectivamente, con el sueldo de ministra no importa tanto.

Aunque con la formación de Gobierno se intentó descafeinar el Ministerio de Trabajo y retirarle competencias, resulta evidente que en manos de cualquier otro ministro del PSOE aún estaríamos rindiendo pleitesía, más que ahora, a la CEOE

Al mismo tiempo, mientras de manera interesada se confunde el debate entre trata de mujeres y prostitución, el Ministerio de Interior, en manos de Grande-Marlaska, no hace absolutamente nada para agilizar la acogida y nacionalización de multitud de mujeres migrantes. En demasiadas ocasiones, estas mujeres, privadas del acceso a cualquier empleo o subsidio, no tienen muchas salidas diferentes a la de la prostitución. Cuando el Ministerio de Derechos Sociales peleó por el Ingreso Mínimo Vital, ya se encargó el ministro Escrivá de desactivarlo con el sucio truco de una burocracia y unos requisitos imposibles, algo que no parece muy indicado para eso de acabar con la prostitución.

¿Y qué me dicen de la reforma laboral? Aunque con la formación de Gobierno se intentó descafeinar el Ministerio de Trabajo y retirarle competencias, resulta evidente que en manos de cualquier otro ministro del PSOE aún estaríamos rindiendo pleitesía, más que ahora, a la CEOE. Lo vemos, de hecho, con el trato exquisito que desde el Ministerio de Transición Ecológica, en plena crisis energética, se sigue brindando a las grandes eléctricas, que incluso en estos momentos aumentan beneficios. Es lo mismo, salvando todas las distancias, que con el asunto de la prostitución: qué más da que el Gobierno diga que va a mejorar las condiciones del mercado energético, si luego no acompaña esa declaración de ninguna regulación de verdadero calado; desde acabar con los llamados beneficios caídos del cielo hasta crear una empresa pública. Nada, más brindis al sol.

El debate sobre la prostitución supone adentrarse en un terreno resbaladizo, en el que entra en juego el patriarcado, la violencia, el derecho a decidir sobre el cuerpo, la educación, la regulación laboral, de extranjería y, también, la moral

Al PSOE le gusta sentirse abanderado del feminismo y del movimiento LGTBIQ+, creerse que cada nueva ola la debe liderar con alguna ley mediática, ya sea el matrimonio igualitario o la prohibición, que no abolición, de la prostitución. Desde esa perspectiva, se entiende que la ley por los derechos de las personas trans les pusiera tan nerviosos, hasta el punto de costarle el cargo a la vicepresidente Calvo. Su oposición solo tenía sentido en tanto que se trataba de una propuesta del Ministerio liderado por Irene Montero, y nada más.

El debate sobre la prostitución supone adentrarse en un terreno resbaladizo, en el que entra en juego el patriarcado, la violencia, el derecho a decidir sobre el cuerpo, la diferencia entre una elección libre (quién decide hoy día libremente en qué ganarse la vida) o voluntaria, la educación, las regulaciones laborales, de extranjería y, también, la moral y, en consecuencia, casi siempre la hipocresía. Esto último es tan grave que, cuando se aborda el debate, a las propias trabajadoras sexuales se las suele excluir, como si no pintaran nada, como si fueran incapaces de razonar y discutir. Y eso, una vez más, nos lleva a todo lo que subyace, en tantas ocasiones, dentro del PSOE: el clasismo, la xenofobia, el racismo, por no mencionar el machismo.

¿Quieren que acabe la prostitución? Primero mírense todo eso, mejoren las condiciones de las migrantes para acceder a la ciudadanía española, las condiciones de acceso al mercado laboral, a la vivienda y a la renta porque, mientras sigan poniendo palos en las ruedas, todo sonará a política de titulares. A hipocresía, sí.

Ilustración: Sindicato Otras