Siguen siendo guerras culturales

  • El racismo que revelan las mentiras de Grande-Marlaska, la transfobia de un sector del PSOE, por no hablar de la enquistada crisis habitacional: son guerras culturales que el PSOE desactiva cuando llega al poder.

Valla Melilla (1)[Publicado originalmente en elDiario.es]. Ya no hablamos tanto de aquello de las “guerras culturales”, un término que tuvo su auge cuando la extrema derecha irrumpió en la política institucional. De pronto, se impuso con una urgencia que relegó aquello otro de la “batalla por el relato”, los “significantes vacíos” y demás. La guerra cultural era el marco en el que se podían expresar grandes sintagmas porque, más allá de políticas o gestiones concretas, proyectaban un modelo genérico de sociedad: blanca, cristiana, heterosexual, clasista, machista, etc. Luego, la izquierda entró en el Gobierno, y ese debate se diluyó. Desapareció, si alguna vez la hubo, la posibilidad de una política de parte. A fin de cuentas, en eso consiste también la socialdemocracia, en crear la fantasía de un supuesto consenso sustentado igualmente en una supuesta clase media.

Cada vez que el Gobierno intenta escorarse un poco a la izquierda, y así anotarse un tanto en la guerra cultural, llega Grande-Marlaska y lo chafa. Ahora ha ocurrido con la reforma del código penal y la eliminación del delito de sedición. Grande-Marlaska ha cortado el buen rollo al negar las evidencias que muestran los vídeos de Melilla. Se diría que la tenacidad con la que Sánchez le está defendiendo solo anticipa su destitución. Al fin y al cabo, con su postura, refuerza lo que ya sabemos, que Tarajal y la valla de Melilla son tragedias calcadas, como también su gestión y la de Fernández Díaz en su etapa de ministro popular. En suma, que con él como ministro no hay batalla cultural contra el racismo.

Las pataletas del PSOE contra los derechos de las personas trans es la misma que la del PP de antaño contra las personas homosexuales, es decir, otra guerra cultural: la del binarismo sexual y su determinismo biológico, en lo que ninguno de los partidos parece diferenciarse tanto.

Es evidente que este Gobierno tampoco va a librar la verdadera guerra cultural de la memoria democrática, la que reside en los patrimonios ilícitos. No se atreve a dar esa batalla

La nueva ley de memoria histórica servirá de poco, porque son incontables las que ya sumamos entre estatales y autonómicas. A la postre quedan en algunos gestos cosméticos: exhumaciones, algún nombre de calle y a veces ni eso. En mi barrio, sin ir más lejos y como ya conté en otra ocasión, todas las calles rinden tributo a los golpistas. Ninguna de estas leyes se fundamenta en principios verdaderos de justicia reparativa, que a medida que pasan las décadas parece más improbable. Es evidente que este Gobierno tampoco va a librar la verdadera guerra cultural de la memoria democrática, la que reside en los patrimonios ilícitos. No se atreve a dar esa batalla. Apellidos bien conocidos o instituciones como la Iglesia católica siguen gozando impunemente de un patrimonio engrandecido con el expolio que les facilitó la guerra y la dictadura.

La masiva manifestación, que por fin ha demostrado que la defensa de la sanidad pública no es solo tarea de las sanitarias y sanitarios, revela también otra guerra cultural. Es la de la compartimentación social, esos guetos que de facto se pretenden establecer para los pobres: barriales, sanitarios, escolares. Por alguna razón, a nadie en el Gobierno se le ha ocurrido que, ya que se habían puesto con lo del delito de sedición, igual habría estado bien blindar el acceso a la salud. Como delito de “sedición sanitaria” podrían haber tipificado lo que gobiernos como el de Madrid o el de Andalucía hacen con nuestro sistema de salud.

Y entre tanto, se siguen aplaudiendo películas como En los márgenes. No en vano, es solo una ficción, nada tiene que ver que el PSOE no sea capaz de hacer nada digno con la SAREB, el banco con el que PP nos estafó y que, mientras tenemos 100 desahucios al día, acumula miles de viviendas deshabitadas en cada Comunidad Autónoma.

La lista se puede alargar de manera interminable, empezando por el furor belicista con el que la invasión de Ucrania ha vuelto a hermanar al PSOE y al PP. Podría continuar con la laxa postura frente a la emergencia climática y los derechos animales, que tan bien expresó el presidente con su “chuletón al punto”. Luego acabaríamos en la trifulca a cuenta del Poder Judicial, que es un atentado del Partido Popular contra la democracia, sin duda, pero en el fondo únicamente revela un defecto viciado de fábrica: la falta efectiva de separación de los poderes, en la que, me temo, ninguno de los dos partidos difiere mucho.

Y es que al final va a parecer lo que es: que cuando el PSOE gobierna deja de hablarse de guerras culturales, no porque las gane, sino porque deja de librarlas.

Nueve requisitos para visitar a un paciente de UCI

  • En pocos lugares como en una sala UCI se pone de manifiesto la hipocresía del discurso institucional sobre familia, cuidados, feminismo, medio rural, trabajo o salud mental

[Publicado originalmente enUCI (1) No sé si es cierto aquello de que de toda experiencia, por mala que sea, acabamos aprendiendo algo. Lo que desde luego sí tengo por seguro es que si ponemos el foco no tanto en los pacientes como en quienes les visitan, una UCI hospitalaria acaba arrojando conclusiones sorprendentes. En todas ellas se manifiesta la hipocresía del discurso institucional sobre algunos asuntos que, se supone, vertebran nuestra sociedad. Veamos algunas de esas conclusiones:

1. Sácate el carnet de conducir… como un hombre. Es habitual que en cada provincia solo un único hospital, el de la capital, reúna todas las especialidades, por lo que un accidentado cerebral, por ejemplo, tendrá que ser trasladado hasta allí. Quizá su localidad se encuentre a, no sé, una hora y media de coche. Eso que llamamos patriarcado provoca que, de manera habitual, en algunos pueblos las mujeres de mayor edad nunca hayan conducido, de modo que, aun sí estuvieran en condiciones de hacerlo, no tendrían cómo desplazarse con frecuencia a esa UCI.

2. Muérete joven. Si llegas a la vejez y no has tenido hijos, es muy probable que ya te queden muy pocas personas alrededor, y que las que queden carezcan de energía para cuidar a nadie en situación delicada.

3. Consigue pasta. Por seguir con el ejemplo de esa misma señora del primer punto, que también puede ser la del segundo. Quizás tampoco tenga medios económicos, así que durante un tiempo indeterminado pasará las siguientes semanas durmiendo en una silla de una sala de espera. La culpa es suya, claro, porque con una buena cuenta de ahorros se podría haber instalado cómodamente en un hotel, o alquilar un pisito por Airbnb o, como mínimo, una pensión.

4. No te enamores. A lo mejor la persona ingresada es la pareja de la señora, con quien lleva compartiendo media vida y no concibe alejarse de ella ni, por descontado, conseguir algún modo de transporte hasta su pueblo para descansar allí algunos días. ¿Pero por qué no se larga a ese distante pueblo? A fin de cuentas, en la UCI se puede pasar mucho tiempo en estado inconsciente, así que ¿cuál es la diferencia para el paciente si te quedas una semanita tan tranquilamente en tu casa? Vale que nos han machacado con eso de que la familia es la base de la sociedad. Pero basta de ingenuidad: cuando entras en una UCI a hora y media en coche de tu domicilio, ¿por qué tendría que preocuparse alguien de tus familiares?

5. Elogia la vida rural, sobre todo si es en el cine. Puedes empezar deseando que Alcarrás gane el óscar. Es una pena lo que le estamos haciendo a la gente del medio rural y tienen derecho a una vida digna, aunque luego les llevemos a morir a una capital de provincia sin buenas comunicaciones y no contemos con ayudas para estancias de sus cuidadores.

6. Deja el trabajo cuanto antes, pero también arréglatelas para pagar impuestos. El Estatuto de los Trabajadores recoge dos días de permiso por hospitalización de familiar, y otros dos extraordinarios si esta hospitalización te exige un desplazamiento de más de 200 kilómetros. Después de esos cuatro días, en el mejor de los casos, pídete la baja sin sueldo, aunque no tengas para un hotel, un pisito Airbnb o una simple pensión. Lo de menos es que lleves 40 años pagando impuestos con tu nómina o que el presidente de tu Comunidad Autónoma se los quiera rebajar a los ricos. El trabajo dignifica, excepto cuando tienes a alguien en la UCI, que entonces se convierte en un engorro.

7. Habla mucho de salud mental, pero como si fuera un problema caído del cielo. Eso es sobre todo cosa de la chavalería y sus excesos con los porros, que les dejan tontas y tontos. No tiene nada que ver con dormir a tus 70 años en una silla de hospital noche tras noche mientras agoniza tu pareja.

8. No sueñes. Podrías fantasear con hospitales que se hicieran cargo, mediante algún tipo de alojamiento y pensión alimenticia, de la persona cuidadora sin posibles que ha debido abandonar su lejano domicilio para instalarse en una silla de la sala de espera. Podrías, pero te llamarían gilipollas, aunque ya hayan tenido esa idea antes que tú.

9. Si vuelves a leer una columna como esta niega cualquier parecido con la realidad. Pero por si acaso cruza los dedos.

Si midiéramos el gasto público solo por sus efectos en la vida

  • Qué diferente sería una contabilidad pública que solo cuantificara el efecto de cada nueva medida: “El presupuesto total para esta reforma fiscal es de dos meses más en las listas de espera hospitalarias, cinco alumnos más por aula y dos bomberos menos por dotación.

monedas (1)[Publicado originalmente en elDiario.es]. Hace medio siglo, las feministas nos enseñaron que lo personal es político. Hoy podríamos ir un poco más lejos y afirmar que la cotidianidad es una consecuencia política… de los planes gubernamentales. En Andalucía, como en tantas otras Comunidades, lo podemos sufrir en gestos tan nimios como concertar una cita en nuestro centro de salud.

Cuando Juan Manuel Moreno anunció una escandalosa rebaja fiscal para los ricos de Andalucía, simplemente estaba plasmando lo que ya sabíamos: una vez escudado en la mayoría absoluta, podía tirar por la borda y sin rubor todo el discurso de apariencia centrista que, seguramente, coló a algunos incautos votantes. La rebaja fiscal que ha anunciado nos va a restar 900 millones de euros anuales de recaudación. Y esos 900 millones tienen consecuencias en nuestra cotidianidad. Intenten, como yo hice semanas atrás en Málaga, concertar cita en su centro de salud.

Qué diferente sería ese tipo de contabilidad que prescindiera de cifras monetarias y solo cuantificara el efecto cotidiano de cada nueva medida

La aplicación Salud Responde únicamente me daba la posibilidad de pedir una cita telefónica y, además, para nueve días más tarde. Esa espera es ya de por sí todo un posicionamiento ideológico sobre la sanidad pública. Como cabía suponer, después de esos nueve días, mi médica de cabecera me aseguró por teléfono que necesitaba examinarme en persona. Solo así determinaría el origen de mi dolencia, que podía obedecer a distintas causas. Sin embargo, la única cita que le permitía el sistema aparecía 12 días más tarde.

Para que pudiera visitarme de manera más o menos inmediata, incluso después de esa espera de nueve días que yo arrastraba, solo me quedaba una opción delirante: personarme en el centro de salud una mañana a las ocho en punto, y únicamente a esa hora. En las mesas de recepción me asignarían una hora para que volviera a personarme esa misma mañana de urgencia y por fin me atendiera un médico. En suma, que te vea un médico que reclama examinarte requiere una reserva de cita telefónica que solo llega más de una semana después, un desplazamiento posterior al centro de salud a una hora exacta e inamovible y, más tarde, acudir de nuevo a ese mismo centro.

Con 900 millones menos de recaudación anual vamos camino de que esa sea nuestra cotidianidad. O más bien de que aún empeore. A veces fantaseo con un tipo de contabilidad pública que midiera de otro modo los presupuestos y la fiscalidad. ¿Se imaginan? Algo así como un anuncio del consejero de turno en el que declarara: “El presupuesto total para esta reforma fiscal es de dos meses más en las listas de espera hospitalarias, cinco alumnos más por aula y dos bomberos menos por dotación”. Qué diferente sería ese tipo de contabilidad que prescindiera de cifras monetarias y solo cuantificara el efecto cotidiano de cada nueva medida.

Tal vez Moreno cree que esos mil millones que solicita han caído del mismo cielo del que no llega la lluvia y no, precisamente, de impuestos como los que él ha eliminado

En realidad, el propio Moreno lo sabe de sobra. De otra forma, no se entiende la ridícula petición que ha elevado al Gobierno central para que inyecte a Andalucía casi la misma cantidad que él va a dejar de recaudar con su reforma impositiva. Tal vez cree que esos mil millones que solicita han caído del mismo cielo del que no llega la lluvia y no, precisamente, de impuestos como los que él ha eliminado.

Resulta igualmente desolador que reclame al Gobierno central infraestructuras hidráulicas financiadas con impuestos como los que él desprecia, pero que no se haya enterado de algunos problemas de fondo sobre la sequía. Igual ha llegado el momento de que entienda que, mientras en algunas zonas de Andalucía se cultive como si habitáramos los trópicos, seguirán muriendo nuestros embalses.

Claro que, para ello, haría falta un poco de educación, la misma que sus recortes fiscales van a malograr.

El viejo patriarcado de ayer mismo: un poco de optimismo

  • He vuelto a ver ‘Te doy mis ojos’, que marcó época contra la violencia machista, y aun así hoy reparamos en que en algunos aspectos se quedó muy corta,

TeDoyMisOjos (1)[Publicado originalmente en elDiario.es] A veces el patriarcado, siempre tan resistente y proteico, envejece rápido, más de lo que muchos querrían reconocer, lo que explica tanto intento de tergiversación y tanta paleta cada vez que el Ministerio de Igualdad saca alguna iniciativa de sentido común. En ocasiones los manotazos llegan incluso desde sectores cercanos al Gobierno.

Sin embargo, por mucho afán retrógrado y ruidoso, por muchos bulos y alarmismos ridículos, por mucho alboroto parlamentario y ecos mediáticos, nos damos cuenta de que actitudes que antes percibíamos como adecuadas, incluso feministas, hoy nos parecen anticuadas, cómplices del enemigo, por decirlo de modo exagerado.

Es algo que de manera clara me sucedió hace un par de semanas, cuando volví a ver Te doy mis ojos, la película de 2003 de Iciar Bollaín, con guion de ella y Alicia Luna. No han pasado ni veinte años desde su estreno, que supuso un sonado, y merecido, hito en la lucha contra la violencia machista (que entonces ni siquiera llamábamos así) y una buena parte de la película ya rechina. En especial, la que se centra en la terapia, grupal e individual, a la que se somete el maltratador, encarnado por un soberbio Luis Tosar. Este aspecto de la película fue uno de los más comentados en su momento, pues, se decía, con acierto, que dotaba al personaje de profundidad, de complejidad, que no lo reducía a un mero monstruo fácil de odiar, lo que hubiera restado intensidad y humanidad al guion hasta la burda simplificación. Nada que objetar al respecto.

Los términos «patriarcado» o «machismo» no aparecen por ningún lado. No se les hace ver a los maltratadores que esas masculinidades perversas y delicadas son una expresión patriarcal que contrarrestan a base de palizas, y que estas siempre son ilícitas

El problema, hoy tan evidente, surge cuando vemos el tipo de terapia a la que asiste, tan conductual, tan centrada en la pura expresión superficial de la violencia, que acaba por convertir los abusos del hombre en una mera cuestión de gestión emocional, sin raíces de ningún tipo, sociales ni patriarcales. La labor del psicólogo se limita a enseñar a los maltratadores a identificar las primeras señales de la ira (sudores, hormigueos, temblores, etc.) para, de ese modo, antes de que terminen de estallar y apalicen a sus parejas, coger la chaqueta y marcharse a dar un paseo. Es más, cuando el personaje de Tosar le explica al terapeuta los arrebatos de celos que le ciegan, este, simplemente, le hace ver que no son racionales. Aunque su mujer tenga compañeros varones de trabajo, no significa que se sienta atraída por ellos; si no le coge el teléfono, tampoco quiere decir que se esté acostando con alguno. Y eso es todo. Como si, en caso contrario, una paliza se pudiera entender.

Los términos “patriarcado” o “machismo” no aparecen por ningún lado. No se les hace ver a los maltratadores que las inseguridades que arrastran, que esas masculinidades perversas y delicadas, son una expresión patriarcal que contrarrestan a base de palizas, y que estas siempre son ilícitas. No, no se ahonda en cómo han llegado a incorporar la violencia habitual contra las mujeres en sus relaciones, y cómo, de hecho, lo confunden con amor. Control de la ira, técnicas de relajación, dominio sobre la imaginación calenturienta… Como si, para acabar con la expresión más violenta del patriarcado, bastaran ejercicios de respiración guiada.

Al final, como quizás recuerden, son las mujeres las que deben resolver el problema, otro de los aciertos del guion.

Que hoy nos rechinen tanto esos aspectos de una película que marcó época es, en el fondo, una buena noticia. Significa que sin duda hemos avanzado como sociedad, que identificamos rápidamente las fallas de ese tipo de terapia superficial, y que hoy sabemos insuficientes del todo. Alegrémonos, por tanto, de las pataletas y manotazos.

Solo quieren decir que las enseñanzas feministas siguen imparables.

‘Vengo de ese miedo’: poner cuerpo y voz al horror de la violencia infantil

  • portada_vengo-de-ese-miedo_miguel-angel-oeste_202207111619 (1)El relato de supervivencia del malagueño Miguel Ángel Oeste sobre el maltrato al que le sometieron sus padres, a la postre un retrato de época, me dejó, por primera vez en mi vida, sin palabras después de terminar un libro.

[Publicado originalmente en elDiario.es]. A lo largo de 300 páginas Miguel Ángel Oeste quiere matar a su padre, un mantra que repite una y otra vez, para desconcierto inicial del lector, en el relato autobiográfico Vengo de ese de miedo (Tusquets). Cuando uno concluye esta lectura se pregunta: “¿Por qué no lo has matado?”. O aún peor: “¿Por qué no te mataste tú, cómo conseguiste sobrevivir a las palizas, abusos, humillaciones y vejaciones a los que desde niño te sometió de manera constante tu padre?”. Y tu madre. De hecho, este estremecedor libro arranca con la muerte de ella, a cuyo entierro Oeste (que se ha inventado su apellido para eludir la huella del horror) ni siquiera asistió.

Nunca antes me había ocurrido que al cerrar un libro me quedara sin palabras para describirlo. Siempre encuentro el modo inmediato de transmitir mi descontento o mi entusiasmo después de una lectura. Vengo de ese miedo me dejó tan conmocionado que las primeras palabras no llegaron sino al cabo de varios días. Por qué no lo mataste, Miguel Ángel, por qué no te mataste. Si es verdad el tópico de que un buen libro es aquel al que entras siendo uno y sales convertido en otra persona, solo puedo decir que yo ya no soy el mismo.

En medio de toda esa banalidad narcisista tan propia de la autoficción, un libro de memorias como este, si bien construido con las herramientas de la ficción, reúne algunas virtudes mayores. En primer lugar, porque, a pesar de las atrocidades que desvela, evita con maestría el tono victimista o incluso el escabroso exhibicionismo, males típicos en tantas narraciones confesionales. En segundo lugar, porque ni siquiera señala, juzga o culpa a quienes durante su calvario, y el de su hermano, miraron a otro lado. Y eso no es solo un posicionamiento ético, sino también una cuestión de pericia estilística, un dominio literario que, sin duda, eleva la calidad artística.

Como en toda buena literatura, la verdad se erige por encima de los hechos, y lo de menos es el carácter autobiográfico del libro porque a fin de cuentas trasciende su propia historia

Esta es, de hecho, una de las claves de Vengo de ese miedo. Sin complacencia, sin concesiones y rehuyendo cualquier escena fácilmente lacrimógena, Oeste ha compuesto un texto medido, siempre en equilibrio, que atraviesa al lector sin caer en la truculencia. A la postre, consigue algo que solo un verdadero narrador puede lograr: que la realidad no se confunda con el realismo, que por muy ciertos que sean los hechos expuestos no parezcan inverosímiles, un defecto harto común cuando leemos historias tan centradas en el mero acontecimiento que acaban perdiendo su verdad en favor del morbo.

Aquí ocurre lo contrario: como en toda buena literatura, la verdad se erige por encima de los hechos, y lo de menos es el carácter autobiográfico del libro porque a fin de cuentas trasciende su propia historia. Esto es así porque el libro se acaba convirtiendo en el retrato de una sociedad, de un país y una época concretos. Y, por supuesto, el de una generación que en numerosas ocasiones padeció desde el silencio una espeluznante experiencia que, si bien hoy deja traumatizados de por vida a tantos adultos, al menos se visibiliza. Incluso con leyes específicas. No era así hace cuarenta años. Entonces, sin siquiera protocolos escolares, una maestra podía pasar por alto que las calificaciones de un alumno aplicado se descalabraran estrepitosamente y sin causa aparente. El maltrato es también el silencio de quienes tienen poder para atajarlo. Y si no que pregunten a la jerarquía eclesiástica.

Oeste ha puesto carne, vísceras, dolor y angustia a la frialdad de la prosa jurídica, de las estadísticas, de la distancia creada por cierta ficción o, de manera paradójica, por los titulares de las monstruosidades más noticiables, como la de los abusos sexuales intrafamiliares, que en realidad suponen la culminación de procesos largos y espantosos. Aquí no hay escapatoria. O, mejor dicho, sí la hay, pero no por la puerta de atrás de cualquier truco literario más o menos resultón. Y la hay porque el propio testimonio de su autor, hoy padre de dos niñas, arroja la luminosa certeza de que él encontró la fuga, el aire, la vida.

Si quieran saber cómo lo hizo, darán con algunas pistas en sus anteriores novelas. Después de todo, quizás hoy somos algo mejores.

Maltratar al resto de homínidos es maltratar nuestra humanidad

  • Catorce años después de que el Gobierno de Zapatero ignorara una Proposición no de Ley aprobada por el Parlamento, seguimos sin una norma que cumpla con el proyecto Gran Simio y prohíba el cautiverio y maltrato al resto de homínidos.

Orangutan Rocky[Publicado originalmente en elDiario.es]. Hace media vida comencé a cursar Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid pero, sobre todo durante el primer año, me saltaba algunas clases. Con la persona con la que salía por entonces asistía a las numerosas ofertas culturales y de todo tipo que siempre ofrecía la ciudad. En una de aquellas mañanas se nos ocurrió visitar el zoo de Madrid, una experiencia que estaba ligada, como la de tanta otra gente, a la infancia. Terminé completamente traumatizado, y nunca más he pisado ningún otro zoológico.

Nunca he olvidado a una pareja de orangutanes, hembra y macho, si no recuerdo mal, cada uno en su celda acristalada, situada en un pabellón cerrado. Las celdas estaban separadas por un tabique, también de cristal, que no llegaba hasta el suelo. Uno de los orangutanes me miró a los ojos, con una expresión absolutamente desolada, sin duda con plena conciencia de su estado de encierro, de que su vida consistía en eso, en estar expuesto a través de una cristalera para que otros simios no tan diferentes a él le contemplaran en su calvario, en su existencia reducida a unos pocos metros cuadrados. En un momento dado, el orangután metió la mano hasta la otra celda por el hueco de ese tabique de vidrio que no llegaba hasta el suelo, y su compañero se la estrechó. Así, cogidos de la mano, nos miraron durante unos segundos insoportables. Fue la culminación de un periplo que nos había dejado algunas otras estampas nada memorables.

El sufrimiento de los orangutanes por la privación de libertad y la falta de contacto con sus similares es prácticamente igual que el nuestro en situaciones idénticas

He recordado todo ello porque en estos meses ha arrancado su recorrido, primeramente por festivales, el documental Persona (no) humana, de Álex Cuéllar y Rafa G. Sánchez, sobre el caso de la orangutana Sandra, a la que la justicia argentina liberó de su cautiverio en un zoo y le reconoció derechos de persona no humana. La sentencia daba por sentado lo mismo que yo había comprobado hace un cuarto de siglo en el zoo de Madrid: que el sufrimiento de los orangutanes por la privación de libertad y la falta de contacto con sus similares es prácticamente igual que el nuestro en situaciones idénticas. Varias décadas de aportes filosóficos y científicos así lo demostraban. Por tanto, que en España apenas se esté haciendo nada para evitar estas aberraciones nos deja en un lugar nefasto.

Paula Casal, especialista en filosofía del derecho y autora, junto al renombrado Peter Singer, del libro Los derechos de los simios, cuenta en este artículo cómo en la época de Zapatero se aprobó una Proposición No de Ley en este sentido que el presidente ni siquiera ratificó. Por su parte, el Gobierno actual tiene comprometida una Ley de Grandes Simios. ¿Se hará algo en lo que queda de legislatura? De momento no lo parece, hasta el punto de que en España ni siquiera es ilegal la tenencia de homínidos. Y es que de eso se trata, al fin y al cabo: como explica Casal, hace tiempo que la ciencia nos ha reclasificado a todos los simios como homínidos. En palabras de José Luis Arsuaga, que participa en el documental Persona (no) humana, no es que vengamos del mono, “es que somos monos”.

Hace tiempo que la ciencia nos ha reclasificado a todos los simios como homínidos. En palabras de José Luis Arsuaga, que participa en el documental Persona (no) humana, no es que vengamos del mono, «es que somos monos»

Han pasado treinta años desde que la sociedad civil, a partir del estudio de Paola Cavalieri y Peter Singer, impulsara el Proyecto Gran Simio. Sin embargo, catorce años después de aquella Proposición No de Ley aprobada, sigue sin validarse un texto que establecía cuestiones tan básicas como “la prohibición expresa de la experimentación o la investigación cuando se cause daño a los simios y no redunde en su beneficio”. El Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030, ahora que por fin contamos con una Dirección General de Derechos de los Animales, tiene que entender que esto no es postergable, que no es negociable seguir justificando el maltrato salvaje a los otros primates, a los otros homínidos.

Seguro que ustedes también están de acuerdo, así que les sugiero un primer paso muy sencillo: firmar esta petición.

Aprender que no habéis muerto

  • Este verano la muerte me ha arrebatado a dos amigos, pero también me ha demostrado por qué la vida es diferente si hay comunidad

Ausencia (1)[Publicado originalmente en elDiario.es]. Cuando acabe este verano mi pareja y yo vamos a mudarnos y durante el próximo curso viviremos en otra ciudad antes de regresar nuevamente a Málaga. Es un plan sencillo: cargar los bultos en el coche y conducir para luego instalarnos en un piso que ya tenemos alquilado, a unos pasos del de mi hermana y su hija. Es, en definitiva, un proyecto como tantos de los que hacemos a lo largo de la vida, un proyecto que, más allá de los motivos concretos que nos llevan a esa mudanza temporal, resulta emocionante por lo que tiene de compartido, por saber que se trata de una experiencia decidida y concebida entre los dos. Entonces, ¿por qué duele, y pesa, y hay días que deja un poso amargo? Porque este ha sido un verano extremadamente cruel: la muerte me ha arrebatado a dos amigos, a dos compañeros.

Mi pareja no llegó a conocer a uno de ellos, que desde hace unos años, cuando le fue diagnosticado un cáncer de hígado, nos enseñó a todos cómo la vida también consiste en aprender a esperar a la muerte. Y llevó esa lección hasta su ultimísima hora. Hemos sido personas de varias generaciones las que aprendimos de él, y mucho de ello lo recoge este documental de Moisés Salama. De alguna manera, tuve la oportunidad de despedirme de él. No fue así con mi otro amigo, con nuestro otro amigo.

El domingo en que nos enteramos de que había muerto, con poco más de treinta años, a causa de un terrible accidente, decenas de compañeros fuimos cayendo al patio de La Casa Invisible, que ese día mantuvimos cerrada, sin nada más que hacer que llorar juntos durante horas. Unos días después nos inventábamos una ceremonia para celebrar su vida. Su familia, al otro lado del Atlántico, pudo comprobar por videoconferencia que, a pesar de los pocos años que llevaba en Málaga, formaba parte, con su pareja, de una inmensa comunidad. Esa ceremonia, sin duda, nos ha marcado a todos, ha supuesto una de las experiencias más intensas que hayamos atravesado. Sin entrar en detalles, nos reveló algo que, en nuestras sociedades adiestradas para el individualismo, o el familiarismo nuclear, casi hemos olvidado: que el sentimiento de comunidad da a la muerte un significado distinto. O lo que es lo mismo: da a la vida un significado distinto.

Las grandes religiones monoteístas han elaborado complicadas narrativas sobre la muerte y lo que viene después. En el cristianismo tenemos incluso protocolos de entrada al paraíso, como el limbo, y descripciones sobre sus habitantes, sobre cómo llegar a él, igual que las pantallas de un videojuego por las que solo avanzaremos si superamos algunas enrevesadas pruebas. Con los siglos, en paralelo al proceso de urbanización de las sociedades, los ritos funerarios se han vuelto más intrincados. Si todo ritual de despedida resulta fundamental para comenzar el duelo, parece evidente que estas complejas liturgias responden, más bien, al progresivo distanciamiento de nuestras sociedades (urbanizadas, luego industrializadas y más tarde tecnificadas) de su propio entorno, de la propia naturaleza. Es como si a medida que destruimos el medio ambiente y atomizamos la sociedad tuviéramos que exponer imaginativos relatos en los que la muerte está claramente escindida de la vida, en lugar de formar parte indisoluble de ella.

Sabían que la muerte no es lo que nos dicen, y por eso su desaparición biológica no ha puesto fin a nada

Parece que se trata de olvidar que, precisamente la naturaleza, esa de la que nos hemos separado de manera depredadora, es la esencia de la vida. Cuando menor es nuestro vínculo con ella, menos entendemos que acotar el tiempo en función de una vida humana no deja de ser una convención, como si el nacimiento y la muerte marcaran una división objetiva. Y no es así. Los ciclos vitales van más allá de lo biológico, se incardinan en un relato comunitario en el que las vidas de sus individuos únicamente son hitos de un camino mucho más largo. Por tanto, el drama de la muerte se atenúa, al comprender que la pérdida de un ser querido no supone tanto una conclusión, sino un paso más de una trayectoria que ni empieza ni acaba con nosotros, pero que tampoco se entendería sin nuestra presencia, ni se entenderá. En suma, las narrativas y liturgias de la muerte se vuelven más complicadas cuando perdemos el sentido de comunidad y de pertenencia a nuestro entorno. Solo así se explica que haya que inventar un más allá donde por fin recuperemos todo eso que nuestros sistemas sociales, del que la religión es parte insoslayable, se han encargado de destruir. Sería largo e impropio de un artículo como este desarrollar esa idea, y además seguro que alguien lo ha hecho ya.

Me disculpo por toda esta digresión. Ha sido un verano cruel, ya lo he dicho, y hace meses que le vengo dando vueltas a esto porque ninguno de mis dos amigos, ninguno de mis dos compañeros, ha tenido una despedida convencional. Sabían que la muerte no es lo que nos dicen, y por eso su desaparición biológica no ha puesto fin a nada. Me habría encantado que se hubieran conocido, pero las circunstancias lo impidieron. No tengo ninguna duda de cuánto habrían encontrado el uno en el otro.

En un rato terminaré de leer La hora sin sombra, una novela de Osvaldo Soriano que la pareja de mi joven amigo me ha regalado, con otros de sus libros. Entre sus páginas encontré una factura del primer teléfono móvil que él se compró al llegar a España en 2019, poco antes de que estallara la pandemia. Es un Alcaltel 1S 3GB + 32GB Dual SIM. Me dan ganas de llamarle, como si realmente su muerte no hubiera puesto fin a nada, y contarle que mi pareja y yo nos mudaremos unos meses después del verano y que no soporto la idea de que él ya no pueda hacer planes similares con la suya.

No hay liturgia contra eso.

No miren fijamente a Carlos Fonseca

  • La prosa de Carlos Fonseca, cuya última novela (Austral), ha publicado Anagrama, es un péndulo que poco a poco te hipnotiza hasta que la conciencia queda en suspenso para vagar por un territorio construido a la medida de su ambición.

[Fonseca (1)Publicado originalmente en elDiario.es] Si ustedes también han rebasado esa linde vaporosa que solemos conocer como “mediana edad” seguro que ya han caído en la tentación de volver a las lecturas que marcaron su juventud. Yo aproveché El Confinamiento, ese período de nuestra recentísima historia que, con una duración de apenas cien días (¡pero cuál es la duración real de cada día de reclusión domiciliaria!), ya merece las mayúsculas. Releí, por ejemplo, casi todo Saramago. De ese modo, descubrí cómo alguna de sus novelas que, allá por el siglo XX, me había deslumbrado, de pronto se me antojaba demasiado efectista. Por otro lado, si ya entonces sospechaba que algunas otras eran obras maestras, los argumentos que entonces me faltaban para defender esa idea ahora me venían en tropel. Aún no tengo claro si en esos veintitantos años era Saramago o yo quien había cambiado. Supongo, más bien, que si los ejemplares a los que volví a enfrentarme eran los mismos, el lector de antaño y el de aquel Confinamiento solo compartían nombre.

Ya en racha, me dije que iba a abordar a Faulkner, otro autor de juventud, pero entonces fui saltando de un libro a otro, posponiendo ese propósito de relectura, hasta que sin más irrumpió la nueva normalidad, no sé si la recuerdan. Con ella se fue mi intención, o en todo caso se aplazó, pues lo cierto es que hace tan solo unos meses retomé, por fin, a Faulkner.

Para mí, Faulkner era sobre todo ¡Absalón, Absalón!, y ¡Absalón, Absalón! era sobre todo una atmósfera, en concreto una casi hipnótica. En mi recuerdo, esa novela, que había leído en un viejo ejemplar de la biblioteca de mi padre, no tenía trama, ni casi personajes, ni casi escenarios, ni reflexiones, ni diálogos, si a eso vamos. Teniendo todo eso claro, ¡Absalón, Absalón!, quizás más que el resto de novelas de su autor, me había deparado principalmente la sinuosidad de una evocación, la de dos jóvenes insomnes una noche tan oscura como las de antes. Echados sobre sus camas de un cuarto de estudiantes, lejos del Sur, pero solo en vulgares términos físicos, entre cigarrillo y cigarrillo, destilan el humo inaprensible de la memoria, la de ellos, la mítica de su condado, y también la de sus ancestros. El Sur, el Sur, el Sur se convertía así en una suerte de hipnosis a la que habíamos llegado porque la prosa de Faulkner, esa habitación de mi recuerdo con sus dos estudiantes, lograba suspender nuestra conciencia. De esa manera nos tenía a su merced, como parte de una historia en la que, sin embargo, solo parecíamos vagar de un sitio a otro, ajenos a nuestra propia voluntad. No importaba qué nos contase ese relato, sino cómo su autor había urdido un conjuro para que toda la atmósfera se nos impregnara por dentro. Seguir leyendo «No miren fijamente a Carlos Fonseca»

España es Madrid o el debate de la nación como pleno municipal

  • Para Pedro Sánchez a todos nos tenía que resultar de vital interés los problemas de una barriada de Madrid, calcados a los de cualquier otra ciudad del país.

Congreso (1)[Publicado originalmente en elDiario.es.] Gracias al debate del Estado de la Nación ahora sabemos que aquello de que Madrid es España, ese delirio de Díaz Ayuso del que tanto nos reímos, lo comparte también el presidente del Gobierno. Cuarenta y cuatro millones de personas que en España no vivimos en Madrid capital nos pudimos enterar de que por allí tienen un problema con una promoción urbanística en una zona que llaman Campamento. Por muy calcado que ese problema sea a cualquier otro de cualquier otra ciudad, Pedro Sánchez consideró que ninguno más merecía el estatus de cuestión de estado, así que anunció en el debate de la nación que iba a desbloquear la operación urbanística.

A 44 millones de residentes en España se nos quedó la misma cara que si a los madrileños, y a casi todo el resto del país, les hubieran anunciado en el debate del Estado de la Nación que el consejo de ministros, por fin, paralizaba la tramitación para la torre del puerto, que ustedes no saben qué es. Para Pedro Sánchez, a todos nos tenían que resultar de vital interés los problemas de una barriada de Madrid, pero no, por ejemplo, que en un dique de Málaga se vaya a construir un rascacielos con gravísimos costes medioambientales para la bahía. Ese de la torre del puerto es un proyecto que ha despertado un enardecido rechazo popular en Málaga, y en última instancia su tramitación, como la de Campamento, depende del Gobierno central. Nadie en Málaga, ni en cualquier otra ciudad que no fuera Madrid, habría entendido que el debate de la nación se convirtiera en un pleno municipal.

Por si fuera poco, en su estrecha concepción de la nación, Sánchez también anunció la gratuidad para los trenes de cercanías y media distancia. ¿Saben qué provincia encabeza el ránking de ciudades con más de 50.000 habitantes sin tren? Málaga, sí, que por increíble que parezca no tiene conexión ferroviaria de su capital con ninguna de las otras tres ciudades más pobladas, Marbella, Mijas y Vélez-Málaga. De hecho, Andalucía, la Comunidad más poblada de todo el país, encabeza igualmente ese ránking autonómico, de modo que hubiera sido pertinente que el presidente explicara que igual esa medida de la gratuidad estaba principalmente destinada, otra vez, sí, a Madrid. De hecho, podría haber anunciado que por fin se cumplía la promesa de conectar esas ciudades por tren, algo que lleva décadas esperando un rimbombante desbloqueo como el de Campamento. Da igual; si se desbloqueara, nunca se anunciaría, con toda lógica, en un debate del Estado de la Nación.

De todas formas, lo más sonrojante fue que anunciara que iba a meter un impuesto especial a la banca y las eléctricas: especial porque solo va a durar dos años, como si el problema con sus beneficios indecentes fuera temporal

Se conoce que a Sánchez el problema con esa promoción urbanística le parece una cuestión de Estado más relevante que las vergonzosas muertes de Melilla, por las que su ministro Grande-Marlaska va a tener que dar explicaciones en Bruselas. Por supuesto, es mucho más relevante que su decisión de duplicar el presupuesto en armamento mientras España arde sin dotaciones suficientes de bomberos.

En el fondo, la batería de medidas que Sánchez anunció parecía más bien una pedrea con la que repartir miseria y recoger antes de que saliera el gordo. De lo contrario, en lugar de ese problema local de Madrid con algunas viviendas, nos habría explicado cómo iba a revertir el modelo especulativo que en España convierte la vivienda en un producto de mercado, y no en un bien social. También qué va a pasar con los inmuebles de la SAREB, con las subidas de las hipotecas, con la insuficiente ley de los alquileres, con la vivienda social, etc.

Del mismo modo, a la vez que anunciaba la gratuidad de los cercanías y medias distancias, hubiera estipulado el aumento de la frecuencia, como resultaba evidente. Además, por fin habría decretado que el AVE no puede tener precios para unos pocos, que se van a recuperar todas las líneas perdidas y a construir otras necesarias.

De todas formas, lo más sonrojante fue que anunciara que iba a meter un impuesto especial a la banca y las eléctricas: especial porque solo va a durar dos años, como si el problema con sus beneficios indecentes fuera temporal, y no estructural gracias a una legislación que sí supone, y de qué manera, una cuestión de Estado.

Al final, entre problemas que eran locales y otros estructurales que no abordaron, pareció que más que el debate del estado de la nación estábamos ante el debate del estado del gobierno. Y como sigan así va a ser igual que el impuesto especial: temporal.

Si no sabemos qué es la realidad, ¡riámonos de ella!: ‘La postura imperfecta’, de PL Salvador

  • Sin salir de Calpe, PL Salvador viene desarrollando una obra singular y prolífica que poco a poco gana lectores, en este caso Santi Fdez. Patón se acerca a su más reciente novela, de la que le interesa su exploración de la psique del individuo moderno, algo en lo que enlaza con su propuesta narrativa propia.

[Publicado originalmente en Revista Penúltima.] PL Salvador es uno de esos autores tan singulares como minoritarios. En La postura imperfecta bebe de las mejores tradiciones literarias para componer el largo monólogo de un recepcionista nocturno que, en las ochos horas de su jornada laboral, demostrará que si la realidad es un concepto escurridizo, lo mejor será tirar de ironía.

La postura imperfecta, ganadora de la tercera edición del premio Martín Fierro convocado por la editorial Distrito 93, pone las cartas sobre la mesa desde el primer párrafo: «[arrastro] una atrofia cerebral con la mayor dignidad posible». Quedamos avisados, por tanto, de que a partir de ese momento se dan por reventadas las costuras de la realidad. El juego, como en Alicia en el país de las maravillas, no puede quedar atado a reglas estrictas, sino que estas se irán componiendo sobre la marcha. ¿Padece de verdad este nocturno narrador un trastorno esquizoafectivo? ¿La sinuosa recopilación que hace sobre su vida, tan inaprensible como disparatada, es fruto de ese trastorno o, por el contrario, su desbocada fantasía es la que le lleva incluso a inventar males mentales? ¿Qué es, de hecho, la realidad? ¿Es esta el propio relato que nos hacemos sobre nosotros mismos y sobre cuanto nos rodea, o ese relativismo absoluto, ese «mal del posmodernismo», se erige como la excusa para no arrostrar la cara fea de la vida? Vayamos más allá: ¿la vida se limita a ese recorrido biológico que va desde el nacimiento a la muerte?

Ocho horas de escritura febril en una recepción de una torre de apartamentos turísticos dan para muchos meandros, al menos si, como es el caso, la pericia de este narrador consigue hacernos cómplices de tremendos disparates, reencarnaciones hilarantes, momentos históricos cardinales, reflexiones filosóficas de aquí (Occidente) y de allá (Oriente), para sin pausa arrancarnos carcajadas, a veces culpables.

Por eso hemos dicho que PL Salvador, personaje con cameo en este divertido, audaz e incisivo monólogo, bebe de tradiciones reconocibles, desde esa que hemos mencionado de Lewis Carroll hasta otras del humor, como el Tristam Shandy. Todo ello nos da ya una pista de que nos encontramos ante una novela que, mediante una prosa cuidadísima, trata de explorar los límites no solo de lo real y lo vivido, sino incluso de la fantasía, lo que puede parecer una contradicción. La pregunta sería la siguiente: ¿en qué momento entramos en el terreno de lo fantasioso si uno lo experimenta como real y, de hecho, con qué autoridad se sitúa el testigo exterior para determinar algún tipo de verdad? ¿Nos vale el discurso social, el médico, el profesoral, como validadores absolutos de la realidad? ¿No son acaso también convenciones epocales condenadas, antes o después, a perder su consenso?

Posiblemente, pero por mucho dolor o sufrimiento que quizás haya experimentado este recepcionista con querencia por las horas solitarias de la noche, el drama de una vida desquiciada queda anulado desde el momento en que el discurso resulta tan ambiguo como seductor. Así, no podemos sino reírnos de las penalidades que nos narra, ya se trate de una malformación mal curada en el pene hasta una inclinación hilarante por el nazismo que siempre entra conflicto con el cultivo de amistades en absoloto arias. En fin, que nos nos podemos creer nada, ni siquiera el origen belga del narrador, ni su vida familiar, ni sus amigos, ni sus supuestas dolencias y, menos que nada, sus recuerdos de infancia y adolescencia. ¿Acaso no ha confesado en el primer párrafo que esos tiempos lejanos «subyacen en el país de las lagunas»? Ahí radica, una vez más, la humorada, en que a continuación no duda en desgranar esos mismo tiempos nebulosos.

Sin embargo, no comentamos el error de creer que todo vale. PL Salvador, como buen bebedor de exquisitas tradiciones, sabe que la literatura es exigente, y la elaboración artística que aquí nos ofrece jamás desbarra. La postura imperfecta va y va, fluye y fluye, no nos deja detenernos, pero siempre en un dirección concreta, la que marcan las ocho horas de esa jornada laboral. En esas ocho horas todo este relato debe dar sentido a una vida entera, y sentido no significa a la fuerza «racionalidad», ni «destino», sino simple dirección. Entre medias, nos irá dejando pensamientos como perlas, ideas como destellos, argumentos convincentes… Solo para desmontarlos unas páginas más allá. Y a la postre, ese será el sentido: si esta noche el relato de toda una vida ha cabido en ocho horas, mañana quizás una vida diferente, aunque sea la misma, cabrá en el relato de otras ocho horas. Ambas vidas y ambos relatos serán verdad. Y quien no lo entienda, por lo menos se reirá.