Aquel lejano 2020: una ficción futurista

  • Ahora nos parecen ridículas expresiones como “líder político”, “ministro”, o no digamos ya “presidente del gobierno”.

[Publicado originalmente en elDiario.es] En la primavera del año 2020 España entró en estado de alarma, que era la figura jurídica que permitía al gobierno restringir derechos fundamentales y confinar a la población en sus hogares. Uno ponía la televisión y solo encontraba hospitales saturados, sanitarios exhaustos, cadáveres de ancianos abandonados en residencias y cifras ascendentes de muertos, miles de muertos, decenas de miles de muertos. Daba igual la parte del mundo. En cualquier país se improvisaban morgues, el ejército patrullaba las calles o trasladaba ataúdes, a veces en interminables hileras de camiones. Para comprar alimentos había que esperar en colas al exterior, siempre enfundados en guantes, mascarillas improvisadas en casa y convenientemente separados del resto. Ni siquiera los niños tenían permitido salir a la calle. De alguna manera debían seguir telemáticamente el curso escolar, pero muchos no tenían medios para hacerlo o sus padres no podían estar pendientes de ellos las veinticuatro horas diarias que ahora debían convivir. Ellos también trabajaban a distancia si su empleo no era de los considerados esenciales y si no habían sido despedidos. Sectores económicos enteros se descalabraban, y no estaba claro que todo el que saliera indemne de la pandemia fuera a sobrevivir a una crisis que iba a camino de dejar la de 2008 en una anécdota.

El fin de esas medidas, la apertura de fronteras y la llegada del verano acabaron precipitando otra ola de contagios, de manera que en otoño el gobierno recurrió nuevamente al estado de alarma, esta vez sin confinamientos domiciliarios. No cabía duda de que en esta ocasión los hospitales estaban mejor preparados, que la población más vulnerable se protegía en mayor medida y que los contagios entre los jóvenes, desatados tras el encierro de la primavera, por norma general no requerían ingresos clínicos. Con todo, los muertos diarios se contaban otra vez por cientos. Uno pisaba la calle y se veía rodeado por una multitud cautelosa, precavida. Las colas se extendían por los aceras de los establecimientos para no superar los nuevos aforos de interior, y en ellas todo el mundo guardaba un metro y medio de distancia entre sí, apenas se cruzaban brevísimas charlas si se coincidía con un vecino y hasta parecía que por una vez la gente no se comunicaba a gritos, porque se sabía que eso aumentaba las posibilidades de contagio. Ni siquiera estaba permitido fumar en las terrazas de los bares. Ahora nos saludábamos con un choque de codos o la mano en el corazón y, por mucha mascarilla que lleváramos, un observador atento podía apreciar una diferencia sutil en las conversaciones: todos hablábamos como en posición de retroceso, como si estuviéramos a punto de marcharnos, siempre a un brazo de distancia de ese conocido con el que nos topábamos, del antiguo colega de trabajo, de un compañero de un curso al que con la mascarilla casi ni habíamos identificado. En la calle uno se contemplaba como desde fuera, desdoblado, en tercera persona.

Por si fuera poco, la movilidad había quedado restringida. Nadie podía circular por la vía pública en horario nocturno, ni desde luego desplazarse a otro municipio. Solo con la llegada de la Navidad se aliviaron, en cierta medida, algunas de esas restricciones.

Esas mismas Navidades, a la vez que una nueva cepa del virus multiplicaba los contagios, por fin comenzaba en todo el continente la campaña de vacunación. Era un hito impensable tan solo unos meses atrás y que únicamente se consiguió gracias al esfuerzo conjunto de científicos de todo el globo, por una vez libres de intereses geopolíticos.

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Marihuana

[Publicado originalmente en el Diario.es] La hipocresía del gobierno actual, en la que tanto se parece a todos los anteriores, alrededor de la regulación del cannabis ha provocado que España pierda un tren económico para el que estaba excelentemente preparada. No en vano, el país es uno de los mayores abastecedores del mundo (casi todo el cannabis de los coffe shops de Países Bajos procede de aquí y la demanda alemana está en alza, por ejemplo). Igualmente, tiene capacidad real, gracias a su clima, para convertirse en uno de los viveros del planeta (no solo por las plantaciones del sur, sino por todas las que pueden florecer, y de manera clandestina ya lo hacen, en la España vacía). Además, cuenta con algunos de los mejores expertos (a los que han recurrido muchos de la cincuentena de países que ya regulan su uso). Por si fuera poco, uno de los gigantes para su exportación, la empresa farmacéutica Alcaliber, no deja de enriquecerse.

Hasta el mes pasado, sin embargo, el gobierno, en contra de la misma OMS, sostenía que no había evidencias de que el cannabis tuviera cualidades terapéuticas. A principios de este mes, siguiendo precisamente las recomendaciones de la OMS, la ONU ha reconocido de forma oficial las propiedades medicinales de la planta. La ha sacado de la lista en la que la mantenía desde 1961, lo que dificultaba enormemente la investigación médica. De hecho, según el CIS, casi la totalidad de la población española está favor de su legalización para uso terapéutico.

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La educación privada: una experiencia personal en medio del debate por la concertada

La privada

Durante cuatro años de mi adolescencia, los que correspondían al antiguo BUP y COU, cursé mis estudios en un colegio privado. Había sido levantado durante el franquismo, como internado situado a las afueras de Madrid, hasta que la ciudad poco a poco se comió aquellos terrenos e integró el colegio en un barrio de nueva construcción, a mediados de los setenta. Nadie parecía haber remodelado el colegio en décadas. Las instalaciones eran deficientes, ruinosas, tétricas, nada que ver con las del instituto público del barrio, de reciente inauguración, si bien ocupaba una parcela mucho más amplia. Por lo que he sabido, el colegio acabó en manos de una empresa especializada en la educación privada, que llevó a cabo las pertinentes reformas. Lo peor, con todo, era el nivel del profesorado, entre el que apenas se salvaban dos o tres docentes. El resto no tenía aptitudes pedagógicas o su bagaje cultural dejaba mucho que desear. Recuerdo que el profesor de Lengua y Literatura parecía, y quizás fuera cierto, no haber leído un solo libro que no figurara en el temario. Estaba convencido de que Lorca no había sido homosexual, un terrible malentendido causado por el protagonismo de las mujeres en La casa de Bernarda Alba o Yerma. Hubo un tiempo en que creí que esos cuatro años de estudio solo me habían aportado experiencias desabridas, poco provechosas, hasta que más adelante tuve que enfrentar algunas situaciones o compartir espacios con un tipo de persona a la que, ahora, conocía bastante bien: el pijo. Y esos cuatro años se revelaron muy útiles.

En aquel colegio había dos tipos de alumnos claramente diferenciados. Por un lado, estábamos los hijos de asalariados, trabajadores cualificados por cuenta ajena y con buenos sueldos, sin negocios propios, empresas heredadas ni patrimonios familiares. En muchos casos, como el de mis padres, habían llegado a Madrid desde sus pueblos, dispuestos a no defraudar las expectativas que sus mayores ponían en ellos. Por otro lado estaban… Bueno, estaban ellos, ellas. A simple vista se les reconocía. Aparcaban sus motos en el colegio, fumaban los mismos cigarrillos rubios que nuestros padres, la variedad de marcas que vestían era asombrosa, y desde luego también su fondo de armario. Además, vivían en la parte de los chalets del barrio y, curiosamente, nunca entendíamos del todo a qué se dedicaban sus padres. Eran señas exteriores que tenían su importancia, pues, como acabé por comprender, asistir a ese colegio solo se justificaba por ingenuidad o por una cuestión de estatus.

Los pijos vivían como si no hubiera una mañana. Es decir, vivían como si sus actos no tuvieran consecuencias, no fueran a enturbiar su futuro, inmediato ni a largo plazo.

En cualquier caso, no eran aquellos rasgos superficiales los que les distinguían, sino eso que luego me resultó útil en mi vida posterior: los pijos vivían como si no hubiera una mañana. Es decir, vivían como si sus actos no tuvieran consecuencias, no fueran a enturbiar su futuro, inmediato ni a largo plazo. En lugar de sumarse a los botellones, los fines de semana se emborrachaban sin medida en los bares, por la sencilla razón de que no tenían que contar las monedas para continuar la noche. Si era necesario invitaban a todos, y el lunes volvían al colegio con la cartera llena. ¿Es que no les daban paga semanal? Ni siquiera le echaban un vistazo a sus calificaciones cuando llegaban las evaluaciones, aunque solo hubieran aprobado una o dos asignaturas. ¿Para qué? Les daba igual que su media bajara estrepitosamente, porque ellas y ellos iban a enfilar directos a la empresa de papá o a una universidad privada que no exigía nota de corte. En el caso de los chicos, ligaban de una manera abrumadora, y también solo mucho después comprendí que eso se debía a una seguridad en sí mismos de la que ni siquiera eran conscientes, porque no concebían que alguien les dijera que no, que se opusiera a su deseo o su capricho. Jamás hablaban de política, para qué, si la pelea por las condiciones de vida les era ajena y aún, con la dictadura demasiado reciente, estaba por estallar la guerra cultural. Seguir leyendo “La educación privada: una experiencia personal en medio del debate por la concertada”

Esta columna debería ser un cuento

  • Víctimas de la pederastia clerical, hace un año, en el Vaticano

    Iba a escribir sobre el desgarro que esta semana he sentido al leer las noticias sobre abusos de todo tipo a menores y la impunidad de la Iglesia. Justo entonces terminé los cuentos de Tiza roja, antología de Isaac Rosa, y me dije que a veces una noticia, una opinión, no bastan para entender la actualidad.

Durante décadas el Vaticano urdió toda una trama para proteger a los abusadores sexuales de niños, como ha quedado acreditado. No importaba si un solo eclesiástico, como Marcial Maciel, fundador de Los Legionarios de Cristo, había violado él solo a casi un centenar de niños: contaba con la bendición de la Iglesia.

La Justicia terrenal, por su parte, tampoco pone demasiados reparos. El Tribunal Supremo ha rebajado recientemente la pena de once años iniciales a tan solo dos (el límite justo para no ingresar en prisión) al cura que abusó reiteradamente de un menor en el colegio del Opus Gaztelueta. La Iglesia, por cierto, ha hecho todo lo que estaba en su mano para desacreditar a la víctima. En el reformatorio Tierras de Oria de Almería un joven de dieciocho murió después de que lo amarraran brutalmente en su cama durante hora y media, una práctica que ahora sabemos habitual. Al joven que denunció esas prácticas lo han condenado, por “revelación de secretos”, a dos años y medio de cárcel, más que al cura violador del Opus, y al trabajador que grabó el vídeo, a dos años de cárcel.

Yo mismo publiqué en su día una columna sobre este último caso, y hoy me proponía expresar la angustia, el horror que me genera toda esa impunidad, la desprotección de la infancia por parte de quienes más deberían velar por ella. Sin embargo, justo antes de ponerme a ello terminé de leer Tiza roja (Seix Barral), la antología en la que Isaac Rosa reúne cincuenta de los cuentos que en los últimos años ha publicado en La Marea y en este mismo periódico.

Buena parte de esos relatos los había leído en el momento de su aparición. Entonces los asumí como originalísimas parábolas que ilustraban la actualidad más inmediata, a veces incluso una noticia de unos pocos días atrás. Venían a ser algo así como la información hecha carne, el complemento humano a la prosa periodística. Hoy, desgajados del soporte en que nacieron, parecen cuentos distintos: toda su potencia literaria queda al descubierto, y lo que antes pareció un jugoso pie en la página de la actualidad, es hoy un imaginativo reflejo de los tiempos que vivimos.

De pronto entendí que era imposible expresar mediante una columna el desgarro que me causaban todas esas noticias sobre el maltrato, también institucional, a los menores. Relato a relato, el ingenio de Rosa me había atravesado, me había conmocionado, me había llenado, a veces, también de optimismo, me había hecho experimentar el mundo que me rodea, con sus tragedias laborales, sus trabajadores siempre pobres, pero también su rebeldía escurridiza, sus diferencias de clase, y a la vez la ridiculez de los privilegiados y de los quiero y no puedo, sus depredadores sexuales y la ceguera social frente a ellos, la banalización de la pobreza, la crisis de la vivienda y la batalla por que no se olvide que es un derecho fundamental. Cincuenta derroches de talento que eran como ver, como sentir, como dejarse traspasar por cada una de las secciones de un periódico.

Es un lugar común que la literatura nos debe interpelar, incardinarse en nuestro tiempo, interpretar nuestra época, qué nos pasa, en definitiva, como dice el propio Rosa en el prólogo de su libro. No estoy hablando de eso, o no solo; estoy hablando de que necesariamente la noticia despersonaliza, quita carne, piel, emociones. La noticia informa, claro, pero vivimos en un mundo que pasa ante nosotros a una velocidad inaprensible. El fragor, el ruido, se multiplican y acabamos por convertir, como no puede ser de otro modo, en noticia lo que en realidad son formas de vida colectivas… con su horror, como esos miles de niños violados al amparo de la Iglesia católica a lo largo de décadas y décadas.

No hay manera de escribir una columna sobre ello. Parece inabarcable para mi sensibilidad. Quizás, reflexiono, la ficción acaba por casar mejor con la realidad. Al fin y al cabo somos también lo que nos contamos o, sobre todo, cómo nos lo contamos. De más está decirlo: la información nos puede mover a la acción. Aun así, me digo, tal vez, un día, a algún periódico se le ocurra sustituir todas sus noticias por relatos de ficción. Entonces descubriremos que cada una de esas palabras nos atañe como seres humanos, no solo como indispensables consumidores de información. De momento, hasta que ese día llegue, quédense con Tiza roja.

[Publicado originalmente en elDiario.es]

Los alegres fascistas

  • De nuevo han sorprendido los eufemismos con los que la prensa local se ha referido a grupos neonazis que este fin de semana protagonizaron disturbios de poca monta.

En la madrugada del 20 al 21 de abril de 2017, Pablo Podadera, un joven malagueño, celebraba su vigésimo segundo cumpleaños en un local del centro de su ciudad. A cierta altura, salió con un amigo para tomar al aire y se toparon con una pelea entre otros jóvenes a los que no conocían. Los dos amigos intentaron mediar en esa pelea, pero como respuesta tiraron a Pablo al suelo y le patearon brutalmente. Un día más tarde moría hospitalizado a causa de las lesiones. Los asesinos de Pablo Podadera estaban vinculados al Frente Bokerón (los animadores ultras del C.F. Málaga) y la asociación de extrema derecha Málaga 1487 (la fecha de la Toma de Málaga por los Reyes católicos), muy parecida al Hogar Social de Madrid, más conocida. Ambas organizaciones propugnan abiertamente ideas y simbología racista y xenófoba. No obstante, de manera sorprendente, la prensa local omitió el nombre de estas organizaciones en la cobertura de la noticia.

Más sorprendente resultó aún que el Málaga C.F. no condenara los hechos ni tomara algún tipo de medida contra el Frente Bokerón, y más aún que el Gobierno de la ciudad, entonces como ahora en manos del PP, tampoco lo hiciera: el Ayuntamiento de Málaga es copropietario, junto a la Diputación provincial y a la Junta de Andalucía, todos en partes iguales, del estadio La Rosaleda, donde juega el Málaga. Ninguna de estas instituciones públicas exigió al club, cuyo estadio pagan, que condenara tajantemente el asesinato. Tampoco que mientras el Frente Bokerón siguiera contando con personas vinculadas a grupos que hicieran apología de la violencia o ideas de corte racista o xenófobas le retirara las ayudas que recibe en forma de reducción del precio de abonos, espacio reservados en el estadio, recintos de almacenamiento, etc.

Ahora hemos sabido que los disturbios de poca monta con los que este fin de semana algunos jóvenes malagueños pedían, básicamente, que les dejaran hacer botellón durante el toque de queda estaban protagonizados por miembros de estas mismas organizaciones. De nuevo han sorprendido los eufemismos con los que la prensa local, sobre todo del principal periódico de la ciudad, se ha referido a estos neonazis: “jóvenes de estética radical”, donde deberían haber dicho skin heads, o pertenecientes a “grupos de animación deportivos”, donde deberían haber dicho al Frente Bokerón.

La complacencia con la que se ha llegado a normalizar este tipo de organizaciones explica, entre otros factores, que el Congreso de los Diputados cuente con 52 fascistas en sus escaños. Parece que aún no se quiere entender de qué va esto. En 2017 un joven malagueño murió no por defender unas ideas ni por militar en un colectivo político, pero eso no quiere decir que haya que obviar la ideología y la pertenencia política de sus agresores. Para ser víctima de la violencia de la extrema derecha no hace falta significarse en política, ser inmigrante ni tener una orientación sexual determinada. Solo hace falta que esas organizaciones neonazis se enseñoreen en las calles, como descubrió Pablo Podadera, porque los medios de comunicación y las instituciones, con sus reacciones tibias, les han creado cierta sensación de legitimidad.

Si la prensa no es capaz de señalar la filiación claramente política de estos grupos, de denunciar su apología de la violencia frente a los extranjeros, los homosexuales o personas de otras “razas”, si se sigue refiriendo ellos con medias palabras, eufemismos o directamente expresiones inocuas (¡animadores deportivos!, como si de una peña se tratara), si las instituciones que nos representan siguen invirtiendo dinero en clubs que los acogen, serán responsables, sin ningún tipo de paliativos y en una medida nada despreciable, del actual auge del fascismo. Pero no pasará nada, porque en realidad nos informarán de otro auge, el de las estéticas radicales y los animadores de fútbol.

[Publicado originalmente en elDiario.es]

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¡Respeta mi opinión!

  • Son múltiples las causas que llevan a que un número creciente de personas confunda el respeto a la libertad de expresión con el respeto al contenido de las propias expresiones. Hemos llegado a tal extremo que se exige respeto a opiniones que, por un lado, cuestionan hechos incontrovertible y, por otro, consensos de carácter ético y moral.

La tensión social que está provocando la pandemia ha dado lugar a que un día sí y otro no tengamos que oír dislates de todo tipo, pero quizás el más sorprendente resulte ese de que todas las opiniones son respetables. Sin duda, hay múltiples causas que llevan a que un número creciente de personas confunda el respeto a la libertad de expresión con el respeto al contenido de las propias expresiones. Parece evidente que las actuales técnicas de manipulación tienen mucho que ver, pero seguramente todo esto viene abonado por el espacio cada vez menor que ocupan las humanidades en los planes educativos.

Hemos llegado a tal extremo que se exige respeto a opiniones que, por un lado, cuestionan hechos incontrovertibles y, por otro, consensos de carácter ético y moral. Así, cualquiera puede ahora cuestionar que el coronavirus sea contagioso, que la mascarilla tenga alguna utilidad o que, incluso, los hospitales hayan estado alguna vez saturados. Es su opinión, y en un Estado de derecho, donde la libertad de expresión resulta fundamental, merece ser respetada. Da igual que los hechos contradigan semejantes desvaríos, que los mecanismos de creación de bulos estén bien estudiados o que los verificadores de noticias cuenten con los máximos avales: eso también es opinable, ¿o acaso somos borregos, metidos en la vereda de la corriente oficial de pensamiento? Y eso nos lleva al segundo aspecto: el de opinar sobre valores. Seguir leyendo “¡Respeta mi opinión!”

La hora de la ciencia… social

  • La crisis actual de la Covid19 exige la competencia de un amplio abanico de las ciencias sociales y las humanidades: sociología, ciencias políticas, psicología, filosofía, docencia, economía, creación… Se trata de pensar en colectivo, y esta es una ocasión histórica para que nuestros periódicos, nuestros informativos, retomen esa función que una vez tuvieron.

Si hay un estamento al que se ha prestado especial atención desde que comenzó la pandemia es, como resulta lógico, el científico. No podía ser de otro modo, y menos en esta época de redes sociales convertidas en coladeros de bulos, cuanto más disparatados más virales (¿han leído ya eso de que las PCR son simples anzuelos para que nos metan por la nariz un bastoncillo portador del virus?). No obstante, vivimos una época de ansiedad generalizada, de incertidumbre extrema y precariedad aguda. Y eso precipita todo, especialmente los titulares de prensa, que responden a ese afán comprensible por saber algo, lo que sea, cuanto antes, ya. Queremos respuestas, de manera inmediata. Y entonces recurrimos a los científicos, de pronto convertidos en algo así como oráculos, en lugar de profesionales pillados por sorpresa, desconcertados por un virus del que hace unos meses ignoraban todo y acerca del que ahora deben conocer hasta el último detalle, aunque sus condiciones laborales sean, en el caso español, igual de nefastas que antes.

Las mascarillas no eran necesarias, ahora hay que llevarlas hasta en el campo; los niños eran “vectores de contagios”, luego apenas tenían capacidad de contagiar a nadie y ahora vuelven a ser supercontagiadores. Los males estomacales podían ser un síntoma de la Covid-19, ahora es la conjuntivitis, o los eczemas, mientras que un tercio de los afectados no padece síntomas, pero contagia, o no, y la cuarentena debía alargarse dos semanas, aunque mejor diez días. El aire no era elemento de transmisión, ahora sí, etc. Y todo ello, a veces, lo hemos sabido y dejado de saber en el mismo día, dependiendo del diario que uno leyera. Tu pareja podía tener una información radicalmente opuesta a la tuya… Y ambos la habíais leído en un medio respetable. Seguir leyendo “La hora de la ciencia… social”

Columnas de septiembre en eldiario.es

  1. Incendio en el campamento de refugiados de Vathi, Samos, Grecia. Foto de MSF

    El corto verano del flower-negacionismo: «La mascarilla es demasiado golosa como para no convertirla en símbolo de una revuelta comodona, sin mayor fundamento teórico que cadenas de WhatsApp».

  2. Europa amnésica: «Los amnésicos, de Geráldine Schwarz, indaga acerca de la complicidad social con el nazismo y los mecanismos institucionales para borrar de la memoria colectiva esa misma complicidad. España es uno de los Estados que más permisividad demuestra a la hora de normalizar un régimen aniquilador como el que padecimos».

Europa amnésica

  • Los amnésicos, de Geráldine Schwarz, indaga acerca de la complicidad social con el nazismo y los mecanismos institucionales para borrar de la memoria colectiva esa misma complicidad. España es uno de los Estados que más permisividad demuestra a la hora de normalizar un régimen aniquilador como el que padecimos.

[Publicado originalmente en eldiario.es] «Nuestra propia historia nos permite saber de lo que es capaz el ser humano. No debemos imaginar que ahora somos mejores y diferentes». Ningún país de nuestro entorno, y menos España, se ha enfrentado a su pasado más oscuro de la manera que Alemania comenzó a hacerlo después de la Segunda Guerra Mundial, pero sobre todo a partir de los años ochenta. El principal hito, dentro del ámbito institucional, fueron esas palabras, extraídas del famoso discurso que en 1985 pronunció el presidente Richard Freiherr von Weizsäcker, y que borraron cualquier mínima tentación de exculpación social con el horror nazi. Las recoge Geráldine Schwarz en Los amnésicos: historia de una familia europea, ensayo con el que el que ha obtenido algunos de los principales premios europeos, y que solo la recomendación entusiasta de Lucrecia Hevia en un post de Facebook me llevó a leer.

Los amnésicos no es un libro sobre el nazismo, ni siquiera sobre sus causas, sus consecuencias o su contexto histórico. Es, en primer lugar, una indagación acerca de la complicidad social que lo permitió y, en segundo lugar, un estudio sobre los mecanismos institucionales para borrar de la memoria colectiva esa misma complicidad. La principal particularidad es que Schwarz, nacida en los años setenta de padre alemán y madre francesa, hace todo ello tirando del hilo de su propia familia. Estamos ante una investigación tan desgarradora como absorbente que acaba convirtiéndose en metonimia de todo un continente. Por otro lado, aunque sin desmerecer el conjunto, bien se podría haber ahorrado su análisis del presente desde una blanda mirada socialdemócrata. Seguir leyendo “Europa amnésica”

El corto verano del flower-negacionismo

  • La mascarilla es demasiado golosa como para no convertirla en símbolo de una revuelta comodona, sin mayor fundamento teórico que cadenas de WhatsApp.

¿Quién no alberga en su interior una semilla, por pequeña que sea, de rebeldía e inconformismo? Democracias representativas que funcionan por delegación, individualismo salvaje, capitalismo despiadado, patriarcado por doquier, fronteras férreas, muertos en pateras, educación excesivamente tutelada, sanidad desbordada, crianzas sin políticas de conciliación, burocracias laberínticas, medios de comunicación sin vocación de servicio público y, donde quiera que uno mire, injusticias y desigualdades de todo tipo. Demasiado para el cuerpo. El Leviatán parece inconmensurable, imperturbable, rocoso como un antidisturbios atizando a un ingenuo, una ingenua, que tenga la ocurrencia, por ejemplo, de frenar un desahucio. No me digan que no da pereza alzarse contra este estado de cosas.

Dan ganas de quedarse en el sofá y empezar alguna revolución sin salir de casa o, cuando menos, algún movimiento contestatario a golpe de click. Esas ganas crecen sobre todo en verano, y más en uno como el que acabamos de pasar, con la movilidad reducida, los ahorros enflaquecidos, el futuro laboral en el aire y los subsidios sin llegar: un verano tan propenso al aburrimiento.

Para algunos el mayor problema que atraviesa este país es el uso obligatorio de mascarillas. Ahí ven el mayor esfuerzo del Estado neoliberal por domeñar nuestra conciencia, doblegar nuestra voluntad, aniquilar el libre albedrío o, lo que es peor, evitar el abrazo, la composición de los cuerpos para crear un nosotros. En definitiva, la mascarilla es la novedosa vía para constreñirnos, una vez más, en el individualismo. La mascarilla, el coronavirus en sí, tiene todo para que germine nuestra semilla rebelde sin tener que acudir a farragosas asambleas, sin llenar de nuevo las plazas, sin poner esos cuerpos que antes echábamos de menos en los portales amenazados de desahucios, en las manifestaciones contra las sentencias favorables a violadores. La mascarilla es demasiado golosa como para no convertirla en símbolo de una revuelta comodona, sin mayor fundamento teórico que cadenas de WhatsApp. Yo lo entiendo. Seguir leyendo “El corto verano del flower-negacionismo”