Los machotes del fútbol

  • Hooligans_optSeguir soslayando la realidad de violencia, machismo y racismo que rodea al mundo del fútbol es agravar el problema, algo de lo que debería tomar nota el nuevo ministro de Cultura y Deporte.

Cada vez que la selección de Inglaterra pierda un partido aumenta las posibilidades de que una mujer se lleve una paliza. La cosa es tan grave que este domingo, cuando en la tanda de penaltis perdió la final de la Eurocopa, que además se celebraba en Londres, de inmediato se desató una campaña en redes para dar cobijo en domicilios particulares a las mujeres que se encontraran por la calle. No era para menos, una horda enfurecida tomó el centro de Londres, causó daños considerables y, por una vez, funcionando como un solo cuerpo, logró incluso amedrentar a la policía para así defender su derecho al vandalismo futbolero.

En realidad, la orgía vikinga había comenzado antes incluso del partido, cuando miles de hooligans entraron por la fuerza al estadio de Wembley. No hubo manera de contenerles. La furia del borracho futbolero puede con todo cuando tiene el Valhalla al alcance de su mano en forma de 11 contra 11. Luego, ya se sabe, esos hooligans blanquitos se deshicieron en insultos racistas a los futbolistas que fallaron los penaltis, porque su piel no era lo suficientemente pálida.

No son anécdotas. Ese es el ambiente que rodea al mundo del fútbol, por mucho que siempre se hable de algunos aficionados con comportamientos lamentables, varios hinchas indeseables, etc. No, para empezar son hombres, en la inmensa mayoría de los casos, y son miles, como vimos el domingo, que encuentran un cauce institucionalizado, y televisado, a sus instintos primarios. Aún recordamos, entre tantos episodios, aquel “Era una puta”, cántico con el que cientos de seguidores del Betis apoyaron a un jugador acusado de maltratar a su expareja o el “Shakira es de todos”, la pancarta con la que parte del graderío del Espanyol saludó a Piqué.

Los clubes no hacen casi nada por atajarlo. Aquí en Málaga, sin ir más lejos, se acaba de confirmar la condena a unos cuantos miembros del Frente Bokerón que asesinaron a un chaval a la salida de un pub; pero ni el Ayuntamiento de Málaga ni la Diputación, copropietarios del estadio La Rosaleda, exigieron al Málaga CF una limpieza entre su hinchada.

Seguir soslayando esa realidad cada vez que se habla de fútbol es agravar el problema. El fútbol, para desesperación de tantos (y tantas) aficionados cívicos, se ha convertido en la plataforma ideal, casi legitimadora, de la violencia masculina. No ayudan las tertulias televisivas, con esa puesta en escena tan anacrónica, de señoros de puro y copa, ni desde luego la tibieza de la UEFA con los derechos humanos, como quedó en evidencia con el rechazo a que el estadio de Múnich se iluminara con la bandera arcoíris. No ayuda, desde luego que no, la imagen aguerrida que, de manera tan ridícula, pero a la postre tan trágica, proyectan algunas de sus estrellas. No ayuda, en definitiva, que el fútbol siga pareciendo un deporte de tiarrones, comentado en los medios por esos señoros y jaleado en las gradas por delincuentes en potencia.

El mundo que rodea al fútbol se ha vuelto peligroso, y lo vemos a menudo incluso en las categorías inferiores, en los clubes infantiles y partidos amateurs. Nunca he conseguido disfrutar ese deporte, pero imagino que sus amantes lo deben estar pasando realmente mal, y en algún momento tendrán que decir basta. Para eso hace falta la implicación, incondicional y drástica, de tantos sectores… Puesto que directivos y muchos profesionales no parecen por la labor, sino más bien al contrario, estaría bien que fuera una prioridad en la agenda del nuevo ministro de Cultura y Deporte, al que más bien parece que le han tocado dos marías. Pero no es así. Debería ponerse de inmediato manos a la obra. Algo ha mencionado, a propósito de la homofobia y el deporte, en su discurso de toma de posesión. Para ello tiene que contar con el Ministerio de Justicia y el de Igualdad. Si no, el fútbol seguirá siendo ese espectáculo machista, violento y racista que poco tiene que ver con lo que pasa en el campo.

Esta Eurocopa lo ha vuelto a demostrar.

La Casa Invisible, los centros sociales y la creación de comunidad

  • inv_optEntra en la recta final el crowdfunding de La Invisible de Málaga, unos de esos centros sociales que ha demostrado que, en crisis como la actual, la creación de comunidades es lo que nos salva

[Publicado originalmente en elDiario.es]. En estos días en que por fin nos quitamos las mascarillas y empezamos de nuevo a vernos las caras, se repite la pregunta de si la pandemia nos ha convertido en una sociedad mejor o, si por el contrario, nos ha vuelto más individualistas. En cualquier caso, como es habitual en situaciones extremas, cada quien habrá sacado a relucir su verdadera personalidad. No hay respuesta sencilla, sin embargo, para saber qué tipo de sociedad nos deja la pandemia, o desde luego no la hay a corto plazo. De lo que no tengo ninguna duda es de que esta crisis ha evidenciado cómo se activan o crean redes de cooperación que así llegan de tantas formas adonde no alcanza el Estado o lo público.

Han proliferado las experiencias de intercambio de recursos, tanto económicos como de saberes, han aumentado los comedores sociales, se ha fortalecido el tejido vecinal y de manera a veces muy ingeniosa se ha brindado apoyo a sectores tradicionalmente desprotegidos, como las personas migrantes no regularizadas. En una palabra, la pandemia ha puesto de manifiesto que la comunidad es el verdadero pilar de cualquier sociedad, sobre todo en momentos de catástrofes y, de hecho, en mitad del derrumbe siempre acaba por florecer de un modo u otro. Rebeca Solnit, por cierto, analiza este fenómeno en su libro Un paraíso en el infierno: las extraordinarias comunidades que surgen en el desastre, donde pone el foco en algunas tragedias de primera magnitud, como el terremoto en Ciudad de México de 1985 o el huracán Katrina de Nueva Orleans, en 2005.

En una ciudad gobernada por el Partido Popular desde hace décadas, La Invisible es un milagro que se erige en un hermoso inmueble que rodea un patio andaluz del siglo XIX.

En esa situación, una vez más, los centros sociales de gestión ciudadana han resultado imprescindibles. Es el caso de La Casa Invisible de Málaga, que desde 2007 está ocupada por un heterogéneo grupo, siempre mutante, que no solo ha convertido el inmueble en un pulmón de creatividad y pensamiento en el centro de la ciudad, sino también en un catalizador de experiencias de ayuda mutua. En estos meses ha sido punto de encuentro y creación de red para personas golpeadas por la pandemia, ha puesto en marcha iniciativas como la Resistienda, asesorías jurídicas, muestras musicales y escénicas gratuitas a través de Internet antes de la apertura de aforos, al tiempo que no ha dejado de elaborar y reflexionar en común y críticamente sobre esta situación.

En una ciudad gobernada por el Partido Popular desde hace décadas, La Invisible es un milagro que se erige en un hermoso inmueble que rodea un patio andaluz del siglo XIX. No es un milagro, rectifico, es la obra de una comunidad que ha demostrado cómo se puede operar en contra de la lógica individualista, capitalista, en contra de la gentrificación y el parque temático en el que, con la ceguera de corto plazo y el relumbrón efímero, el alcalde Francisco de la Torre está convirtiendo la ciudad. Resulta comprensible, por tanto, que el gobierno municipal, en lugar de invertir en la conservación de un edificio del que es propietario y cuyo valor patrimonial está acreditado, haga dejación de sus funciones. De esa manera, si el inmueble se deteriora lo suficiente, podría justificar un desalojo. Lleva años intentándolo, pero nunca lo consigue gracias a la enorme solidaridad que el proyecto despierta.

Resulta imperioso mantener este edificio, y por eso La Invisible, que no recibe ninguna ayuda ni subvención pública, lanzó hace unos meses una campaña de crowdfunding con el fin de ejecutar algunas mejoras. El mínimo solicitado, que se alcanzó en unos pocos días, eran 30.000 euros. Con esa cantidad se podrían emprender algunas de las actuaciones de accesibilidad del edificio, y en efecto se han recaudado ya unos 45.000 euros. No obstante, el máximo presupuestado asciende a 90.000, y ya se ha llegado a la recta final para seguir donando en esta campaña de crowdfunding algo que, por cierto, desgrava en la declaración de la renta. Así que corramos, hagamos que La Invisible siga siendo de todas y todos. Hagamos comunidad.

Mujeres blasfemas y hombres santos

  • En el plazo de unos pocos días se ha ratificado la condena por blasfemia a una feminista, Juana Rivas ha perdido su libertad por proteger a sus hijos de un hombre condenado por maltrato y los asesinatos machistas han llegado incluso a niñas, pero algunos hombres aún se victimizan.

[Publicado originalmente en elDiario.es] En el año 2021, lo mismo que en la España nacional católica, nuestro Código Penal tipifica la blasfemia como delito, por mucho que le hayan cambiado la redacción. Por eso, la Audiencia Provincial de Málaga acaba de avalar la multa de 2.700 euros impuesta a una militante feminista. En 2013, participó en las protestas que tumbaron el intento de reforma de la ley del aborto del ministro ultracatólico Alberto Ruiz Gallardón. En España, en lugar de agradecer la lucha a las mujeres por los derechos irrenunciables, las sentenciamos, con todas las de la ley, gracias al artículo 525 del Código Penal, que estipula multas de hasta doce meses a “quienes, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias […]”.

En el caso de la activista malagueña, su ofensa a los sentimientos religiosos consistió en formar parte de una de las muchas performances de aquellas protestas: una procesión paródica por el centro de la ciudad. En el trono procesionado la figura no era la de un apóstol, sino la del “Santo Chumino rebelde”, la del “Coño insumiso”. Años después, la organización fundamentalista Abogados Cristianos logró identificarla y la denunció. Es lo que tiene regular por ley los sentimientos, que a uno le pueden resbalar las violaciones sistemáticas a niños en el seno de la Iglesia, pero ofenderle terriblemente una sátira reivindicativa.

De más está decir que ni siquiera los Gobiernos del PSOE han querido nunca derogar ese artículo. Tampoco ahora, cuando le ha costado una condena a una feminista. A la hora de la verdad, como estamos viendo en estos días con la ley trans, el feminismo del PSOE es solo superficial. De hecho, en medio de tanto debate sobre los indultos a los políticos catalanes condenados por otra ley anacrónica (que esa sí se va a modificar) sorprende que no digan ni una palabra sobre Juana Rivas. En el plazo de unos pocos días, una mujer ha sido privada de libertad por negarse a entregar a sus hijos y otra ha sido condenada por ofender los sentimientos de un grupo de fanáticos católicos. Desde que se levantó el estado de alarma y los juicios se han retomado, no solo llueven este tipo de sentencias, sino que se multiplica, casi hasta los límites previos a la pandemia, la violencia machista, incluso con asesinatos a niñas, como hemos visto en Tenerife.

Esos son los tiempos oscuros que estamos viviendo. Y aun así, o precisamente a causa de ello, no son pocos los hombres que han intentado lanzar por redes una campaña de autovictimización: con lo buenos que somos, vienen a decir, resulta intolerable que las feministas generalicen de tal modo que, a la postre, acabemos todos en el mismo saco que cualquier maltratador. Esta campaña, de manera demasiado burda, solo pretende negar el carácter estructural de la violencia de género, que en nuestro país provoca una media de alrededor de 430 denuncias al día. Intentan equipararla a otras violencias coyunturales, lo que daría hasta risa si no fuera porque esa indecencia cuenta con representación parlamentaria. Algunos gobiernos autonómicos, entre ellos el de Andalucía, están admitiendo varios de esos presupuestos negacionistas y llegan a enmascarar la violencia machista con términos como “violencia intrafamiliar”. Es más, incluso uno de esos curas que no ofenden a Abogados Cristianos ha justificado los asesinatos de las niñas Anna y Olivia.

No pasa nada, no pasa nada si, como hombre, pretenden incluirme en su mismo saco de miseria moral. No pasa nada si, como hombre, me interpelan y buscan mi complicidad en su cruzada vomitiva. No pasa nada si, como hombre, constato que aún no se les ha hecho el vacío político y social, si incluso tengo que compartir con ellos algunos espacios públicos o verles en nuestras tribunas mediáticas. No pasa nada, porque por mucho que hieran mi sensibilidad, nuestra sensibilidad, tienen la suerte de no ofender mis inexistentes sentimientos religiosos. Y que Dios nos coja confesados, porque así nos va.

Cuando el PSOE y el PP intercambiaban indultos

  • Estafas, secuestros, golpes de Estado, prevaricaciones, malversaciones… Cuando gobiernan el PSOE o el PP, todo eso puede salir más barato que montar un referéndum.

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Es un hecho que un indulto dice más de quien lo dicta que de quien lo recibe. En noviembre de 2011 José Luis Rodríguez Zapatero era presidente del Gobierno en funciones. Había perdido las elecciones, después de asegurar que España no sufriría la crisis económica, y Mariano Rajoy estaba a punto de ser investido. Zapatero sabía que todo lo que hiciera en ese breve período, antes de abandonar definitivamente La Moncloa, tendría una enorme carga simbólica, de manera que uno de sus últimos actos como presidente fue indultar a un banquero. Alfredo Sáez, consejero delegado del Banco Santander, el número dos de Botín, había sido condenado por acusación y denuncia falsas. En los años noventa, Sáez había amañado documentos para chantajear a empresarios y que pagaran una deuda contraída con Banesto, que entonces presidía. Con todo, la pena era más que llevadera: tres meses de arresto e inhabilitación. Hasta que la condena no se ejecutó, a pesar de los esfuerzos de los gobiernos de Aznar y de Rodríguez Zapatero, siguió cobrando su sueldo de más de 11 millones de euros.

El PSOE le debe tantos favores a la banca que Zapatero no podía esperar a que Rajoy le indultara. No en vano, los gobiernos de Aznar habían llegado a dictar 6.000 indultos, récord hasta la fecha. Zapatero no quería perder la oportunidad, aunque fuera contrarreloj, de enviar a la banca un mensaje prístino: estamos con vosotros, muchachos, no importa cuánto delincáis. De hecho, el Tribunal Supremo se pronunció en contra de ese indulto, porque Zapatero, en un gesto de servilismo humillante, incluso había hecho que al banquero delincuente se le anularan los antecedentes para que así siguiera ejerciendo. Quizás todo esto sirva para entender la oposición feroz de los gobiernos del PSOE contra cualquier intento de reforma profunda del sistema de hipotecas y el mercado inmobiliario en general.

El PSOE y el PP, de hecho, que como en tantos otros aspectos apenas se diferencian (lo acabamos de ver con sus votos en el Parlamento sobre la ley trans), se deben mutuos favores con esto de los indultos. El gesto más conmovedor lo tuvo José María Aznar, cuando en 1998 decidió indultar a José Barrionuevo, ministro de Interior en el Gobierno de Felipe González, y a Rafael Vera, secretario de Estado en el mismo Ministerio. Aznar acababa de tomar posesión de su cargo, y Barrionuevo y Vera llevaban la friolera de tres meses en la cárcel por un delito de nada: su participación en un grupo terrorista, los GAL, que había llevado a cabo uno de los secuestros más chapuceros que se puedan recordar, el del empresario Segundo Marey, hijo por cierto de un socialista y vecino del verdadero objetivo del comando. Un error lo tiene cualquiera. Además, estábamos en Navidad, de modo que Aznar tuvo ese precioso gesto con el PSOE y mandó a casa a ambos para que no se perdieran el turrón.

Me podría extender más y mencionar otras célebres medidas de gracia, como la del golpista Alfonso Armada, al que indultó Felipe González, o la del juez Gómez de Liaño, prevaricador constante, como recogía la sentencia. Es verdad que para este último caso se contaba con un buen motivo, como adujo José María Aznar: era año jubilar, así que hubo barra libre (más de 1.400 indultos, algunos de insumisos, con los que no habían corrido tanto). Por cierto, que fue precisamente el PP, de la mano de Rajoy, quien tuvo a bien indultar en 2013 al malversador Josep María Servitje, un antiguo cargo de Pujol, en lo que fue sin duda un guiño cómplice con el nacionalismo catalán, que se ve que por esa época molaba más.

En España nueve personas cumplen penas de cárcel (y tres más están inhabilitadas) acusadas de “sedición”, algunas desde hace casi cuatro años. Estafas bancarias, secuestros violentos, golpes de Estado armados, prevaricaciones, malversación de fondos… Se diría que en este país, cuando gobiernan el PSOE o el PP, todo eso puede salir más barato que montar un referéndum.

Todos con Proteo

Proteo_opt[Publicado originalmente en elDiario.es ]A última hora de la noche del seis mayo ardía la librería Proteo, la más emblemática de Málaga. Yo me enteré a la mañana siguiente. Una subida en la tensión de la red eléctrica había afectado a varios edificios de la calle, sin mayores consecuencias, pero en Proteo, que albergaba 80.000 volúmenes, había saltado una chispa.

A mi pareja y a mí nos llegaron al móvil las sobrecogedoras imágenes de las llamas consumiendo, principalmente, la primera planta de la librería, “la planta de Carlos”. Así es como muchos llamamos familiarmente a la planta de los ensayos. Nuestro amigo Carlos, uno de los libreros, y además hijo de dos de los fundadores de Proteo, lleva años mimando especialmente esos estantes, en los que nunca falta ninguno de los ensayos políticos, sociológicos o históricos de nuestras editoriales favoritas. Él forma parte de los once trabajadores que configuran esa plantilla coordinada por Jesús Otaola, una de esas personas sobre las que nunca oirás una mala palabra, como pueden constatar en CEGAL, la principal plataforma del gremio.

Fue precisamente CEGAL quien en 2017 premió la labor cultural de Proteo, poniendo así un broche a una librería que se fundó en 1969 y que desde entonces ha sido una verdadera dinamizadora del mundo literario malagueño. En esos últimos tiempos del franquismo fue un punto de venta de libros prohibidos, en la Transición sufrió ataques de grupos fascistas, y posteriormente se consolidó en la ciudad hasta abrir varias sucursales más, que las sucesivas crisis terminaron por clausurar. En su edificio más icónico, el de Puerta de Buenaventura, se llevó en 2004 una reforma integral que tuvo en cuenta, como no podía ser de otra manera, su imbricación con la historia de la ciudad, de manera que un trozo de muralla del siglo XIII fue integrado en la planta baja. Gracias a esa reforma, el fuego no ha echado abajo el edificio, lo que permite confiar en una reapertura que, de momento, resulta muy difícil fechar. Porque las llamas han causado destrozos gravísimos, además de la pérdida de todo el fondo de libros.

Hasta este último fin de semana no he podido comprobar de primera mano esos destrozos. Es descorazonador. De la mano de Jesús Otaola, mi pareja y yo recorrimos todas las plantas con un nudo en el estómago.

Hasta este último fin de semana no he podido comprobar de primera mano esos destrozos, puesto que la mañana en la que me llegó la noticia tenía que irme de Málaga debido a una urgencia familiar. Es descorazonador. De la mano de Jesús Otaola, mi pareja y yo recorrimos todas las plantas con un nudo en el estómago. En esa librería he participado en actividades por el Día del Libro, he impartido talleres, he asistido a otros, he presenciado charlas con escritores, he comprado novelas de autores malagueños que publican en Genal, el sello lanzado por Proteo, y he colgado fotos, orgulloso, cuando en su escaparate habían seleccionado alguno de mis libros. Ahora, un manto de cenizas y de restos carbonizados cubre buena parte de sus dependencias. Pero, en contra lo que pueda parecer, no hay silencio en Proteo: sus libreros siguen atendiendo a pie de calle pedidos online, y el propio Otaola no da abasto porque quiere mostrar en persona cómo ha quedado el inmueble al incesante goteo de malagueños que se acerca para expresar su solidaridad.

Ahora toca esperar el proceso entre aseguradoras y compañía eléctrica, que en cualquier caso no será suficiente para cubrir las cuantiosas pérdidas. Ese es el motivo principal de la emocionante ola solidaria que, bajo el lema Todos con Proteo, se ha desatado en la ciudad, y en realidad por todo el país: autores que organizan firmas de sus libros en la puerta de Proteo, librerías que piden a su clientes que “hoy compren en Proteo”, distribuidoras que les ceden un despacho, un ordenador para gestionar los pedidos. Y es que Proteo, que no se plantea hacer un ERTE ni despedir a nadie de su plantilla, sigue funcionando online. A través de su página, www.libreriaproteo.com se pueden hacer donativos y pedidos de libros.

Hoy, tiznado por el humo, el trozo del lienzo de la muralla contempla impertérrito la herida del fuego. Es esa muralla centenaria la que nos da esperanzas, la que nos recuerda que Proteo lleva el nombre del dios que mejor sabe cambiar de forma, y que por eso, lo mismo que ella, también ahora resistirá.

Hace diez años

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Esta será una de las pocas columnas que este miércoles no traten de analizar los resultados de las elecciones en la Comunidad de Madrid. Los periódicos, los informativos, y también las redes habrán amanecidos saturados, en gran medida a causa de ese chovinismo estomagante con el que los medios capitalinos nos vienen bombardeando con la idea peregrina de que hay que leer estas elecciones en “clave nacional”. Sin embargo, hace ahora diez años ocupábamos las plazas al grito de “No nos representan”.

En tan solo una década la política institucional ha recuperado una relevancia que, si tal vez no llegó a perder nunca, desde luego sí fue cuestionada en sus formas. Lo que se llamó la nueva política, lo que fue el municipalismo, se ha extinguido por la fuerza de las votos o ha mutado hasta, con pocos matices, mimetizarse con los viejos actores.

El ciclo que abrió el 15M finalizó, sin lugar a dudas, con el descalabro generalizado de las candidaturas municipalistas en las elecciones de 2019. Muchas de ellas, tras cuatro años en la institución, habían virado su discurso rupturista hacia lo que entonces se llamó posiciones “posibilistas”. La paradoja radicó en que numerosos votantes, ante la tesitura de elegir entre la copia y el original, optaron por las papeletas habituales o por la abstención. Lo comprobó, por ejemplo, Manuela Carmena en los barrios populares que le habían dado la alcaldía de Madrid en 2015, y que ahora se la quitaron. A su vez, al contrario que en 2015, Podemos sí concurría, y además en coalición con Izquierda Unida. De ese modo, las candidaturas netamente ciudadanas se vieron atrapadas en la nueva lógica de ese posibilismo y del voto útil, lo que a la postre las barrió sin contemplaciones en una buena cantidad de municipios.

A esas alturas, Podemos, que nunca ha sido el partido del 15M, como se sigue repitiendo de modo harto simplista, se había domesticado a velocidad inusitada, casi al mismo tiempo que se descomponía en luchas intestinas. De pronto se repetía el mantra de que, después del “asalto institucional”, lo que tocaba era “la regeneración democrática”, con el horizonte de las elecciones generales a la vuelta de la esquina. El errejonismo, incluso, hablaba sin pudor de un cambio de élites. Había que apartar a la generación tapón para dar paso a esa otra, la de los “más preparados” de nuestra democracia, privados de una parte del pastel que, en justicia, les correspondía después de cuarenta años de democracia. Era un planteamiento legítimo y, de hecho, estuvo también presente en las plazas. Sin embargo, relegaba del todo ese otro espíritu de las acampadas, la impugnación total al sistema representativo. De paso explica la actual presencia de Podemos, ahora Unidas Podemos, en un Gobierno estatal presidido por uno de aquellos que no nos representaban.

Diez años después del 15M nuestros mas jóvenes, esos que en 2011 eran niñas y niños, ven todo aquello de las iniciativas municipalistas, entre las que no hacen distinciones, y las alianzas de Podemos e Izquierda Unida como parte del juego institucional. Seguramente votan en cada cita, pero desde luego no se tragan que la nueva izquierda sea la concreción material de una revolución ciudadana, acaecida en el lejano mayo de 2011. No en vano, sus energías han estado volcadas en levantar la nueva ola del feminismo y la lucha por el clima. Diría que su principal alegría en estas elecciones ha sido la ocupación del nuevo edificio con el que resurge La Ingobernable, el mítico centro social de la capital, ahora reconvertido en Oficina de Derechos Sociales.

Cuando escribo esto ni siquiera se han cerrado los colegios electorales de Madrid. No tengo ni idea de lo que en unas horas me encontraré, de si se habrán cumplidos las encuestas, de cómo quedan los bloques, las perspectivas negociadoras para formar gobierno. Lo que sí sé es que, con una campaña en vísperas del décimo aniversario del 15M, apenas se han mencionando las plazas. Y quizás eso explique, en mayor o menor grado, los resultados. Sí, en clave nacional.

El alcalde de Málaga contra la vida

  • Legisla contra el uso de la bici y la creación de espacios verdes, no aprueba verdaderas ayudas económicas ni recursos para las secuelas sociales y psicológicas, pero sí pone zancadillas cuando la ciudadanía se organiza.

[749b5a75-b81e-4b7f-9e53-58e1854a7b3d_16-9-aspect-ratio_default_0_optPublicado originalmente en elDiario.es]. Si algo está poniendo a prueba esta terrible pandemia es la calidad humana de nuestros gobernantes. Lo mínimo que uno esperaría del alcalde de su ciudad es que no se limitara a recitar las cifras de muertos y contagiados de la jornada como una cantinela engorrosa o la lección aprendida de memorieta.

Eso es exactamente lo que cada día hace Francisco de la Torre, el longevo alcalde Málaga, en su cuenta de Twitter. Si la cosa no ha ido mal, nos agasaja con una palmadita y si, en cambio, aumenta demasiado el índice de contagios, nos regaña porque así no hay manera de recuperar la economía. Ni un mensaje de condolencia, de ánimo, de solidaridad, de comprensión, de afecto hacia quienes peor lo están pasando en la ciudad que gobierna. Solo en los últimos días, sin duda porque algún asesor escandalizado ha tomado cartas en el asunto, está incluyendo un mínimo de humanidad en esos mensajes. Sus acciones, en cualquier caso, van en sentido contrario. Cuando más debería aflorar la sensibilidad de cualquier gobernante, De la Torre se ha empecinado en legislar contra la vida. Es algo inaudito.

En oposición a la abrumadora corriente que recorre todo el continente, por ejemplo, el alcalde hizo todo lo posible para aprobar una ordenanza que desde hace unos meses limita y penaliza el uso de la bici. Ni siquiera el tremendo clamor en contra de esa medida, incluidos miles de manifestantes, le ha frenado. Es más, acaba de anunciar que elimina el proyecto piloto con el que, debido a la presión popular, los fines de semana y los festivos la policía local reservaba al tráfico en bici por un carril del paseo marítimo de La Malagueta. Tampoco la lucha contra el cambio climático, ni las recomendaciones en plena pandemia, ni la necesidad de esparcimiento de una población que arrastra meses de confinamiento y restricciones han doblegado su insensibilidad. Será la Junta, previsiblemente, quien acabe por construir algún carril bici en ese trayecto.

Ciego por esa misma obcecación, es rara la semana en que no alardea de un nuevo proyecto edificatorio que, o bien destruye áreas verdes o borra de un plumazo su posible creación. Entre los últimos proyectos figura la edificación de más de 300 viviendas en la zona de La Térmica, pero habría que sumar, a vuelapluma, la de un futuro rascacielos en la bahía o su rechazo a convertir en parque la zona conocida como antiguos terrenos Repsol. Justo ahí, en uno de los distritos con mayor densidad poblacional de Europa y con menos áreas verdes, quiere urbanizar todavía más.

Contra las iniciativas de apoyo mutuo

En una ciudad que lo fía todo al turismo, la pandemia ha provocado un aumento de la pobreza que De la Torre no contrarresta con ayudas económicas de calado. Tampoco ha destinado grandes recursos a mitigar las secuelas sociales y psicológicas de una población tan golpeada. No solo eso, sino que pone zancadillas cuando la propia ciudadanía se organiza para suplir su despiadada inacción. Lo estamos viendo en estos días con el crowdfunding que ha lanzado La Casa Invisible para rehabilitar su edificio, que es de titularidad municipal y está protegido por su valor patrimonial (no dejen de colaborar aquí). Su idea era que un posible deterioro del inmueble justificara un posterior desalojo, cuando en ese centro social y cultural se han multiplicado las iniciativas ciudadanas de apoyo mutuo desde que estalló la pandemia. Por si fuera poco, ni siquiera se aviene a restituir al edificio el suministro de agua, dependiente de la empresa municipal.

De la Torre lleva ocupando cargos institucionales desde la dictadura (y de hecho, contra la ley, sigue permitiendo que el callejero malagueño homenajee a los golpistas y ya ha perdido pie con la realidad de una manera harto dolorosa. Da vergüenza exigirle a un alcalde que, cuando atravesamos la mayor crisis sanitaria en generaciones, legisle pensando en la salud y el bienestar de la ciudadanía malagueña. Es en momentos como éste cuando se muestra de qué pasta real estamos hechos. La del acalde de Málaga es de piedra. Y nos cuesta la vida.

¿Guerra de vacunas? ¡Liberen las patentes!

  • 3b005814-7267-46bb-9b2c-f298258a8757_16-9-aspect-ratio_default_1015576_optLa política ensimismada de Europa con las vacunas ha demostrado que todo lo que no pase por la liberación de patentes será una falsa cura de humildad.

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Si te lo montas bien puedes producir vacunas a tal escala como para mudarte a una mansión de Mumbai (India) por 100 millones de euros, alquilarte otra en Londres para tus escapadas por 58.000 euros a la semana o fardar con algún Rolls Royce, uno más de tus 35 coches de lujo. Sobre todo ahora, cuando se ha desatado una guerra comercial provocada por la escasez de vacunas. Si no fuera por los millones de muertos, daría hasta risa. Y es que si personajes como Adar Poonawalla, el “príncipe de las vacunas”, se pueden permitir ese tren de vida se debe, en parte, a que la Unión Europea, como el resto de países del lado privilegiado, ha abogado por el libre mercado para abordar una crisis sanitaria como esta.

Mientras en Rusia o China ya tenían desarrolladas sus vacunas, Europa, en un gesto de prepotencia trasnochada -indigno cuando los muertos se cuentan por millones- despreció todo lo que no viniera de la Big Pharma occidental. Esa política, que está costando vidas, nos deja en ridículo. Un país de nuestro entorno, como Marruecos, está vacunando a un ritmo muy superior al de todos los Estados de la UE (excepto Malta).

En Europa, ya lo sabemos, Pfizer no envió todas las dosis comprometidas de su carísima vacuna porque Israel pagó un 50% más, AstraZeneca no tiene empacho en esconder en hangares clandestinos millones de dosis producidas en el continente para exportarlas al Reino Unido del Brexit, o directamente sacarlas de tapadillo a otros países de la Commonwealth. Quien paga manda, ¿no? Eso lo sabemos nosotros y cualquier dirigente de la Unión Europea. Da igual que finjan escandalizarse y en ruedas de prensa amenacen, con mirada torva y palabras graves, a esa misma industria farmacéutica con la que, en plena sintonía, han pactado con alevosía y opacidad el futuro de nuestra salud. Esas ruedas de prensa no dejan de ser una manera de soslayar el verdadero fondo de la cuestión: por qué no tenemos vacunas de libre patente.

La política ensimismada de Europa con las vacunas ha demostrado que, en el desprecio a los demás, sigue presa de su pasado colonial

El despropósito europeo llega a tal extremo que hace poco nos enterábamos de que, desde casi un año atrás, un equipo finlandés desarrolló una vacuna con patente libre. Para homologarla solo le faltaba la última etapa de los ensayos clínicos, pero el Estado le denegó la financiación precisa. Hoy día, con recursos envidiables y una población de tan solo cinco millones y medio de habitantes, Finlandia podría tener inmunizada a su población y cualquier país con capacidad suficiente estaría produciendo esa vacuna. Sin embargo, como buen Estado miembro, optó por los contratos turbios con las grandes farmacéuticas. Para colmo, según publicó The Lancet, se calcula que, tirando a la baja, los productores de vacunas han recibido 10.000 millones de dólares de fondos públicos y de organizaciones sin ánimo de lucro. Con esa cifra cuesta entender que no se les obligara a liberar las patentes, pero también que, del mismo modo que compartimos instituciones financieras, Europa no cree infraestructuras sanitarias que puedan fabricar nuestras propias vacunas.

Se estima que únicamente con liberar las patentes de las vacunas de la COVID se producirían 60 millones de dosis al día, cinco veces más que en la actualidad. Solo en España ya andamos entre los 80.000 y los 100.000 muertos, pero nuestro país, con el Gobierno “más social de la historia”, ha vuelto a posicionarse en contra de las patentes libres. En una pandemia que arrasa por todo el globo, Europa ni siquiera sabe ser egoísta. Si tan solo un 0,1% de las dosis se está administrando en países de ingresos bajos, las nuevas mutaciones del virus nos golpearán antes o después, y nuestras codiciadas vacunas no serán eficaces contra todas ellas.

La política ensimismada de Europa con las vacunas ha demostrado que, en el desprecio a los demás, sigue presa de su pasado colonial, de la misma vieja prepotencia, de un espíritu aleccionador que le ha dejado en evidencia y le ha arrastrado a una guerra comercial que buscó airadamente y ha acabado por perder. Todo lo que no pase por aprobar la liberación de patentes en época de pandemia será una falsa cura de humildad. Y de nuevo costará vidas.

El rechazo al trabajo como cántico a la vida

  • En mitad de una crisis sanitaria como la que atravesamos, cuando el trabajo como única vía de acceso a la renta parece un mal chiste, la lectura del ensayo ‘El problema del trabajo’ (Traficantes de Sueños), de la estadounidense Kathi Weeks, resulta tan pertinente como apasionante.

RechazoTrabajo_opt[Publicado originalmente en El Salto]. No deja de sorprender que los principales escollos con los que chocan propuestas como las de la renta básica, o la drástica reducción de la jornada laboral, sean muchas veces, y además desde la izquierda, de orden puramente moral. La ética del trabajo, un imperativo social inherente a la marcha del capitalismo, permea todo discurso sobre las políticas de empleo, las luchas sindicales o cualquier intento de humanizar las condiciones laborales y hacerlas compatibles con ese significante, cada vez más laxo, que llamamos “conciliación”. En un mundo donde, simplemente, hay menos trabajo que trabajadores, ocupar un tercio de tu vida en un empleo se sigue considerando un deber colectivo y el principal valor ciudadano.

No importa que nuestro modelo extractivista y expansionista haya dejado el planeta en las últimas, ni que el valor social de la mayoría de los empleos sea nulo. La ética del trabajo ha calado hasta el punto de que ni los ministros comunistas del actual gobierno recuerdan aquello de la alienación, ni el anhelo del viejo Marx por la consecución de una jornada laboral tendente a cero. ¿Cómo es posible que, en un sistema basado en el consumo, la figura del trabajador aún sea reivindicada por cierta izquierda como la quintaesencia del hombre cabal y, desde hace décadas, también de la mujer? Ni las luchas posteriores al 68, ni el auge del feminismo y el ecologismo parecen finiquitar una estructura moral que, de este modo, no solo identifica trabajo y ciudadanía, sino que da la espalda incluso al marxismo más ortodoxo. De pronto, se iguala capitalista y obrero en una especie de destino común gracias al trabajo y sus asociaciones moralistas: cultura del esfuerzo, superación, trabajo creativo, conciliación, y toda una suerte de nuevos términos que, en última instancia, solo conducen a la docilidad social.

Genealogía del gran engaño

Este inaudito mecanismo merecía un estudio riguroso, serio y desdramatizado como el que Kathi Weeks ha escrito, por primera vez traducido al español, gracias a Traficantes de Sueños y la espléndida versión de Álvaro Briales Canseco. Pero además, El problema del trabajo: feminismo, marxismo, políticas contra el trabajo e imaginarios más allá del trabajo, es un hermoso texto a favor de la vida.

El ensayo se adentra en lo que su autora llama “el mapa de la ética del trabajo”

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‘Lejana y rosa’: el pasado minero de Huelva como novela de aprendizaje

  • Rosario Izquierdo_optLa onubense Rosario Izquierdo firma una bellísima novela de iniciación personal que transcurre entre minas a cielo abierto, escorias, detonaciones constantes y los restos de la segregación impuesta por los británicos.

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Seguramente la onubense Rosario Izquierdo ha escrito la gran novela sobre las minas de Riotinto porque Lejana y rosa, publicada por la editorial Comba, no es una novela sobre las minas de Riotinto. Para contar los detalles del expolio británico, de aquel colonialismo de última hora en suelo europeo, ya están los historiadores. La literatura es otra cosa. La literatura es, también, la mancha, la contaminación moral, social, la huella de ese episodio vergonzoso en la historia andaluza. La literatura es la vista puesta en ese paisaje desolado a través de varios prismas, y saber conjugar todos ellos.

Contar una historia como la que aquí relata Izquierdo requiere, para empezar, conocer de primera mano la vida entre escorias, minas a cielo abierto, detonaciones constantes y los restos, aún perceptibles, de la segregación que impusieron los británicos. Requiere, además, traer al presente la memoria de la explotación humana y la resistencia contra ella, claro, pero ya lo he dicho: de eso se encargan los libros de historia porque en la literatura, en la buena, al menos, la memoria es un estado que lo permea todo, no un simple relato. Y, por último, requiere entender que en el proceso de ahondar en quiénes somos como individuos, siempre quedan vetas que escarbar precisamente en el lugar al que nunca queremos volver. La literatura, así, se convierte en el arte de la mezcla, de la combinación, y de ese entreverado solo nace una invención que, en consecuencia, nos traslada a un escenario que por fuerza tiene que ser imaginario.

Lo repito otra vez, este no es un libro de historia, y por eso aquí no está Minas de Riotinto, ni las luchas obreras de finales del XIX y principios del XX, ni la recuperación estatal del suelo, ni la Transición y sus traiciones. Por supuesto que no está. Para empezar porque Lejana y rosa, ese verso que escribió Juan Ramón Jiménez al volver la vista a Huelva, transcurre en Tarsis, cuyas fronteras solo existen en la creatividad de Rosario Izquierdo y, esperamos, en la de la conciencia de la multitud de lectores que merece esta soberbia novela, la tercera de su autora. Seguir leyendo “‘Lejana y rosa’: el pasado minero de Huelva como novela de aprendizaje”