‘No somos flores’, de Lucía Marín (Ed. Nazarí)

[Publicado originalmente en Eñe. Revista para leer]. Hay en esta docena de relatos uno que lleva por título «Homenaje», y que más que un tributo a Cortázar es una gamberrada. El verdadero homenaje lo encontramos justo en el cuento anterior, «Convertirse en monstruo (To became a monster)», que ya desde esa traducción inglesa nos da una pista: Marín se transforma en Lucia Berlin durante las páginas de ese relato, y es aquí donde encontramos una de las principales características de No somos flores: la variedad de registros y tonos, y al mismo tiempo la temática única. Estas doce piezas tienen por protagonistas a mujeres y una reivindicación clara de una mirada feminista sobre la realidad más cotidiana, ya sea la de jóvenes precarias o amas de casa en España más tradicional.

Lucía Marín (Granada, 1985) ha debutado dando voz así a un amplio espectro de mujeres, aunque sea preponderante cierto sesgo generacional, que además lo incardina de lleno en la actualidad. Encontramos la inocencia de la infancia, como en La guerra dentro, a través de una niña que mira a sus mayores y que comienza a intuir, antes de experimentar en primera persona, la asignación injusta de roles de género para luego sorprender al lector con un final -tal vez un tanto precipitado- propio de una escritora que conoce su oficio y es capaz de sacudirnos en un par de párrafos. Algo parecido, pero de modo más contenido y sutil, sucede en el cuento que cierra la colección, «Flores en el balcón», donde el encuentro de dos mujeres, una joven y otra en el ocaso de su vida, sirve como trasunto a esas dos pulsiones, Eros y Tánatos, que no siempre se han relatado con esta originalidad.

El amor, o más bien su construcción cultural, con su inevitable colofón familiarista, está presente también en relatos como «Epigenética», y con una amargura perfectamente entreverada de ironía en «Carrilleras con pimiento». De nuevo lo encontramos, a su vez con otro de esos giros deslumbrantes, en un peculiar intento de deconstruirlo en esa otra historia, «Perro», que nos lleva del desencanto a la ilusión y luego al pragmatismo más descarnado en unas pocas páginas, pero con una prosa tan segura y natural que acabamos por asumir como propia la intensa vivencia de las 24 horas de su protagonista.

No pretendo analizar cada uno de estos relatos, pero es evidente que Marín ha hecho una cuidada selección para este debut, por cierto editado e ilustrado bellamente, en el que si algo cabe reprochar es cierto ansia por anticiparnos el tema de algunos relatos. Sobran, como en el cuento inaugural, frases casi aclaratorias sobre las diferencias y las injusticias de género, como si la narradora nos quisiera anticipar el tema en lugar de que los descubramos. También algunas metáforas que por obvias -como la invisibilidad- pierden algo de potencia o comparaciones demasiado manidas («me atraía como un imán»). En cualquier caso, No somos flores supone el descubrimiento de una autora con oficio, dueña de un mundo personal y las ideas muy claras sobre qué quiere contar y cómo hacerlo. Por si fuera poco, ese qué y ese cómo nos hacen mucha falta.

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Querido Antonio Banderas:

Foto: El País.

[Publicado originalmente en eldiario.es]. Quién me iba a decir que las dos últimas tribunas que publico en este medio iban a girar, de un modo u otro, en torno a ti. Hoy quiero expresarte mi completa solidaridad, pues creo que con toda justicia te has quejado amargamente del «trato humillante» que una ciudad tan desagradecida como Málaga te ha dirigido. Por fortuna, esa ciudad desagradecida te ha permitido expresar tu descontento en primera plana del principal de sus diarios, así que la cosa no está del todo perdida. Todo ello a cuenta de que los grupos municipales de la oposición, esos advenedizos, han conseguido que el Pleno de la ciudad tome una medida ridícula, que en democracia ni siquiera haría falta: pedir que se cumpla la ley. Semejante atrevimiento se debe a que está previsto que se redacte en breve el pliego de condiciones para licitar los proyectos destinados al futuro del cine Astoria, un edifico en ruina, por la desidia municipal. Se eleva en nuestra emblemática plaza del La Merced, a dos pasos del ático en que vives y que, gracias a tu generosidad y a la del mismo diario que te hace de cartero, todas y todos los malagueños hemos disfrutado en vídeo.

Yo entiendo tu enfado, en efecto, porque el proyecto que tú firmabas con el arquitecto José Seguí, y que había ganado un concurso de ideas organizado por el Ayuntamiento, se saltaba a la torera, por ponernos castizos, que es lo suyo, la legislación más elemental, y lo mismo no lo sabías. El Pleno municipal de los advenedizos ha tenido que exigir que cualquier proyecto aporte avales y pague un canon para restituir la inversión de 21 millones de euros del Ayuntamiento, que es lo que le costó hacerse con el edificio. La Junta, por si fuera poco, ha tenido que meter baza, en lugar de estar calladita, y recordar que es completamente ilegal construir en un centro histórico un edifico de las enormes dimensiones que planeabas. Pero bueno, todas sabemos que nada de esto habría sucedido si el alcalde no hubiera dado a entender en una desafortunada rueda de prensa, propia de cuando no tenía advenedizos enfrente, que su intención era diseñar un pliego de condiciones a tu medida. Sigue leyendo

CRISTINA MORALES: «Hace falta mucha inocencia o perversión para creer que se puede narrar de manera objetiva».

[Entrevista publicada originalmente en Eñe. Revista para leer]. La solapa de la primera novela de Cristina Morales (Granada, 1985) avisaba de que el lector se enfrentaba a una historia verdadera basada en hechos ficticios, y casi podríamos decir lo mismo para las dos siguientes. Si en aquella Los combatientes, una novela cargada de rabia y publicada tras su debut como cuentista, lo importante era la verdad que transmitía una colectividad, algo parecido sucedía con Malas palabras, que en un giro radical encarnaba de manera muy hermosa a Teresa de Jesús. Ahora, Candaya acaba de publicar Terroristas modernos, una novela de apariencia histórica que tiene como eje la apenas estudiada Conspiración del Triángulo, una fallida trama de 1816 para derrocar a Fernando VII, pero que se centra en la intrahistoria de aquel momento y hace del lenguaje su arma principal y de una mirada «desacralizadora» su instrumento. Morales ha vuelto a sorprender, y de paso se convierte en una de las autoras más consolidadas de su generación.

Pregunta: En la dedicatoria de la novela dices que durante años tuviste la casa de tus padres llena de planos y papeles, como si esta historia te llevara acompañando mucho tiempo.

Respuesta: Escribí la primera línea hace 10 años, antes incluso de publicar Los combatientes, pero una historia así de ambiciosa exigía tanta investigación que no pude ponerme con ella al cien por cien hasta que recibí la beca Han Hefkens. Recuerdo que me encerraba en casa de mis padres de viernes a lunes, sin más alimento que huevos duros y un vaso de vino para escribir con una pasión que ahora me cuesta. Tenía todas las paredes llenas de rollo de papel continuo, de planos de Madrid en la época, libros y cuadernos.

P.: Mucha investigación porque en un siglo tan convulso como el XIX la Conspiración del Triángulo apenas ocupa unas líneas en los libros de historia.

R.: La primera vez que oí hablar de esa conspiración fue en un congreso, cuando aún estaba estudiando Derecho y Ciencias Políticas, porque me interesa mucho mucho la época de tránsito del Antiguo Régimen al Estado liberal y burgués. Fue a un militar, que mencionó la conspiración en términos nostálgicos, algo así como que ya no quedaban militares como los de antes. Cuando empecé a investigar me sorprendió, pero al mismo tiempo me intrigó más, la falta de documentación historiográfica. Encontré una tesis doctoral de los años setenta firmada por María del Pilar Ramos Rodríguez, que me dio la base, pero hasta 2015, cuando me concedieron la beca, solo había escrito un tercio.

P: Entre medias aparece Malas palabras, publicada por Lumen en el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa y en la que te pones en la piel de ella para hablar de su particular lucha contra una jerarquía patriarcal y eclesiástica. De nuevo el tono y el lenguaje son fundamentales.

R: Eso me costó mucho. Malas palabras fue un encargo de Silvia Querini, editora de Lumen, porque es una apasionada de Santa Teresa de Jesús, a la que considera una de sus autoras referenciales. Querini se comportó como una editora de las que ya no queda: acompañó el proceso de escritura, me escuchó en mis dudas sobre el tono, el lenguaje, mis miedos, y fue permeable a mis sugerencias. Esa experiencia al principio me dio pavor: solo conocía de Santa Teresa lo mismo que cualquiera que haya estudiado en un instituto. En cuatro o cinco meses tuve que documentarme, inicialmente de un modo duro e intenso para el contexto, y luego, a medida que avanzaba en la escritura, con el fin de adquirir el tono y el lenguaje, que es algo que me obsesiona: por ejemplo, que no haya anacronismos si no son intencionados. Al final me apasioné con la historia y el personaje. Poco a poco, además, la novela ha ido ganando lectores y estudiosos y, aunque no tuvo mucha repercusión, me dio voz en algunos medios a los que antes no tenía acceso. Sigue leyendo

Feminizar también la política

[Publicada originalmente en el n.º 20 de la revista Mitad Doble. Especial Mujeres]. Hay un mantra que se repite a menudo a propósito del feminismo: que más que ser una práctica en sí mismo, debe atravesar cualquier actividad. Es, como se ve, una proyección de deseo que aún se encuentra lejos de la realidad, sobre todo cuando incluir una visión de género en los ámbitos de nuestra vida suele comenzar por explicar qué es el feminismo.

Si entendemos la política como el arte de organizar nuestra vida en común, esta cuestión adquiere más importancia de la que podría tener a simple vista. En primer lugar por aquello que aprendimos de las feministas de los años setenta, que lo personal es político, y en segundo lugar porque si algo caracteriza el ciclo institucional que vivimos en la actualidad es la llegada de eso que ha dado en llamarse «nueva política».

Conviene por tanto escuchar a algunas de sus protagonistas, especialmente si atesoran una larguísima trayectoria en el feminismo y el activismo social, como es el caso de Montse Galcerán. Esta catedrática emérita de Filosofía es actualmente concejala en Ahora Madrid, adonde llegó a través de Ganemos Madrid, el sector más crítico del municipalismo en la capital y el que, sin duda, mejor entiende la importancia del feminismo. El pasado mes de enero, en el marco de un encuentro municipalista celebrado en Pamplona, Galcerán explicó cuáles son los valores imprescindibles para feminizar la política: diversidad, corresponsabilidad y cuidados.

Evidentemente, en su tenor literal feminizar la política no significaría entonces el mero aumento de mujeres en los puestos de mayor responsabilidad y visibilidad. Sin embargo, es obvio que esos tres valores han correspondido históricamente a las mujeres, por lo que lo natural es que sean ellas quienes los reúnan, y por tanto quienes ganen en presencia.

La diversidad, o componer desde sensibilidades diferentes, desde la heterogeneidad, implica ponerse en el lugar del otro, algo que tradicionalmente no ha sido un valor masculino. Lo mismo podríamos decir de la corresponsabilidad, aunque en este caso quizás nos baste con quedarnos en nuestros propios hogares, o en los que nos criamos, y recordar el reparto de tareas… Íntimamente ligado con ello, no olvidemos que vivimos en una sociedad en la que los niños y las niñas, así como nuestros mayores, han podido desarrollarse o envejecer con dignidad en buena medida gracias a unas labores de cuidados que son las mismas que, en última instancia, han llevado a los hombres a los puestos más reconocidos y visibles: esto es, a dividirnos entre cuidadoras y cuidados.

Así que, si estamos de acuerdo en que la política es el arte de organizar la vida en común y que lo personal es político, ya no nos queda otra: hay que feminizar también la política. Es decir, la vida entera.

Cómo me convertí en vecino de Antonio Banderas: la gentrificación en primera persona

Fotomontaje: Marta Caballero

[Publicado originalmente en eldiario.es]. Durante las últimas semanas he estado trabajando con algunas y algunos compañeros en un análisis sobre la gentrificación y la «turistificación» en Málaga. Hemos elaborado un largo informe, plagado de datos demoledores, que muestran la brutal transformación del centro histórico de Málaga y sus devastadores efectos: la población de la almendra histórica, la zona en el interior de la antigua muralla, se ha reducido a poco menos de 5.000 habitantes, por ejemplo, ya que el resto ha sido expulsado para convertir el área en una atracción turística de bares, terrazas, hoteles, alojamientos transitorios, museos, tiendas de souvenires, etc.

Solo recientemente, en el marco de unas jornadas sobre arte, industria cultural y derecho a la ciudad, celebradas durante el décimo aniversario de la Casa Invisible de Málaga, caí en la cuenta, tras una conversación informal con algunos asistentes de otras capitales, de que mi experiencia personal ejemplificaba perfectamente este tipo de procesos.

En el año 2012 alquilé un apartamento en un edificio al borde de la ruina en la calle Alcazabilla, hoy epicentro del terremoto gentrificador de Málaga. Lo mismo que yo hicieron otros amigos, de modo que, excepto uno de los apartamentos, todo el edificio quedó habitado por lo que podríamos llamar una comunidad, siguiendo una pauta que ya habíamos ensayado anteriormente en otro enclave arrasado: la plaza de Los Mártires. No pudimos alquilar ninguno de los apartamentos hasta que la propiedad realizó una serie de reformas muy superficiales, lo justo para mantenerlos habitables y cobrarnos un precio de alquiler que hoy resultaría sorprendentemente económico: lo único que nos podíamos permitir. Sigue leyendo

‘Entre el mundo y yo’, de Ta-Nehesi Coates (Ed. Seix Barral)

[Publicado originalmente en Eñe. Revista para leer]. El periodista y escritor Ta-Nehesi Coates ha escrito un brutal y conmovedor testimonio sobre lo que significa ser negro en Estados Unidos. Brutal porque no aplica ni un solo paño caliente a «quienes se creen blancos» y han construido un sistema basado en la explotación y violación sistemática «del cuerpo negro». Y conmovedor porque lo ha escrito en forma de carta a su hijo de quince años, y traspira amor y dolor a partes iguales.

«Imagina ese hijo adolescente leyéndolo», escribió en Twitter el novelista Isaac Rosa. Y lo cierto es que cuesta hacerlo, mucho. Querría uno sentirse en esa piel negra, la del hijo y la del padre, para lograr transmitir algo de la profunda verdad que remueve y trastoca a cualquiera que lea Entre el mundo y yo. Y que conste, el «cuerpo negro» de Coates no es solo un color de piel, que evidentemente no significa lo miso en Estados Unidos que en otras parte del globo. «Negros ha habido siempre», aunque «antes fueran irlandeses», por ejemplo o, por decirlo en otros términos, «subalternos», como comentábamos en estas mismas páginas. En definitiva, si precisamente allí decíamos que la categoría de «negro» es una invención (que aparece en un momento histórico determinado para justificar la violación de cuerpos ajenos, por usar la terminología de este libro), Coates va más allá y nos dice que la invención es la de «blanco». Sigue leyendo

‘Trabajar cansa’. de Javier Morales (Ed. Baile del sol)

trabajarcansaEL AMOR TAMBIÉN CANSA

[Publicado originalmente en El buen salvaje (España)]. Hay un personaje en esta segunda novela de Javier Morales (Plasencia, 1968) que aparece hacia el final y se diría que hasta al autor le cuesta soltarlo, de manera que de pronto cobra un efímero protagonismo. Nuria es uno de esos personajes secundarios que deja al lector con ganas de saber más, que adivinamos que en sí mismo encierra una historia que sin duda podría rescatar su autor para una posterior novela, y quién sabe si no lo hará. Afirmo esto porque quizás sea ese personaje quien mejor concentra la idea que vertebra esta más que recomendable Trabajar cansa (publicada, igual que su anterior obra, en Baile del sol): que, siguiendo la expresión freudiana, la felicidad se sostiene en el amor y el trabajo y que, por tanto, como dice un personaje, si falla uno de los dos ejes se puede seguir caminando, así sea de modo renqueante, pero si fallan ambos caemos en el abismo. Lo que hace Morales, en la estirpe de la literatura que mejor sabe leer su tiempo, es situar la posibilidad del amor y el trabajo en su contexto social.

Para ello, se vale de la historia paralela, con varias intersecciones, de dos parejas de mediana edad cuya crisis afectiva corre a la par que la económica. La prosa de Morales va directamente a la esencia, es la de un observador neutro y distanciado al que solo le interesa la médula del asunto que trata, y por eso carece de alharacas y florituras.

Trabajar cansa, que toma el título del conocido poema de Cesare Pavese, quiere avanzar con precisión de cronómetro en una cuenta atrás cuyo final se nos anuncia en la primera frase. Así, todo lo que queda en los márgenes no interesa. Estamos, por tanto, ante una novela corta que persigue la eficacia, sin que ello obste para que Morales haya construido unos personajes atractivos y representativos, con sus luces y sus sombras, sin maniqueísmos, ni heroísmos ni bajezas estridentes. Sigue leyendo

El Régimen del 78 barre unido bajo la alfombra

barrer_opt[Publicado originalmente en eldiario.es]. Hay una particularidad del sistema político español que, sobre todo en sus dos últimos libros (Por qué fracasó la democracia en España y La política en el ocaso de la clase media) señala Emmanuel Rodríguez: las élites de nuestro país no han sabido crear organismos de reproducción, al estilo de las Écoles Normales francesas, o en el Reino Unido de la London School of Economics y «Oxbridge», eficaces dispositivos para la preservación del régimen, como, por cierto, analiza Owen Jones en The Establishment. Así, el pacto por arriba y la domesticación social que fue la Transición no logró liquidar, antes al contrario, un sistema en manos de unas pocas familias, cuyos apellidos se repiten cansinamente en las últimas décadas.

Depredar los recursos públicos ha resultado de este modo una práctica bien sencilla, toda vez que los gestores de los grandes Ayuntamientos no eran sino meras extensiones de las empresas que, en especial durante los años de la especulación urbanística, consiguieron elevar los índices económicos a nuestras mayores cotas. Ni siquiera en los ejercicios inmediatamente anteriores a la crisis de 2008 esos índices se tradujeron en un aumento de salarios ni en mayor inversión en servicios como la educación o la sanidad, siempre muy por debajo de la media de nuestro entorno. Luego, esos mismos depredadores se encontraron con que tenían menos que repartirse, y en buena medida, como expone Rodríguez, se dedicaron a traicionarse unos a otros mediante un sinfín de filtraciones que hoy atestan nuestras Fiscalías.

Desde hace unos años, sobre todo desde que Podemos y las candidaturas municipalistas se centraran en el asalto institucional que el 15M había reconocido como techo de cristal, el mantra de la «regeneración» ha subyacido a toda acción política. A nadie se le escapa que esa regeneración nunca llegará de la mano de los dos grandes partidos, PP y PSOE, ni desde luego de su comodín naranja, como tampoco del viejo PCE, con las siglas de IU o las que invente para recoger un imaginario social al que es del todo ajeno. En Málaga lo acabamos de ver de una manera vergonzosa.

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