El corto verano del flower-negacionismo

  • La mascarilla es demasiado golosa como para no convertirla en símbolo de una revuelta comodona, sin mayor fundamento teórico que cadenas de WhatsApp.

¿Quién no alberga en su interior una semilla, por pequeña que sea, de rebeldía e inconformismo? Democracias representativas que funcionan por delegación, individualismo salvaje, capitalismo despiadado, patriarcado por doquier, fronteras férreas, muertos en pateras, educación excesivamente tutelada, sanidad desbordada, crianzas sin políticas de conciliación, burocracias laberínticas, medios de comunicación sin vocación de servicio público y, donde quiera que uno mire, injusticias y desigualdades de todo tipo. Demasiado para el cuerpo. El Leviatán parece inconmensurable, imperturbable, rocoso como un antidisturbios atizando a un ingenuo, una ingenua, que tenga la ocurrencia, por ejemplo, de frenar un desahucio. No me digan que no da pereza alzarse contra este estado de cosas.

Dan ganas de quedarse en el sofá y empezar alguna revolución sin salir de casa o, cuando menos, algún movimiento contestatario a golpe de click. Esas ganas crecen sobre todo en verano, y más en uno como el que acabamos de pasar, con la movilidad reducida, los ahorros enflaquecidos, el futuro laboral en el aire y los subsidios sin llegar: un verano tan propenso al aburrimiento.

Para algunos el mayor problema que atraviesa este país es el uso obligatorio de mascarillas. Ahí ven el mayor esfuerzo del Estado neoliberal por domeñar nuestra conciencia, doblegar nuestra voluntad, aniquilar el libre albedrío o, lo que es peor, evitar el abrazo, la composición de los cuerpos para crear un nosotros. En definitiva, la mascarilla es la novedosa vía para constreñirnos, una vez más, en el individualismo. La mascarilla, el coronavirus en sí, tiene todo para que germine nuestra semilla rebelde sin tener que acudir a farragosas asambleas, sin llenar de nuevo las plazas, sin poner esos cuerpos que antes echábamos de menos en los portales amenazados de desahucios, en las manifestaciones contra las sentencias favorables a violadores. La mascarilla es demasiado golosa como para no convertirla en símbolo de una revuelta comodona, sin mayor fundamento teórico que cadenas de WhatsApp. Yo lo entiendo. Seguir leyendo “El corto verano del flower-negacionismo”

Columnas de agosto en eldiario.es

  1. La banderita: «Apelar a la patria en los estados-nación europeos debería darnos, al menos, un poco de vergüenza, a no ser que se desconozca el proceso histórico de despojo e imposición por el que se llegaron a construir».
  2. Chirbes sigue contando: «Se acaban de cumplir cinco años de la muerte del escritor. Chirbes narró cómo la llegada de la modernidad trajo una desmemoria consciente a lomos de la juerga del pelotazo y una socialdemocracia que adecuó las perversas huellas del franquismo. Como para darle la razón, el rey emérito anda fugado en estos días».

Columnas de julio en eldiario.es

  1. «El Ingreso Mínimo Vital es mentira»: No va destinado a todas las personas en situación de pobreza severa, ni su cuantía se acerca a la anunciada, ni la tramitación resulta sencilla y, más llamativo aún, se han establecido filtros para excluir a un buen número de posibles beneficiarios.
  2. «La nueva (tele) realidad»: Si la nueva realidad comporta obligaciones telemáticas, irrenunciablemente tienen que ir ligadas a derechos análogos.
  3. «¿Quién mató a Ilias Tahiris en el reformatorio?»: Nada justifica que en España aún se apliquen protocolos que atentan contra dignidades elementales de los pacientes mentales, cuando precisamente la dignidad humana es el último agarre con la cordura

¿Quién mató a Ilias Tahiris en el reformatorio?

  • Nada justifica que en España aún se apliquen protocolos que atentan contra dignidades elementales de los pacientes mentales, cuando precisamente la dignidad humana es el último agarre con la cordura.

A mediados de los años noventa un amigo mío fue ingresado en la unidad psiquiátrica de un hospital público de Madrid. Casi todas las tardes, al salir de la facultad, cogía el metro y le visitaba durante una media hora. Para entrar en esa unidad había que llamar a un interfono y, solo cuando te identificabas, un chasquido abría la puerta. Recuerdo caminar por el pasillo hasta la habitación de mi amigo y ver, con bastante frecuencia, a un niño de diez o doce años amarrado con correas a su cama. Era hiperactivo, fue todo cuanto saqué en claro, pero nadie me dijo nunca el diagnóstico concreto. Mi amigo, por su parte, pertenecía a otro tipo de paciente, el que más abundaba: gente, muy joven por lo general, completamente narcotizada, adormecida o que languidece en sus camas o vaga con aire fantasmal por los pasillos. Era la época del haloperidol, un medicamento, aún hoy muy usado, que conoce de sobra cualquiera familiarizado con las esquizofrenias, paranoias u otras categorías diagnósticas tan esquivas como el propio concepto de salud mental.

Con todo, y aún lo tengo vívido, lo que más me descorazonó en mi primera visita no fue ese interfono que convertía la unidad en algo parecido a una prisión, ni esas correas para controlar a un niño que no lograba estarse quieto un segundo, ni siquiera que el tratamiento al que sometían a mi amigo y tantos otros se redujera al mero ensayo farmacológico (semanas de prueba con diferentes dosis de haloperidol hasta dar con la correcta para que el abotargamiento no resultara incapacitante). Lo que realmente me espantó fue que en aquella unidad todos los pacientes estuvieran obligados a vestir pijama. Tenían su sala de televisión y de juegos, podían caminar por los pasillos. No esperaban, en definitiva, ninguna intervención quirúrgica ¿Por qué, entonces, debían pasar todas las horas de todos los días sin vestirse a su antojo, ataviados con aquellos pijamas de hospital que humillaban su dignidad, que les estigmatizaban como enfermos, ingresados al otro lado de una puerta infranqueable, sin posibilidad de tomar el aire una sola hora y sin el derecho elemental a mirarse a un espejo y reconocerse con la mínima decencia que les podrían proporcionar sus propias ropas? He estado a punto de comenzar esta columna diciendo que la verdadera enfermedad es la de una sociedad que permite ese trato a los pacientes mentales, pero sé que es un lugar común y que, en consecuencia, apenas significa nada.

Morir en el reformatorio

Ilias Tahiris murió con solo 18 años en un centro de Almería, de titularidad autonómica. Sucedió el año pasado, pero fundamentalmente gracias a este diario y a la familia del joven, el caso, archivado en un primer momento y cuajado de mentiras, se ha reabierto. Una visita sorpresa del Defensor del Pueblo ha constatado que en este centro para la “reforma juvenil” se usa el “castigo” y el “dolor” como medios disciplinarios con los jóvenes, aunque no haya mediado previamente ningún comportamiento violento. Ese dolor, ese castigo, se lo aplicaron a Ilias durante hora y media, sin que en un principio apareciera ningún médico y cuando la actitud del joven, pasados unos minutos, no era en absoluto agresiva: bocabajo y amarrado a su cama, recibiendo durante largos minutos la presión en su espalda del personal de seguridad y luego abandonado en esa postura hasta que, finalmente, murió. La versión que posteriormente ofreció el vicepresidente de la Junta ha resultado falsa hasta límites vergonzosos, como se aprecia en el vídeo que, por respeto a la familia, este diario ha preferido no publicar. En ese centro, como ha informado el Defensor del Pueblo, “se constató la aplicación reiterada de sujeciones mecánicas a menores que se encuentran en el centro con una medida de internamiento terapéutico en salud mental, y que estaban en el centro en el momento del fallecimiento de su compañero en la Unidad de Salud Mental”. Seguir leyendo “¿Quién mató a Ilias Tahiris en el reformatorio?”

Saudades de você, Saramago

  • Se cumplen este mes diez años de la muerte de José Saramago. Me pregunto qué lecciones extraería hoy de ciertas posturas políticas y comportamientos.

Cuando pienso en los momentos más felices de mi juventud siempre aparece, de un modo u otro, José Saramago. Ningún escritor de aquellos años me proporcionó tantas horas de solitaria felicidad, de solitaria intensidad, pero siempre expansiva, porque a la postre sus novelas acababan colmando un montón de arrobadas conversaciones entre los amigos. Se cumplen este mes diez años de su muerte, un dato en el que solo reparé cuando ya había tomado la decisión de aprovechar parte del confinamiento para releer su obra, como si una suerte de intuición, tan propiamente saramaguiana, me hubiera lanzado a ello.

Volver a lecturas de juventud es un ejercicio arriesgado, siempre propenso a la decepción. En este caso ocurrió todo lo contrario. Kafka y Saramago ocupan los dos extremos del siglo XX que nos sirven para comprender el laberinto del ser humano occidental. Las seis novelas del portugués que van desde Memorial del convento hasta Ensayo sobre la ceguera así lo atestiguan: seis novelas, ni más ni menos, de una sobresaliente y honda factura, entre las que además, a mi modo de ver, se encuentran dos obras maestras, un alcance limitado a muy pocos.

Fue una novela anterior a todas esas, Levantado del suelo, la que dio nombre y relevancia a su autor, y en ella, de hecho, encontramos ya algunos rasgos del singular estilo de Saramago, especialmente esos diálogos entreverados en la corriente narrativa porque, como bien vio su primer traductor al español, Basilio Losada, atienden a una concepción de la historia más oral que escrita. Con todo, es una novela extremadamente ideologizada, de un realismo seco, sin rastro de la fantasía o las parábolas propias de Saramago, como tampoco de su irrenunciable ironía. La compasión hacia sus personajes, de la que tanto se ha hablado (incluso en el acta del jurado del Premio Nobel) carece aquí de esa mirada sin distingos hacia nuestras imperfecciones constitutivas. Son esas las que por naturaleza nos inclinan no tanto a grandes vilezas o heroicidades, sino en general a pequeñas y mediocres existencias dignas, sí, de compasión. Seguir leyendo “Saudades de você, Saramago”

Columnas de mayo en eldiario.es

1. Si muriera la vieja normalidad: «Esta peculiar normalidad quizás no pase de un simple paréntesis. En cualquier caso, siempre sabremos, aunque nos digan lo contrario, que en estos días hemos ensayado otras formas. Y eran mejores».

2. Andaluces, ¡El Retiro sigue cerrado!: «Nadie duda de la importancia que para todo el país puede tener mucho de cuanto acontece en la capital. Pero echen un ojo a tantos de esos medios nacionales y pregúntense por qué nos informan a todos los españoles de cuándo, por fin, podremos pasear por El Retiro».

Entradas de abril en eldiario.es

1. No queremos caridad, sino renta: «El Gobierno no puede decretar nuestro confinamiento y la confianza ciega en sus políticasin claras contrapartidas. Es la hora, ineludible, de establecer por fin una renta de emancipación».

2. La limosna: «Resulta ridículo que la medida estrella del gobierno para la crisis que vendrá después del estado de alarma se reduzca a un ingreso mínimo a “hogares” y “familias”, esas viejas categorías del nacionalcatolicismo».

Columnas de marzo en eldiario.es

  1. Sí es transfobia (también clasismo): «Nadie con un mínimo de sensibilidad puede salir indemne a las declaraciones sobre las personas trans lanzadas por las portavoces del feminismo reaccionario»

2. Si nos queda el amor: «Hace unos pocos meses mi pareja y yo compramos una vivienda en Málaga.(…) La antigua propietaria había cerrado la terraza del piso para convertirla en una sala de estar, pero nosotros decidimos recuperar esos 16 m² y perder espacio interior. Durante esta cuarenta, 16 m² nos convierten en unos privilegiados».