Morir de hambre, pero sin molestar y con decencia

  • Mi amiga Leticia, refugiada política colombiana con dos hijos a su cargo, es una de esas miles de personas sin posibilidades de encontrar un empleo, pero a las que se les deniega todo subsidio porque incluso para la izquierda únicamente el trabajo dignifica.

[Publicado originalmente en elDiario.es.]Toda campaña electoral que pretenda vender el trabajo como forma de mejorar nuestras vidas, como la manera más legítima de acceder a la renta, demostrará que desconoce la realidad social del territorio, especialmente golpeada desde la crisis de la Covid. Andalucía no es una excepción en el conjunto del Estado, antes al contrario, y el paro estructural de la región ronda el 20%. Pero eso son solo cifras, así que me voy a permitir poner rostro a los fríos datos: en concreto, el de mi amiga Leticia, como la llamaré aquí, y el de su hija y su hijo, ahora ya mayores de edad.colahambre-min

Leticia ya conocía España cuando en 2019 llegó con sus hijos desde Colombia en calidad de refugiada política. Había venido en numerosas ocasiones como miembro de una ONG colombiana y, de hecho, el Gobierno español había financiado alguno de sus programas para trabajar con mujeres de las zonas en conflicto armado. Ahora, sin embargo, esa misma administración comenzó a tratarla como una paria, una apestada, una sin papeles, en definitiva. ¿Se acuerdan del confinamiento, verdad, aquellos cien días de reclusión domiciliaria? Ella los pasó con sus dos hijos en la explanada del parking de una iglesia situada en uno de los barrios más castigados de Málaga, donde les dejaron meterse en el galpón que la parroquia usaba como almacén y en el que tenían instaladas algunas literas. Habían vencido los doce meses que duraba su programa de refugiada, y ahora, aunque con el asilo concedido, sencillamente quedaba fuera. En plena pandemia, en pleno confinamiento. Con dos hijos. A un parking.

 

Después comenzó su pesadilla kafkiana por las administraciones local, autonómica y estatal: trabajadores sociales que invariablemente le decían que se olvidara de mejorar su currículo académico, que jamás obtendría beca alguna para estudiar en España, que de nada le valían sus títulos universitarios colombianos, que lo que le correspondía, como mujer latinoamericana, era cuidar de ancianos y dependientes de pura cepa española. Cuanto antes lo aceptara, mejor para todos. Como su ánimo es inquebrantable, se puso a estudiar y montó incluso una asociación de mujeres colombianas (que en estos meses ha prestado en frontera ayuda a refugiados ucranios, por cierto). Acabó, claro, cuidando a ancianos y dependientes de DNI español, casi siempre en condiciones de semiesclavitud y clandestinidad, pero no dejó de agotar todas las vías burocráticas.

 

Esto de los plazos que caducan es una cantinela recurrente: todas las administraciones le exigen costosos documentos que debe conseguir, a través de intermediarios, en Colombia, para luego ser sellados en La Haya

El descubrimiento fue atroz: nuestra burocracia no está diseñada para ayudar a los sectores vulnerables, sino precisamente para obstaculizarles el acceso a toda ayuda. De hecho, resulta tan intricada que a veces sus propios gestores ni siquiera la conocen del todo, si es que no se ven impotentes o actúan de forma caprichosa. Ahora mismo, el bono municipal que, por 14 euros, le da derecho a llevarse 50 euros en alimentos de un lejano economato, le ha caducado por la desidia funcionarial. Es solo un ejemplo: en estos tres años le han denegado sistemáticamente todo subsidio con argumentos tan peregrinos como que su expediente se había quedado en la mesa de un funcionario que ahora estaba de baja, y por tanto ya había caducado. Seguir leyendo «Morir de hambre, pero sin molestar y con decencia»

‘Las letras del bosque’, de Javier Morales (Ed. Sílex).

letras del bosque-min[Publicado originalmente en Revista Penúltima.]El 85% de las emisiones de gas invernadero se han generado después de la Segunda Guerra Mundial, la mitad de ellas en los últimos treinta años, lo que no solo está destruyendo nuestro planeta tal y como lo conocíamos, sino que nos mata, a nosotros y a millones de animales cada año. El consumo de carne, proveniente casi en su totalidad de grandes granjas, es causante de un cuarto de todas esas emisiones. Solo en 2018 España sacrificó 900 millones de animales para consumo humano… Si quisiera, durante unos cuantos párrafos podría alargar esta lista de datos, todos ellos extraídos de Las letras del bosque: textos sobre naturaleza, animales y libros, recopilación de artículos de Javier Morales editado por Sílex con delicadas ilustraciones de Leticia Ruifernández Nogués, que a mí me han recordado a algunas acuarelas de Ramón Gaya.

¿Es posible escribir un libro amable con estas cifras? ¿Se puede escribir desde un lado distinto al desasosiego con esas apabullantes evidencias? ¿Se puede, desde ese lugar, invitar al cuidado de la vida, de la naturaleza, esto es, de todos los seres vivos que habitamos este planeta? Yo no lo creo, pero la opinión de Javier Morales parece otra. En efecto, consigue llevarnos de la mano, sobre todo a través de la lectura de algunos libros fundamentales, recientes o clásicos, del Nature Writing, para que contemplemos y entendamos de qué manera estamos interconectados con todo y todos los que nos rodean, de qué modo infligir sufrimiento a los animales se vuelve, invariablemente, en nuestra contra.

Esa falta de ética, esa crueldad que significa torturar a animales en industrias de exterminio siempre escondidas, supone también, en última instancia, una asombrosa ceguera. A fin de cuentas, por mucho que algunos incluso quieran disociar el ecologismo de la defensa de lo animales, el sentido común siempre los aunará. Eso es lo que, libro a libro, lectura a lectura, Javier Morales va comprendiendo y nos va transmitiendo en un susurro, en un paseo tranquilo, contemplativo, reposado y atento, que es, en suma, en lo que se convierten cada uno de estos textos: una invitación a mirar a nuestro alrededor y asumir por qué el respeto por la naturaleza nos puede salvar.

A la postre, casi podría decir que la protagonista absoluta de este libro es la voz que Morales compone. Esa voz amable y serena, pero convencida, sabe que siempre tiene la razón de su parte, los datos y el rigor a su lado, y sin histrionismos nos hace caminar, paso a paso, absortos en su mensaje. Ya lo hizo, desde otro punto de vista, en su ensayo El día que dejé de comer animales.

De esa manera, aunque Morales traiga a colación tantas voces, a las que generosamente glosa, logra imponer siempre una propia, especialmente sensitiva, que no solo apela a la emoción o a lo intelectual. En realidad, la voz acaba por convertirse en una suerte de epidermis que nos hace cómplices no solo de sus lecturas, no solo de sus ideas, sino, precisamente, de la manera de sentirlas o, si se prefiere, que logra atravesarnos la conciencia con ellas. ¿Se puede pedir más a un libro de estas características?

Javier Morales, lo mismo que en sus novelas, tiene algo que decir, y sabe que, si por un lado, estos son tiempos propicios, también lo son para la afrenta y las acusaciones estúpidas, de una parte o de otra (de izquierda y derecha, si se prefiere). De esa suerte, Las letras del bosque no cae nunca en el panfletarismo, en la consigna, en la mirada altiva, en la falsa superioridad moral. Al contrario, Morales ha tendido una mano, y a través de algunas y algunos maestros nos ha hecho ver por qué deberíamos cogerla. Hay lugar para todos, de verdad.

El naturalismo que aquí se destila no es excluyente ni sectario, sino que, como comprobarán tras su lectura, se erige, justamente, en un generoso bosque de variado ecosistema. A mí me parece que quedarse fuera es solo una forma de no querer ver y, a este paso, quien no quiera ver acabará por encontrar que, más pronto que tarde, ya no hay bosque en el que refugiarse. Si pretenden saber por qué, en este libro hallarán una amplia guía para comenzar a investigar… Y a convencerse. Denle las gracias a su autor.

Queremos habitar Málaga

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Foto: Anouk Rielo

[Publicado originalmente en ElDiario.es.] La semana pasada el crucero más grande el mundo desembarcó en Málaga a 4.000 turistas. Es sabido que 15 de los barcos más grandes del planeta emiten tanta contaminación atmosférica como 760 millones de automóviles, pero al Gobierno municipal y a buena parte de la prensa local les pareció un hito digno de celebración.

Málaga ya no es una ciudad concebida para ser habitada, a menos que entendamos habitar como el mero trámite de pasar tus días en un espacio localizado. Sin embargo, hasta hace poco habitar también significaba vivir un lugar, hacerlo y sentirlo propio, puesto que en él te componías con los demás y aspirabas a tu felicidad y a la de los tuyos. Con cada nuevo crucero que atraca en Málaga se levanta un telón que deja al descubierto un escenario sin protagonistas verdaderos, porque el director de toda la función, el acalde Francisco de la Torre, solo quiere figurantes desembarcados. Al resto trata de ocultarnos entre bambalinas.

El problema es que la pretensión de De la Torre pasa por ampliar y ampliar ese escenario (yo mismo me vi convertido, hasta mi expulsión, en vecino de Antonio Banderas). Y ya no sabe qué hacer con los molestos habitantes de los aledaños. A los de las barriadas de El Perchel y Santa Julia los están intentando desahuciar, sí, después de una pandemia y en plena crisis económica. Claro que De la Torre dice que, al fin y al cabo, los edificios en los que residen no son de titularidad municipal. Vamos, que es el mercado, amigos, como si él mismo no hubiera diseñado, con mucho tesón, el modelo de ciudad que permite esas crueldades.

Ese modelo ya solo se lo compra gente interesada (los del mercado, amigo) o algunos ingenuos. A fin de cuentas, precisamente la pandemia ha revelado, mejor que nunca, la naturaleza despiadada del alcalde. Ni siquiera podemos montar en bici en esta ciudad, porque quitamos espacio a los visitantes. En su patológica lucha contra las bicis (en plena pandemia, sí), a De la Torre no solo le dio por eliminar los carriles, sino por no construir los proyectados. Es el caso de La Alameda, donde muy pronto quedó claro que la deseada peatonalización de esa vía no tenía como fin el esparcimiento, no, sino la proliferación de negocios y terrazas para los visitantes. Sin carriles bici.

Todos esos grandes museos que ha levantado Málaga en los últimos años han funcionado como polos de gentrificación, una vez más. Lejos de convertirse en focos de cultura, lo han sido de turistas

En realidad, De la Torre le tiene mucha manía al centro histórico, lo que explica que lleve décadas “rehabilitando” sus edificios: la verdad es que los demolió para, en muchos casos, erigir hoteles o convertir bloques de viviendas en apartamentos vacacionales. En rigor, el calificativo de “histórico” le viene grande a nuestro centro. Seguir leyendo «Queremos habitar Málaga»

‘Siempre es verano’ (Ed. Sonámbulos), de Alejandro Pedregosa

9788412486032 (1)[Publicado originalmente en Revista Penúltima]. Siempre es verano hasta que la memoria «se seque como una fruta expuesta al sol». Lo sabe «el escritor», ese personaje y narrador que desde la distancia de la madurez contempla a «el niño» y luego a «el chaval», esa voz que, ya curtida por la vida y, tal vez, por los desengaños, vuelve a un distante verano que es, todo él, una frontera.

Alejandro Pedregosa, poeta y narrador, ha escrito una bellísima novela sobre las lindes que, a la fuerza, debemos traspasar: la que separa la niñez de la adolescencia, la que separa la ingenuidad de la verdad, la que separa la amistad del desencanto, el amor del sexo, la familia del secreto. En suma, también la linde que, una y otra vez, le señala al narrador su doble pertenencia, y que en realidad es una de tantas, la de haber nacido y crecido en el último límite del barrio meridional de una ciudad de, por qué no, la Costa del Sol.

Ese barrio sur, aún en su último confín, marca la pertenencia a una posible infancia, a una posible familia, sin ahogos a fin de mes y con biblioteca en casa, pero, como toda frontera, es porosa. ¿Pertenece de verdad «el chaval» a ese mundo, cuando su madre, viuda, tiene tienda en el otro lado de la raya divisoria? ¿Pertenece a ese mundo cuando el instituto en el que estudiará se ubica en ese otro distrito, en el barrio norte, donde ha crecido a golpe de balón en una plazoleta de la que, poco a poco, desaparecieron los mayores para caer en el pozo de la heroína que se tragó en los ochenta a media generación?

Todas esas fronteras marcan el último verano de la infancia, o el primero de la edad adulta, del protagonista. Por eso comprendemos que Siempre es verano, en realidad, encierra un deseo imposible: el de que continuemos viviendo en ese despertar, el de que podamos fingir, en una playa con los amigos, que aún no sabemos bien de qué va esto de la vida.

Es esta una novela de ritos de paso, una novela de iniciación, que reclamaba una voz, lírica pero firme, como la que Pedregosa le ha sabido imprimir para no caer en tópicos ni estereotipos. Desde el primer párrafo la mirada del narrador arroja una ternura que no abandonará en el resto de páginas, y que, con pericia, sorteará siempre el sentimentalismo o la cursilería. Y no faltan episodios amargos, giros tan inesperados como solo un verano de frontera puede deparar.

Con esa prosa limpia pero profunda, «el escritor» nos hará cómplices de sus recuerdos, de su regreso a la plazoleta, a la habitación del abuelo impedido, a los espigones, a la tienda, a la playa, a la mirilla de la edad adulta. Nos hará cómplices Pedregosa porque desde esa primera línea la honestidad será descarnada: ya he traspasado la frontera, parece decirnos «el escritor», igual que vosotros, y de nada sirve la nostalgia, pero necesitamos compasión para mirar qué fuimos y entender así qué somos.

A mí me ha conmovido, tanto que me ha sabido a poco. ¿Por qué no sabemos más, por ejemplo, de Anabel, esa adolescente adelantada que, exijo, vuelva a aparecer con más enjundia en otra novela? Si resulta así, espero que sea en una edición con el mismo buen gusto que ha tenido para esta Sonámbulos, editorial poco dada a la narrativa. Se ve que también ella ha querido traspasar otra frontera. No pongan, pues, la memoria a secarse al sol como una fruta, y quédense en este verano perpetuo.

Que me quede como estoy: la clase media como ilusión social

  • En su nuevo ensayo, ‘El efecto clase media: crítica y crisis de la paz social’, Emmanuel Rodríguez López pone patas arriba, con admirable precisión e imaginación política, algunos de los consensos que han marcado nuestra sociedad desde el desarrollismo franquista.

Clase media (1)[Publicado originalmente en ElDiario.es.] Hace algunos años Ciudadanos propuso en un pleno municipal del Ayuntamiento de Málaga la creación de un bono de ayuda a la alimentación… para “la clase media”. La idea era repartir vales no para las personas sin recursos, sino para que aquellas familias que demostraran contar con ingresos regulares pudieran comer a diario en restaurantes. El inefable concejal que defendía aquel despropósito aseguraba que la función de su partido era, precisamente, proteger a la clase media. Montó en cólera por redes cuando varias personas le contamos que, para empezar, la clase media no existe.

Es una pena que por entonces no se hubiera publicado El efecto clase media: crítica y crisis de la paz social, el deslumbrante estudio que acaba de sacar Traficantes de Sueños y con el que el sociólogo e historiador Emmanuel Rodríguez López pone patas arriba algunos de los consensos que han marcado nuestra sociedad desde el desarrollismo franquista. Rodríguez lleva a cabo un exhaustivo y voluminoso análisis de la maquinaria política por la que se ha conseguido la integración social, y que podríamos resumir en ese laxo concepto de “clase media”: una ilusión que la Transición compra al franquismo sin demasiados retoques y que se sostiene en ficciones como la igualdad de oportunidades o la meritocracia, es decir, más en “un marco de regulación social que en una clase propiamente dicha”. La clase media vendría a ser así “el espacio subjetivo en el que la mayoría de una población se reconoce como al margen de cualquier división social significativa”.

Tendríamos la figura del propietario, ese invento del franquismo para crear una suerte de “capitalismo popular” sustentado en la propiedad inmobiliaria, una anomalía española que explica las particularidades patrias de las crisis económicas

Rodríguez analiza de modo pormenorizado los mecanismos, casi siempre mediados por el Estado, que han levantado semejante ilusión, ese “efecto” que equipara “clase media” ni más ni menos que con sociedad, o con pueblo. La clase media como sujeto hegemónico, casi único, de nuestros Estados. Ese “efecto clase media” se sustenta principalmente en varias figuras, que en sendos capítulos el libro disecciona con admirable precisión y, lo que es más llamativo, siempre elaborando hipótesis de futuro, porque su autor despliega no solo su contrastada capacidad para sintetizar datos, sino una notabilísima imaginación política. Seguir leyendo «Que me quede como estoy: la clase media como ilusión social»

No es solo el Sáhara: es racismo institucional

Hay una evidencia incuestionable: nuestros gobiernos llevan casi medio siglo maltratando a los saharuis por la sencilla razón de que son moros

[Publicado originalmente en ElDiario.es] Algo que debemos conceder a Pedro Sánchez tras el anuncio de que el Gobierno español deja oficialmente de reconocer, pese a los acuerdos suscritos en la ONU, el derecho al referéndum de autodeterminación en el Sáhara occidental: la honestidad, la misma que no tuvieron sus predecesores. En el fondo, Sánchez simplemente ha rubricado lo que, desde que llegó la democracia, todos y cada uno de los gobiernos españoles ha hecho: despreciar al pueblo saharaui, despreciar a las casi 175.000 personas que hoy sobreviven en pésimas condiciones en los campamentos, cercados además por un muro de más de 2.700 kilómetros.

La palma de la ignominia se la lleva quizás Felipe González, lo que a estas alturas a nadie extrañará. Cuando era un tierno aspirante al mando del país visitó los campamentos para prometer que si alguna vez alcanzaba el poder en la vieja metrópoli el único interlocutor válido sería el Frente Polisario, porque él sí reconocía sin más los “territorios liberados de la República Árabe Saharaui Democrática”. De todo ello, como de tanto otro, se olvidó cuando seis años después, en efecto, se convirtió en presidente.

Al margen de las evidentes razones geoestratégicas, del más que probable chantaje del régimen aluaita al gobierno, etc., hay una evidencia incuestionable: nuestros gobiernos llevan casi medio siglo maltratando a los saharuis por la sencilla razón de que son moros, para entendernos. Pueden haber sufrido las mismas penalidades que está padeciendo el pueblo ucraniano, vale que hasta 1975 conformaran una provincia española y que, de hecho, a día de hoy su espacio aéreo aún siga gestionado por España. Pero no dejan de ser moros, y nosotros a los moros ni agua. Pedro Sánchez, por fin, lo ha admitido. Punto para él, aunque ya apuntaba maneras.

La traición al pueblo saharaui es parte evidente del racismo institucional que ha atravesado a todos los gobiernos españoles, de un signo u otro

Cuando España se trajo aquella vergonzosa peleíta en el seno de la Unión Europea para no acoger a demasiados refugiados sirios en nuestro país despoblado, Pedro Sánchez, en la oposición, protestó e incluso recordó a nuestros exiliados de la Guerra civil. Luego, cuando se convirtió en presidente del gobierno, se hizo un Felipe González, pero más salvaje: a principios de 2019 llegó a prohibir que el Open Arms zarpara desde el puerto de Barcelona para salvar vidas, algo en perfectísima armonía con lo que ese mismo verano reclamaría Vox.

Sánchez ha pasado de prometer acabar con las devoluciones en caliente a poner al frente de interior a un ministro, Grande-Marlaska, capaz de enviar de vuelta a 800 menores a Ceuta contra toda la legislación vigente. Eran niños moros, al fin y al cabo, paquetería de Amazon que podemos expedir sin miramientos. En realidad, la falta de empatía de ese ministro es legendaria. No en vano, de las muchas condenas de Estrasburgo que acumula España por torturas, ni más ni menos que seis tuvieron lugar bajo la instrucción de Grande-Marlaska en su etapa de magistrado, todo en récord. Quizás por eso no ha dudado en justificar las palizas gratuitas a inmigrantes en la valla de Melilla.

No hablemos de las concertinas que iba a retirar, y lo hizo, sí, las retiró unos metros más allá. Tampoco mencionemos los CIE, nuestros guantánamos particulares, que ahí siguen, pese a que el propio ministro reconozca que ni siquiera cumplen con los Derechos Humanos.

La traición al pueblo saharaui es parte evidente del racismo institucional que ha atravesado a todos los gobiernos españoles, de un signo u otro. Y por fortuna Argelia no se ha enfadado tanto como se preveía y ya ha permitido que el gobierno español reanude las repatriaciones.

El mes pasado, en el Festival de Cine de Málaga, se proyectó el documental Un viaje hacia nosotros, ideado por Pepe Viyuela y dirigido por el malagueño Luis Cintora. Quiero mencionarlo porque, desde una mirada muy didáctica, aborda algunas de estas cuestiones. Me gustaría pensar que eso lo hace ideal para que una buena parte de los institutos y centros de secundaria organicen pases con el alumnado. Ojalá.

La fantasía de la invulnerabilidad

  • Invulnerables e invertebrados, el último ensayo de Lola López Mondéjar, explora sin rehuir debates delicados las raíces de los malestares propios de esta etapa del capitalismo.

Lopez Mondjear[Publicado originalmente en ElDiario.es.] Lo contaba el otro día aquí mismo: la pandemia ha disparado los índices de ansiedad, depresión y otros trastornos, para los que en la mayoría de los casos se ofrece una salida meramente farmacológica, y por lo tanto una inevitable cronificación. Hoy mismo llega a las librerías Invulnerables e invertebrados: mutaciones antropológicas del sujeto contemporáneo, el último ensayo de la psicoanalista y narradora Lola López Mondéjar, muy bien editado por Anagrama. Si en aquella columna yo lamentaba el abordaje de los malestares psicológicos desde una mirada ajena al contexto social en que se producen, este ensayo profundiza, con prosa exquisita, rigor y honestidad, en la época y sociedad donde tienen lugar.

López Mondéjar, a la que ya he ensalzado como novelista en otra ocasión, bebe de la que para mí es sin duda la tradición psicoanalítica más rica, aquella que se entrevera con el análisis sociológico, filosófico y epocal y que, por consiguiente, sitúa al sujeto en el meollo de la más estricta contemporaneidad sin renunciar a su herencia, individual e histórica. De ese modo, su autora pondrá el foco en la experiencia del amor, del propio cuerpo, del afecto, del sexo, de la identidad, de la subjetividad y las mutaciones que en la época de la velocidad, del Me Gusta, de Tinder y la incertidumbre se concretan en un amplio abanico de sujetos (¿o consumidores?).

Los valores últimos de un capitalismo asimila el afecto, la decepción, la separación o el duelo (la vulnerabilidad, en suma) como síntomas de una debilidad intolerable en estos tiempos acelerados

¿Cuál sería el rasgo común en este nuevo tipo de sujetos? La fantasía de invulnerabilidad, propia de un tipo de personalidad empapada, embriaga de los valores últimos de un capitalismo siempre proteico que, en su forma reciente, asimila el afecto, la decepción, la separación o el duelo (la vulnerabilidad, en suma) como síntomas de una debilidad intolerable en estos tiempos acelerados. De hecho, tan acelerados, tan vaporosos, que carecen de un verdadero anclaje, de un eje moral o ético, es decir, de una vertebración: invulnerable e invertebrado, por tanto, así es ese nuevo sujeto. Esa fantasía de invulnerabilidad, como no puede ser de otra manera, acaba por manifestarse en malestares definitorios de nuestra época, que López Mondéjar analiza tanto a partir de la investigación como de su propia práctica clínica.

La obesidad, sin ir más lejos, se ha convertido en una pandemia con cifras alarmantes y terribles consecuencias para la salud (y la economía), como no deja de avisar la OMS. En España triplica o cuatriplica la incidencia de un trastorno más mediático, como es el de la anorexia, lo que cuestiona la supuesta sumisión a los cánones de belleza dictados por la moda. El cuerpo como coraza de grasa, como protección para esconder la vulnerabilidad, se convierte en nuestra sociedad en un problema de primer orden, toda vez que solo en contadas ocasiones atiende a causas endocrinas o se explica por la relación entre pobreza, bajo nivel cultural y consumo de comida basura.

Uno de los grandes valores de este ensayo es la forma en que mira de frente todos esos asuntos, sin rehuir debates delicados

Desde ese punto de vista, Invulnerables e invertebrados también establece un diálogo, no exento de controversias pero siempre honestísimo, con algunas de las cuestiones más candentes de los feminismos actuales. Lo podríamos resumir del siguiente modo: ¿de qué manera pueden los feminismos sortear dispositivos patriarcales como el sistema sexo/género, al amor monogámico, el cuerpo normativo o cualquier posición subalterna sin caer en la autocomplacencia o reducir a una cuestión puramente volitiva problemáticas multicausales (pues siempre atienden a orígenes individuales, familiares, históricos, sociales, psicológicos, etc.)?

Uno de los grandes valores de este ensayo es la forma en que mira de frente todos esos asuntos, sin rehuir debates delicados. Dicho con otras palabras: es la forma en la que la autora propone ese diálogo, aceptando a veces sus propias limitaciones, otras dando espacio muy relevante a maneras de pensar discordantes con las de ella misma, pero también dejando caer algunas afirmaciones discutibles (“En la experiencia de las personas trans, adoptar una identidad imaginaria, casi caricaturizada, teatralizada, del género de elección, es una forma de rechazar la pluralidad de experiencias que les habita y que no pueden sino conciliarse en esa fantasía de integración siempre inconclusa que es la reasignación de género” [p. 327]).

Pocas veces tendremos ocasión de sentirnos invitados a una conversación tan elegante, profunda, exigente y bien llevada como la que propone Lola López Mondéjar en este ensayo. Este libro es un tesoro, no lo duden.

La generación nacida en el desengaño: entrevistas sobre ‘A partir de mañana’

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  • Santi Fernández Patón retrata a la generación «nacida en el desengaño» en ‘A partir de mañana’: El escritor malagueño establece un correlato entre la inapetencia sexual del protagonista y la falta de deseo vital de una juventud, la del 15-M, sin expectativas de un futuro mejor. [Entrevista en Diario Sur.]
  • Santi Fernández Patón: “La potencia que expresó el 15M ha acabado clausurada por la vía institucional”: El escritor y colaborador de elDiario.es Andalucía presenta su nueva novela, ‘A partir de mañana’. [Entrevista en elDiario.es.]

  • A partir de mañana: De la falta de deseo sexual a la falta de deseo vital, la historia de una generación [El Salto]. 

Radio3

Llegar a fin de mes reduce el consumo de pastillas

  • El consumo de opiáceos, ansiolíticos y antidepresivos se ha disparado en España con la pandemia, pero aún abordamos el dolor y la salud mental al margen de su contexto.

pastillas_opt[Publicado originalmente en ElDiario.es]. Entre 2013 y 2020 en España aumentó un 53% el consumo de analgésicos opioides, de manera especial el fentanilo, que ya supone la mitad de las dosis, cuando, en principio, la EMA no lo autoriza para tratar el dolor crónico no oncológico. En 2021, con datos actualizados de la pandemia, las cifras continuaron al alza, y en este caso con un dato harto relevante: se vendieron un 45% más de antidepresivos que con respecto a 2010. Con todo, los antidepresivos siguen por detrás de los ansiolíticos, cuyo consumo también ha repuntado en pandemia. A la vez, el PSOE no deja de poner trabas a la regulación del cannabis, siquiera para uso terapéutico, cuando el propio Ministerio de Sanidad no deja de alertar del riesgo adictivo que sí tienen esos opiodes que hoy alcanzan ventas de récord. Por si hay dudas, las muertes por sobredosis en Estados Unidos se dispararon el año pasado un 30%, la mayor parte de ellas a causa del uso inapropiado de estos opiáceos. ¿Qué nos está pasando?

Para empezar, el desmantelamiento de la Sanidad Pública, que ha provocado que las unidades de dolor crónico se encuentren en vías de desaparición. Eso explica el asombroso aumento de las recetas de opioides. De hecho, cinco millones y medio de las personas que padecen dolores crónicos (el 62%) jamás han sido derivadas a estas unidades de los hospitales públicos.

Si nuestro sistema sanitario aún no nos trata como a simples clientes, en lo que respecta a la salud mental lo parece

En segundo lugar, aunque no menos importante, el propio concepto de “dolor”, o incluso el de “cuerpo”. Si entendemos el cuerpo como un mero caparazón, desligado de nuestro entorno y de nuestra psique, el dolor será siempre abordado como una avería localizada y fácilmente reparable mediante alguna solución farmacológica. De esto sabe mucho, precisamente, la Big Pharma. No en vano, detrás de la crisis de los opiáceos que vive Estados Unidos, con más de 200.000 muertos, se encuentra, en gran medida, la familia Sackler. Es la propietaria de la farmacéutica Purdue y su opiáceo sintético estrella, el muy adictivo Oxycontin. Del mismo modo, tenemos a Johnson & Johnson, que ya ha aceptado el pago de 230 millones de dólares al estado de Nueva York por su responsabilidad en esa crisis. En Europa no llegamos a semejantes extremos, pero el aumento en plena pandemia de las recetas nos indica que seguimos la misma senda.

En tercer lugar, y de nuevo el orden no es significativo, si nuestro sistema sanitario aún no nos trata como a simples clientes, en lo que respecta a la salud mental lo parece. Tenemos la pista concluyente en ese otro incremento de recetas: las de los ansiolíticos y antidepresivos, es decir, de nuevo la solución meramente farmacológica a un problema en tantas ocasiones de raigambre social (sociopolítico, socioeconómico, sociolaboral, etc.). Ayer, después de los años pandémicos, los feminismos volvieron a tomar las calles, y por si alguien no lo quiere ver: el patriarcado también incrementa el consumo de ansiolíticos y antidepresivos en las mujeres.

Es desolador que, cuando por fin se está abordando el problema, no encontremos apenas actuaciones concretas, ni presupuestos que lo acompañen. Después de una pandemia como la actual, con las terribles consecuencias que empezamos a padecer más allá de lo estrictamente sanitario, no debería resultar tan difícil entender que, en el fondo, este también es un problema de orden material. Lo diré de otra forma más gráfica: llegar a fin de mes reduce el consumo de pastillas. Por eso, en mi opinión, toda la retórica que a izquierda y derecha se repite contra medidas como la renta básica supone, también, un desprecio a la salud mental.

No faltan bibliografía ni iniciativas para profundizar en estas cuestiones que aquí yo solo puedo esbozar. En cualquier caso, espero que cada una de estas 630 palabras sean una píldora analgésica y ansiolítica sin necesidad de receta ni farmacia.

PP borroka

  • No sabemos si se cumplirá eso de «¡Casado, bandido, deja el partido!», aunque todo indica que sí, que los nuevos «borrokas» de la lucha social se apuntarán un tanto inolvidable.

ppborroka[Publicado orginalmente en ElDiario.es]. La lucha callejera ha vuelto a nuestro país, si es que alguna vez se fue. Ha sido la capital la que nos ha enseñado a los pobres provincianos, justo al día siguiente de unas deslucidas manifestaciones por la Sanidad Pública, lo que de verdad se puede conseguir mediante la propaganda por los hechos. «Rodea la Sede»: ese podía ser el lema que este domingo llevó a miles de enfurecidos militantes a coordinarse para intentar asaltar el cuartel general de una organización «política» que, según algunos juristas de reconocido prestigio y solvencia, hace tiempo debería estar ilegalizada. El grito de guerra era unánime: «Libertad» frente a los «traidores del pueblo», según recogen las crónicas de los más intrépidos periodistas desplazados al corazón del conflicto.

Fue una acción directa ejemplar: la enfervorecida masa logró cortar una calle del centro de la capital, ni más ni menos que la de Génova. A pesar de semejante altercado, en un alarde de admirable astucia, los activistas lograron evitar cualquier posible reconocimiento facial: sus rostros estaban convenientemente cubiertos por mascarillas quirúrgicas, que por lo demás exhibían los emblemas de esta épica batalla: la estrella marxista (camuflada como parte de la bandera de la Comunidad de Madrid, aunque a mí no me la cuelan), o las franjas rojigualdas, que nos representan a todos, a todas, a todes. Las mascarillas unen y salvan vidas del pueblo, las traiga de gratis una ONG o el hermanísimo comisionista. No es tan difícil de entender.

Aún sigo sobrecogido a causa de algunos de los vídeos que he podido ver en Twitter, en especial con la primera línea, esa vanguardia de señoras de edad. Se trata, sin duda de otro alarde de tacticismo, otra lección magistral: ningún antidisturbios, ni siquiera los de la serie esa tan malintencionada, se atrevería a cargar contra semejante columna. ¿Es o no una genialidad? Con sus peinados enhiestos de laca podrían causar en cualquier momento un incendio sin necesidad de los engorrosos cócteles molotov. Por si fuera poco, para desorientar a las fuerzas represivas, esas señoras se hacían las despistadas, como si fuera su primera acción, como si precisamente no estuvieran curtidas en el fragor de la guerrilla urbana. De ese modo fingían no darse cuenta de que algo, la rima sin ir más lejos, no terminaba de funcionar en su cántico: «Luego dirán que somos cinco o seis». A mí, repito, no me la cuelan.

Aún sigo sobrecogido a causa de algunos de los vídeos en Twitter, en especial con la primera línea, esa vanguardia de señoras de edad. Se trata, sin duda de otra lección magistral: ningún antidisturbios se atrevería a cargar contra semejante columna

Aquello fue una especie de festival de la fraternidad, el Génova Fest. Nunca antes habían cobrado tanto sentido los versos de la catalana, con perdón, Rigoberta Bandini: «Paremos la ciudad sacando un pecho fuera al más puro estilo Delacroix». Esa letra contiene un mensaje cifrado. Pongan unas estrellitas a la bandera del famoso lienzo y sustituyan el rostro de la insulsa francesa por el de nuestra nueva reina Isabel (reina nunca monárquica, sino del pueblo, popular, que no se me malinterprete). Comprenderán así que, en realidad, la cancioncilla de la teta no es tal, sino el himno que llamaba a los disturbios madrileños; nuestro Grândola carpetovetónico, para entendernos. De ahí que los poderes mediáticos y fácticos sabotearan la votación del Benidorm Fest, faltaría más. Pero no les sirvió de nada.

No sabemos si se cumplirá eso de «¡Casado, bandido, deja el partido!», aunque todo indica que sí, que los nuevos «borrokas» de la lucha social se apuntarán un tanto inolvidable, que harán que suene otra vez aquel viejo tema de los argentinos Las Manos de Filippi: «Los mejores, los únicos, los métodos piqueteros./ Corte de ruta y asamblea». Seguramente no sigan con los siguientes versos: «Que en todos lados se vea/ El poder de la clase obrera». O sí, aunque con algún cambio que otro: «Que en todos lados se vea/ El poder de los cayetanos». Total, ya hemos comprobado que esta revolución acabará incluso con rémoras como la rima. Así que, desde aquí, mi más sincero agradecimiento.

Gracias Casado, Ayuso y asesores respectivos. Nos habéis devuelto la esperanza: a las barricadas, que la lucha sigue.