La vivienda es un derecho, pero solo un poco

  • Un año ha bastado: las bonitas promesas de inicio de legislatura y los pactos de coalición ya solo salen en los titulares para certificar su incumplimiento.

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Incluso para lo que estamos acostumbrados, y teniendo en cuenta que en esta ocasión no gobierna en solitario, al PSOE le ha durado muy poco el barniz progre: algo más de un año, el que dista desde la sesión de investidura.

El último hito lo puso este lunes José Luis Ábalos, cuando nos explicó a todos que vale, que igual la Constitución reconoce la vivienda como un derecho, pero que en realidad “también es un bien de mercado”. En cuanto se desmelenan, a los ministros del PSOE se les pone la cara en blanco y negro, ya sea para, como Ábalos, hacernos recordar a aquel viejo franquista que quería un país de propietarios y no de proletarios, o a Carmen Calvo para azuzar la transfobia con un repentino giro de discurso demasiado similar al de la extrema derecha.

Un año ha bastado: las bonitas promesas de inicio de legislatura y los pactos de coalición ya solo salen en los titulares para certificar su incumplimiento. No habrá regulación del precio de alquiler de las viviendas, a pesar del pacto firmado, que no ofrece lugar a interpretaciones. No habrá derogación de la Ley Mordaza, que ahora viene muy mal, sobre todo cuando a la gente le ha dado por manifestarse a favor de la libertad de expresión y nada mejor para disuadirnos que un buen disparo que te quite un ojo y las ganas de tonterías. Tampoco se va a derogar la reforma laboral, como no sea pasando por encima del cadáver de Nadia Calviño, que por lo pronto ya ha hecho el mérito de que no se cumpla el acuerdo de la subida del salario mínimo. De lo de la reforma de la Corona si eso ya hablamos cuando vuelva el emérito, si le apetece, pero de momento vamos a seguir gastando un pastizal en su retiro de fugado VIP. Lo del trato humanitario a los migrantes y la depuración de los cuerpos de seguridad, en fin. Si en Canarias no se está tan mal y tampoco pasa nada por que la Audiencia de Madrid acabe de imputar a toda la cúpula policial del Gobierno de Rajoy y que tantos implicados sigan tranquilamente en sus puestos. Qué más da si la guardia civil admite torturas hasta la muerte. Seguro que Marlaska tiene mucho lío como para ocuparse de esas menudencias.

Ábalos ha dado carpetazo a tanta chorrada. A partir de ahora el gobierno no va a legislar en materia de derechos sociales, sino a “promover” medidas, porque “imponer” está feo. Yo le agradezco la sinceridad. ¿A qué tipo de desgraciado autoritario se le ocurriría imponer un precio justo para un bien de mercado como, sin que lo supiéramos, es la vivienda? Vale que tenemos una pequeña crisis por no sé qué de una pandemia y que los índices de pobreza que se nos vienen encima van a ser de récord, pero bueno, para eso ha puesto el ministro Escrivá un Ingreso Mínimo Vital, aunque se parezca más bien poco al pactado. Ahora, lo que toca, es mirar hacia adelante, o hacia arriba, con altura de miras, cuanto más alto mejor: a Marte, que no en vano ha llegado un cacharro con tecnología española. De las cosas terrenales ya se ocupa, ya “promueve”, el gobierno.

Un añito ha pasado, un añito nada más.

Algunas ideas para terminar de extinguirnos

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Nos extinguiremos como especie, seguramente antes de lo que hoy podemos imaginar, y en el pico más alto de la remota isla que haya sobrevivido a la desertificación del planeta y la subida del nivel del mar, el “emprendedor” de turno intentará convencer a los últimos humanos de que la iniciativa privada, el esfuerzo, la meritocracia y la privatización del bosque de al lado nos podrán salvar.

En medio de una crisis climática como nunca habíamos conocido, una pandemia que reparte millones de muertos por todo el planeta, una debacle económica y social en ciernes, solo los más indecentes se empecinan en vender que el capitalismo nos sacará de ésta. Sobreviviremos, a pesar de la Unión Europea y su gestión mercantil de la crisis, de nuestros gobiernos municipales, autonómicos y estatales, incapaces de imaginar una solución que no pase por poner parches temporales. Sobreviviremos, a pesar de tantos medios de comunicación, casi indistinguibles en su discurso de fondo. Sobreviviremos, a pesar de nuestro sistema educativo, cada vez más orientado al mercado laboral y alejado de las humanidades. Sobreviviremos, porque no habríamos llegado hasta aquí si por debajo de todo el control que los poderes imponen a nuestras vidas no hubiéramos establecido, desde tiempos inmemoriales, mecanismos de cooperación. Sobreviviremos, sí, pero el daño será irreparable y la herida nunca cicatrizará si aún tenemos que oír que este es el mejor de los sistemas posibles.

Sobreviviremos porque no habríamos llegado hasta aquí si por debajo de todo el control que los poderes imponen no hubiéramos establecido, desde tiempos inmemoriales, mecanismos de cooperación. Sobreviviremos, sí, pero el daño será irreparable

Seguir leyendo “Algunas ideas para terminar de extinguirnos”

La guerra contra la bici

  • La ordenanza que acaba de aprobar Málaga para regular la circulación de patinetes eléctricos y bicis revela, una vez más y en plena pandemia, la falta de políticas medioambientales en la ciudad.

[Publicado originalmente en elDiario.es].   La ordenanza que el Ayuntamiento de Málaga acaba de aprobar para regular la circulación por la vía pública de patinetes eléctricos y bicicleta es indecente, una oportunidad perdida para resolver una cuestión tan necesaria como urgente. A todos los niños les enseñan en las escuelas que la exigencia de un deber tiene que acompañarse de un derecho correspondiente, una lección de ética sencilla y comprensible. No obstante, el Gobierno municipal de Málaga ha optado por obligar a todos los ciclistas a circular, so pena de fuertes multas, por los carriles bicis, una medida sensata, si no fuera porque el Ayuntamiento se ha olvidado de construir esos carriles. No solo eso, sino que la ordenanza recoge también la obligatoriedad de aparcar las bicis en espacios habilitados, pero al mismo tiempo los portavoces municipales reconocen que se les ha pasado habilitar algunos más, ahora tan escasos. Todo esto podría dar risa, si no fuera por lo que en realidad revela un paso más hacia un modelo de ciudad ajeno a cualquier política medioambiental, un modelo alejado de la sostenibilidad y las formas de transporte limpias.

La guerra del PP contra las bicicletas viene de lejos. En Málaga, la legislatura pasada el Gobierno local anunció que no iba a cumplir su propio plan de alquiler de bicicletas municipales, que lo iba a dejar a un tercio de la previsión original. De esta manera, la segunda ciudad andaluza cuenta únicamente con unas pocas estaciones de alquileres, desperdigada en puntos demasiado lejanos como para resultar funcionales, al estilo de Sevilla, por ejemplo. Posteriormente, supimos que el carril bici proyectado para una de las principales arterias de la ciudad, Héroe de Sostoa, que además se trata de una vía muy ancha y de varios carriles, quedaba cancelado sin demasiadas explicaciones. Con el fin de la legislatura, comenzaron las obras para peatonalizar buena parte de la Alameda Principal, en pleno centro. Se trataba en principio de un amplísimo espacio peatonal, con un carril bici establecido en ambos sentidos. Las obras terminaron con el inicio de esta legislatura, pero se habían olvidado de construir el carril bici. El concejal del ramo aseguró que en breve veríamos ese carril. Años después no existe. Seguir leyendo “La guerra contra la bici”

De repente no hay que nacionalizar las eléctricas

  • La subida del precio de la luz no es un problema coyuntural, como nos han dicho, sino que responde a un modelo bien estructurado.

[Publicado originalmente en elDiario.es] En estos últimos días hemos escuchado a varios miembros del Gobierno y a algunos supuestos “expertos” que la inaudita subida de un 27% que, en plena ola de frío, ha experimentado la electricidad es solo un problema “coyuntural”. No es verdad, en absoluto. Ese abuso inconcebible responde a un problema estructural, un modelo que ya arrastraba graves deficiencias, como el abultamiento de los impuestos indirectos de la factura, y que apuntaló el Gobierno de Aznar.

El sistema de fijación de precios, mediante subasta alcista, no es solo opaco, sino que está concebido, precisamente, para favorecer la especulación. Cada día las generadoras prevén la demanda de las comercializadoras de energía para la siguiente jornada. La OMIE (el operador de mercado eléctrico designado) escoge las ofertas de más barata a más cara y de ese modo se va cubriendo la demanda. Si hay poca demanda, enseguida se cubre el proceso con las primeras ofertas, las más baratas. No obstante, si hay mucha demanda, como en caso de una ola de frío, no se cubre hasta llegar a las últimas ofertas, las más caras. Y, milagro, el precio más caro que se pague es el que se fija definitivamente. En resumen: la previsión de consumo alto determina al alza el precio de la luz.

Este sistema, por tanto, no deja intervenir al Estado en la regulación de la tarifa. Por el contrario, trata la electricidad como un bien de mercado más, sujeta a las leyes de la especulación, y no como un producto de primera necesidad. El PSOE ha sido cómplice de este sistema incluso en la oposición. Nunca se ha avenido ni siquiera a reducir el IVA de la factura, como demandan las organizaciones de consumidores. Es de entender si tenemos en cuenta cómo las grandes eléctricas han sido una de las principales puertas giratorias, con el caso más representativo de Felipe González en el Consejo de Administración de la antigua Fenosa, hoy Naturgy (la responsable de los 100 días que en la Cañada Real de Madrid llevan sin luz). No en vano, entre esa empresa, Endesa e Iberdrola controlan el 90% del mercado español.

Teresa Ribera, la ministra de Transición Ecológica, no parece darse por enterada de nada de esto, cuando precisamente el modelo actual, en tanto que alcista, cierra el paso a la energía renovable, mucho más barata.

Pobreza energética

La pobreza energética afecta ya al 15% de la población residente en España, cerca de 7 millones de personas. Según los datos de la agencia europea Eurostat, en 2018 más de un 9% de la población española no podía mantener su casa suficientemente caliente. El decreto que ha aprobado el Gobierno para “consumidores vulnerables” está resultando del todo insuficiente, empezando por la propia ambigüedad de esa categoría y terminando, como es habitual, por una serie de obstáculos burocráticos sin sentido. El Real Decreto ni siquiera ha recogido el llamado “principio de precaución”, según el cual una suministradora nunca podría cortar el gas, la luz o el agua a un hogar si, previa consulta, los Servicios Sociales acreditan la falta de recursos.

Por todo ello resulta comprensible que en 2017, cuando solo era un diputado del Partido Comunista, y no ministro de Consumo, Alberto Garzón afirmara, ante una subida del precio de la luz menor que la de ahora, que “la oligarquía nos mete la mano en el bolsillo y el Gobierno no actúa. ¡Hay que nacionalizar!”. En términos parecidos se expresaba el mismo año Pablo Iglesias, hoy uno de los vicepresidentes del Gobierno: “Disparar la factura de la luz un día como hoy solo demuestra la codicia de las eléctricas. Si el Gobierno lo consiente, será cómplice”.

Es una pena que en esta ocasión nos hayamos enterado de que simplemente “hemos pedido a las CNMC que investigue si ha habido irregularidades en el mercado”, como ha expresado en Twitter el ministro Garzón. Menos mal que ha añadido: “Estamos buscando soluciones definitivas para una tarifa regulada que proteja especialmente a las familias más vulnerables”. Donde antes se hablaba de gobiernos cómplices y de nacionalizar ahora nos hemos quedado con buscar, para un futuro indeterminado, alguna tarifa regulada. No sé ustedes, pero yo me he quedado helado.

Aquel lejano 2020: una ficción futurista

  • Ahora nos parecen ridículas expresiones como “líder político”, “ministro”, o no digamos ya “presidente del gobierno”.

[Publicado originalmente en elDiario.es] En la primavera del año 2020 España entró en estado de alarma, que era la figura jurídica que permitía al gobierno restringir derechos fundamentales y confinar a la población en sus hogares. Uno ponía la televisión y solo encontraba hospitales saturados, sanitarios exhaustos, cadáveres de ancianos abandonados en residencias y cifras ascendentes de muertos, miles de muertos, decenas de miles de muertos. Daba igual la parte del mundo. En cualquier país se improvisaban morgues, el ejército patrullaba las calles o trasladaba ataúdes, a veces en interminables hileras de camiones. Para comprar alimentos había que esperar en colas al exterior, siempre enfundados en guantes, mascarillas improvisadas en casa y convenientemente separados del resto. Ni siquiera los niños tenían permitido salir a la calle. De alguna manera debían seguir telemáticamente el curso escolar, pero muchos no tenían medios para hacerlo o sus padres no podían estar pendientes de ellos las veinticuatro horas diarias que ahora debían convivir. Ellos también trabajaban a distancia si su empleo no era de los considerados esenciales y si no habían sido despedidos. Sectores económicos enteros se descalabraban, y no estaba claro que todo el que saliera indemne de la pandemia fuera a sobrevivir a una crisis que iba a camino de dejar la de 2008 en una anécdota.

El fin de esas medidas, la apertura de fronteras y la llegada del verano acabaron precipitando otra ola de contagios, de manera que en otoño el gobierno recurrió nuevamente al estado de alarma, esta vez sin confinamientos domiciliarios. No cabía duda de que en esta ocasión los hospitales estaban mejor preparados, que la población más vulnerable se protegía en mayor medida y que los contagios entre los jóvenes, desatados tras el encierro de la primavera, por norma general no requerían ingresos clínicos. Con todo, los muertos diarios se contaban otra vez por cientos. Uno pisaba la calle y se veía rodeado por una multitud cautelosa, precavida. Las colas se extendían por los aceras de los establecimientos para no superar los nuevos aforos de interior, y en ellas todo el mundo guardaba un metro y medio de distancia entre sí, apenas se cruzaban brevísimas charlas si se coincidía con un vecino y hasta parecía que por una vez la gente no se comunicaba a gritos, porque se sabía que eso aumentaba las posibilidades de contagio. Ni siquiera estaba permitido fumar en las terrazas de los bares. Ahora nos saludábamos con un choque de codos o la mano en el corazón y, por mucha mascarilla que lleváramos, un observador atento podía apreciar una diferencia sutil en las conversaciones: todos hablábamos como en posición de retroceso, como si estuviéramos a punto de marcharnos, siempre a un brazo de distancia de ese conocido con el que nos topábamos, del antiguo colega de trabajo, de un compañero de un curso al que con la mascarilla casi ni habíamos identificado. En la calle uno se contemplaba como desde fuera, desdoblado, en tercera persona.

Por si fuera poco, la movilidad había quedado restringida. Nadie podía circular por la vía pública en horario nocturno, ni desde luego desplazarse a otro municipio. Solo con la llegada de la Navidad se aliviaron, en cierta medida, algunas de esas restricciones.

Esas mismas Navidades, a la vez que una nueva cepa del virus multiplicaba los contagios, por fin comenzaba en todo el continente la campaña de vacunación. Era un hito impensable tan solo unos meses atrás y que únicamente se consiguió gracias al esfuerzo conjunto de científicos de todo el globo, por una vez libres de intereses geopolíticos.

Seguir leyendo “Aquel lejano 2020: una ficción futurista”

Marihuana

[Publicado originalmente en el Diario.es] La hipocresía del gobierno actual, en la que tanto se parece a todos los anteriores, alrededor de la regulación del cannabis ha provocado que España pierda un tren económico para el que estaba excelentemente preparada. No en vano, el país es uno de los mayores abastecedores del mundo (casi todo el cannabis de los coffe shops de Países Bajos procede de aquí y la demanda alemana está en alza, por ejemplo). Igualmente, tiene capacidad real, gracias a su clima, para convertirse en uno de los viveros del planeta (no solo por las plantaciones del sur, sino por todas las que pueden florecer, y de manera clandestina ya lo hacen, en la España vacía). Además, cuenta con algunos de los mejores expertos (a los que han recurrido muchos de la cincuentena de países que ya regulan su uso). Por si fuera poco, uno de los gigantes para su exportación, la empresa farmacéutica Alcaliber, no deja de enriquecerse.

Hasta el mes pasado, sin embargo, el gobierno, en contra de la misma OMS, sostenía que no había evidencias de que el cannabis tuviera cualidades terapéuticas. A principios de este mes, siguiendo precisamente las recomendaciones de la OMS, la ONU ha reconocido de forma oficial las propiedades medicinales de la planta. La ha sacado de la lista en la que la mantenía desde 1961, lo que dificultaba enormemente la investigación médica. De hecho, según el CIS, casi la totalidad de la población española está favor de su legalización para uso terapéutico.

Seguir leyendo “Marihuana”

La educación privada: una experiencia personal en medio del debate por la concertada

La privada

Durante cuatro años de mi adolescencia, los que correspondían al antiguo BUP y COU, cursé mis estudios en un colegio privado. Había sido levantado durante el franquismo, como internado situado a las afueras de Madrid, hasta que la ciudad poco a poco se comió aquellos terrenos e integró el colegio en un barrio de nueva construcción, a mediados de los setenta. Nadie parecía haber remodelado el colegio en décadas. Las instalaciones eran deficientes, ruinosas, tétricas, nada que ver con las del instituto público del barrio, de reciente inauguración, si bien ocupaba una parcela mucho más amplia. Por lo que he sabido, el colegio acabó en manos de una empresa especializada en la educación privada, que llevó a cabo las pertinentes reformas. Lo peor, con todo, era el nivel del profesorado, entre el que apenas se salvaban dos o tres docentes. El resto no tenía aptitudes pedagógicas o su bagaje cultural dejaba mucho que desear. Recuerdo que el profesor de Lengua y Literatura parecía, y quizás fuera cierto, no haber leído un solo libro que no figurara en el temario. Estaba convencido de que Lorca no había sido homosexual, un terrible malentendido causado por el protagonismo de las mujeres en La casa de Bernarda Alba o Yerma. Hubo un tiempo en que creí que esos cuatro años de estudio solo me habían aportado experiencias desabridas, poco provechosas, hasta que más adelante tuve que enfrentar algunas situaciones o compartir espacios con un tipo de persona a la que, ahora, conocía bastante bien: el pijo. Y esos cuatro años se revelaron muy útiles.

En aquel colegio había dos tipos de alumnos claramente diferenciados. Por un lado, estábamos los hijos de asalariados, trabajadores cualificados por cuenta ajena y con buenos sueldos, sin negocios propios, empresas heredadas ni patrimonios familiares. En muchos casos, como el de mis padres, habían llegado a Madrid desde sus pueblos, dispuestos a no defraudar las expectativas que sus mayores ponían en ellos. Por otro lado estaban… Bueno, estaban ellos, ellas. A simple vista se les reconocía. Aparcaban sus motos en el colegio, fumaban los mismos cigarrillos rubios que nuestros padres, la variedad de marcas que vestían era asombrosa, y desde luego también su fondo de armario. Además, vivían en la parte de los chalets del barrio y, curiosamente, nunca entendíamos del todo a qué se dedicaban sus padres. Eran señas exteriores que tenían su importancia, pues, como acabé por comprender, asistir a ese colegio solo se justificaba por ingenuidad o por una cuestión de estatus.

Los pijos vivían como si no hubiera una mañana. Es decir, vivían como si sus actos no tuvieran consecuencias, no fueran a enturbiar su futuro, inmediato ni a largo plazo.

En cualquier caso, no eran aquellos rasgos superficiales los que les distinguían, sino eso que luego me resultó útil en mi vida posterior: los pijos vivían como si no hubiera una mañana. Es decir, vivían como si sus actos no tuvieran consecuencias, no fueran a enturbiar su futuro, inmediato ni a largo plazo. En lugar de sumarse a los botellones, los fines de semana se emborrachaban sin medida en los bares, por la sencilla razón de que no tenían que contar las monedas para continuar la noche. Si era necesario invitaban a todos, y el lunes volvían al colegio con la cartera llena. ¿Es que no les daban paga semanal? Ni siquiera le echaban un vistazo a sus calificaciones cuando llegaban las evaluaciones, aunque solo hubieran aprobado una o dos asignaturas. ¿Para qué? Les daba igual que su media bajara estrepitosamente, porque ellas y ellos iban a enfilar directos a la empresa de papá o a una universidad privada que no exigía nota de corte. En el caso de los chicos, ligaban de una manera abrumadora, y también solo mucho después comprendí que eso se debía a una seguridad en sí mismos de la que ni siquiera eran conscientes, porque no concebían que alguien les dijera que no, que se opusiera a su deseo o su capricho. Jamás hablaban de política, para qué, si la pelea por las condiciones de vida les era ajena y aún, con la dictadura demasiado reciente, estaba por estallar la guerra cultural. Seguir leyendo “La educación privada: una experiencia personal en medio del debate por la concertada”

Esta columna debería ser un cuento

  • Víctimas de la pederastia clerical, hace un año, en el Vaticano

    Iba a escribir sobre el desgarro que esta semana he sentido al leer las noticias sobre abusos de todo tipo a menores y la impunidad de la Iglesia. Justo entonces terminé los cuentos de Tiza roja, antología de Isaac Rosa, y me dije que a veces una noticia, una opinión, no bastan para entender la actualidad.

Durante décadas el Vaticano urdió toda una trama para proteger a los abusadores sexuales de niños, como ha quedado acreditado. No importaba si un solo eclesiástico, como Marcial Maciel, fundador de Los Legionarios de Cristo, había violado él solo a casi un centenar de niños: contaba con la bendición de la Iglesia.

La Justicia terrenal, por su parte, tampoco pone demasiados reparos. El Tribunal Supremo ha rebajado recientemente la pena de once años iniciales a tan solo dos (el límite justo para no ingresar en prisión) al cura que abusó reiteradamente de un menor en el colegio del Opus Gaztelueta. La Iglesia, por cierto, ha hecho todo lo que estaba en su mano para desacreditar a la víctima. En el reformatorio Tierras de Oria de Almería un joven de dieciocho murió después de que lo amarraran brutalmente en su cama durante hora y media, una práctica que ahora sabemos habitual. Al joven que denunció esas prácticas lo han condenado, por “revelación de secretos”, a dos años y medio de cárcel, más que al cura violador del Opus, y al trabajador que grabó el vídeo, a dos años de cárcel.

Yo mismo publiqué en su día una columna sobre este último caso, y hoy me proponía expresar la angustia, el horror que me genera toda esa impunidad, la desprotección de la infancia por parte de quienes más deberían velar por ella. Sin embargo, justo antes de ponerme a ello terminé de leer Tiza roja (Seix Barral), la antología en la que Isaac Rosa reúne cincuenta de los cuentos que en los últimos años ha publicado en La Marea y en este mismo periódico.

Buena parte de esos relatos los había leído en el momento de su aparición. Entonces los asumí como originalísimas parábolas que ilustraban la actualidad más inmediata, a veces incluso una noticia de unos pocos días atrás. Venían a ser algo así como la información hecha carne, el complemento humano a la prosa periodística. Hoy, desgajados del soporte en que nacieron, parecen cuentos distintos: toda su potencia literaria queda al descubierto, y lo que antes pareció un jugoso pie en la página de la actualidad, es hoy un imaginativo reflejo de los tiempos que vivimos.

De pronto entendí que era imposible expresar mediante una columna el desgarro que me causaban todas esas noticias sobre el maltrato, también institucional, a los menores. Relato a relato, el ingenio de Rosa me había atravesado, me había conmocionado, me había llenado, a veces, también de optimismo, me había hecho experimentar el mundo que me rodea, con sus tragedias laborales, sus trabajadores siempre pobres, pero también su rebeldía escurridiza, sus diferencias de clase, y a la vez la ridiculez de los privilegiados y de los quiero y no puedo, sus depredadores sexuales y la ceguera social frente a ellos, la banalización de la pobreza, la crisis de la vivienda y la batalla por que no se olvide que es un derecho fundamental. Cincuenta derroches de talento que eran como ver, como sentir, como dejarse traspasar por cada una de las secciones de un periódico.

Es un lugar común que la literatura nos debe interpelar, incardinarse en nuestro tiempo, interpretar nuestra época, qué nos pasa, en definitiva, como dice el propio Rosa en el prólogo de su libro. No estoy hablando de eso, o no solo; estoy hablando de que necesariamente la noticia despersonaliza, quita carne, piel, emociones. La noticia informa, claro, pero vivimos en un mundo que pasa ante nosotros a una velocidad inaprensible. El fragor, el ruido, se multiplican y acabamos por convertir, como no puede ser de otro modo, en noticia lo que en realidad son formas de vida colectivas… con su horror, como esos miles de niños violados al amparo de la Iglesia católica a lo largo de décadas y décadas.

No hay manera de escribir una columna sobre ello. Parece inabarcable para mi sensibilidad. Quizás, reflexiono, la ficción acaba por casar mejor con la realidad. Al fin y al cabo somos también lo que nos contamos o, sobre todo, cómo nos lo contamos. De más está decirlo: la información nos puede mover a la acción. Aun así, me digo, tal vez, un día, a algún periódico se le ocurra sustituir todas sus noticias por relatos de ficción. Entonces descubriremos que cada una de esas palabras nos atañe como seres humanos, no solo como indispensables consumidores de información. De momento, hasta que ese día llegue, quédense con Tiza roja.

[Publicado originalmente en elDiario.es]

Los alegres fascistas

  • De nuevo han sorprendido los eufemismos con los que la prensa local se ha referido a grupos neonazis que este fin de semana protagonizaron disturbios de poca monta.

En la madrugada del 20 al 21 de abril de 2017, Pablo Podadera, un joven malagueño, celebraba su vigésimo segundo cumpleaños en un local del centro de su ciudad. A cierta altura, salió con un amigo para tomar al aire y se toparon con una pelea entre otros jóvenes a los que no conocían. Los dos amigos intentaron mediar en esa pelea, pero como respuesta tiraron a Pablo al suelo y le patearon brutalmente. Un día más tarde moría hospitalizado a causa de las lesiones. Los asesinos de Pablo Podadera estaban vinculados al Frente Bokerón (los animadores ultras del C.F. Málaga) y la asociación de extrema derecha Málaga 1487 (la fecha de la Toma de Málaga por los Reyes católicos), muy parecida al Hogar Social de Madrid, más conocida. Ambas organizaciones propugnan abiertamente ideas y simbología racista y xenófoba. No obstante, de manera sorprendente, la prensa local omitió el nombre de estas organizaciones en la cobertura de la noticia.

Más sorprendente resultó aún que el Málaga C.F. no condenara los hechos ni tomara algún tipo de medida contra el Frente Bokerón, y más aún que el Gobierno de la ciudad, entonces como ahora en manos del PP, tampoco lo hiciera: el Ayuntamiento de Málaga es copropietario, junto a la Diputación provincial y a la Junta de Andalucía, todos en partes iguales, del estadio La Rosaleda, donde juega el Málaga. Ninguna de estas instituciones públicas exigió al club, cuyo estadio pagan, que condenara tajantemente el asesinato. Tampoco que mientras el Frente Bokerón siguiera contando con personas vinculadas a grupos que hicieran apología de la violencia o ideas de corte racista o xenófobas le retirara las ayudas que recibe en forma de reducción del precio de abonos, espacio reservados en el estadio, recintos de almacenamiento, etc.

Ahora hemos sabido que los disturbios de poca monta con los que este fin de semana algunos jóvenes malagueños pedían, básicamente, que les dejaran hacer botellón durante el toque de queda estaban protagonizados por miembros de estas mismas organizaciones. De nuevo han sorprendido los eufemismos con los que la prensa local, sobre todo del principal periódico de la ciudad, se ha referido a estos neonazis: “jóvenes de estética radical”, donde deberían haber dicho skin heads, o pertenecientes a “grupos de animación deportivos”, donde deberían haber dicho al Frente Bokerón.

La complacencia con la que se ha llegado a normalizar este tipo de organizaciones explica, entre otros factores, que el Congreso de los Diputados cuente con 52 fascistas en sus escaños. Parece que aún no se quiere entender de qué va esto. En 2017 un joven malagueño murió no por defender unas ideas ni por militar en un colectivo político, pero eso no quiere decir que haya que obviar la ideología y la pertenencia política de sus agresores. Para ser víctima de la violencia de la extrema derecha no hace falta significarse en política, ser inmigrante ni tener una orientación sexual determinada. Solo hace falta que esas organizaciones neonazis se enseñoreen en las calles, como descubrió Pablo Podadera, porque los medios de comunicación y las instituciones, con sus reacciones tibias, les han creado cierta sensación de legitimidad.

Si la prensa no es capaz de señalar la filiación claramente política de estos grupos, de denunciar su apología de la violencia frente a los extranjeros, los homosexuales o personas de otras “razas”, si se sigue refiriendo ellos con medias palabras, eufemismos o directamente expresiones inocuas (¡animadores deportivos!, como si de una peña se tratara), si las instituciones que nos representan siguen invirtiendo dinero en clubs que los acogen, serán responsables, sin ningún tipo de paliativos y en una medida nada despreciable, del actual auge del fascismo. Pero no pasará nada, porque en realidad nos informarán de otro auge, el de las estéticas radicales y los animadores de fútbol.

[Publicado originalmente en elDiario.es]

Seguir leyendo “Los alegres fascistas”

¡Respeta mi opinión!

  • Son múltiples las causas que llevan a que un número creciente de personas confunda el respeto a la libertad de expresión con el respeto al contenido de las propias expresiones. Hemos llegado a tal extremo que se exige respeto a opiniones que, por un lado, cuestionan hechos incontrovertible y, por otro, consensos de carácter ético y moral.

La tensión social que está provocando la pandemia ha dado lugar a que un día sí y otro no tengamos que oír dislates de todo tipo, pero quizás el más sorprendente resulte ese de que todas las opiniones son respetables. Sin duda, hay múltiples causas que llevan a que un número creciente de personas confunda el respeto a la libertad de expresión con el respeto al contenido de las propias expresiones. Parece evidente que las actuales técnicas de manipulación tienen mucho que ver, pero seguramente todo esto viene abonado por el espacio cada vez menor que ocupan las humanidades en los planes educativos.

Hemos llegado a tal extremo que se exige respeto a opiniones que, por un lado, cuestionan hechos incontrovertibles y, por otro, consensos de carácter ético y moral. Así, cualquiera puede ahora cuestionar que el coronavirus sea contagioso, que la mascarilla tenga alguna utilidad o que, incluso, los hospitales hayan estado alguna vez saturados. Es su opinión, y en un Estado de derecho, donde la libertad de expresión resulta fundamental, merece ser respetada. Da igual que los hechos contradigan semejantes desvaríos, que los mecanismos de creación de bulos estén bien estudiados o que los verificadores de noticias cuenten con los máximos avales: eso también es opinable, ¿o acaso somos borregos, metidos en la vereda de la corriente oficial de pensamiento? Y eso nos lleva al segundo aspecto: el de opinar sobre valores. Seguir leyendo “¡Respeta mi opinión!”