El chiringuito malagueño de los eventos públicos

[Publicado originalmente en El Salto]. Dos décadas de gobierno del Partido Popular en la ciudad de Málaga han conformado una red clientelar amplia y variada. Desde el mes de diciembre sabemos, gracias al exhaustivo informe presentado por el grupo municipal Málaga Ahora, de qué manera el Ayuntamiento ha creado en la práctica un monopolio millonario para la organización de eventos municipales a través de una empresa afín, Espectáculos Mundo.

Como señala el informe, algunos pliegos de condiciones para acceder a este tipo de contratos están redactados con tal grado de detalle que coinciden con la oferta exacta de esta empresa, por lo que cabe preguntarse si participa en la redacción. Así, para la Cabalgata de Reyes 2017, adjudicada sin concurso a Espectáculos Mundo, los pliegos describían con extrema precisión el tipo de balizas de seguridad que deberían llevar las carrozas, hasta requerir unas en concreto y no cualquiera que cumpliera la normativa vigente, algo que prohíbe el Texto Refundido de la Ley de Contratos del Sector Público. El Ayuntamiento, además, podría transmitirle información privilegiada, puesto que Espectáculos Mundo firma contratos de representación para un solo día con artistas que más tarde un pliego exigirá como condición indispensable para acceder al contrato de un evento… que casualmente se celebra esa fecha concreta, así las ferias de los distritos.

algunos pliegos de condiciones para acceder a este tipo de contratos están redactados con tal grado de detalle que coinciden con la oferta exacta de esta empresa, por lo que cabe preguntarse si participa en la redacción.

Por si fuera poco, en numerosas ocasiones un evento se parte en varios menores, de manera que se puedan adjudicar directamente a las filiales de Espectáculos Mundo, algo permitido por la ley siempre que el contrato no supere los 18.000 euros. Sigue leyendo

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Cofradías: que baje dios y lo vea

En el último monográfico de Gente Corriente (titulado Omnia sunt communia: para todas todo) firmo dos artículos: uno sobre Limasa (en este enlace), la empresa de limpieza de Málaga, y este otro sobre el dinero público que el Ayuntamiento de la ciudad destina a las cofradías:

En noviembre de 2017 un pleno extraordinario del Ayuntamiento de Málaga aprobaba una modificación presupuestaria, con los votos del PP y el apoyo entusiasta de su apéndice naranja, que contenía una partida de 229.000 euros para 21 cofradías. Esa cantidad se repartía desde los 7.000 euros a la de El Huerto para unas bambalinas laterales del palio del trono de la Virgen, a los 17.000 euros de la Expiración (para la restauración del suelo del salón de tronos) y la Esperanza (restauración de túnicas), pasando por 16.000 a la cofradía de Zamarrilla (realización de un grupo escultórico) y la del Rico (14.000 euros para reformar su museo y las vitrinas) o El Cautivo (8.000 euros para renovar los uniformes de la banda musical). ¿Parece esto excesivo? Pues en julio del mismo año ya se habían aprobado otros 115.000 euros para ayudas similares.

Por tanto, en un solo año se han entregado a las cofradías unos 345.000 euros, a los que hay que sumar las constantes concesiones de parcelas y locales o edificios municipales, por no mencionar los cambios arquitectónicos en nuestras plazas y calles para franquear el paso a los tronos, lo que acaba por configurar una suerte de «urbanismo cofrade». Esto es, la configuración del espacio público en función de intereses privados y religiosos. A este respecto, podemos recordar a vuelapluma la tala de cipreses centenarios en la plaza de San Francisco (que el vecindario impidió que fuera a más) o la pérdida de la subvención europea para remodelar la plaza de Camas, ya que el proyecto original dificultaba la salida de procesiones, lo que finalmente nos ha costado alrededor de un millón y medio de euros del erario municipal. La plaza de Camas, como se sabe, es la misma en la que el Ayuntamiento ha cedido a la cofradía de las Fusionadas (sí, la de Antonio Banderas) una parcela valorada en 750.000 euros para la construcción de su casa de hermandad, mientras ha sido incapaz de instalar toldos contra el sol, debido a la falta de arbolado, en la pequeña zona infantil, como se ha reclamado en repetidas ocasiones. Sigue leyendo

Cinco recomendaciones de 2017

No tengo ni idea de cuáles son las mejores novelas de 2017, ni siquiera si estas cinco son las que más me han gustado, pero sí las que, por diferentes motivos, he recomendado en Eñe, y lo hago por orden de aparición en el mercado español.

La uruguaya, de Pedro Mairal (Libros del Asteroide): aunque publicada en 2016 en Argentina, a España llegó este año de la mano de Libros del Asteroide. Mairal, un autor versátil como pocos, empieza a gozar en nuestro país del reconocimiento que merece, gracias a esta pequeña y subyugante fábula (recientemente galardonada con el premio Tigre Juan) sobre la ambición, las relaciones de pareja y la crisis de los cuarenta. Todo ello en el relato de las pocas horas que protagoniza un escritor de mediano éxito en un muy peculiar viaje a Montevideo, del que poco más diremos para no desvelar ni un ápice de esta sorprendente trama, a veces hilarante, a veces tierna, a veces desquiciante.

Terroristas modernos, de Cristina Morales (Candaya): la novela que sabíamos que llegaría antes o después. A pesar de su juventud, Morales se consolida como una de las voces más originales y potentes en español, y lo hace con una novela de apariencia histórica que tiene como eje la apenas estudiada Conspiración del Triángulo, una fallida trama de 1816 para derrocar a Fernando VII, pero que se centra en la intrahistoria de aquel momento y hace del lenguaje su arma principal y de una mirada desacralizadora su instrumento.

Un amor imposible, de Christine Angot (Anagrama): igual que hizo en Incesto y Una semana de vacaciones, la prolífica Angot vuelve a fundir su yo con la cruda voz de una narradora para contarnos las violaciones que sufrió por parte de su padre. En esta ocasión, sin embargo, el foco lo pone en la madre, en su silencio. La novela contiene una interpretación final de varias páginas sobre las propias secuelas de Angot, o de la narradora, fascinante para quienes busquen bucear en las psiques torturadas.

Museo animal, de Carlos Fonseca (Anagrama): costarricense criado en Puerto Rico, Fonseca demuestra por qué el Hay Festival le eligió como de los jóvenes con más futuro. Museo animal es la gran revelación del año, una de esas novelas que en cualquier otro autor puede suponer la cima de su carrera, pero que es solo el segundo peldaño en una trayectoria desde ahora ineludible. Fonseca ha escrito una novela torrencial e hipnótica sobre búsqueda de la identidad, el arte, la literatura misma, qué es o no la amistad, las mentiras necesarias para vivir, la ficción de la familia, la proyección de nuestros deseos en las grandes hazañas de los otros.

El rinoceronte y el poeta, de Miguel Barrero (Alianza). Con Pessoa y uno de sus estudiosos como Macguffin, Barreo ha escrito una novela con un protagonista indiscutible: Lisboa. Este homenaje a la ciudad más bella y sugerente de continente es la carta de amor que toda o todo enamorado de Lisboa alguna vez quiso escribir, pero Barrero se ha adelantado.

‘Mañana cruzaremos el Ganges’, de Ekaitz Ortega (Ed. El Transbordador)

[Publicado originalmente en Eñe. Revista para leer]. Hace poco leí en el periódico El Salto un artículo en el que, a través de algunas novelas o reediciones recientes, se abordaba cómo «La ciencia ficción se enfrenta al fracking» y, en general, al cambio climático y la cuestión medioambiental. No conocía a su autor, Ekaitz Ortega, bilbaíno nacido en 1983 y residente en Madrid, pero al buscarlo en Google y llegar a su web descubrí que estaba a punto de publicar su primera novela, de corte distópico, en El Transbordador, un pequeño sello especializado en ciencia ficción y literatura fantástica de Málaga, mi ciudad. Demasiada casualidad como para no leer el libro, que su editora, Pilar Márquez, me elogió con entusiasmo.

Mañana cruzaremos el Ganges es, en efecto, una novela de género. Con pulso firme, Ortega avanza a través de una historia que no pretende recrearse en una trama trepidante o artificial, ni especialmente deslumbrante, por muchos elementos de intriga o llamativos que contenga. Lo que se esconde tras su enigmático título es una historia sobre la vida cotidiana de la ciudadanía de a pie, sobre las consecuencias en el día a día que un futuro no muy lejano puede acarrearnos, casi sin darnos cuenta, cuando ya sea tarde para comprender que hemos delegado nuestras vidas y aquello que las sustentan (el amor, el cuidado, la naturaleza, el trabajo, el ocio, la cultura) en poderes demasiado distanciados.

La protagonista de la novela, Eva Warren, es una periodista originalmente free lance que ve cómo el control sobre su oficio, especialmente si lleva ese free delante, se convierte en epítome de una sociedad en la que se intenta reducir al mínimo posible el libre albedrío, la capacidad de elección, la toma de decisiones propias gracias a la creación de un temor, bien fundamentado, en las perspectivas materiales del futuro. Sigue leyendo

Siete centímetros de piel femenina: por una mirada menos colonial y victimizadora

La Fundación Málaga acaba de publicar el volumen colectivo Coordenadas: pensar la sociedad en clave feminista, coordinado por Cristina Consuegra. Me he sentido muy honrado al ser uno de los tres varones invitados a este proyecto, en el que he colaborado con el texto «Siete centímetros de piel femenina: por una mirada menos colonial y victimizadora». Arranco con la foto  de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, celebrados en el verano de 2016: «La pareja de jugadoras egipcias Doaa Elghobashy y Nada Meawad optaron por disputar su enfrentamiento de vóley playa contra Alemania completamente cubiertas. De hecho, la primera incluso optó por usar hijab. La foto vírica la mostraba a ella saltando en la red frente a la alemana Kira Walkenhorst, ataviada con el tradicional bikini con que juegan este deporte las mujeres». A partir de ahí me he atrevido a reflexionar sobre el uso del velo y la legalización de la prostitución, para llegar a la conclusión de que merece la pena escuchar más, mucho más, a las mujeres afectadas por estas polémicas. Aquí tenéis mi texto. 

‘Museo animal’, de Carlos Fonseca (Ed. Anagrama)

[Publicado originalmente en Eñe. Revista para leer]. En cuanto terminé de leer Museo animal corrí a encargar Coronel Lágrimas, la anterior novela de Carlos Fonseca y su debut, tal fue mi deslumbramiento con este autor recientemente incluido por el Hay Festival como uno de los narradores jóvenes más relevantes del momento en América Latina. A pesar de la juventud de este costarricense nacido en 1987 y criado en Puerto Rico, se diría que tiene tanta narrativa entre sus manos que el mayor esfuerzo que debe de haber hecho es el de la contención. Y es que estamos, para bien y para mal, ante una novela torrencial, por momentos hipnótica, que discurre por un cauce principal pero que continuamente se desvía por meandros para mostrarnos el paisaje del entorno y, cuando uno ya se ha maravillado, devolvernos al curso primero. El propio Fonseca, a preguntas de la prensa, ha resumido Museo animal como «[…] una novela sobre la búsqueda de una identidad que se retrae, sobre un viaje hacia esa identidad soñada que termina por mostrarnos que al final de ese viaje solo encontramos un juego de máscaras, un mundo que nunca es idéntico a sí mismo». Con ser esto cierto, resulta enormemente reduccionista, porque Museo animal es más, mucho más.

Si bien esa búsqueda de la identidad podría ser el cauce principal del que he hablado, la novela nos habla también de qué es el arte, la literatura misma, qué es o no la amistad, de las quimeras a las que nos atamos a sabiendas, las mentiras necesarias para vivir, la ficción de la familia, la proyección de nuestros deseos en las grandes hazañas de los otros, en esos en quienes, a fin de cuentas, nos gustaría ver una atisbo de nosotros mismos, por mucho que se escondan en la selva: mucho más que un juego de identidades a través del pasamontañas, la figura del Subcomandante Marcos, tal y como la presenta Fonseca, es también un espejo de la propia narrativa, de las palabras que necesitamos para construir resistencia y realidad, e incluso muerte y resurrección. Sigue leyendo

‘No somos flores’, de Lucía Marín (Ed. Nazarí)

[Publicado originalmente en Eñe. Revista para leer]. Hay en esta docena de relatos uno que lleva por título «Homenaje», y que más que un tributo a Cortázar es una gamberrada. El verdadero homenaje lo encontramos justo en el cuento anterior, «Convertirse en monstruo (To became a monster)», que ya desde esa traducción inglesa nos da una pista: Marín se transforma en Lucia Berlin durante las páginas de ese relato, y es aquí donde encontramos una de las principales características de No somos flores: la variedad de registros y tonos, y al mismo tiempo la temática única. Estas doce piezas tienen por protagonistas a mujeres y una reivindicación clara de una mirada feminista sobre la realidad más cotidiana, ya sea la de jóvenes precarias o amas de casa en España más tradicional.

Lucía Marín (Granada, 1985) ha debutado dando voz así a un amplio espectro de mujeres, aunque sea preponderante cierto sesgo generacional, que además lo incardina de lleno en la actualidad. Encontramos la inocencia de la infancia, como en La guerra dentro, a través de una niña que mira a sus mayores y que comienza a intuir, antes de experimentar en primera persona, la asignación injusta de roles de género para luego sorprender al lector con un final -tal vez un tanto precipitado- propio de una escritora que conoce su oficio y es capaz de sacudirnos en un par de párrafos. Algo parecido, pero de modo más contenido y sutil, sucede en el cuento que cierra la colección, «Flores en el balcón», donde el encuentro de dos mujeres, una joven y otra en el ocaso de su vida, sirve como trasunto a esas dos pulsiones, Eros y Tánatos, que no siempre se han relatado con esta originalidad.

El amor, o más bien su construcción cultural, con su inevitable colofón familiarista, está presente también en relatos como «Epigenética», y con una amargura perfectamente entreverada de ironía en «Carrilleras con pimiento». De nuevo lo encontramos, a su vez con otro de esos giros deslumbrantes, en un peculiar intento de deconstruirlo en esa otra historia, «Perro», que nos lleva del desencanto a la ilusión y luego al pragmatismo más descarnado en unas pocas páginas, pero con una prosa tan segura y natural que acabamos por asumir como propia la intensa vivencia de las 24 horas de su protagonista.

No pretendo analizar cada uno de estos relatos, pero es evidente que Marín ha hecho una cuidada selección para este debut, por cierto editado e ilustrado bellamente, en el que si algo cabe reprochar es cierto ansia por anticiparnos el tema de algunos relatos. Sobran, como en el cuento inaugural, frases casi aclaratorias sobre las diferencias y las injusticias de género, como si la narradora nos quisiera anticipar el tema en lugar de que los descubramos. También algunas metáforas que por obvias -como la invisibilidad- pierden algo de potencia o comparaciones demasiado manidas («me atraía como un imán»). En cualquier caso, No somos flores supone el descubrimiento de una autora con oficio, dueña de un mundo personal y las ideas muy claras sobre qué quiere contar y cómo hacerlo. Por si fuera poco, ese qué y ese cómo nos hacen mucha falta.

Querido Antonio Banderas:

Foto: El País.

[Publicado originalmente en eldiario.es]. Quién me iba a decir que las dos últimas tribunas que publico en este medio iban a girar, de un modo u otro, en torno a ti. Hoy quiero expresarte mi completa solidaridad, pues creo que con toda justicia te has quejado amargamente del «trato humillante» que una ciudad tan desagradecida como Málaga te ha dirigido. Por fortuna, esa ciudad desagradecida te ha permitido expresar tu descontento en primera plana del principal de sus diarios, así que la cosa no está del todo perdida. Todo ello a cuenta de que los grupos municipales de la oposición, esos advenedizos, han conseguido que el Pleno de la ciudad tome una medida ridícula, que en democracia ni siquiera haría falta: pedir que se cumpla la ley. Semejante atrevimiento se debe a que está previsto que se redacte en breve el pliego de condiciones para licitar los proyectos destinados al futuro del cine Astoria, un edifico en ruina, por la desidia municipal. Se eleva en nuestra emblemática plaza del La Merced, a dos pasos del ático en que vives y que, gracias a tu generosidad y a la del mismo diario que te hace de cartero, todas y todos los malagueños hemos disfrutado en vídeo.

Yo entiendo tu enfado, en efecto, porque el proyecto que tú firmabas con el arquitecto José Seguí, y que había ganado un concurso de ideas organizado por el Ayuntamiento, se saltaba a la torera, por ponernos castizos, que es lo suyo, la legislación más elemental, y lo mismo no lo sabías. El Pleno municipal de los advenedizos ha tenido que exigir que cualquier proyecto aporte avales y pague un canon para restituir la inversión de 21 millones de euros del Ayuntamiento, que es lo que le costó hacerse con el edificio. La Junta, por si fuera poco, ha tenido que meter baza, en lugar de estar calladita, y recordar que es completamente ilegal construir en un centro histórico un edifico de las enormes dimensiones que planeabas. Pero bueno, todas sabemos que nada de esto habría sucedido si el alcalde no hubiera dado a entender en una desafortunada rueda de prensa, propia de cuando no tenía advenedizos enfrente, que su intención era diseñar un pliego de condiciones a tu medida. Sigue leyendo

CRISTINA MORALES: «Hace falta mucha inocencia o perversión para creer que se puede narrar de manera objetiva».

[Entrevista publicada originalmente en Eñe. Revista para leer]. La solapa de la primera novela de Cristina Morales (Granada, 1985) avisaba de que el lector se enfrentaba a una historia verdadera basada en hechos ficticios, y casi podríamos decir lo mismo para las dos siguientes. Si en aquella Los combatientes, una novela cargada de rabia y publicada tras su debut como cuentista, lo importante era la verdad que transmitía una colectividad, algo parecido sucedía con Malas palabras, que en un giro radical encarnaba de manera muy hermosa a Teresa de Jesús. Ahora, Candaya acaba de publicar Terroristas modernos, una novela de apariencia histórica que tiene como eje la apenas estudiada Conspiración del Triángulo, una fallida trama de 1816 para derrocar a Fernando VII, pero que se centra en la intrahistoria de aquel momento y hace del lenguaje su arma principal y de una mirada «desacralizadora» su instrumento. Morales ha vuelto a sorprender, y de paso se convierte en una de las autoras más consolidadas de su generación.

Pregunta: En la dedicatoria de la novela dices que durante años tuviste la casa de tus padres llena de planos y papeles, como si esta historia te llevara acompañando mucho tiempo.

Respuesta: Escribí la primera línea hace 10 años, antes incluso de publicar Los combatientes, pero una historia así de ambiciosa exigía tanta investigación que no pude ponerme con ella al cien por cien hasta que recibí la beca Han Hefkens. Recuerdo que me encerraba en casa de mis padres de viernes a lunes, sin más alimento que huevos duros y un vaso de vino para escribir con una pasión que ahora me cuesta. Tenía todas las paredes llenas de rollo de papel continuo, de planos de Madrid en la época, libros y cuadernos.

P.: Mucha investigación porque en un siglo tan convulso como el XIX la Conspiración del Triángulo apenas ocupa unas líneas en los libros de historia.

R.: La primera vez que oí hablar de esa conspiración fue en un congreso, cuando aún estaba estudiando Derecho y Ciencias Políticas, porque me interesa mucho mucho la época de tránsito del Antiguo Régimen al Estado liberal y burgués. Fue a un militar, que mencionó la conspiración en términos nostálgicos, algo así como que ya no quedaban militares como los de antes. Cuando empecé a investigar me sorprendió, pero al mismo tiempo me intrigó más, la falta de documentación historiográfica. Encontré una tesis doctoral de los años setenta firmada por María del Pilar Ramos Rodríguez, que me dio la base, pero hasta 2015, cuando me concedieron la beca, solo había escrito un tercio.

P: Entre medias aparece Malas palabras, publicada por Lumen en el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa y en la que te pones en la piel de ella para hablar de su particular lucha contra una jerarquía patriarcal y eclesiástica. De nuevo el tono y el lenguaje son fundamentales.

R: Eso me costó mucho. Malas palabras fue un encargo de Silvia Querini, editora de Lumen, porque es una apasionada de Santa Teresa de Jesús, a la que considera una de sus autoras referenciales. Querini se comportó como una editora de las que ya no queda: acompañó el proceso de escritura, me escuchó en mis dudas sobre el tono, el lenguaje, mis miedos, y fue permeable a mis sugerencias. Esa experiencia al principio me dio pavor: solo conocía de Santa Teresa lo mismo que cualquiera que haya estudiado en un instituto. En cuatro o cinco meses tuve que documentarme, inicialmente de un modo duro e intenso para el contexto, y luego, a medida que avanzaba en la escritura, con el fin de adquirir el tono y el lenguaje, que es algo que me obsesiona: por ejemplo, que no haya anacronismos si no son intencionados. Al final me apasioné con la historia y el personaje. Poco a poco, además, la novela ha ido ganando lectores y estudiosos y, aunque no tuvo mucha repercusión, me dio voz en algunos medios a los que antes no tenía acceso. Sigue leyendo