Feminizar también la política

[Publicada originalmente en el n.º 20 de la revista Mitad Doble. Especial Mujeres]. Hay un mantra que se repite a menudo a propósito del feminismo: que más que ser una práctica en sí mismo, debe atravesar cualquier actividad. Es, como se ve, una proyección de deseo que aún se encuentra lejos de la realidad, sobre todo cuando incluir una visión de género en los ámbitos de nuestra vida suele comenzar por explicar qué es el feminismo.

Si entendemos la política como el arte de organizar nuestra vida en común, esta cuestión adquiere más importancia de la que podría tener a simple vista. En primer lugar por aquello que aprendimos de las feministas de los años setenta, que lo personal es político, y en segundo lugar porque si algo caracteriza el ciclo institucional que vivimos en la actualidad es la llegada de eso que ha dado en llamarse «nueva política».

Conviene por tanto escuchar a algunas de sus protagonistas, especialmente si atesoran una larguísima trayectoria en el feminismo y el activismo social, como es el caso de Montse Galcerán. Esta catedrática emérita de Filosofía es actualmente concejala en Ahora Madrid, adonde llegó a través de Ganemos Madrid, el sector más crítico del municipalismo en la capital y el que, sin duda, mejor entiende la importancia del feminismo. El pasado mes de enero, en el marco de un encuentro municipalista celebrado en Pamplona, Galcerán explicó cuáles son los valores imprescindibles para feminizar la política: diversidad, corresponsabilidad y cuidados.

Evidentemente, en su tenor literal feminizar la política no significaría entonces el mero aumento de mujeres en los puestos de mayor responsabilidad y visibilidad. Sin embargo, es obvio que esos tres valores han correspondido históricamente a las mujeres, por lo que lo natural es que sean ellas quienes los reúnan, y por tanto quienes ganen en presencia.

La diversidad, o componer desde sensibilidades diferentes, desde la heterogeneidad, implica ponerse en el lugar del otro, algo que tradicionalmente no ha sido un valor masculino. Lo mismo podríamos decir de la corresponsabilidad, aunque en este caso quizás nos baste con quedarnos en nuestros propios hogares, o en los que nos criamos, y recordar el reparto de tareas… Íntimamente ligado con ello, no olvidemos que vivimos en una sociedad en la que los niños y las niñas, así como nuestros mayores, han podido desarrollarse o envejecer con dignidad en buena medida gracias a unas labores de cuidados que son las mismas que, en última instancia, han llevado a los hombres a los puestos más reconocidos y visibles: esto es, a dividirnos entre cuidadoras y cuidados.

Así que, si estamos de acuerdo en que la política es el arte de organizar la vida en común y que lo personal es político, ya no nos queda otra: hay que feminizar también la política. Es decir, la vida entera.

Prólogo de ‘Península’, a la venta el 30 de septiembre

portada-peninsula_optEl 30 de septiembre, coincidiendo con la presentación que haremos en La Casa Invisible de Málaga, sale a la venta Península, editada por Mitad Doble. Os dejo el prólogo:

ANTECEDENTES

Escribí Península durante mi último curso como estudiante de Periodismo, hace casi veinte años. No sé si son muchas o pocas, depende cómo se mire, las certezas que conservo de aquella época, pero sin duda la de seguir escribiendo novelas ha resistido.

Desde entonces he residido en distintas casas, en varias ciudades y algunos países. Por eso resulta sorprendente que, hará unos cinco años, encontrara en una carpeta de cartón un montón de disquetes, y en uno de ellos una pegatina con esta palabra: «Península». Quizás siempre había sabido que estaba ahí. No me engaño, nunca he dejado de sentir al joyero Benito Menlao como una compañía cercana. Su historia, casi dos décadas después de que la escribiera, la he llevado adherida cada vez que me sentaba a escribir. La razón es bien sencilla, Península es la primera de mis historias que aún me merece un juicio benévolo.

Si no recuerdo mal, al terminar el curso la envié a varias editoriales, y durante todo el verano, tras licenciarme y abandonar mi trabajo como corrector en una editorial universitaria, viajé por las principales capitales europeas. A la vuelta, me esperaban en casa las cartas de rechazo, como sin duda tenía que ser, y en algún momento metí ese disquete en una carpeta. Sigue leyendo