La educación privada: una experiencia personal en medio del debate por la concertada

La privada

Durante cuatro años de mi adolescencia, los que correspondían al antiguo BUP y COU, cursé mis estudios en un colegio privado. Había sido levantado durante el franquismo, como internado situado a las afueras de Madrid, hasta que la ciudad poco a poco se comió aquellos terrenos e integró el colegio en un barrio de nueva construcción, a mediados de los setenta. Nadie parecía haber remodelado el colegio en décadas. Las instalaciones eran deficientes, ruinosas, tétricas, nada que ver con las del instituto público del barrio, de reciente inauguración, si bien ocupaba una parcela mucho más amplia. Por lo que he sabido, el colegio acabó en manos de una empresa especializada en la educación privada, que llevó a cabo las pertinentes reformas. Lo peor, con todo, era el nivel del profesorado, entre el que apenas se salvaban dos o tres docentes. El resto no tenía aptitudes pedagógicas o su bagaje cultural dejaba mucho que desear. Recuerdo que el profesor de Lengua y Literatura parecía, y quizás fuera cierto, no haber leído un solo libro que no figurara en el temario. Estaba convencido de que Lorca no había sido homosexual, un terrible malentendido causado por el protagonismo de las mujeres en La casa de Bernarda Alba o Yerma. Hubo un tiempo en que creí que esos cuatro años de estudio solo me habían aportado experiencias desabridas, poco provechosas, hasta que más adelante tuve que enfrentar algunas situaciones o compartir espacios con un tipo de persona a la que, ahora, conocía bastante bien: el pijo. Y esos cuatro años se revelaron muy útiles.

En aquel colegio había dos tipos de alumnos claramente diferenciados. Por un lado, estábamos los hijos de asalariados, trabajadores cualificados por cuenta ajena y con buenos sueldos, sin negocios propios, empresas heredadas ni patrimonios familiares. En muchos casos, como el de mis padres, habían llegado a Madrid desde sus pueblos, dispuestos a no defraudar las expectativas que sus mayores ponían en ellos. Por otro lado estaban… Bueno, estaban ellos, ellas. A simple vista se les reconocía. Aparcaban sus motos en el colegio, fumaban los mismos cigarrillos rubios que nuestros padres, la variedad de marcas que vestían era asombrosa, y desde luego también su fondo de armario. Además, vivían en la parte de los chalets del barrio y, curiosamente, nunca entendíamos del todo a qué se dedicaban sus padres. Eran señas exteriores que tenían su importancia, pues, como acabé por comprender, asistir a ese colegio solo se justificaba por ingenuidad o por una cuestión de estatus.

Los pijos vivían como si no hubiera una mañana. Es decir, vivían como si sus actos no tuvieran consecuencias, no fueran a enturbiar su futuro, inmediato ni a largo plazo.

En cualquier caso, no eran aquellos rasgos superficiales los que les distinguían, sino eso que luego me resultó útil en mi vida posterior: los pijos vivían como si no hubiera una mañana. Es decir, vivían como si sus actos no tuvieran consecuencias, no fueran a enturbiar su futuro, inmediato ni a largo plazo. En lugar de sumarse a los botellones, los fines de semana se emborrachaban sin medida en los bares, por la sencilla razón de que no tenían que contar las monedas para continuar la noche. Si era necesario invitaban a todos, y el lunes volvían al colegio con la cartera llena. ¿Es que no les daban paga semanal? Ni siquiera le echaban un vistazo a sus calificaciones cuando llegaban las evaluaciones, aunque solo hubieran aprobado una o dos asignaturas. ¿Para qué? Les daba igual que su media bajara estrepitosamente, porque ellas y ellos iban a enfilar directos a la empresa de papá o a una universidad privada que no exigía nota de corte. En el caso de los chicos, ligaban de una manera abrumadora, y también solo mucho después comprendí que eso se debía a una seguridad en sí mismos de la que ni siquiera eran conscientes, porque no concebían que alguien les dijera que no, que se opusiera a su deseo o su capricho. Jamás hablaban de política, para qué, si la pelea por las condiciones de vida les era ajena y aún, con la dictadura demasiado reciente, estaba por estallar la guerra cultural. Seguir leyendo “La educación privada: una experiencia personal en medio del debate por la concertada”