CRISTINA MORALES: «Hace falta mucha inocencia o perversión para creer que se puede narrar de manera objetiva».

[Entrevista publicada originalmente en Eñe. Revista para leer]. La solapa de la primera novela de Cristina Morales (Granada, 1985) avisaba de que el lector se enfrentaba a una historia verdadera basada en hechos ficticios, y casi podríamos decir lo mismo para las dos siguientes. Si en aquella Los combatientes, una novela cargada de rabia y publicada tras su debut como cuentista, lo importante era la verdad que transmitía una colectividad, algo parecido sucedía con Malas palabras, que en un giro radical encarnaba de manera muy hermosa a Teresa de Jesús. Ahora, Candaya acaba de publicar Terroristas modernos, una novela de apariencia histórica que tiene como eje la apenas estudiada Conspiración del Triángulo, una fallida trama de 1816 para derrocar a Fernando VII, pero que se centra en la intrahistoria de aquel momento y hace del lenguaje su arma principal y de una mirada «desacralizadora» su instrumento. Morales ha vuelto a sorprender, y de paso se convierte en una de las autoras más consolidadas de su generación.

Pregunta: En la dedicatoria de la novela dices que durante años tuviste la casa de tus padres llena de planos y papeles, como si esta historia te llevara acompañando mucho tiempo.

Respuesta: Escribí la primera línea hace 10 años, antes incluso de publicar Los combatientes, pero una historia así de ambiciosa exigía tanta investigación que no pude ponerme con ella al cien por cien hasta que recibí la beca Han Hefkens. Recuerdo que me encerraba en casa de mis padres de viernes a lunes, sin más alimento que huevos duros y un vaso de vino para escribir con una pasión que ahora me cuesta. Tenía todas las paredes llenas de rollo de papel continuo, de planos de Madrid en la época, libros y cuadernos.

P.: Mucha investigación porque en un siglo tan convulso como el XIX la Conspiración del Triángulo apenas ocupa unas líneas en los libros de historia.

R.: La primera vez que oí hablar de esa conspiración fue en un congreso, cuando aún estaba estudiando Derecho y Ciencias Políticas, porque me interesa mucho mucho la época de tránsito del Antiguo Régimen al Estado liberal y burgués. Fue a un militar, que mencionó la conspiración en términos nostálgicos, algo así como que ya no quedaban militares como los de antes. Cuando empecé a investigar me sorprendió, pero al mismo tiempo me intrigó más, la falta de documentación historiográfica. Encontré una tesis doctoral de los años setenta firmada por María del Pilar Ramos Rodríguez, que me dio la base, pero hasta 2015, cuando me concedieron la beca, solo había escrito un tercio.

P: Entre medias aparece Malas palabras, publicada por Lumen en el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa y en la que te pones en la piel de ella para hablar de su particular lucha contra una jerarquía patriarcal y eclesiástica. De nuevo el tono y el lenguaje son fundamentales.

R: Eso me costó mucho. Malas palabras fue un encargo de Silvia Querini, editora de Lumen, porque es una apasionada de Santa Teresa de Jesús, a la que considera una de sus autoras referenciales. Querini se comportó como una editora de las que ya no queda: acompañó el proceso de escritura, me escuchó en mis dudas sobre el tono, el lenguaje, mis miedos, y fue permeable a mis sugerencias. Esa experiencia al principio me dio pavor: solo conocía de Santa Teresa lo mismo que cualquiera que haya estudiado en un instituto. En cuatro o cinco meses tuve que documentarme, inicialmente de un modo duro e intenso para el contexto, y luego, a medida que avanzaba en la escritura, con el fin de adquirir el tono y el lenguaje, que es algo que me obsesiona: por ejemplo, que no haya anacronismos si no son intencionados. Al final me apasioné con la historia y el personaje. Poco a poco, además, la novela ha ido ganando lectores y estudiosos y, aunque no tuvo mucha repercusión, me dio voz en algunos medios a los que antes no tenía acceso. Sigue leyendo