Lo primero que llama la atención de Baruc en el río es que está tan bien escrita que uno recorre sus casi trescientas páginas sin apenas darse cuenta. Se ha repetido en numerosas ocasiones eso de que el mejor estilo es no tener estilo, y dan ganas de aplicar semejante sentencia a esta novela, pero no sería acertado. Hay vocación de estilo en la límpida prosa de Rubén Abella (Valladolid, 1967), en ese gusto por la sencillez, por lo cuidadoso, por lo llano y, sobre todo, en ese afán por que nada de todo ello se confunda con la simpleza, tan al corriente en la poética de muchos autores contemporáneos. Esa prosa sin aspavientos es, por lo demás, el mejor cauce por el que discurre uno de los mayores logros de Baruc en el río, el de lo ominoso.
No es la sensación de tragedia lo que permea cada página de esta historia, sino más bien la sensación de lo imprevisto, que impide rebajar la atención del lector antes de la última página. De hecho, la anécdota que dispara la trama de esta novela no es otra cosa que eso: lo imprevisto. Y ahí radica otro de los logros de la novela, porque mantener de manera constante el aleteo de lo imprevisto y lo ominoso en el lector y hacerlo sin trampas ni desvíos no resulta fácil, pero aquí es solventado tan elegantemente que uno cierra el libro sabiendo que ese aleteo se va a prolongar.
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