Café París de Tánger

cafe-de-paris-tanger-2916_opt[Publicado originalmente en Revista PenúltiMa]. Yo tenía un sueño modesto, muy modesto: tomarme un té con hierbabuena en el Café París de Tánger. Sin embargo, los sueños, sobre todo si son tan modestos, deben cumplirse en buena compañía. Así que dos años y medio después de mi última visita a la ciudad, una acelerada estancia entre el camino de ida y vuelta a Fez, pude comenzar 2017 dirigiéndome, apenas desembarcado, al bulevar Pasteur. El Café París, justo frente al consulado francés, resulta inevitable para cualquier turista con ínfulas románticas, no digamos ya para un escritor de estas latitudes cuya memoria sentimental, o mejor, mítica, se ha construido con el eco de las tertulias literarias del pasado siglo.

Tánger, claro, conserva su carácter cosmopolita, y esa es la palabra correcta: «conserva», porque hay zonas que apenas parecen renovadas, como si el siglo XX hubiera bañado en formol a la ciudad. El Café París, palmario ejemplo de ello, no es que mantenga cierto aire retro o vintage, sino que se diría que hace tiempo que ninguno de sus propietarios visita una tienda de muebles. Si, además, una tarde encontramos en sus veladores una tertulia de intelectuales entrados en años, casi todos de aspecto occidental, aunque varios ataviados con chilaba, que discuten entre humo de cigarros y cafés ya vacíos, nos parecerá un guiño casi irónico, más cuando uno de ellos, lo juro, era clavado a Juan Goytisolo.

Casi no hay mujeres en el Café París, como en casi ningún otro. Hay muchos extranjeros, algunos en pareja gay, e incluso un salón casi oculto, al que se accede por una calle distinta a la de entrada principal, donde grupos de jóvenes siguen partidos de fútbol en la televisión, pero en la invisibilidad de las mujeres en los espacios públicos también parece que miramos en sepia.

Uno puede escoger entre tomarse su té en las mesas de la acera, y practicar esa costumbre tan marroquí que consiste en situarse frente a la calle para contemplar a la gente pasar, o efectivamente dejarse atender en su interior por uno de los camareros de chaleco y corbata, y descubrir que, como suponíamos, nuestra memoria literaria, mediatizada por el cine y recuerdos de literatos, tiene su correlato asombrosamente fiel en la realidad. Es como un regalo, como si de pronto estuviéramos en el Café Gijón de los buenos tiempos o, mejor, en el propio Café París de esos mismos tiempos… Ya, ya, es imposible, pero he comenzado hablando de sueños.

Si alguien me pidiera que le recomendara un café de Tánger no sería el París. No se puede comparar con cualquiera de los de la plaza del Zoco Chico, donde aún se respira la insólita mezcla cultural de la época del condominio, tampoco con una pequeña y destartalada terraza que, en un callejón, se eleva sobre la icónica plaza del 9 de abril, ni estará nunca a la altura de un atardecer frente al atlántico y las primeras luces que se encienden en Tarifa para que las contemplemos desde uno de los bancales en que se escalona el mítico Café Hafa. Y sin embargo, aprovechando que uno no es más que un turista, y que su mirada puede seguir igual de superficial, sabe que la próxima vez que desembarque el Café París será hacia donde dirigirá sus primeros pasos.

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