• Sin salir de Calpe, PL Salvador viene desarrollando una obra singular y prolífica que poco a poco gana lectores, en este caso Santi Fdez. Patón se acerca a su más reciente novela, de la que le interesa su exploración de la psique del individuo moderno, algo en lo que enlaza con su propuesta narrativa propia.

[Publicado originalmente en Revista Penúltima.] PL Salvador es uno de esos autores tan singulares como minoritarios. En La postura imperfecta bebe de las mejores tradiciones literarias para componer el largo monólogo de un recepcionista nocturno que, en las ochos horas de su jornada laboral, demostrará que si la realidad es un concepto escurridizo, lo mejor será tirar de ironía.

La postura imperfecta, ganadora de la tercera edición del premio Martín Fierro convocado por la editorial Distrito 93, pone las cartas sobre la mesa desde el primer párrafo: «[arrastro] una atrofia cerebral con la mayor dignidad posible». Quedamos avisados, por tanto, de que a partir de ese momento se dan por reventadas las costuras de la realidad. El juego, como en Alicia en el país de las maravillas, no puede quedar atado a reglas estrictas, sino que estas se irán componiendo sobre la marcha. ¿Padece de verdad este nocturno narrador un trastorno esquizoafectivo? ¿La sinuosa recopilación que hace sobre su vida, tan inaprensible como disparatada, es fruto de ese trastorno o, por el contrario, su desbocada fantasía es la que le lleva incluso a inventar males mentales? ¿Qué es, de hecho, la realidad? ¿Es esta el propio relato que nos hacemos sobre nosotros mismos y sobre cuanto nos rodea, o ese relativismo absoluto, ese «mal del posmodernismo», se erige como la excusa para no arrostrar la cara fea de la vida? Vayamos más allá: ¿la vida se limita a ese recorrido biológico que va desde el nacimiento a la muerte?

Ocho horas de escritura febril en una recepción de una torre de apartamentos turísticos dan para muchos meandros, al menos si, como es el caso, la pericia de este narrador consigue hacernos cómplices de tremendos disparates, reencarnaciones hilarantes, momentos históricos cardinales, reflexiones filosóficas de aquí (Occidente) y de allá (Oriente), para sin pausa arrancarnos carcajadas, a veces culpables.

Por eso hemos dicho que PL Salvador, personaje con cameo en este divertido, audaz e incisivo monólogo, bebe de tradiciones reconocibles, desde esa que hemos mencionado de Lewis Carroll hasta otras del humor, como el Tristam Shandy. Todo ello nos da ya una pista de que nos encontramos ante una novela que, mediante una prosa cuidadísima, trata de explorar los límites no solo de lo real y lo vivido, sino incluso de la fantasía, lo que puede parecer una contradicción. La pregunta sería la siguiente: ¿en qué momento entramos en el terreno de lo fantasioso si uno lo experimenta como real y, de hecho, con qué autoridad se sitúa el testigo exterior para determinar algún tipo de verdad? ¿Nos vale el discurso social, el médico, el profesoral, como validadores absolutos de la realidad? ¿No son acaso también convenciones epocales condenadas, antes o después, a perder su consenso?

Posiblemente, pero por mucho dolor o sufrimiento que quizás haya experimentado este recepcionista con querencia por las horas solitarias de la noche, el drama de una vida desquiciada queda anulado desde el momento en que el discurso resulta tan ambiguo como seductor. Así, no podemos sino reírnos de las penalidades que nos narra, ya se trate de una malformación mal curada en el pene hasta una inclinación hilarante por el nazismo que siempre entra conflicto con el cultivo de amistades en absoloto arias. En fin, que nos nos podemos creer nada, ni siquiera el origen belga del narrador, ni su vida familiar, ni sus amigos, ni sus supuestas dolencias y, menos que nada, sus recuerdos de infancia y adolescencia. ¿Acaso no ha confesado en el primer párrafo que esos tiempos lejanos «subyacen en el país de las lagunas»? Ahí radica, una vez más, la humorada, en que a continuación no duda en desgranar esos mismo tiempos nebulosos.

Sin embargo, no comentamos el error de creer que todo vale. PL Salvador, como buen bebedor de exquisitas tradiciones, sabe que la literatura es exigente, y la elaboración artística que aquí nos ofrece jamás desbarra. La postura imperfecta va y va, fluye y fluye, no nos deja detenernos, pero siempre en un dirección concreta, la que marcan las ocho horas de esa jornada laboral. En esas ocho horas todo este relato debe dar sentido a una vida entera, y sentido no significa a la fuerza «racionalidad», ni «destino», sino simple dirección. Entre medias, nos irá dejando pensamientos como perlas, ideas como destellos, argumentos convincentes… Solo para desmontarlos unas páginas más allá. Y a la postre, ese será el sentido: si esta noche el relato de toda una vida ha cabido en ocho horas, mañana quizás una vida diferente, aunque sea la misma, cabrá en el relato de otras ocho horas. Ambas vidas y ambos relatos serán verdad. Y quien no lo entienda, por lo menos se reirá.