- La Invisible cumple diecinueve años y rompe la costuras de ese corsé que entiende la cultura como la creación individual, y sin contemplaciones pone en juego el contagio y la potencia común.
[Publicado originalmente en elDiario.es]. En las últimas semanas se han sucedido destacados titulares sobre la cultura, toda una novedad. El cine ha vivido grandes momentos, como, a nivel internacional, la reciente gala de los Oscar, o la de los Goya aquí en España, por no hablar del Festival de Cine de Málaga. En literatura, AENA, la sociedad de gestión aeroportuaria con mayoría de participación pública, ha anunciado la creación de un premio literario, que también se fallará estos días, de un millón de euros a la mejor novela publicada en español, además de 30.000 euros a cada uno de los cuatro finalistas. Todos ellos, qué duda cabe, son eventos de relumbrón que yo mismo sigo, a veces con pasión (¡en mi casa incluso hacemos porras para los Goya!).
No obstante, para mí, este mes tiene lugar el acontecimiento cultural que eclipsa a todos esos otros, a pesar de que no cuenta con presupuesto verdadero: el Festival de Cultura Libre que, como cada año, la Casa Invisible de Málaga celebra para hacerlo coincidir con su aniversario. Diecinueve años acaba de cumplir el centro social y cultural de gestión ciudadana, un referente a nivel estatal, e incluso europeo, que ha trascendido y superado todas las barreras imaginables. Aún hoy batalla contra las argucias del gobierno municipal del PP, que de manera torticera pretende destinar el inmueble de la Invisible a mayor gloria de la especulación, la gentrificación y la irrespirable turistificación que sufre la ciudad. La impresionante contestación social de la ciudadanía de Málaga se lo sigue impidiendo, y de hecho el proyecto cada año parece más consolidado, ahora como partícipe incluso de un programa de residencias artísticas auspiciado por el Ministerio de Cultura.
La Invisible podría parecer un milagro que late en el centro histórico de Málaga, la aldea gala que resiste como por arte de magia. Y no es así, claro que no. No es un milagro. En todo caso es el resultado del empeño de una multitud que no solo desea otro modelo de convivencia, gestión y cultura, sino que en su puesta en común se erige por encima de las formas depredadoras que la gestión administrativa trata de imponer. Basta echar un vistazo a la programación del Festival de Cultura Libre para entender por qué La Invisible ha conseguido lo que hace casi veinte años parecía una quimera: poner en el centro del debate el derecho a la ciudad y convertir Málaga en un verdadero hervidero de mezcla y creatividad del que cada año emerge un sinnúmero de propuestas artísticas, escénicas, musicales, tecnopolíticas, intelectuales, sociales y contestarias que ha contribuido de manera primordial a nutrir el ecosistema cultural y de los movimientos sociales en la ciudad y, por añadidura, en toda Andalucía.
La Invisible rompe la costuras de ese corsé que entiende la cultura como la creación individual, y sin contemplaciones pone en juego el contagio y la potencia común. No es de extrañar que en estos últimos años, ante la atomización y la hostilidad de las políticas municipales, lleguen a la Invisible jóvenes generaciones que la están dotando de nuevas realidades y contenidos, de modo que las luchas medioambientales o de los movimientos LGTBIQ+ vertebran igualmente su actividad cotidiana.
No, no es un milagro que cientos de personas, sin otra motivación que la del encuentro comunitario, aporten lo mejor de sí mismas para enriquecer un entorno que solo mira el PIB como un índice de bienestar.
Por eso, nos vemos el año que viene para celebrar el veinte aniversario.