Nacionalización exprés: cuando dar papeles es racista

  • España ha nacionalizado a un base de Estados Unidos para que dispute con la selección el Eurobasket, pero, a pesar de los muertos de Melilla, solo se ha generado una polémica de carácter deportivo.

Lorenzo Brown (1)[Publicado originalmente en elDiario.es.] Cerca de 30.000 personas llegaron a España de forma irregular el año pasado. Según datos del Ministerio de Interior que, como es evidente, solo son aproximativos, suponen un 51% más que el año anterior. Muchas otras murieron ahogadas en la fosa común del Mediterráneo o en algún operativo “bien resuelto”, como esas 58 de la valla de Melilla (según los últimos recuentos), por las que Marlaska ha felicitado al Gobierno marroquí.

En el extremo contrario tenemos a algunas personas que, sin moverse de su sofá al otro lado del Atlántico, han conseguido la nacionalidad española. Es el caso de Lorenzo Brown, base estadounidense de baloncesto. El consejo de ministras ha tenido con él un detallazo. Ya que no cuenta con ningún vínculo con España, no habla la lengua, no conoce a casi nadie por aquí, no tiene ningún ascendiente y solo ha pisado el país para jugar con su equipo algún partido, le han permitido jurar la Constitución en la ciudad de Atlanta. Todo ello debido a “circunstancias excepcionales”.

Esas circunstancias son, sencillamente, que el base Ricki Rubio, elegido mejor jugador del último Mundial de baloncesto, está lesionado, y otros habituales en su puesto han renunciado a participar este septiembre en el Eurobasket. Así que hay que entender esto como una acto patriótico. Al menos esa parece la postura de Jorge Garbajosa, hoy presidente de la Federación de Baloncesto, ya que Brown “viene a ayudarnos en una situación difícil”, y era la opción que solicitaba Scariolo, el seleccionador.

Con los 58 cadáveres de Melilla aún calientes, no han añadido una sola palabra sobre las «expectativas dinamitadas» de quienes, ganándose el pan en nuestro país, solo encuentran impedimentos burocráticos para obtener la residencia

Ante este despropósito, la Asociación de Jugadores de Baloncesto, con su presidente a la cabeza, Alfonso Reyes, ha emitido un duro comunicado. Para la Asociación, “con la obtención de la nacionalidad española exprés de un jugador sin ningún arraigo en España, el mensaje que se hace llegar a los jugadores nacionales es muy nocivo” puesto que, añade, “dinamita las expectativas de los jugadores”. En el mismo sentido se han pronunciado Rudy Fernández, capitán de la selección, y el propio Pau Gasol, ya retirado. La Asociación no entiende que no se convoque a ninguno de los bases nacionales que, de hecho, han competido de manera sobresaliente en las llamadas “ventanas” (la fase previa de clasificación al Eurobasket). No entiende que a la hora de cobrarse el merecido premio, se les desprecie y se recurra a una artimaña administrativa para seleccionar a un foráneo.

Quizás, para la Asociación de Jugadores de Baloncesto, las circunstancias de esas 30.000 personas que se jugaron el tipo para traspasar nuestra frontera el año pasado tampoco resultan excepcionales

Y eso es todo, de modo que, por mucha razón que lleven, el comunicado de los jugadores resulta dolorosamente decepcionante. Con los 58 cadáveres de Melilla aún calientes en sus tumbas anónimas, no han añadido ni una sola palabra sobre las “expectativas dinamitadas” de quienes, viviendo y ganándose el pan en nuestro país, únicamente encuentran impedimentos burocráticos para obtener la residencia, no digamos ya la nacionalidad. Quizás, para la Asociación de Jugadores de Baloncesto, las circunstancias de esas 30.000 personas que se jugaron el tipo para traspasar nuestra frontera el año pasado tampoco resultan excepcionales. Es lógico, ya que, para nuestro propio presidente del Gobierno, cuando grupos hambrientos y desesperados intentan saltar una alambrada, en realidad se trata de “asaltos violentos que ponen en cuestión nuestra integridad territorial” .

El mundo del baloncesto profesional ha sido tradicionalmente más sensible a cuestiones sociales que el otro gran deporte de masas, el fútbol. La selección femenina, sin ir más lejos, ha puesto sobre la mesa, con enorme coste personal para las denunciantes, el maltrato psicológico que varias jugadoras sufrieron a manos de su entrenador. Ahora, por el contrario, la Asociación de Jugadores ha dado muestras de una insólita insensibilidad. Cuando dice que estas nacionalizaciones exprés envían un mensaje “muy nocivo”, pero lo centra exclusivamente en sus intereses profesionales, valida por omisión un contexto de racismo y xenobia. Son dos de esas lacras que, como se suele repetir, el deporte combate. Excepto, se conoce, cuando llega el Eurobasket.

Los sábados por la mañana, ¡gobierno de izquierdas!

  • Pedro Sánchez no ha entendido el mensaje de las urnas andaluzas. En lugar de cambios estructurales se va a conformar con medidas cosméticas los sábados por la mañana y, si vuelven a morir de forma violenta algunos subsaharianos, le tomará prestado el argumentario a Abascal.

Pdr (1)[Publicado originalmente en elDiario.es] A Pedro Sánchez le han entrado las prisas por hacerse de izquierdas. Es algo que, por lo visto, le tenemos que agradecer a la abultada victoria de la derecha en Andalucía: 72 parlamentarios entre la mayoría absoluta del PP y el ligero ascenso de Vox. Tanta prisa le entró al presidente que no pudo esperar a un día laborable y convocó para este sábado pasado el Consejo de Ministros con la intención de aprobar una batería de medidas sociales, de medidas de izquierdas, para entendernos.

Tuvo la mala suerte de que la jornada precedente se le colara la masacre de Melilla, que ha arrojado 37 víctimas mortales. Como a Pedro Sánchez solo le sale lo de ser de izquierdas cuando lo programa, esto le pilló a contrapié, de manera que calificó la masacre como de operativo “bien resuelto” por las fuerzas marroquíes. Ya envalentonado, porque se le había olvidado que esa mañana le tocaba ser de izquierdas, repitió todo el argumentario de la extrema derecha sobre la migración, como bien explica aquí Olga Rodríguez. Ni una sola palabra para lamentar las muertes hasta este lunes: 37 jóvenes hambrientos y desesperados que huyen de realidades muy parecidas a las de Ucrania, pero a los que únicamente les espera un operativo bien resuelto. Pelillos a la mar, o a la fosa común. Lo importante era esa deslumbrante batería de medidas sociales.

Al final, resultó que ni eran tantas, porque algunas ya estaban en vigor y simplemente se han prorrogado, ni de tanto calado. De hecho, esos 9.000 millones que van a tener de presupuesto suenan irrisorios al lado de lo que nos va a costar el compromiso con la OTAN de duplicar la inversión en armamento. Se ve que también es algo de izquierdas, aunque no cuente con respaldo social.

Sin embargo, por alguna razón que a mí se me escapa, Pedro Sánchez anunció que esas migajas (que, por otro lado e indiscutiblemente, no se podían postergar más) iban a incomodar a “ciertos poderes”. A mí, la verdad, no se me ocurre a cuáles, ya que sin ningún rubor las tres grandes eléctricas no dejan de anunciar cómo están superando sus propios récords de beneficios mientras nuestra factura se encarece mes tras mes. Se suponía que, ante semejante obscenidad, el plan de choque del sábado iba a incluir un impuesto especial para esas compañías; algo que, sin duda, sí les habría incomodado. Bueno, de momento, como se conoce que para esto no hay prisas, esa resolución, si llega, deberá esperar al año que viene.

Lo que sí ha hecho el gobierno es reducir aún más el IVA de la factura de la luz, una medida que no discrimina por rangos de ingresos, que resta recaudación al Estado, que no tiene efectos a largo plazo, que no afecta absolutamente en nada a las eléctricas y que, de hecho, desaconsejan los economistas.

Al final, va a resultar que Pedro Sánchez no ha terminado de entender el mensaje de las urnas andaluzas. En lugar de cambios estructurales y de calado como los que demanda la crisis actual, se va a conformar con medidas cosméticas los sábados por la mañana. De paso, si vuelven a morir de forma violenta algunos subsaharianos, le tomará prestado el argumentario a Santiago Abascal, aunque me temo, ese es el mismo que tiene Grande-Marlaska desde hace tiempo.

Prohibir la prostitución no es abolirla

  • Hablar de acabar con la prostitución, pero no con las condiciones que la provocan, como hace el PSOE, es simple hipocresía.

Otras[Publicado originalmente en elDiario.es.] Dicen en el PSOE, y lo han repetido últimamente, que están decididos a acabar con la prostitución, a abolirla, incluso en esta legislatura. Sin embargo, hasta la fecha no les hemos oído nada de acabar con las condiciones que llevan a tantas mujeres a prostituirse en contra de su voluntad. Es decir, que no parece que realmente quieran abolir la prostitución, sino más bien prohibirla: mirar hacia otro lado porque, no sabemos en virtud de qué extraña alquimia, para el PSOE lo prohibido no existe, empezando por el cannabis, que tanto le cuesta legalizar.

Cada vez que alguna portavoz del PSOE afirma que van a acabar con la prostitución, por la vía del decreto, me quedo en suspenso para ver cómo finaliza esa frase. Imagino, de manera ingenua, que a continuación añadirá algo como que “Por eso, pondremos en marcha las siguientes actuaciones de carácter social, acompañadas de un presupuesto de…”. Pero no, qué va. Antes al contrario: si desde los ministerios en manos de Unidas Podemos se diseñan medidas para mejorar la vida de los sectores más urgidos, indefectiblemente llega el intento de boicot por parte del PSOE. Con respecto a las mujeres, sin ir más lejos, lo hemos visto en estas semanas, cuando desde el Ministerio de Hacienda se ha conseguido eliminar de la ley del aborto la propuesta de reducir el IVA de las compresas, por ejemplo, un detalle que, efectivamente, con el sueldo de ministra no importa tanto.

Aunque con la formación de Gobierno se intentó descafeinar el Ministerio de Trabajo y retirarle competencias, resulta evidente que en manos de cualquier otro ministro del PSOE aún estaríamos rindiendo pleitesía, más que ahora, a la CEOE

Al mismo tiempo, mientras de manera interesada se confunde el debate entre trata de mujeres y prostitución, el Ministerio de Interior, en manos de Grande-Marlaska, no hace absolutamente nada para agilizar la acogida y nacionalización de multitud de mujeres migrantes. En demasiadas ocasiones, estas mujeres, privadas del acceso a cualquier empleo o subsidio, no tienen muchas salidas diferentes a la de la prostitución. Cuando el Ministerio de Derechos Sociales peleó por el Ingreso Mínimo Vital, ya se encargó el ministro Escrivá de desactivarlo con el sucio truco de una burocracia y unos requisitos imposibles, algo que no parece muy indicado para eso de acabar con la prostitución.

¿Y qué me dicen de la reforma laboral? Aunque con la formación de Gobierno se intentó descafeinar el Ministerio de Trabajo y retirarle competencias, resulta evidente que en manos de cualquier otro ministro del PSOE aún estaríamos rindiendo pleitesía, más que ahora, a la CEOE. Lo vemos, de hecho, con el trato exquisito que desde el Ministerio de Transición Ecológica, en plena crisis energética, se sigue brindando a las grandes eléctricas, que incluso en estos momentos aumentan beneficios. Es lo mismo, salvando todas las distancias, que con el asunto de la prostitución: qué más da que el Gobierno diga que va a mejorar las condiciones del mercado energético, si luego no acompaña esa declaración de ninguna regulación de verdadero calado; desde acabar con los llamados beneficios caídos del cielo hasta crear una empresa pública. Nada, más brindis al sol.

El debate sobre la prostitución supone adentrarse en un terreno resbaladizo, en el que entra en juego el patriarcado, la violencia, el derecho a decidir sobre el cuerpo, la educación, la regulación laboral, de extranjería y, también, la moral

Al PSOE le gusta sentirse abanderado del feminismo y del movimiento LGTBIQ+, creerse que cada nueva ola la debe liderar con alguna ley mediática, ya sea el matrimonio igualitario o la prohibición, que no abolición, de la prostitución. Desde esa perspectiva, se entiende que la ley por los derechos de las personas trans les pusiera tan nerviosos, hasta el punto de costarle el cargo a la vicepresidente Calvo. Su oposición solo tenía sentido en tanto que se trataba de una propuesta del Ministerio liderado por Irene Montero, y nada más.

El debate sobre la prostitución supone adentrarse en un terreno resbaladizo, en el que entra en juego el patriarcado, la violencia, el derecho a decidir sobre el cuerpo, la diferencia entre una elección libre (quién decide hoy día libremente en qué ganarse la vida) o voluntaria, la educación, las regulaciones laborales, de extranjería y, también, la moral y, en consecuencia, casi siempre la hipocresía. Esto último es tan grave que, cuando se aborda el debate, a las propias trabajadoras sexuales se las suele excluir, como si no pintaran nada, como si fueran incapaces de razonar y discutir. Y eso, una vez más, nos lleva a todo lo que subyace, en tantas ocasiones, dentro del PSOE: el clasismo, la xenofobia, el racismo, por no mencionar el machismo.

¿Quieren que acabe la prostitución? Primero mírense todo eso, mejoren las condiciones de las migrantes para acceder a la ciudadanía española, las condiciones de acceso al mercado laboral, a la vivienda y a la renta porque, mientras sigan poniendo palos en las ruedas, todo sonará a política de titulares. A hipocresía, sí.

Ilustración: Sindicato Otras

Sumergirse en una alucinación: ‘Paranoica fierita’, de Miguel Ángel Maya

Paranoica fierita-min[Publicado originalmente en Revista Penúltima.] Pocas partituras del siglo XX resultan tan reconocibles como el Preludio para piano La catedral sumergida, esa pieza onírica, acuática, sí, con la que Debussy puso acordes a un viejo mito bretón. ¿Pero qué ocurre si trasladamos el eco de esa ensoñación al desierto, probablemente en el límite entre Estados Unidos y México? ¿Qué ocurre si ese mito, esa particular adaptación francesa del de la Atlántida, es ahora la melodía que se infiltra entre los jirones de carpas de circo castigadas por el sol despiadado del desierto, entre los costillares de las fieras muertas de inanición en sus jaulas, entre esqueletos de carromatos centelleantes en el vacío cruel de ese Saint Simons, una escenario que ya apareció en la primera novela Miguel Ángel Maya? Ocurre que la ensoñación se transforma en alucinación, y a partir de ahí todo es posible, sobre todo si una niña lacerada por la crueldad más intolerable aún expurga su calvario, veinticinco años después, en esas ruinas ardientes.

Paranoica fierita es una larga novela de tan solo cien páginas porque su fiebre impide que la podamos leer, como ingenuamente llegué a creer, de una sola tacada. La prosa arrebatada de Miguel Ángel Maya nos agarra sin desmayo, en una suerte de viaje fantasmagórico a lo largo de la raya ininteligible entre la locura y la sensatez. Por momentos, el fraseo se hace irrespirable y nos sitúa en un juego especular, al relato enfrentado del viejo y la niña, los dos personajes que narran, o sueñan, o deliran esta historia en la que el lector tendrá qué dirimir, si puede, cuánto de verosímil hay en el monólogo de cada uno de ellos.

Esta es, a fin de cuentas, la plasmación de un desgarro, el de una niña desposeída de su infancia, entregada a la naturaleza más salvaje que puede anidar en un ser humano. El terror de esa naturaleza  queda aquí simbolizado en un manglar casi mítico, vaporoso en su consistencia, pero tangible en los efectos devastadores que dejará, para siempre, en la personalidad de la niña. Como todo desgarro, las versiones de sus responsables confrontarán entre ellas, entre sus verdades o sus espejismos, por los meandros de la culpa, de la justificación, de la mentira. Y el lector tendrá que dirimir cuánto de real hay en en cada una de esas versiones. También como en todo desgarro, esta novela encierra una huida por paisajes desolados que, finalmente, arruinan del mismo modo la psique de su protagonista, porque el paisaje es solo el reflejo de nosotros mismos.

Hay que saber mantener la tensión para que todo ello funcione, para que, en definitiva, se vuelva cierta la máxima de que la literatura es la forma, de que una historia no es la misma según cómo la cuentas. Aquí el lenguaje es tan primordial como todo lo demás porque se trata de que vivamos en el lugar fronterizo de la psique de sus personajes: un lugar a veces repleto de tósigo, sofocante, claustrofóbico, pero en otras lúcido y esperanzado, como las notas de un piano en mitad del horror de los manglares.

El espanto, la conciencia de que para salir de él solo vale, de manera paradójica, la inconsciencia, de que la mente es a la vez el veneno y el remedio, de que el cuerpo no siempre se disocia de la emoción, de que el amor y el roce quizás se inventen de mil formas no conocidas, y por tanto con códigos nuevos, en ocasiones terribles, de que el tiempo es solo una convención más que, en veinticinco años, quedará suspendido en el laberinto de una herida ya constitutiva…. Nada de eso se puede describir, pero sí reflejar, por eso el lenguaje resulta aquí fundamental. Por eso, en esta novela, más que en tantas otras, es la herramienta delicada con la que el escritor se lo jugará todo.

Miguel Ángel Maya, con la complicidad de una cuidada edición, sale airoso de su original empeño, y el lector le agradecerá haber traspasado con él algunos límites habituales en la narrativa actual. Su principal logro es ese, y a mí me parece que solo por ello merece la pena sumergirse en estos manglares de alucinación y fronteras.

Morir de hambre, pero sin molestar y con decencia

  • Mi amiga Leticia, refugiada política colombiana con dos hijos a su cargo, es una de esas miles de personas sin posibilidades de encontrar un empleo, pero a las que se les deniega todo subsidio porque incluso para la izquierda únicamente el trabajo dignifica.

[Publicado originalmente en elDiario.es.]Toda campaña electoral que pretenda vender el trabajo como forma de mejorar nuestras vidas, como la manera más legítima de acceder a la renta, demostrará que desconoce la realidad social del territorio, especialmente golpeada desde la crisis de la Covid. Andalucía no es una excepción en el conjunto del Estado, antes al contrario, y el paro estructural de la región ronda el 20%. Pero eso son solo cifras, así que me voy a permitir poner rostro a los fríos datos: en concreto, el de mi amiga Leticia, como la llamaré aquí, y el de su hija y su hijo, ahora ya mayores de edad.colahambre-min

Leticia ya conocía España cuando en 2019 llegó con sus hijos desde Colombia en calidad de refugiada política. Había venido en numerosas ocasiones como miembro de una ONG colombiana y, de hecho, el Gobierno español había financiado alguno de sus programas para trabajar con mujeres de las zonas en conflicto armado. Ahora, sin embargo, esa misma administración comenzó a tratarla como una paria, una apestada, una sin papeles, en definitiva. ¿Se acuerdan del confinamiento, verdad, aquellos cien días de reclusión domiciliaria? Ella los pasó con sus dos hijos en la explanada del parking de una iglesia situada en uno de los barrios más castigados de Málaga, donde les dejaron meterse en el galpón que la parroquia usaba como almacén y en el que tenían instaladas algunas literas. Habían vencido los doce meses que duraba su programa de refugiada, y ahora, aunque con el asilo concedido, sencillamente quedaba fuera. En plena pandemia, en pleno confinamiento. Con dos hijos. A un parking.

 

Después comenzó su pesadilla kafkiana por las administraciones local, autonómica y estatal: trabajadores sociales que invariablemente le decían que se olvidara de mejorar su currículo académico, que jamás obtendría beca alguna para estudiar en España, que de nada le valían sus títulos universitarios colombianos, que lo que le correspondía, como mujer latinoamericana, era cuidar de ancianos y dependientes de pura cepa española. Cuanto antes lo aceptara, mejor para todos. Como su ánimo es inquebrantable, se puso a estudiar y montó incluso una asociación de mujeres colombianas (que en estos meses ha prestado en frontera ayuda a refugiados ucranios, por cierto). Acabó, claro, cuidando a ancianos y dependientes de DNI español, casi siempre en condiciones de semiesclavitud y clandestinidad, pero no dejó de agotar todas las vías burocráticas.

 

Esto de los plazos que caducan es una cantinela recurrente: todas las administraciones le exigen costosos documentos que debe conseguir, a través de intermediarios, en Colombia, para luego ser sellados en La Haya

El descubrimiento fue atroz: nuestra burocracia no está diseñada para ayudar a los sectores vulnerables, sino precisamente para obstaculizarles el acceso a toda ayuda. De hecho, resulta tan intricada que a veces sus propios gestores ni siquiera la conocen del todo, si es que no se ven impotentes o actúan de forma caprichosa. Ahora mismo, el bono municipal que, por 14 euros, le da derecho a llevarse 50 euros en alimentos de un lejano economato, le ha caducado por la desidia funcionarial. Es solo un ejemplo: en estos tres años le han denegado sistemáticamente todo subsidio con argumentos tan peregrinos como que su expediente se había quedado en la mesa de un funcionario que ahora estaba de baja, y por tanto ya había caducado. Seguir leyendo «Morir de hambre, pero sin molestar y con decencia»

‘Las letras del bosque’, de Javier Morales (Ed. Sílex).

letras del bosque-min[Publicado originalmente en Revista Penúltima.]El 85% de las emisiones de gas invernadero se han generado después de la Segunda Guerra Mundial, la mitad de ellas en los últimos treinta años, lo que no solo está destruyendo nuestro planeta tal y como lo conocíamos, sino que nos mata, a nosotros y a millones de animales cada año. El consumo de carne, proveniente casi en su totalidad de grandes granjas, es causante de un cuarto de todas esas emisiones. Solo en 2018 España sacrificó 900 millones de animales para consumo humano… Si quisiera, durante unos cuantos párrafos podría alargar esta lista de datos, todos ellos extraídos de Las letras del bosque: textos sobre naturaleza, animales y libros, recopilación de artículos de Javier Morales editado por Sílex con delicadas ilustraciones de Leticia Ruifernández Nogués, que a mí me han recordado a algunas acuarelas de Ramón Gaya.

¿Es posible escribir un libro amable con estas cifras? ¿Se puede escribir desde un lado distinto al desasosiego con esas apabullantes evidencias? ¿Se puede, desde ese lugar, invitar al cuidado de la vida, de la naturaleza, esto es, de todos los seres vivos que habitamos este planeta? Yo no lo creo, pero la opinión de Javier Morales parece otra. En efecto, consigue llevarnos de la mano, sobre todo a través de la lectura de algunos libros fundamentales, recientes o clásicos, del Nature Writing, para que contemplemos y entendamos de qué manera estamos interconectados con todo y todos los que nos rodean, de qué modo infligir sufrimiento a los animales se vuelve, invariablemente, en nuestra contra.

Esa falta de ética, esa crueldad que significa torturar a animales en industrias de exterminio siempre escondidas, supone también, en última instancia, una asombrosa ceguera. A fin de cuentas, por mucho que algunos incluso quieran disociar el ecologismo de la defensa de lo animales, el sentido común siempre los aunará. Eso es lo que, libro a libro, lectura a lectura, Javier Morales va comprendiendo y nos va transmitiendo en un susurro, en un paseo tranquilo, contemplativo, reposado y atento, que es, en suma, en lo que se convierten cada uno de estos textos: una invitación a mirar a nuestro alrededor y asumir por qué el respeto por la naturaleza nos puede salvar.

A la postre, casi podría decir que la protagonista absoluta de este libro es la voz que Morales compone. Esa voz amable y serena, pero convencida, sabe que siempre tiene la razón de su parte, los datos y el rigor a su lado, y sin histrionismos nos hace caminar, paso a paso, absortos en su mensaje. Ya lo hizo, desde otro punto de vista, en su ensayo El día que dejé de comer animales.

De esa manera, aunque Morales traiga a colación tantas voces, a las que generosamente glosa, logra imponer siempre una propia, especialmente sensitiva, que no solo apela a la emoción o a lo intelectual. En realidad, la voz acaba por convertirse en una suerte de epidermis que nos hace cómplices no solo de sus lecturas, no solo de sus ideas, sino, precisamente, de la manera de sentirlas o, si se prefiere, que logra atravesarnos la conciencia con ellas. ¿Se puede pedir más a un libro de estas características?

Javier Morales, lo mismo que en sus novelas, tiene algo que decir, y sabe que, si por un lado, estos son tiempos propicios, también lo son para la afrenta y las acusaciones estúpidas, de una parte o de otra (de izquierda y derecha, si se prefiere). De esa suerte, Las letras del bosque no cae nunca en el panfletarismo, en la consigna, en la mirada altiva, en la falsa superioridad moral. Al contrario, Morales ha tendido una mano, y a través de algunas y algunos maestros nos ha hecho ver por qué deberíamos cogerla. Hay lugar para todos, de verdad.

El naturalismo que aquí se destila no es excluyente ni sectario, sino que, como comprobarán tras su lectura, se erige, justamente, en un generoso bosque de variado ecosistema. A mí me parece que quedarse fuera es solo una forma de no querer ver y, a este paso, quien no quiera ver acabará por encontrar que, más pronto que tarde, ya no hay bosque en el que refugiarse. Si pretenden saber por qué, en este libro hallarán una amplia guía para comenzar a investigar… Y a convencerse. Denle las gracias a su autor.

Queremos habitar Málaga

Mani INvi-min
Foto: Anouk Rielo

[Publicado originalmente en ElDiario.es.] La semana pasada el crucero más grande el mundo desembarcó en Málaga a 4.000 turistas. Es sabido que 15 de los barcos más grandes del planeta emiten tanta contaminación atmosférica como 760 millones de automóviles, pero al Gobierno municipal y a buena parte de la prensa local les pareció un hito digno de celebración.

Málaga ya no es una ciudad concebida para ser habitada, a menos que entendamos habitar como el mero trámite de pasar tus días en un espacio localizado. Sin embargo, hasta hace poco habitar también significaba vivir un lugar, hacerlo y sentirlo propio, puesto que en él te componías con los demás y aspirabas a tu felicidad y a la de los tuyos. Con cada nuevo crucero que atraca en Málaga se levanta un telón que deja al descubierto un escenario sin protagonistas verdaderos, porque el director de toda la función, el acalde Francisco de la Torre, solo quiere figurantes desembarcados. Al resto trata de ocultarnos entre bambalinas.

El problema es que la pretensión de De la Torre pasa por ampliar y ampliar ese escenario (yo mismo me vi convertido, hasta mi expulsión, en vecino de Antonio Banderas). Y ya no sabe qué hacer con los molestos habitantes de los aledaños. A los de las barriadas de El Perchel y Santa Julia los están intentando desahuciar, sí, después de una pandemia y en plena crisis económica. Claro que De la Torre dice que, al fin y al cabo, los edificios en los que residen no son de titularidad municipal. Vamos, que es el mercado, amigos, como si él mismo no hubiera diseñado, con mucho tesón, el modelo de ciudad que permite esas crueldades.

Ese modelo ya solo se lo compra gente interesada (los del mercado, amigo) o algunos ingenuos. A fin de cuentas, precisamente la pandemia ha revelado, mejor que nunca, la naturaleza despiadada del alcalde. Ni siquiera podemos montar en bici en esta ciudad, porque quitamos espacio a los visitantes. En su patológica lucha contra las bicis (en plena pandemia, sí), a De la Torre no solo le dio por eliminar los carriles, sino por no construir los proyectados. Es el caso de La Alameda, donde muy pronto quedó claro que la deseada peatonalización de esa vía no tenía como fin el esparcimiento, no, sino la proliferación de negocios y terrazas para los visitantes. Sin carriles bici.

Todos esos grandes museos que ha levantado Málaga en los últimos años han funcionado como polos de gentrificación, una vez más. Lejos de convertirse en focos de cultura, lo han sido de turistas

En realidad, De la Torre le tiene mucha manía al centro histórico, lo que explica que lleve décadas “rehabilitando” sus edificios: la verdad es que los demolió para, en muchos casos, erigir hoteles o convertir bloques de viviendas en apartamentos vacacionales. En rigor, el calificativo de “histórico” le viene grande a nuestro centro. Seguir leyendo «Queremos habitar Málaga»

‘Siempre es verano’ (Ed. Sonámbulos), de Alejandro Pedregosa

9788412486032 (1)[Publicado originalmente en Revista Penúltima]. Siempre es verano hasta que la memoria «se seque como una fruta expuesta al sol». Lo sabe «el escritor», ese personaje y narrador que desde la distancia de la madurez contempla a «el niño» y luego a «el chaval», esa voz que, ya curtida por la vida y, tal vez, por los desengaños, vuelve a un distante verano que es, todo él, una frontera.

Alejandro Pedregosa, poeta y narrador, ha escrito una bellísima novela sobre las lindes que, a la fuerza, debemos traspasar: la que separa la niñez de la adolescencia, la que separa la ingenuidad de la verdad, la que separa la amistad del desencanto, el amor del sexo, la familia del secreto. En suma, también la linde que, una y otra vez, le señala al narrador su doble pertenencia, y que en realidad es una de tantas, la de haber nacido y crecido en el último límite del barrio meridional de una ciudad de, por qué no, la Costa del Sol.

Ese barrio sur, aún en su último confín, marca la pertenencia a una posible infancia, a una posible familia, sin ahogos a fin de mes y con biblioteca en casa, pero, como toda frontera, es porosa. ¿Pertenece de verdad «el chaval» a ese mundo, cuando su madre, viuda, tiene tienda en el otro lado de la raya divisoria? ¿Pertenece a ese mundo cuando el instituto en el que estudiará se ubica en ese otro distrito, en el barrio norte, donde ha crecido a golpe de balón en una plazoleta de la que, poco a poco, desaparecieron los mayores para caer en el pozo de la heroína que se tragó en los ochenta a media generación?

Todas esas fronteras marcan el último verano de la infancia, o el primero de la edad adulta, del protagonista. Por eso comprendemos que Siempre es verano, en realidad, encierra un deseo imposible: el de que continuemos viviendo en ese despertar, el de que podamos fingir, en una playa con los amigos, que aún no sabemos bien de qué va esto de la vida.

Es esta una novela de ritos de paso, una novela de iniciación, que reclamaba una voz, lírica pero firme, como la que Pedregosa le ha sabido imprimir para no caer en tópicos ni estereotipos. Desde el primer párrafo la mirada del narrador arroja una ternura que no abandonará en el resto de páginas, y que, con pericia, sorteará siempre el sentimentalismo o la cursilería. Y no faltan episodios amargos, giros tan inesperados como solo un verano de frontera puede deparar.

Con esa prosa limpia pero profunda, «el escritor» nos hará cómplices de sus recuerdos, de su regreso a la plazoleta, a la habitación del abuelo impedido, a los espigones, a la tienda, a la playa, a la mirilla de la edad adulta. Nos hará cómplices Pedregosa porque desde esa primera línea la honestidad será descarnada: ya he traspasado la frontera, parece decirnos «el escritor», igual que vosotros, y de nada sirve la nostalgia, pero necesitamos compasión para mirar qué fuimos y entender así qué somos.

A mí me ha conmovido, tanto que me ha sabido a poco. ¿Por qué no sabemos más, por ejemplo, de Anabel, esa adolescente adelantada que, exijo, vuelva a aparecer con más enjundia en otra novela? Si resulta así, espero que sea en una edición con el mismo buen gusto que ha tenido para esta Sonámbulos, editorial poco dada a la narrativa. Se ve que también ella ha querido traspasar otra frontera. No pongan, pues, la memoria a secarse al sol como una fruta, y quédense en este verano perpetuo.

Que me quede como estoy: la clase media como ilusión social

  • En su nuevo ensayo, ‘El efecto clase media: crítica y crisis de la paz social’, Emmanuel Rodríguez López pone patas arriba, con admirable precisión e imaginación política, algunos de los consensos que han marcado nuestra sociedad desde el desarrollismo franquista.

Clase media (1)[Publicado originalmente en ElDiario.es.] Hace algunos años Ciudadanos propuso en un pleno municipal del Ayuntamiento de Málaga la creación de un bono de ayuda a la alimentación… para “la clase media”. La idea era repartir vales no para las personas sin recursos, sino para que aquellas familias que demostraran contar con ingresos regulares pudieran comer a diario en restaurantes. El inefable concejal que defendía aquel despropósito aseguraba que la función de su partido era, precisamente, proteger a la clase media. Montó en cólera por redes cuando varias personas le contamos que, para empezar, la clase media no existe.

Es una pena que por entonces no se hubiera publicado El efecto clase media: crítica y crisis de la paz social, el deslumbrante estudio que acaba de sacar Traficantes de Sueños y con el que el sociólogo e historiador Emmanuel Rodríguez López pone patas arriba algunos de los consensos que han marcado nuestra sociedad desde el desarrollismo franquista. Rodríguez lleva a cabo un exhaustivo y voluminoso análisis de la maquinaria política por la que se ha conseguido la integración social, y que podríamos resumir en ese laxo concepto de “clase media”: una ilusión que la Transición compra al franquismo sin demasiados retoques y que se sostiene en ficciones como la igualdad de oportunidades o la meritocracia, es decir, más en “un marco de regulación social que en una clase propiamente dicha”. La clase media vendría a ser así “el espacio subjetivo en el que la mayoría de una población se reconoce como al margen de cualquier división social significativa”.

Tendríamos la figura del propietario, ese invento del franquismo para crear una suerte de “capitalismo popular” sustentado en la propiedad inmobiliaria, una anomalía española que explica las particularidades patrias de las crisis económicas

Rodríguez analiza de modo pormenorizado los mecanismos, casi siempre mediados por el Estado, que han levantado semejante ilusión, ese “efecto” que equipara “clase media” ni más ni menos que con sociedad, o con pueblo. La clase media como sujeto hegemónico, casi único, de nuestros Estados. Ese “efecto clase media” se sustenta principalmente en varias figuras, que en sendos capítulos el libro disecciona con admirable precisión y, lo que es más llamativo, siempre elaborando hipótesis de futuro, porque su autor despliega no solo su contrastada capacidad para sintetizar datos, sino una notabilísima imaginación política. Seguir leyendo «Que me quede como estoy: la clase media como ilusión social»