Todos con Proteo

Proteo_opt[Publicado originalmente en elDiario.es ]A última hora de la noche del seis mayo ardía la librería Proteo, la más emblemática de Málaga. Yo me enteré a la mañana siguiente. Una subida en la tensión de la red eléctrica había afectado a varios edificios de la calle, sin mayores consecuencias, pero en Proteo, que albergaba 80.000 volúmenes, había saltado una chispa.

A mi pareja y a mí nos llegaron al móvil las sobrecogedoras imágenes de las llamas consumiendo, principalmente, la primera planta de la librería, “la planta de Carlos”. Así es como muchos llamamos familiarmente a la planta de los ensayos. Nuestro amigo Carlos, uno de los libreros, y además hijo de dos de los fundadores de Proteo, lleva años mimando especialmente esos estantes, en los que nunca falta ninguno de los ensayos políticos, sociológicos o históricos de nuestras editoriales favoritas. Él forma parte de los once trabajadores que configuran esa plantilla coordinada por Jesús Otaola, una de esas personas sobre las que nunca oirás una mala palabra, como pueden constatar en CEGAL, la principal plataforma del gremio.

Fue precisamente CEGAL quien en 2017 premió la labor cultural de Proteo, poniendo así un broche a una librería que se fundó en 1969 y que desde entonces ha sido una verdadera dinamizadora del mundo literario malagueño. En esos últimos tiempos del franquismo fue un punto de venta de libros prohibidos, en la Transición sufrió ataques de grupos fascistas, y posteriormente se consolidó en la ciudad hasta abrir varias sucursales más, que las sucesivas crisis terminaron por clausurar. En su edificio más icónico, el de Puerta de Buenaventura, se llevó en 2004 una reforma integral que tuvo en cuenta, como no podía ser de otra manera, su imbricación con la historia de la ciudad, de manera que un trozo de muralla del siglo XIII fue integrado en la planta baja. Gracias a esa reforma, el fuego no ha echado abajo el edificio, lo que permite confiar en una reapertura que, de momento, resulta muy difícil fechar. Porque las llamas han causado destrozos gravísimos, además de la pérdida de todo el fondo de libros.

Hasta este último fin de semana no he podido comprobar de primera mano esos destrozos. Es descorazonador. De la mano de Jesús Otaola, mi pareja y yo recorrimos todas las plantas con un nudo en el estómago.

Hasta este último fin de semana no he podido comprobar de primera mano esos destrozos, puesto que la mañana en la que me llegó la noticia tenía que irme de Málaga debido a una urgencia familiar. Es descorazonador. De la mano de Jesús Otaola, mi pareja y yo recorrimos todas las plantas con un nudo en el estómago. En esa librería he participado en actividades por el Día del Libro, he impartido talleres, he asistido a otros, he presenciado charlas con escritores, he comprado novelas de autores malagueños que publican en Genal, el sello lanzado por Proteo, y he colgado fotos, orgulloso, cuando en su escaparate habían seleccionado alguno de mis libros. Ahora, un manto de cenizas y de restos carbonizados cubre buena parte de sus dependencias. Pero, en contra lo que pueda parecer, no hay silencio en Proteo: sus libreros siguen atendiendo a pie de calle pedidos online, y el propio Otaola no da abasto porque quiere mostrar en persona cómo ha quedado el inmueble al incesante goteo de malagueños que se acerca para expresar su solidaridad.

Ahora toca esperar el proceso entre aseguradoras y compañía eléctrica, que en cualquier caso no será suficiente para cubrir las cuantiosas pérdidas. Ese es el motivo principal de la emocionante ola solidaria que, bajo el lema Todos con Proteo, se ha desatado en la ciudad, y en realidad por todo el país: autores que organizan firmas de sus libros en la puerta de Proteo, librerías que piden a su clientes que “hoy compren en Proteo”, distribuidoras que les ceden un despacho, un ordenador para gestionar los pedidos. Y es que Proteo, que no se plantea hacer un ERTE ni despedir a nadie de su plantilla, sigue funcionando online. A través de su página, www.libreriaproteo.com se pueden hacer donativos y pedidos de libros.

Hoy, tiznado por el humo, el trozo del lienzo de la muralla contempla impertérrito la herida del fuego. Es esa muralla centenaria la que nos da esperanzas, la que nos recuerda que Proteo lleva el nombre del dios que mejor sabe cambiar de forma, y que por eso, lo mismo que ella, también ahora resistirá.

Hace diez años

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Esta será una de las pocas columnas que este miércoles no traten de analizar los resultados de las elecciones en la Comunidad de Madrid. Los periódicos, los informativos, y también las redes habrán amanecidos saturados, en gran medida a causa de ese chovinismo estomagante con el que los medios capitalinos nos vienen bombardeando con la idea peregrina de que hay que leer estas elecciones en “clave nacional”. Sin embargo, hace ahora diez años ocupábamos las plazas al grito de “No nos representan”.

En tan solo una década la política institucional ha recuperado una relevancia que, si tal vez no llegó a perder nunca, desde luego sí fue cuestionada en sus formas. Lo que se llamó la nueva política, lo que fue el municipalismo, se ha extinguido por la fuerza de las votos o ha mutado hasta, con pocos matices, mimetizarse con los viejos actores.

El ciclo que abrió el 15M finalizó, sin lugar a dudas, con el descalabro generalizado de las candidaturas municipalistas en las elecciones de 2019. Muchas de ellas, tras cuatro años en la institución, habían virado su discurso rupturista hacia lo que entonces se llamó posiciones “posibilistas”. La paradoja radicó en que numerosos votantes, ante la tesitura de elegir entre la copia y el original, optaron por las papeletas habituales o por la abstención. Lo comprobó, por ejemplo, Manuela Carmena en los barrios populares que le habían dado la alcaldía de Madrid en 2015, y que ahora se la quitaron. A su vez, al contrario que en 2015, Podemos sí concurría, y además en coalición con Izquierda Unida. De ese modo, las candidaturas netamente ciudadanas se vieron atrapadas en la nueva lógica de ese posibilismo y del voto útil, lo que a la postre las barrió sin contemplaciones en una buena cantidad de municipios.

A esas alturas, Podemos, que nunca ha sido el partido del 15M, como se sigue repitiendo de modo harto simplista, se había domesticado a velocidad inusitada, casi al mismo tiempo que se descomponía en luchas intestinas. De pronto se repetía el mantra de que, después del “asalto institucional”, lo que tocaba era “la regeneración democrática”, con el horizonte de las elecciones generales a la vuelta de la esquina. El errejonismo, incluso, hablaba sin pudor de un cambio de élites. Había que apartar a la generación tapón para dar paso a esa otra, la de los “más preparados” de nuestra democracia, privados de una parte del pastel que, en justicia, les correspondía después de cuarenta años de democracia. Era un planteamiento legítimo y, de hecho, estuvo también presente en las plazas. Sin embargo, relegaba del todo ese otro espíritu de las acampadas, la impugnación total al sistema representativo. De paso explica la actual presencia de Podemos, ahora Unidas Podemos, en un Gobierno estatal presidido por uno de aquellos que no nos representaban.

Diez años después del 15M nuestros mas jóvenes, esos que en 2011 eran niñas y niños, ven todo aquello de las iniciativas municipalistas, entre las que no hacen distinciones, y las alianzas de Podemos e Izquierda Unida como parte del juego institucional. Seguramente votan en cada cita, pero desde luego no se tragan que la nueva izquierda sea la concreción material de una revolución ciudadana, acaecida en el lejano mayo de 2011. No en vano, sus energías han estado volcadas en levantar la nueva ola del feminismo y la lucha por el clima. Diría que su principal alegría en estas elecciones ha sido la ocupación del nuevo edificio con el que resurge La Ingobernable, el mítico centro social de la capital, ahora reconvertido en Oficina de Derechos Sociales.

Cuando escribo esto ni siquiera se han cerrado los colegios electorales de Madrid. No tengo ni idea de lo que en unas horas me encontraré, de si se habrán cumplidos las encuestas, de cómo quedan los bloques, las perspectivas negociadoras para formar gobierno. Lo que sí sé es que, con una campaña en vísperas del décimo aniversario del 15M, apenas se han mencionando las plazas. Y quizás eso explique, en mayor o menor grado, los resultados. Sí, en clave nacional.

El alcalde de Málaga contra la vida

  • Legisla contra el uso de la bici y la creación de espacios verdes, no aprueba verdaderas ayudas económicas ni recursos para las secuelas sociales y psicológicas, pero sí pone zancadillas cuando la ciudadanía se organiza.

[749b5a75-b81e-4b7f-9e53-58e1854a7b3d_16-9-aspect-ratio_default_0_optPublicado originalmente en elDiario.es]. Si algo está poniendo a prueba esta terrible pandemia es la calidad humana de nuestros gobernantes. Lo mínimo que uno esperaría del alcalde de su ciudad es que no se limitara a recitar las cifras de muertos y contagiados de la jornada como una cantinela engorrosa o la lección aprendida de memorieta.

Eso es exactamente lo que cada día hace Francisco de la Torre, el longevo alcalde Málaga, en su cuenta de Twitter. Si la cosa no ha ido mal, nos agasaja con una palmadita y si, en cambio, aumenta demasiado el índice de contagios, nos regaña porque así no hay manera de recuperar la economía. Ni un mensaje de condolencia, de ánimo, de solidaridad, de comprensión, de afecto hacia quienes peor lo están pasando en la ciudad que gobierna. Solo en los últimos días, sin duda porque algún asesor escandalizado ha tomado cartas en el asunto, está incluyendo un mínimo de humanidad en esos mensajes. Sus acciones, en cualquier caso, van en sentido contrario. Cuando más debería aflorar la sensibilidad de cualquier gobernante, De la Torre se ha empecinado en legislar contra la vida. Es algo inaudito.

En oposición a la abrumadora corriente que recorre todo el continente, por ejemplo, el alcalde hizo todo lo posible para aprobar una ordenanza que desde hace unos meses limita y penaliza el uso de la bici. Ni siquiera el tremendo clamor en contra de esa medida, incluidos miles de manifestantes, le ha frenado. Es más, acaba de anunciar que elimina el proyecto piloto con el que, debido a la presión popular, los fines de semana y los festivos la policía local reservaba al tráfico en bici por un carril del paseo marítimo de La Malagueta. Tampoco la lucha contra el cambio climático, ni las recomendaciones en plena pandemia, ni la necesidad de esparcimiento de una población que arrastra meses de confinamiento y restricciones han doblegado su insensibilidad. Será la Junta, previsiblemente, quien acabe por construir algún carril bici en ese trayecto.

Ciego por esa misma obcecación, es rara la semana en que no alardea de un nuevo proyecto edificatorio que, o bien destruye áreas verdes o borra de un plumazo su posible creación. Entre los últimos proyectos figura la edificación de más de 300 viviendas en la zona de La Térmica, pero habría que sumar, a vuelapluma, la de un futuro rascacielos en la bahía o su rechazo a convertir en parque la zona conocida como antiguos terrenos Repsol. Justo ahí, en uno de los distritos con mayor densidad poblacional de Europa y con menos áreas verdes, quiere urbanizar todavía más.

Contra las iniciativas de apoyo mutuo

En una ciudad que lo fía todo al turismo, la pandemia ha provocado un aumento de la pobreza que De la Torre no contrarresta con ayudas económicas de calado. Tampoco ha destinado grandes recursos a mitigar las secuelas sociales y psicológicas de una población tan golpeada. No solo eso, sino que pone zancadillas cuando la propia ciudadanía se organiza para suplir su despiadada inacción. Lo estamos viendo en estos días con el crowdfunding que ha lanzado La Casa Invisible para rehabilitar su edificio, que es de titularidad municipal y está protegido por su valor patrimonial (no dejen de colaborar aquí). Su idea era que un posible deterioro del inmueble justificara un posterior desalojo, cuando en ese centro social y cultural se han multiplicado las iniciativas ciudadanas de apoyo mutuo desde que estalló la pandemia. Por si fuera poco, ni siquiera se aviene a restituir al edificio el suministro de agua, dependiente de la empresa municipal.

De la Torre lleva ocupando cargos institucionales desde la dictadura (y de hecho, contra la ley, sigue permitiendo que el callejero malagueño homenajee a los golpistas y ya ha perdido pie con la realidad de una manera harto dolorosa. Da vergüenza exigirle a un alcalde que, cuando atravesamos la mayor crisis sanitaria en generaciones, legisle pensando en la salud y el bienestar de la ciudadanía malagueña. Es en momentos como éste cuando se muestra de qué pasta real estamos hechos. La del acalde de Málaga es de piedra. Y nos cuesta la vida.

¿Guerra de vacunas? ¡Liberen las patentes!

  • 3b005814-7267-46bb-9b2c-f298258a8757_16-9-aspect-ratio_default_1015576_optLa política ensimismada de Europa con las vacunas ha demostrado que todo lo que no pase por la liberación de patentes será una falsa cura de humildad.

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Si te lo montas bien puedes producir vacunas a tal escala como para mudarte a una mansión de Mumbai (India) por 100 millones de euros, alquilarte otra en Londres para tus escapadas por 58.000 euros a la semana o fardar con algún Rolls Royce, uno más de tus 35 coches de lujo. Sobre todo ahora, cuando se ha desatado una guerra comercial provocada por la escasez de vacunas. Si no fuera por los millones de muertos, daría hasta risa. Y es que si personajes como Adar Poonawalla, el “príncipe de las vacunas”, se pueden permitir ese tren de vida se debe, en parte, a que la Unión Europea, como el resto de países del lado privilegiado, ha abogado por el libre mercado para abordar una crisis sanitaria como esta.

Mientras en Rusia o China ya tenían desarrolladas sus vacunas, Europa, en un gesto de prepotencia trasnochada -indigno cuando los muertos se cuentan por millones- despreció todo lo que no viniera de la Big Pharma occidental. Esa política, que está costando vidas, nos deja en ridículo. Un país de nuestro entorno, como Marruecos, está vacunando a un ritmo muy superior al de todos los Estados de la UE (excepto Malta).

En Europa, ya lo sabemos, Pfizer no envió todas las dosis comprometidas de su carísima vacuna porque Israel pagó un 50% más, AstraZeneca no tiene empacho en esconder en hangares clandestinos millones de dosis producidas en el continente para exportarlas al Reino Unido del Brexit, o directamente sacarlas de tapadillo a otros países de la Commonwealth. Quien paga manda, ¿no? Eso lo sabemos nosotros y cualquier dirigente de la Unión Europea. Da igual que finjan escandalizarse y en ruedas de prensa amenacen, con mirada torva y palabras graves, a esa misma industria farmacéutica con la que, en plena sintonía, han pactado con alevosía y opacidad el futuro de nuestra salud. Esas ruedas de prensa no dejan de ser una manera de soslayar el verdadero fondo de la cuestión: por qué no tenemos vacunas de libre patente.

La política ensimismada de Europa con las vacunas ha demostrado que, en el desprecio a los demás, sigue presa de su pasado colonial

El despropósito europeo llega a tal extremo que hace poco nos enterábamos de que, desde casi un año atrás, un equipo finlandés desarrolló una vacuna con patente libre. Para homologarla solo le faltaba la última etapa de los ensayos clínicos, pero el Estado le denegó la financiación precisa. Hoy día, con recursos envidiables y una población de tan solo cinco millones y medio de habitantes, Finlandia podría tener inmunizada a su población y cualquier país con capacidad suficiente estaría produciendo esa vacuna. Sin embargo, como buen Estado miembro, optó por los contratos turbios con las grandes farmacéuticas. Para colmo, según publicó The Lancet, se calcula que, tirando a la baja, los productores de vacunas han recibido 10.000 millones de dólares de fondos públicos y de organizaciones sin ánimo de lucro. Con esa cifra cuesta entender que no se les obligara a liberar las patentes, pero también que, del mismo modo que compartimos instituciones financieras, Europa no cree infraestructuras sanitarias que puedan fabricar nuestras propias vacunas.

Se estima que únicamente con liberar las patentes de las vacunas de la COVID se producirían 60 millones de dosis al día, cinco veces más que en la actualidad. Solo en España ya andamos entre los 80.000 y los 100.000 muertos, pero nuestro país, con el Gobierno “más social de la historia”, ha vuelto a posicionarse en contra de las patentes libres. En una pandemia que arrasa por todo el globo, Europa ni siquiera sabe ser egoísta. Si tan solo un 0,1% de las dosis se está administrando en países de ingresos bajos, las nuevas mutaciones del virus nos golpearán antes o después, y nuestras codiciadas vacunas no serán eficaces contra todas ellas.

La política ensimismada de Europa con las vacunas ha demostrado que, en el desprecio a los demás, sigue presa de su pasado colonial, de la misma vieja prepotencia, de un espíritu aleccionador que le ha dejado en evidencia y le ha arrastrado a una guerra comercial que buscó airadamente y ha acabado por perder. Todo lo que no pase por aprobar la liberación de patentes en época de pandemia será una falsa cura de humildad. Y de nuevo costará vidas.

El rechazo al trabajo como cántico a la vida

  • En mitad de una crisis sanitaria como la que atravesamos, cuando el trabajo como única vía de acceso a la renta parece un mal chiste, la lectura del ensayo ‘El problema del trabajo’ (Traficantes de Sueños), de la estadounidense Kathi Weeks, resulta tan pertinente como apasionante.

RechazoTrabajo_opt[Publicado originalmente en El Salto]. No deja de sorprender que los principales escollos con los que chocan propuestas como las de la renta básica, o la drástica reducción de la jornada laboral, sean muchas veces, y además desde la izquierda, de orden puramente moral. La ética del trabajo, un imperativo social inherente a la marcha del capitalismo, permea todo discurso sobre las políticas de empleo, las luchas sindicales o cualquier intento de humanizar las condiciones laborales y hacerlas compatibles con ese significante, cada vez más laxo, que llamamos “conciliación”. En un mundo donde, simplemente, hay menos trabajo que trabajadores, ocupar un tercio de tu vida en un empleo se sigue considerando un deber colectivo y el principal valor ciudadano.

No importa que nuestro modelo extractivista y expansionista haya dejado el planeta en las últimas, ni que el valor social de la mayoría de los empleos sea nulo. La ética del trabajo ha calado hasta el punto de que ni los ministros comunistas del actual gobierno recuerdan aquello de la alienación, ni el anhelo del viejo Marx por la consecución de una jornada laboral tendente a cero. ¿Cómo es posible que, en un sistema basado en el consumo, la figura del trabajador aún sea reivindicada por cierta izquierda como la quintaesencia del hombre cabal y, desde hace décadas, también de la mujer? Ni las luchas posteriores al 68, ni el auge del feminismo y el ecologismo parecen finiquitar una estructura moral que, de este modo, no solo identifica trabajo y ciudadanía, sino que da la espalda incluso al marxismo más ortodoxo. De pronto, se iguala capitalista y obrero en una especie de destino común gracias al trabajo y sus asociaciones moralistas: cultura del esfuerzo, superación, trabajo creativo, conciliación, y toda una suerte de nuevos términos que, en última instancia, solo conducen a la docilidad social.

Genealogía del gran engaño

Este inaudito mecanismo merecía un estudio riguroso, serio y desdramatizado como el que Kathi Weeks ha escrito, por primera vez traducido al español, gracias a Traficantes de Sueños y la espléndida versión de Álvaro Briales Canseco. Pero además, El problema del trabajo: feminismo, marxismo, políticas contra el trabajo e imaginarios más allá del trabajo, es un hermoso texto a favor de la vida.

El ensayo se adentra en lo que su autora llama “el mapa de la ética del trabajo”

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‘Lejana y rosa’: el pasado minero de Huelva como novela de aprendizaje

  • Rosario Izquierdo_optLa onubense Rosario Izquierdo firma una bellísima novela de iniciación personal que transcurre entre minas a cielo abierto, escorias, detonaciones constantes y los restos de la segregación impuesta por los británicos.

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Seguramente la onubense Rosario Izquierdo ha escrito la gran novela sobre las minas de Riotinto porque Lejana y rosa, publicada por la editorial Comba, no es una novela sobre las minas de Riotinto. Para contar los detalles del expolio británico, de aquel colonialismo de última hora en suelo europeo, ya están los historiadores. La literatura es otra cosa. La literatura es, también, la mancha, la contaminación moral, social, la huella de ese episodio vergonzoso en la historia andaluza. La literatura es la vista puesta en ese paisaje desolado a través de varios prismas, y saber conjugar todos ellos.

Contar una historia como la que aquí relata Izquierdo requiere, para empezar, conocer de primera mano la vida entre escorias, minas a cielo abierto, detonaciones constantes y los restos, aún perceptibles, de la segregación que impusieron los británicos. Requiere, además, traer al presente la memoria de la explotación humana y la resistencia contra ella, claro, pero ya lo he dicho: de eso se encargan los libros de historia porque en la literatura, en la buena, al menos, la memoria es un estado que lo permea todo, no un simple relato. Y, por último, requiere entender que en el proceso de ahondar en quiénes somos como individuos, siempre quedan vetas que escarbar precisamente en el lugar al que nunca queremos volver. La literatura, así, se convierte en el arte de la mezcla, de la combinación, y de ese entreverado solo nace una invención que, en consecuencia, nos traslada a un escenario que por fuerza tiene que ser imaginario.

Lo repito otra vez, este no es un libro de historia, y por eso aquí no está Minas de Riotinto, ni las luchas obreras de finales del XIX y principios del XX, ni la recuperación estatal del suelo, ni la Transición y sus traiciones. Por supuesto que no está. Para empezar porque Lejana y rosa, ese verso que escribió Juan Ramón Jiménez al volver la vista a Huelva, transcurre en Tarsis, cuyas fronteras solo existen en la creatividad de Rosario Izquierdo y, esperamos, en la de la conciencia de la multitud de lectores que merece esta soberbia novela, la tercera de su autora. Seguir leyendo “‘Lejana y rosa’: el pasado minero de Huelva como novela de aprendizaje”

Para despreciar a los menores la Junta no necesita a Vox

  • La Junta acaba de cerrar el último centro para menores infractores que aún quedaba en Andalucía bajo gestión pública, un paso más en su desprecio y trato brutal a los más vulnerables.

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Cuesta entender el ensañamiento con el que la Junta de Andalucía se está cebando con los menores y los jóvenes más vulnerables. Hace tan solo una semana, como culminación de un proceso que ya venía de lejos, la Consejería de Turismo, Regeneración, Justicia y Administración Local clausuró de golpe el último centro de internamiento para menores infractores que quedaba en toda Andalucía bajo gestión pública, el San Francisco de Asís, en Torremolinos (Málaga). A los 108 trabajadores que formaban su plantilla tan solo les habían avisado unos días antes, de manera que ahora mismo no tienen ni idea de qué va a ser de su futuro laboral, porque nadie en la Junta les ha dicho dónde, cómo y cuándo serán reubicados.

En realidad, esta vergonzosa actuación responde a un desprecio generalizado por los menores que simplemente se ha intensificado desde que el Gobierno autonómico cayó en manos del PP y Ciudadanos, con Vox como apuntador.  Entre los logros de otra de las Consejerías, la que ocupa Javier Imbroda, sin duda el peor consejero de educación que haya tenido nunca Andalucía, se encuentra la próxima reducción drástica de plazas en centros educativos públicos de niñas y niños de tres años o mantener en la cuerda floja a las intérpretes de lengua de signos para el alumnado sordo, un servicio al que obliga la ley andaluza. Hace unos meses, sin ir más lejos, de una manera tan dolorosa como imposible de olvidar, la Junta trataba de lavarse las manos en la muerte del joven Ilias Tahiris en el centro de menores Tierra de Oria, de Almería, después de que se le aplicara un salvaje protocolo de inmovilización.

Menores como objetos

Lejos de que este suceso despertara algo de humanidad en nuestros gestores, el cierre del San Francisco de Asís demuestra todo lo contrario. El San Francisco de Asís constaba originalmente de un centro de día que atendía a centenares de menores, y al que justo hace ahora un año la Consejería dio el cerrojazo. Igualmente, tenía también dos pisos de convivencia, que han desparecido con el centro de internamiento, y en el que 16 menores cumplían hasta la semana pasada las medidas judiciales. El centro de internamiento albergaba en la actualidad a 15 internos, que llegaron a ser 45 antes de que, aproximadamente una década atrás, comenzara el desmantelamiento del servicio. Ahora, a una gran parte de sus 15 internos los han trasladado a Granada, a otro centro de gestión privada, como el Tierra de Oria, igual que quien lleva una maleta de un sitio a otro.

La plantilla del centro San Francisco de Asís -esos 108 trabajadores arrojados súbitamente a la deriva laboral- incluía educadores, monitores, equipo técnico (psicólogas, asesores sociales técnico de menores, trabajadoras sociales, etc.), ordenanzas, cocineras, vigilantes, etc. Evidentemente, sus derechos adquiridos como personal laboral de la Junta se mermarán de modo notable el día en que sean reubicados en cualquier puesto de gestión privada.

Los derechos de los menores se someten a imposibles criterios de rentabilidad, cuando, tal y como consagra el artículo 25.2 de la Constitución, toda acción debería orientarse a la reinserción social.

Su angustia solo es comparable a la que, sin lugar a dudas, están sufriendo los menores y sus familias. Para empezar porque alejar a los internos de sus familias, como ha sucedido con su traslado inesperado a Granada, atenta contra el interés superior del menor, un principio supuestamente rector en estas actuaciones. Además, porque entregar el cuidado de menores al interés privado no es en absoluto garantista. La Junta se desentiende de la gestión directa, lo que está provocando menos control en las medicaciones o en el tipo de castigos. Se dan casos de desigualdades entre los internos que, por ejemplo, se pueden costear televisores en su cuarto y los que no. Las condiciones laborales del personal en los centros privatizados, considerablemente peores, tampoco obran en sentido garantista. En definitiva, los derechos de los menores se someten a imposibles criterios de rentabilidad, cuando, tal y como consagra el artículo 25.2 de la Constitución, toda acción debería orientarse a la reinserción social.

Con mucha probabilidad la siguiente ficha que caerá en la casilla de la privatización sea la de los centros de protección de menores. Sencillamente, “protección” y “menores” son dos términos que la Junta no sabe unir. Hace unas semanas Vox intentaba, sin éxito, chantajear al Gobierno autonómico con la mamarrachada del llamado “pin parental”. Sin embargo, la brutalidad con la que la Junta está liquidando estos servicios no ha necesitado del empujoncito final de la extrema derecha. Para nada. Ciudadanos y PP se bastan solitos para demostrar día a día que el cuidado de nuestros menores está en manos de unos desalmados.

La vivienda es un derecho, pero solo un poco

  • Un año ha bastado: las bonitas promesas de inicio de legislatura y los pactos de coalición ya solo salen en los titulares para certificar su incumplimiento.

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Incluso para lo que estamos acostumbrados, y teniendo en cuenta que en esta ocasión no gobierna en solitario, al PSOE le ha durado muy poco el barniz progre: algo más de un año, el que dista desde la sesión de investidura.

El último hito lo puso este lunes José Luis Ábalos, cuando nos explicó a todos que vale, que igual la Constitución reconoce la vivienda como un derecho, pero que en realidad “también es un bien de mercado”. En cuanto se desmelenan, a los ministros del PSOE se les pone la cara en blanco y negro, ya sea para, como Ábalos, hacernos recordar a aquel viejo franquista que quería un país de propietarios y no de proletarios, o a Carmen Calvo para azuzar la transfobia con un repentino giro de discurso demasiado similar al de la extrema derecha.

Un año ha bastado: las bonitas promesas de inicio de legislatura y los pactos de coalición ya solo salen en los titulares para certificar su incumplimiento. No habrá regulación del precio de alquiler de las viviendas, a pesar del pacto firmado, que no ofrece lugar a interpretaciones. No habrá derogación de la Ley Mordaza, que ahora viene muy mal, sobre todo cuando a la gente le ha dado por manifestarse a favor de la libertad de expresión y nada mejor para disuadirnos que un buen disparo que te quite un ojo y las ganas de tonterías. Tampoco se va a derogar la reforma laboral, como no sea pasando por encima del cadáver de Nadia Calviño, que por lo pronto ya ha hecho el mérito de que no se cumpla el acuerdo de la subida del salario mínimo. De lo de la reforma de la Corona si eso ya hablamos cuando vuelva el emérito, si le apetece, pero de momento vamos a seguir gastando un pastizal en su retiro de fugado VIP. Lo del trato humanitario a los migrantes y la depuración de los cuerpos de seguridad, en fin. Si en Canarias no se está tan mal y tampoco pasa nada por que la Audiencia de Madrid acabe de imputar a toda la cúpula policial del Gobierno de Rajoy y que tantos implicados sigan tranquilamente en sus puestos. Qué más da si la guardia civil admite torturas hasta la muerte. Seguro que Marlaska tiene mucho lío como para ocuparse de esas menudencias.

Ábalos ha dado carpetazo a tanta chorrada. A partir de ahora el gobierno no va a legislar en materia de derechos sociales, sino a “promover” medidas, porque “imponer” está feo. Yo le agradezco la sinceridad. ¿A qué tipo de desgraciado autoritario se le ocurriría imponer un precio justo para un bien de mercado como, sin que lo supiéramos, es la vivienda? Vale que tenemos una pequeña crisis por no sé qué de una pandemia y que los índices de pobreza que se nos vienen encima van a ser de récord, pero bueno, para eso ha puesto el ministro Escrivá un Ingreso Mínimo Vital, aunque se parezca más bien poco al pactado. Ahora, lo que toca, es mirar hacia adelante, o hacia arriba, con altura de miras, cuanto más alto mejor: a Marte, que no en vano ha llegado un cacharro con tecnología española. De las cosas terrenales ya se ocupa, ya “promueve”, el gobierno.

Un añito ha pasado, un añito nada más.

Algunas ideas para terminar de extinguirnos

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Nos extinguiremos como especie, seguramente antes de lo que hoy podemos imaginar, y en el pico más alto de la remota isla que haya sobrevivido a la desertificación del planeta y la subida del nivel del mar, el “emprendedor” de turno intentará convencer a los últimos humanos de que la iniciativa privada, el esfuerzo, la meritocracia y la privatización del bosque de al lado nos podrán salvar.

En medio de una crisis climática como nunca habíamos conocido, una pandemia que reparte millones de muertos por todo el planeta, una debacle económica y social en ciernes, solo los más indecentes se empecinan en vender que el capitalismo nos sacará de ésta. Sobreviviremos, a pesar de la Unión Europea y su gestión mercantil de la crisis, de nuestros gobiernos municipales, autonómicos y estatales, incapaces de imaginar una solución que no pase por poner parches temporales. Sobreviviremos, a pesar de tantos medios de comunicación, casi indistinguibles en su discurso de fondo. Sobreviviremos, a pesar de nuestro sistema educativo, cada vez más orientado al mercado laboral y alejado de las humanidades. Sobreviviremos, porque no habríamos llegado hasta aquí si por debajo de todo el control que los poderes imponen a nuestras vidas no hubiéramos establecido, desde tiempos inmemoriales, mecanismos de cooperación. Sobreviviremos, sí, pero el daño será irreparable y la herida nunca cicatrizará si aún tenemos que oír que este es el mejor de los sistemas posibles.

Sobreviviremos porque no habríamos llegado hasta aquí si por debajo de todo el control que los poderes imponen no hubiéramos establecido, desde tiempos inmemoriales, mecanismos de cooperación. Sobreviviremos, sí, pero el daño será irreparable

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La guerra contra la bici

  • La ordenanza que acaba de aprobar Málaga para regular la circulación de patinetes eléctricos y bicis revela, una vez más y en plena pandemia, la falta de políticas medioambientales en la ciudad.

[Publicado originalmente en elDiario.es].   La ordenanza que el Ayuntamiento de Málaga acaba de aprobar para regular la circulación por la vía pública de patinetes eléctricos y bicicleta es indecente, una oportunidad perdida para resolver una cuestión tan necesaria como urgente. A todos los niños les enseñan en las escuelas que la exigencia de un deber tiene que acompañarse de un derecho correspondiente, una lección de ética sencilla y comprensible. No obstante, el Gobierno municipal de Málaga ha optado por obligar a todos los ciclistas a circular, so pena de fuertes multas, por los carriles bicis, una medida sensata, si no fuera porque el Ayuntamiento se ha olvidado de construir esos carriles. No solo eso, sino que la ordenanza recoge también la obligatoriedad de aparcar las bicis en espacios habilitados, pero al mismo tiempo los portavoces municipales reconocen que se les ha pasado habilitar algunos más, ahora tan escasos. Todo esto podría dar risa, si no fuera por lo que en realidad revela un paso más hacia un modelo de ciudad ajeno a cualquier política medioambiental, un modelo alejado de la sostenibilidad y las formas de transporte limpias.

La guerra del PP contra las bicicletas viene de lejos. En Málaga, la legislatura pasada el Gobierno local anunció que no iba a cumplir su propio plan de alquiler de bicicletas municipales, que lo iba a dejar a un tercio de la previsión original. De esta manera, la segunda ciudad andaluza cuenta únicamente con unas pocas estaciones de alquileres, desperdigada en puntos demasiado lejanos como para resultar funcionales, al estilo de Sevilla, por ejemplo. Posteriormente, supimos que el carril bici proyectado para una de las principales arterias de la ciudad, Héroe de Sostoa, que además se trata de una vía muy ancha y de varios carriles, quedaba cancelado sin demasiadas explicaciones. Con el fin de la legislatura, comenzaron las obras para peatonalizar buena parte de la Alameda Principal, en pleno centro. Se trataba en principio de un amplísimo espacio peatonal, con un carril bici establecido en ambos sentidos. Las obras terminaron con el inicio de esta legislatura, pero se habían olvidado de construir el carril bici. El concejal del ramo aseguró que en breve veríamos ese carril. Años después no existe. Seguir leyendo “La guerra contra la bici”