La generación nacida en el desengaño: entrevistas sobre ‘A partir de mañana’

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  • Santi Fernández Patón retrata a la generación «nacida en el desengaño» en ‘A partir de mañana’: El escritor malagueño establece un correlato entre la inapetencia sexual del protagonista y la falta de deseo vital de una juventud, la del 15-M, sin expectativas de un futuro mejor. [Entrevista en Diario Sur.]
  • Santi Fernández Patón: “La potencia que expresó el 15M ha acabado clausurada por la vía institucional”: El escritor y colaborador de elDiario.es Andalucía presenta su nueva novela, ‘A partir de mañana’. [Entrevista en elDiario.es.]

  • A partir de mañana: De la falta de deseo sexual a la falta de deseo vital, la historia de una generación [El Salto]. 

Radio3

Llegar a fin de mes reduce el consumo de pastillas

  • El consumo de opiáceos, ansiolíticos y antidepresivos se ha disparado en España con la pandemia, pero aún abordamos el dolor y la salud mental al margen de su contexto.

pastillas_opt[Publicado originalmente en ElDiario.es]. Entre 2013 y 2020 en España aumentó un 53% el consumo de analgésicos opioides, de manera especial el fentanilo, que ya supone la mitad de las dosis, cuando, en principio, la EMA no lo autoriza para tratar el dolor crónico no oncológico. En 2021, con datos actualizados de la pandemia, las cifras continuaron al alza, y en este caso con un dato harto relevante: se vendieron un 45% más de antidepresivos que con respecto a 2010. Con todo, los antidepresivos siguen por detrás de los ansiolíticos, cuyo consumo también ha repuntado en pandemia. A la vez, el PSOE no deja de poner trabas a la regulación del cannabis, siquiera para uso terapéutico, cuando el propio Ministerio de Sanidad no deja de alertar del riesgo adictivo que sí tienen esos opiodes que hoy alcanzan ventas de récord. Por si hay dudas, las muertes por sobredosis en Estados Unidos se dispararon el año pasado un 30%, la mayor parte de ellas a causa del uso inapropiado de estos opiáceos. ¿Qué nos está pasando?

Para empezar, el desmantelamiento de la Sanidad Pública, que ha provocado que las unidades de dolor crónico se encuentren en vías de desaparición. Eso explica el asombroso aumento de las recetas de opioides. De hecho, cinco millones y medio de las personas que padecen dolores crónicos (el 62%) jamás han sido derivadas a estas unidades de los hospitales públicos.

Si nuestro sistema sanitario aún no nos trata como a simples clientes, en lo que respecta a la salud mental lo parece

En segundo lugar, aunque no menos importante, el propio concepto de “dolor”, o incluso el de “cuerpo”. Si entendemos el cuerpo como un mero caparazón, desligado de nuestro entorno y de nuestra psique, el dolor será siempre abordado como una avería localizada y fácilmente reparable mediante alguna solución farmacológica. De esto sabe mucho, precisamente, la Big Pharma. No en vano, detrás de la crisis de los opiáceos que vive Estados Unidos, con más de 200.000 muertos, se encuentra, en gran medida, la familia Sackler. Es la propietaria de la farmacéutica Purdue y su opiáceo sintético estrella, el muy adictivo Oxycontin. Del mismo modo, tenemos a Johnson & Johnson, que ya ha aceptado el pago de 230 millones de dólares al estado de Nueva York por su responsabilidad en esa crisis. En Europa no llegamos a semejantes extremos, pero el aumento en plena pandemia de las recetas nos indica que seguimos la misma senda.

En tercer lugar, y de nuevo el orden no es significativo, si nuestro sistema sanitario aún no nos trata como a simples clientes, en lo que respecta a la salud mental lo parece. Tenemos la pista concluyente en ese otro incremento de recetas: las de los ansiolíticos y antidepresivos, es decir, de nuevo la solución meramente farmacológica a un problema en tantas ocasiones de raigambre social (sociopolítico, socioeconómico, sociolaboral, etc.). Ayer, después de los años pandémicos, los feminismos volvieron a tomar las calles, y por si alguien no lo quiere ver: el patriarcado también incrementa el consumo de ansiolíticos y antidepresivos en las mujeres.

Es desolador que, cuando por fin se está abordando el problema, no encontremos apenas actuaciones concretas, ni presupuestos que lo acompañen. Después de una pandemia como la actual, con las terribles consecuencias que empezamos a padecer más allá de lo estrictamente sanitario, no debería resultar tan difícil entender que, en el fondo, este también es un problema de orden material. Lo diré de otra forma más gráfica: llegar a fin de mes reduce el consumo de pastillas. Por eso, en mi opinión, toda la retórica que a izquierda y derecha se repite contra medidas como la renta básica supone, también, un desprecio a la salud mental.

No faltan bibliografía ni iniciativas para profundizar en estas cuestiones que aquí yo solo puedo esbozar. En cualquier caso, espero que cada una de estas 630 palabras sean una píldora analgésica y ansiolítica sin necesidad de receta ni farmacia.

PP borroka

  • No sabemos si se cumplirá eso de «¡Casado, bandido, deja el partido!», aunque todo indica que sí, que los nuevos «borrokas» de la lucha social se apuntarán un tanto inolvidable.

ppborroka[Publicado orginalmente en ElDiario.es]. La lucha callejera ha vuelto a nuestro país, si es que alguna vez se fue. Ha sido la capital la que nos ha enseñado a los pobres provincianos, justo al día siguiente de unas deslucidas manifestaciones por la Sanidad Pública, lo que de verdad se puede conseguir mediante la propaganda por los hechos. «Rodea la Sede»: ese podía ser el lema que este domingo llevó a miles de enfurecidos militantes a coordinarse para intentar asaltar el cuartel general de una organización «política» que, según algunos juristas de reconocido prestigio y solvencia, hace tiempo debería estar ilegalizada. El grito de guerra era unánime: «Libertad» frente a los «traidores del pueblo», según recogen las crónicas de los más intrépidos periodistas desplazados al corazón del conflicto.

Fue una acción directa ejemplar: la enfervorecida masa logró cortar una calle del centro de la capital, ni más ni menos que la de Génova. A pesar de semejante altercado, en un alarde de admirable astucia, los activistas lograron evitar cualquier posible reconocimiento facial: sus rostros estaban convenientemente cubiertos por mascarillas quirúrgicas, que por lo demás exhibían los emblemas de esta épica batalla: la estrella marxista (camuflada como parte de la bandera de la Comunidad de Madrid, aunque a mí no me la cuelan), o las franjas rojigualdas, que nos representan a todos, a todas, a todes. Las mascarillas unen y salvan vidas del pueblo, las traiga de gratis una ONG o el hermanísimo comisionista. No es tan difícil de entender.

Aún sigo sobrecogido a causa de algunos de los vídeos que he podido ver en Twitter, en especial con la primera línea, esa vanguardia de señoras de edad. Se trata, sin duda de otro alarde de tacticismo, otra lección magistral: ningún antidisturbios, ni siquiera los de la serie esa tan malintencionada, se atrevería a cargar contra semejante columna. ¿Es o no una genialidad? Con sus peinados enhiestos de laca podrían causar en cualquier momento un incendio sin necesidad de los engorrosos cócteles molotov. Por si fuera poco, para desorientar a las fuerzas represivas, esas señoras se hacían las despistadas, como si fuera su primera acción, como si precisamente no estuvieran curtidas en el fragor de la guerrilla urbana. De ese modo fingían no darse cuenta de que algo, la rima sin ir más lejos, no terminaba de funcionar en su cántico: «Luego dirán que somos cinco o seis». A mí, repito, no me la cuelan.

Aún sigo sobrecogido a causa de algunos de los vídeos en Twitter, en especial con la primera línea, esa vanguardia de señoras de edad. Se trata, sin duda de otra lección magistral: ningún antidisturbios se atrevería a cargar contra semejante columna

Aquello fue una especie de festival de la fraternidad, el Génova Fest. Nunca antes habían cobrado tanto sentido los versos de la catalana, con perdón, Rigoberta Bandini: «Paremos la ciudad sacando un pecho fuera al más puro estilo Delacroix». Esa letra contiene un mensaje cifrado. Pongan unas estrellitas a la bandera del famoso lienzo y sustituyan el rostro de la insulsa francesa por el de nuestra nueva reina Isabel (reina nunca monárquica, sino del pueblo, popular, que no se me malinterprete). Comprenderán así que, en realidad, la cancioncilla de la teta no es tal, sino el himno que llamaba a los disturbios madrileños; nuestro Grândola carpetovetónico, para entendernos. De ahí que los poderes mediáticos y fácticos sabotearan la votación del Benidorm Fest, faltaría más. Pero no les sirvió de nada.

No sabemos si se cumplirá eso de «¡Casado, bandido, deja el partido!», aunque todo indica que sí, que los nuevos «borrokas» de la lucha social se apuntarán un tanto inolvidable, que harán que suene otra vez aquel viejo tema de los argentinos Las Manos de Filippi: «Los mejores, los únicos, los métodos piqueteros./ Corte de ruta y asamblea». Seguramente no sigan con los siguientes versos: «Que en todos lados se vea/ El poder de la clase obrera». O sí, aunque con algún cambio que otro: «Que en todos lados se vea/ El poder de los cayetanos». Total, ya hemos comprobado que esta revolución acabará incluso con rémoras como la rima. Así que, desde aquí, mi más sincero agradecimiento.

Gracias Casado, Ayuso y asesores respectivos. Nos habéis devuelto la esperanza: a las barricadas, que la lucha sigue.

Un paso más en el odio a los menores

  • Moreno BonillaLa privatización del sistema de Justicia juvenil es el último paso de la Junta en el ataque continuo a los menores más necesitados

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Cuando la pandemia todavía ocupaba la mayor parte de la actualidad informativa, la Junta de Andalucía aprovechó para cerrar el último centro de menores infractores que quedaba de gestión pública. En realidad, suponía la consumación de un proceso iniciado con los gobiernos socialistas, aunque siempre de manera más paulatina, poquito a poco, como estilaban, hasta que ya no había vuelta atrás. Finalmente, el mes pasado, el Gobierno de Moreno Bonilla concluyó los pasos para privatizar por completo el sistema de Justicia juvenil en Andalucía. Eso ocurría a la vez que nos enterábamos de cómo en Madrid, y también en Valencia, chicas menores tuteladas por la Comunidad eran captadas para su explotación sexual, en un infierno que pasaba igualmente por convertirlas en adictas a las drogas.

En Andalucía no han faltado tampoco escándalos de graves consecuencias, incluida la muerte del joven Ilias Tahiris en un centro de menores infractores, que desde el Gobierno se trató de minimizar con informaciones tergiversadas, hasta que actuó el Defensor del Pueblo. La muerte de Tahiris y la explotación de esas chicas habría provocado que cualquier gestor con un mínimo de sensibilidad hiciera todo lo necesario para garantizar la protección de los menores a su cargo, un sector especialmente delicado. Sin embargo, entregar la gestión de estos centros a los intereses de mercado denota una salvaje falta de humanidad.

El cierre y la privatización de estos centros ha arrojado a los menores y a sus familias a un periplo de mayor inestabilidad y falta de atención, al tiempo que las plantillas se han visto, de un día para otro (a veces de manera literal), despojadas de sus puestos y trasladadas de forma aleatoria a otras instituciones. Aquí pueden leer el testimonio en primera persona de una de esas trabajadoras. Semejante desprecio a los profesionales que cuidan a los menores más vulnerables sí es marca de la casa Moreno Bonilla. Y duele, además, porque desde que Imbroda ocupa su cargo como consejero de Educación se está llegando a situaciones inimaginables.

En lo peor de la pandemia Imbroda abandonó al alumnado sordo, al que dejó sin intérpretes para seguir telemáticamente las clases durante los meses escolares del confinamiento. En la actualidad, ese maltrato lo ha hecho extensivo incluso a las PTIS (Personal Técnico de Integración Social), profesionales de los centros educativos al cuidado de las niñas y niños con necesidades especiales. Imbroda y su jefe se niegan a considerarlas personal esencial; por el contrario las quieren convertir en «complementarias». La inquina ha alcanzado tal extremo que, para acallar las protestas, a ellas también las trasladan, y si hace falta a horas de distancia de su puesto habitual. Les castiga, sí, pero además ocasiona intensos trastornos a unos menores particularmente vulnerables que, a lo largo de los cursos, ya habían generado un vínculo con su cuidadora, repentinamente desplazada.

Yo no salgo de mi asombro, no me quiero acostumbrar. La Junta y varias de sus Consejerías están en manos de individuos que, por encima de cualquier otra consideración, siempre pondrán el beneficio económico, incluso cuando se trate de niñas y niños. No representan a la mayoría de la ciudadanía andaluza, eso es obvio, por mucho que se hayan adueñado de materias tan sensibles. No les frenan ni las protestas, ni los parones ni las huelgas y manifestaciones. Y aun así, pretenden adelantar las elecciones autonómicas, seguros de una victoria más holgada, quién sabe si metiendo a Vox en el Gobierno. ¿De verdad lo vamos a permitir? Para mí, en las próximas elecciones se vota por algo más que la pura gestión política y económica. Votaremos por la vida.

Lo que esconde el bono joven para alquiler de vivienda

Poner este tipo de parches, justo cuando se anuncia la nacionalización de la SAREB por 35.000 millones de euros, ratifica que la vivienda sigue siendo uno de los derechos más maltratados en España

se alquila[Publicado orginalmente en elDiario.es]. La ayuda al alquiler de viviendas para jóvenes que ha anunciado el Gobierno es no solo necesaria, sino imprescindible, pero lo es, fundamentalmente, porque no hay ninguna voluntad política de solucionar un problema estructural. Poner este tipo de parches solo viene a ratificar que, en España, la vivienda sigue siendo uno de los derechos más maltratados. Desde que en el franquismo se implantó la idea de construir «un país de propietarios, y no de proletarios», la vivienda pasó a considerarse, de facto, una mercancía más sujeta a los vaivenes del mercado, a la pura especulación.

Ningún gobierno de la democracia ha revertido esta situación. Ninguno. De hecho, la ley de vivienda que este año será aprobada presenta tales deficiencias que Amnistía Internacional, entre otras organizaciones, ya ha avisado de que puede incumplir el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU, del que España es firmante. En realidad, somos el único país firmante al que regularmente se le notifican informes para cuestionar sus actuaciones en materia de vivienda. Desde 2015 hasta el año pasado ya hemos recibido seis, siempre referidos a la Comunidad de Madrid.

 

Falta tanto por hacer que acabamos de sufrir uno de los episodios más bochornosos en este asunto: la nacionalización (el rescate) de la SAREB, el banco malo, lo que ha supuesto 35.000 millones de incremento de la deuda pública, cuando nos habían prometido que no iba a costar ni un euro a las arcas del Estado. Eso era mentira, una más del exministro Luis de Guindos. Recordemos que la SAREB se creó en 2012 para comprar los activos inmobiliarios de las cajas de ahorro y de los bancos privados que habían quebrado con el estallido de la burbuja inmobiliaria. La SAREB adquirió 500.000 viviendas, pero la opacidad fue la norma y nunca se ha hecho público el listado. Al contrario, en la práctica se ha convertido en una inmobiliaria más, en lugar de una agencia pública para garantizar el acceso a la vivienda. Esto fue posible ya que «la Unión Europea, el Estado y el sector financiero crearon alrededor de SAREB un entramado legal que les permitiese privatizar los bienes adquiridos en el rescate bancario sin interferencias sociales, periodísticas o judiciales», como explica Manuel Gabarre en este artículo.

 

Evidentemente, como ha dicho el presidente del Gobierno, las dificultades de acceso a la vivienda para los jóvenes suponen un verdadero drama, pero anunciar un bono mensual de ayuda al alquiler no cambia en nada el problema estructural

Mientras tanto, en España el paro juvenil roza el 30%, la patronal se revuelve cada vez que se habla de subir el salario mínimo, los jóvenes se emancipan casi a los 30 años y el suicidio es ya la primera causa de muerte en ese segmento. Evidentemente, como ha dicho el presidente del Gobierno, las dificultades de acceso a la vivienda para los jóvenes suponen un verdadero drama, pero anunciar un bono mensual de ayuda al alquiler no cambia en nada el problema estructural. De hecho, se estima que el bono alcanzará solo a un 1% de esos jóvenes.

Ese bono no hace magia: no va a poner más viviendas en el mercado, tampoco va a convertir a la SAREB en una promotora de vivienda social (a pesar de esos 35.000 millones que nos ha costado), ni va a corregir el hecho de que, con la ley de alquiler de vivienda prevista, el 85% de los propietarios quede fuera del control de precios (ya que el texto solo habla de grandes empresas que cuenten con más de 10 viviendas). Al contrario, es muy posible que intensifique la especulación con la vivienda, que suban incluso los alquileres si no hay controles estrictos. Si casi uno de cada tres jóvenes no tiene empleo (un requisito para acceder al bono), si el Ingreso Mínimo Vital está diseñado para otro perfil (aunque nadie sepa bien para cuál), si la nueva ley sigue considerando, en el fondo, la vivienda como un bien de consumo más, ¿qué soluciona el bono joven?

No es tanto lo que soluciona, sino lo que tapa, la cortina de humo que oculta las vergüenzas de todos nuestros gobiernos. No es casual, ni mucho menos, que se haya anunciado el bono joven, para el que ni siquiera se han diseñado los mecanismos de solicitud, a la vez que la nacionalización de la SAREB. En España, el Ministerio de la Vivienda suele ser ornamental, y sus competencias se arriman más al de Economía: un negociado en el que cambian los nombres, pero nunca la ideología.

Cuando el animal eres tú

  • Hay que tener muy poca dignidad humana para alardear de comer carne procedente de animales torturados de manera tan cruel como innecesaria

Veterinary neglect
Veterinary neglect is common to all farms visited. Animals that suffer from innumerable health problems are not treated for reasons of economic profitability. / October, 2019. Castilla la Mancha.

[Publicado orginalmente en elDiario.es]. Hace una década dejé de comer carne, pero jamás he sentido ningún afán proselitista. Nunca he escrito un artículo, una columna o un simple post en redes sociales. No me invadió el furor del neófito ni alguna suerte de sentimiento de superioridad moral. Daba por hecho que quienes me rodean toman sus propias decisiones con criterios tan legítimos como los míos. Lo que no hubiera podido imaginar es que, a remolque de las declaraciones o, mejor dicho, de las declaraciones manipuladas del ministro Garzón, íbamos a toparnos con individuos que presumen de comer carne procedente de animales torturados de manera tan cruel como innecesaria. Hay que tener muy poca decencia para algo así.

Los datos sobre la explotación animal en España son desoladores, injustificables, aberrantes. Sin lugar a duda revelan una falla como sociedad, por mucho que se intente adornar. Si no quieren perder más de veinte minutos basta con este documental (Factoría. La explotación industrial de cerdos). Gracias a grabaciones no autorizadas se puede comprobar hasta qué límites inhumanos se somete a sufrimientos salvajes a la mayor parte de los cerdos cuya carne acaba en nuestros supermercados. No en vano, la explotación de macrogranjas en España, que ya tiene en peligro de contaminación a un 40% de nuestros acuíferos, nos ha situado fuera de la legalidad europea.

Todo cuanto ha dicho Garzón sobre esas macrogranjas es bien sabido, e incontestable, y por añadidura va en perfecta sintonía con la supuesta agenda medioambiental y de salud del Gobierno. Estados como Países Bajos ya tienen, de hecho, un Ministerio para reducir el impacto de la industria porcina. Aun así no extraña que en estos días hayamos tenido que oír chistecitos de todo el espectro de la derecha, que por alguna razón saca pecho ante la explotación animal. Lo mismo ocurre con los rojipardos, siempre rápidos para soltar su catequesis de batiburrillo, por no hablar del extremo centro, tan preocupado porque el Burger King puede perder su esencia de pueblo si vende hamburguesas veganas. Estos argumentos ridículos y demagogos han abundado estos días por redes, y no es para menos, ya que cualquier análisis fino los desbarata ¿De verdad alguien piensa que las políticas de reducción de consumo de carne pueden llevar a la desnutrición de las «clases populares», o que se trata del arma con la que la malvada izquierda caviar acabará con los obreros?

Lo peor, con todo, viene del abanico progre, que encabeza el presidente del Gobierno, que abrió la veda con su gracieja sobre el chuletón al punto. Cada vez que se descuida le sale el verdadero cuñado que lleva dentro, lo que ya ha provocado algún sonrojo entre sus homólogos. Le ocurrió al presidente de Canadá cuando en rueda de prensa conjunta tuvo que ver cómo Sánchez se tomaba a broma que en su país se fuera a legalizar el cannabis. A Trudeau no le quedó más remedio que ponerle en su sitio, con mucha elegancia, por cierto.

Todos vivimos con contradicciones, asumimos nuestras incoherencias, aceptamos cierta dosis de autoindulgencia, sopesamos los pros y contras de algunas actitudes que no resultan precisamente ejemplares. Comer carne de animales hacinados en cubículos insalubres, animales que raramente ven la luz del sol, que pierden la visión, que padecen dolorosas malformaciones, trastornos innumerables, como el canibalismo, muertes cruentas, etc… es, necesariamente, una de esas vergüenzas por las que cualquiera con un mínimo de dignidad pasaría de tapadillo. Por el contrario, alardear de ello es nauseabundo. De ahí que por primera vez en diez años haya escrito una columna a la que siempre me negué. Ojalá sea la última.

‘Nola’, de Antonio Jiménez Morato: escribir desde la Second Line

  • En el año que expira, tan raro y convulso, este libro puede servirnos para viajar por muchos territorios, imaginarios y reales, sin restricciones pandémicas. Yo lo he hecho, y me lo he pasado estupendamente

Nola_opt[Publicado originalmente en elDiario.es.] Antonio Jiménez Morato ha construido de manera explícita su último libro (editado por Jekyll and Jill) como una buena jam de jazz: «[…] una línea melódica cambiante, que se va apoyando en los refuerzos que cada uno de los instrumentos traza en sus variaciones sobre el motivo, y permite así al solista liberarse en cada momento de la carga de la melodía principal» (p. 383). No podía ser de otro modo en un libro que lleva por título Nola, como popularmente se conoce a Nueva Orleans, ciudad que al autor visitó unos pocos días para, por distintos avatares, tiempo después acabar residiendo en ella durante algunos años.

Nueva Orleans es, por tanto, solo la excusa para poner a bailar la Second Line, toda esa gente que sigue a los músicos de la primera sección de los desfiles, que los sigue en segunda línea. Es ahí donde está la verdadera diversión, el ritmo, la cadencia propia de la ciudad. Es ahí donde se trazan esas variaciones sobre el motivo principal. Y es ahí en lo que Nola se convierte en la Second Line, en todos esos meandros que se bifurcan desde su corriente principal hasta formar un delta de veinticuatro capítulos y más de cuatrocientas páginas, un Misisipi donde el lector encontrará disquisiciones sobre la amistad, la literatura, la música, la arquitectura, la fotografía, el racismo, la violencia, la educación universitaria en Estados Unidos… Todo ello, como no puede ser de otro modo, en largos fraseos, o en bruscos cambios de ritmo, en solos intimistas o compases corales.

No encontrará el lector, por si anda despistado, algo así como una guía, más o menos original, sobre la ciudad, ni siquiera el relato de una experiencia, ni tampoco, por raro que parezca, exactamente una mirada. El juego es otro, y si se quiere disfrutar plenamente de él hay que aceptarlo desde el inicio: el juego consiste en admitir que Nueva Orleans es solo un reflejo de la vida, y que la vida se limita, en buena medida, al relato que hacemos de ella. Este libro refleja, por tanto, una vida en un período concreto, y como tal no se puede reducir a un motivo, ni a una planificación, sino que nos irá llevando de un lado a otro, por mucho que la geografía se limite a la de la ciudad. A ese vaivén se deberá entregar uno, sin sacar conclusiones por anticipado, sin intentar averiguar qué viene después, ni siquiera sin tratar de discutir con las observaciones del autor, o del narrador. El juego es contemplar el discurrir de este libro caudaloso, y sentir que a través de esa contemplación uno también forma parte de su vida. En ello reside, de algún modo, el objetivo implícito de Nola, que no es poco, y que requiere una ambición notable.

Como toda narración del yo, la memoria se transforma aquí en una suerte de ficción y, como toda ficción bien elaborada, resulta verdadera. No en vano, desde su posición de crítico, editor, traductor y autor, Jiménez Morato lleva años profundizando en los mecanismos de la literatura, especialmente en la que se escribe, sobre todo en su generación, al otro lado del Atlántico. Probablemente sea esta su partitura más personal, un paseo por una ciudad que quizás solo exista, o sin duda solo exista de esta manera, en su escritura. Un paseo, a fin de cuentas, que en este año que expira, tan raro y convulso, puede servirnos para viajar por muchos territorios, imaginarios y reales, sin restricciones pandémicas. Yo lo he hecho, y me lo he pasado estupendamente.

Que se mueran los africanos

Sabíamos que si solo nos vacunábamos en la parte privilegiada del mundo el virus mutaría hasta alcanzarnos de nuevo, pero seguimos sin liberar patentes ni repartir dosis de manera equitativa

Ya no tenemos vergüenza, ahora vamos a cara perro, sin disimular lo más mínimo, aunque solo sea por simple decoro. ¿Para qué? Se acabó mantener las formas, si total, ya lo sabemos de sobra: el bienestar de unos pocos se sustenta en el sufrimiento de muchos. Eso es el capitalismo, ¿no? Así que ahí vamos, de cabeza hacia la tercera dosis generalizada de la vacuna, que para eso nos la podemos permitir, y si hace falta, una cuarta, o una quinta, las que resulten necesarias. Lo de menos es que los epidemiólogos insistan una y otra vez en que, en una pandemia global como esta, las soluciones locales no atajan el problema. Lo llevan repitiendo desde hace un año, cuando comenzó la campaña de vacunación: si solo nos vacunamos en la parte privilegiada del mundo, el virus mutará, se volverá así más escurridizo y encontrará formas de expandirse y alcanzarnos de nuevo. Es exactamente lo que ha pasado con la variante ómicron.

Estábamos más que prevenidos, así que la Comisión Europea ha entonado un sincero mea culpa. Su presidenta, Ursula von der Leyen, que para algo es médica de formación, ha declarado que ya no hay excusas, que es hora de repartir equitativamente las vacunas, aunque solo sea por el egoísmo elemental de protegernos frente a futuras variantes. Para ello, ha continuado, nada mejor que liberar las patentes, puesto que de esta manera se podrían producir 60 millones de dosis diarias. Es broma, ya lo saben, su poca imaginativa propuesta ha sido esa de la tercera dosis, y cuando el virus siga mutando nos propondrá otra, y luego otra, y así hasta que, por ejemplo, todos esos molestos africanos que tienen la manía de contagiarse se mueran de una vez.

De momento van por el buen camino. De hecho, aunque la media de personas vacunadas en el continente es del 12%, con países como Sudáfrica que la doblan, hay otros, como El Congo o Tanzania, donde prácticamente nadie ha recibido un solo pinchazo. Aquí en España estamos dando nuestro empujoncito a la cosa, y la Comunidad de Madrid se puede permitir tirar a la basura 100.000 dosis de vacunas antes que donarlas a cualquiera de esos países.

Cuando comenzó esta crisis nos dijeron, y lo siguen haciendo, que estaba aprendida la lección de 2008. No es verdad. La salida de esta crisis, otra vez, vuelve a ser típicamente capitalista, aunque de otra forma. Si entonces se rescató a los bancos, ahora se ha decidido enriquecer a unas pocas farmacéuticas, la llamada Big Pharma. Ni se liberan las patentes, ni apenas si distribuyen vacunas fuera del G-20, ni se apoya la alianza COVAX impulsada, entre otros, por la OMS, que a estas alturas parece una agencia de prensa sin capacidad alguna de intervención.

Así nos va: rozamos ya los cinco millones y medio de muertos contabilizados y más de 270 millones de contagiados, aunque hay multitud de países que no ofrecen datos. En España seguimos contando por decenas los muertos diarios. Pese a ello, a este lado del Estrecho estamos tan calentitos al abrigo de privilegios como el de una sanidad universal que no faltan quienes rechazan vacunarse. Sin embargo, Von der Leyen, y con ella nuestro Gobierno, no deberían desesperarse si tantos antivacunas han decidido no mirar por los demás, si con su actitud no contribuyen a alcanzar la inmunidad colectiva. ¿A fin de cuentas no es eso lo mismo que, a otra escala, hace Europa con cada negativa al reparto equitativo y la liberación de patentes? Lo mismo, y a cara perro, sí.

Ruido

Una de cada cinco personas en Europa está expuesta todos los días a niveles de ruido perjudiciales para la salud, pero a muchos gobiernos municipales les parece que reducir la contaminación acústica es otra excentricidad de la Agenda 21

[Publicado originalmente en elDiario.es]. Varias veces al año las calles que rodean mi barrio están en obras. De repente aparecen cuadrillas enviadas por el Ayuntamiento, siempre a cargo de alguna constructora mencionada en los papeles de Bárcenas, y comienzan a destripar las mismas aceras de unos pocos meses atrás. Ocho horas al día el vecindario debe convivir con el estruendo de los enormes martillos neumáticos a causa de unas obras que, en numerosas ocasiones, no tienen absolutamente ningún fin de conservación ni mantenimiento. Son una de las poco imaginativas maneras que el Gobierno de Málaga, igual que el de tantos otros municipios, ha encontrado para crear empleo.

En el caso malagueño no es de extrañar. No me refiero a que una de esas empresas comprometidas en los papeles de Bárcenas sea de matriz malagueña, Sando, sino a que aquí la política medioambiental pasa siempre de refilón. No importa que la disminución de la contaminación acústica suponga uno de los objetivos explícitos de la tan traída y llevada Agenda 21. De hecho, contamos ya más de una década con obras para la construcción del metro, que constantemente sufren retrasos injustificables y arruinan la salud de tantas personas. Las concejalías de movilidad y medio ambiente optan por favorecer el tráfico a motor frente a otros silenciosos, como el de las bicicletas. De hecho, le acaban de dar (o eso intentan) la última estocada al eliminar, directamente, el servicio de alquiler municipal.

Aquí en Málaga ha tenido que llegar un juez que, sobrecogido, en una sentencia que no tiene desperdicio, ha condenado al Gobierno de Francisco de la Torre por el «descaro» con el que ha ignorado el ruido del centro que, desde hace años, impide el descanso a los vecinos.

Hace algún tiempo un concejal del Consistorio dijo que quien quisiera silencio se estableciera en Churriana, un distrito de las afueras en lo que antes era zona rural. Sin embargo, permitió que siguieran operando en el entorno varias canteras ilegales. Así que ni eso.

El ruido, que va camino de convertirse en otra pandemia, paradójicamente silenciosa

Una de cada cinco personas en Europa está expuesta todos los días a niveles de ruido perjudiciales para la salud, principalmente como consecuencia del tráfico, ese que en Málaga no dejan de incentivar. El ruido, de hecho, es en nuestro continente el segundo factor de estrés medioambiental más dañino. En España esto provoca anualmente al menos 1.100 muertes prematuras, 4.100 hospitalizaciones y problemas para dormir a 2,3 millones de personas. Se ha comprobado el aumento significativo de afecciones cardíacas y de procesos de estrés, miedo y ansiedad, así como de digestión, de dolores de cabeza o de inapetencia sexual.

En suma, el ruido genera problemas de salud nada despreciables y, por tanto, carga más el sistema sanitario. La pandemia ha puesto de manifiesto las carencias de nuestro sistema, sobre todo en la atención primaria. Eso explica en buena medida el colapso hospitalario, que la Junta de Andalucía va a agravar con el despido de 8.000 profesionales. Al mismo tiempo ha revelado que la falta de atención a la salud mental obedece a una mirada arcaica, como si cuerpo y mente estuvieran disociados. Que alguien le explique a un enfermo de cáncer que la ansiedad que sufre no tiene nada que ver con el retraso en su tratamiento, por ejemplo.

Lejos de buscar soluciones, algunos gestores incluso sacan pecho. Eso también sucede con el ruido, que va camino de convertirse en otra pandemia, paradójicamente silenciosa. Así, no son pocas las ciudades que repiten el modelo malagueño. El transporte público se convierte en una excentricidad o una opción marginal (y de marginados), sin siquiera aparcamientos en las cabeceras. Se centralizan las ventanillas de la administración pública en un solo punto, en lugar de en los distritos, lo que provoca incesantes desplazamientos. Se legisla contras las bicicletas. Se crea empleo público a golpe de obras. Se limpian las calles, se recoge la basura o se cuidan los jardines con maquinaria ruidosa y a veces a horas intempestivas. Y, de propina, se elige el turismo de borrachera como foco principal de atracción.

Cuando tomemos conciencia de este problema habrá que hacer mucho ruido para que nos escuchen. Esa será la única ocasión, ya lo verán, en que esos gestores guarden silencio.[

La Casa Invisible contra la política de muerte: frenemos el desalojo

  • ¿Por qué ahora, cuando la ciudadanía castigada por la pandemia necesita espacios propios, el alcalde de Málaga anuncia el desalojo urgente de La Casa Invisible? Por su odio a la vida feliz, a la alegría, a lo común, al encuentro no tutelado de la gente

ManiInvi_opt[Publicado originalmente en elDiario.es]. El acalde de Málaga es un necropolítico, un novio de la muerte que detesta cualquier brote de vida en su ciudad. Detesta las iniciativas vecinales, las redes solidarias, las experiencias cooperativas. Detesta, incluso, y de una manera ridícula, las bicicletas y los espacios verdes. Ni siquiera soporta el patrimonio urbanístico, como si cada edificio histórico le recordara que, antes de él, hubo vida por estas mismas calles. El alcalde de Málaga, con una meticulosidad rayana en lo patológico, ha aplicado su piqueta hasta despojar el centro de la ciudad de su carácter y personalidad. Y ya puesto, de sus habitantes. Si uno ve los tuits diarios con los que el alcalde de Málaga repasa los índices de contagios y fallecimientos de esta pandemia, no encontrará muestras de dolor o de humana compasión, sino la fría matemática de la muerte. Con todo, nada más simbólico en su macabro culto que la obstinación con la que se niega a cumplir la ley de memoria histórica. De ese modo, el callejero de barriadas enteras, la mía sin ir más lejos, homenajea a los militares malagueños alzados con Franco. No en vano, a Francisco de la Torre, el necroalcalde de Málaga, solo le sacan de sus casillas cuando le proponen retirar los honores de la ciudad a los ministros franquistas con los que tantos buenos momentos compartió, allá durante su mandato como presidente de la Diputación al final de la dictadura.

Se pueden buscar razones de orden meramente político para explicar por qué ahora, justo cuando la ciudadanía, tan castigada por el rigor fúnebre de la pandemia, necesita espacios propios, ha anunciado el desalojo urgente de La Casa Invisible. En realidad no hay tantas; es su mero odio a la vida feliz, a la alegría, a lo común, al encuentro no tutelado de la gente. Eso le puede, le despierta su lado luctuoso. Por eso, como siempre que se ve acorralado y carece de argumentos políticos, recurre a la mentira.

Las mentiras de De la Torre

Dice el necroalcalde que el edificio que acoge La Casa Invisible desde hace casi quince años no es seguro. Miente. La última de las muchas inspecciones que ha tenido el edificio data de este mismo verano, y una vez más acreditó su seguridad estructural, lo que se debe gracias al extraordinario trabajo de conservación y a las aportaciones económicas de toda su comunidad, que no recibe un céntimo de las administraciones.

Dice el necroalcalde que su Gobierno pretende rehabilitar el edificio y que para ello es imprescindible desalojarlo. Miente. Las rehabilitaciones por fases, sin desalojo, son habituales en edificios administrativos, hospitales o museos, sin ir más lejos. La Invisible presentó ya en 2016 un proyecto de rehabilitación. Fue elogiado y aprobado por la Gerencia de Urbanismo y premiado por el Ministerio de Cultura, que destacó el respeto a las características históricas del edificio, las técnicas y elementos escogidos con criterios medioambientales y que evitara el desalojo mediante una rehabilitación por fases.

Dice el necroalcalde que su Gobierno cuenta con otro proyecto de rehabilitación. Miente. En este caso una mentira de corto vuelo. La propia junta de gobierno ha reconocido que, en realidad, una de sus opciones pasa por el desalojo para entregarle el edificio a la piqueta demoledora (eso sí, conservando la fachada) de algún fondo de inversión (probablemente relacionado con el turismo) y que éste se encargue de la rehabilitación. Esta opción se entiende desde el momento en que los propios servicios municipales dictaminaron hace tiempo que el uso cultural del edificio no resultaría rentable. De hecho, ese tipo de privatizaciones encubiertas resultan muy habituales en Málaga. El Ayuntamiento las llama «cesiones», aunque sean por 75 años.

En el año 2011, cuatro después de que una nutrida red de creadores y activistas locales ocuparan el inmueble de propiedad municipal de calle Nosquera 9-11, el Ayuntamiento de Málaga (junto con la Junta de Andalucía, la Diputación de Málaga y el Museo Reina Sofía) alcanzaron un convenio de cesión temporal del edificio. La Invisible cumplió todos los puntos del convenio, pero De la Torre se escabulló a la hora de firmar. Por eso, según los servicios jurídicos del propio Ayuntamiento, la situación del edificio es de «cesión en precario». En suma, ¿razones políticas? Bueno: más ciudad escaparate, de cartón piedra, más ciudad concebida para el negocio y los visitantes, más turismo, más expulsión de vecinas, más beneficio privado, menos beneficio social. Más dinero (para los de siempre), menos bienestar (para los de siempre).

Más necropolítica. Por eso, la manifestación que ha convocado La Invisible para el 27 de noviembre es una celebración por la vida. Nos vemos.