Antes de nada un aviso a quien pretenda sumergirse en esta hermosa novela: no lea la contracubierta, pues en ella, de manera inexplicable -ya que el autor dosifica con pericia el misterio y el enigma del relato-, se desvela la trama entera del libro.
De Pérez Azaústre (Córdoba, 1976), poeta y narrador, no había leído uno antes nada, y al concluir Los nadadores constata que, en efecto, se trata de un autor dotadísimo, con oficio sobrado, que sabe muy bien de qué va esto de la literatura, que domina el pulso del relato, su cadencia, su tempo, sus entresijos todos, a los que mima con precisión de relojero, sin concesiones a la superficialidad.
La primera página ya nos revela, con descaro, la apuesta que Pérez Azaústre pretende mantener hasta el final de la partida: las jornadas de natación de un aficionado en una piscina pública de una gran ciudad serán el leit motiv que guíe una novela ya desde su inicio simbólica. El riesgo parece evidente. En primer lugar porque la natación es un deporte solitario, cuya descripción por tanto puede resultar anodina; en segundo lugar porque, en relación con lo primero, resulta lógico que esa soledad dé paso a una introspección compulsiva, lo que si no se resuelve con solvencia puede lastrar un relato que, como es el caso, aspira genuinamente a la construcción de argumento y trama, y en tercer lugar porque, dada esa apuesta, el otro riesgo previsible es el de caer en un relato de intrascendente corte costumbrista, donde las jornadas en la piscina se conviertan en la excusa poco convincente para retratar la vida de sus usuarios. Ya hemos dicho que Pérez Azaústre cuenta con oficio.
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