Nápoles y el paralelo 43

Foto: Wikipedia
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[Hace más de 13 años, tras varias visitas a Nápoles, escribí para una publicación ya extinta este reportaje. He vuelto en varias ocasiones, la última hace tan solo unos días, y me sigue fascinando del mismo modo, así que tengo una buena excusa para recuperar ese viejo reportaje]

Según cierta teoría jamás formulada Europa estaría dividida por un eje que la atravesaría de Este a Oeste y que vendría a coincidir con el paralelo 43. Este paralelo, que corta por los Pirineos, establecería la frontera entre lo que podríamos considerar la Europa septentrional y la meridional. Se trata de un modo jocoso de dar una explicación “empírica” al hecho indubitable de que se asemejan más en el carácter un español y un griego -ambos meridionales- que, por ejemplo, un español y un francés, a pesar de la disparidad en las distancias. Se podría afinar más: una napolitano y un manchego tienen más similitudes que un napolitano y un milanés, y es que ciudades como Milán o Florencia quedan al norte del mencionado paralelo, que en el país italiano corta a la altura de la ciudad de Ancona. A pesar de lo que tiene de boutade esta afirmación no deja de ser cierto que todo aquel meridional que recorre Italia y llega a Nápoles siente, quizá por primera y única vez en su viaje, que está en casa.

Dicen que de un lustro a esta parte la ciudad ha cambiando notablemente y que lo que antes representaba Nápoles se encuentra hoy, sobre todo, en Palermo, la principal ciudad de Sicilia. Pero es cierto sólo a medias, porque a Palermo le falta el bullicio de esta ciudad superpoblada. Aun así, conviene preguntarse qué es eso que caracteriza a Nápoles. Por supuesto son muchos los factores, algunos de los cuales se irán desentrañando aquí, pero todos ellos cabría resumirlos e una sola idea: Nápoles se niega a ser “europeizada”, en el mal sentido de la palabra. En su novela La balsa de piedra, José Saramago desgajaba la Península Ibérica del resto del continente. De este modo España y Portugal descubrían las raíces comunes que unen a los dos países y que, en esta Europa que tiende a la uniformización según patrones centroeuropeos o nórdicos, corrían el riesgo de olvidarse. Es una metáfora que podríamos extender a toda la Europa del Sur, ya que hablamos de un temor legítimo, el de anular la propia idiosincrasia, contra el que se revelan ciudades de solera y arraigadas tradiciones, como Lisboa o Nápoles, por otro lado europeas y cosmopolitas. Si en algo fascinan estas dos ciudades es precisamente en que en ellas vive más que en ninguna otra gran ciudad latina un mundo propio y tradicional, tan genuino que no se desvanece, pero que al mismo tiempo abre sus puertas a la modernidad y la acoge sin complejos. Seguir leyendo “Nápoles y el paralelo 43”