Todas tenemos una moto de agua

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Foto: Eloy Muñoz

El viernes 16 de abril participé en Versometraje, actividad del MAF, el Málaga de Festival, que calienta motores de cara al Festival de Cine Español. Varios escritores y escritoras seleccionamos una secuencia de una película y leímos un texto a partir de ella. Elegí la escena de Barrio, de Fernando León de Aranoa, en la que a uno de los tres chavales que protagonizan la película le roban la moto de agua -que le ha tocado en un sorteo y jamás, viviendo en Madrid y sin un duro, podrá utilizar- y acaban riéndose porque «no le han dejado ni las ruedas». Este es el texto que leí:

«¿Se puede resistir sin alegría? No, en todo caso se puede aguantar. Resistir es algo distinto, resistir, que decía un filósofo, implica crear. La alegría, por tanto, es creadora, aunque sea solo de vida. Y la vida, que decía otro filósofo, es potencia. Resistir con alegría es vivir; sin alegría, ese aguante es mera supervivencia.
Todas y todos tenemos sueños inalcanzables, y ese tipo de sueños solo generan esperanzas. La esperanza, decía también uno de esos filósofos, es una de las pasiones más tristes para un ser humano. Especialmente para un joven, añado yo. La esperanza no nos mueve: nos hace aguantar, por si acaso, y aquí estamos hablando de la alegre resistencia. ¿Quién no tiene alguna moto acuática atada en una farola de una ciudad de interior? Nuestras motos inútiles no son sueños baldíos: son el aviso de que en algún lugar está el mar. Nuestras motos inútiles no son una esperanza: son la señal de hacia dónde debemos caminar. Y si es en grupo mejor, porque siempre habrá alguien para reírse cuando lo olvidemos, cuando confundamos la moto con la esperanza.
Este texto, por tanto, no pretende vender una moto. Lo que pretende es decirnos que habrá muchas noches en que volvamos a casa cargados de ilusión y, en un instante, un golpe imprevisto la desvanezca. Por eso no debemos volver a casa solas o solos: necesitamos que nuestros amigos, al reírse, nos recuerden que no se ha desvanecido la ilusión, sino su espejismo. Y entonces, cuando sus risas nos contagien, caeremos en la cuenta de algo que ahora nos parecerá evidente: seguro que tenemos una moto más atada en otra esquina. Y ojalá también nos la roben.
Así buscaremos una nueva».
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