Mirada machista y literatura progresista

Foto: Sara Mateos
Foto: Sara Mateos

[Publicado originalmente en La U: revista de cultura y pensamiento]

«Mi padre era un hombre decente. O, por lo menos, eso que llamaríamos un hombre decente: alguien que, en las pequeñas circunstancias de la vida, prefiere no complicarse con las molestias de la indecencia». Con estas palabras comienza Martín Caparrós la jugosa descripción que el narrador de su novela Los Living, con la que en 2011 obtuvo el Premio Herralde, hace de su padre. Ocho páginas más adelante arranca la descripción, igualmente juguetona, aunque menos prolija, de su madre: «[…] mamá -las fotos delatan- no era alta pero sí bien rellena o, dicho de otro modo: tenía una gran distribución de grasas corporales. En las comidas, en los jabones, en los motores, en los cuerpos, todo depende de las grasas». Y un párrafo después: «En cualquier caso mamá, con sus grasas puntuales, era lo que en el barrio suelen llamar, con perdón, un bombón asesino».

No había leído Los Living y, de hecho, mientras escribo estas páginas aún no la he terminado. Bastan, no obstante, unas pocas páginas para reconocer que Caparrós es un narrador pleno de ingenio, que cuando menos te lo esperas sorprende con una metáfora deslumbrante, que saca a cada frase una musicalidad imprevisible, y que, desde luego, consigue que en cada párrafo nos divirtamos, como da la sensación que él mismo hace al escribir.

Del igual modo, sin embargo, bastan también esas pocas páginas para reconocer algo que sigue resultando demasiado común en la literatura contemporánea, y que por eso mismo no parece llamar mucho la atención: buena parte de los escritores varones describen a sus personajes masculinos en virtud de sus capacidades, carácter, ideas, conducta, etc., mientras que de los personajes femeninos nos enteramos, como en las citas anteriores, de cualidades que bien podían aplicarse, por ejemplo, a una yegua (o a comidas, jabones y motores). Incluso, pareciera que, una vez agotados los párrafos sobre las caderas, muslos, cabellera y dentadura del personaje femenino, la descripción del carácter que vendrá a continuación también podría aplicarse, por seguir con el ejemplo, a la misma yegua: si es dócil o indócil, se me ocurre. Y me centraré en eso, mujeres y hombres, cuando daría para otro artículo el tratamiento de sexualidades y sujetos no hegemónicos.

Cabría argumentar, en la estela de Pero Grullo, que el autor no tiene por qué compartir la mirada de su narrador. Por seguir con el caso de Los Living: seguramente esa es la única manera de contar cómo se expresaba un hombre joven, obrero en un barrio popular de la Argentina de los años sesenta, cuando cada mañana ve pasar delante de su taller de chapa y pintura a una mujer que le resulta muy atractiva. En literatura, sin embargo, el orden de los factores sí altera el producto.

Por un lado, debería sorprender, pero de tan habitual se diría que no lo hace, que en entradas enciclopédicas, noticias de periódicos, semblanzas y por supuesto novelas, a la hora de situar a un personaje en su contexto familiar se comienza, en clara jerarquización, por la figura paterna. Se diría que la madre solo pasaba por allí, que, una vez alumbrado su retoño, este se crio solo y ella no ejerció influencia alguna en su personalidad, o al menos no tanta como para merecer ocupar primeros párrafos.

Por otro lado, narrar en tercera persona no es lo mismo que en primera, por volver a Pero Grullo. Se presupone cierta objetividad en la tercera, con lo que en principio resultaría más difícil justificar miradas inequívocamente machistas, si bien es cierto que, estilo indirecto mediante, caben malabarismos. Más que malabarismos, pasaríamos al puro ilusionismo si debemos creer, en virtud del estilo indirecto, que mientras los hombres pueden describir a las mujeres por la sensaciones carnales que les provocan, pocas veces ocurra a la inversa.

Hombre decentes, en el caso de Los Living; mujeres con grasas puntuales, y pido disculpas por seguir con este ejemplo, que se debe a que lo esté leyendo en este momento, cuando podemos encontrar tantísimos otros. ¿Por qué las mujeres y los hombres no salen a cenar juntos o ver una película en las novelas del, por otro lado, magistral Philip Roth, sino que los hombres «sacan» a las mujeres?

Son numerosas las excusas para justificar este tipo de enfoque machista: veracidad narrativa, reflejo de la realidad, personajes que supuestamente contrarrestan, liberalidad, etc. Por alguna razón que se me escapa, se nos dice que esos argumentos, que pueden resultar perfectamente válidos, resultan incompatibles con el patriarcado. Si uno muestra las actitudes machistas de un machista, otra vez Pero Grullo nos enseña que ni el autor ni el texto deben ser necesariamente machistas. Vale. Es una cuestión de matices, esos «sacar a cenar» que se escapan, esa descripción en primer lugar del padre, esa mirada pseudo feminista de tantos textos, en las que las mujeres, en efecto, disfrutan de igualdad laboral, por ejemplo, pero luego el autor -generalmente varón- olvida que, para transmitir ese enfoque feminista al que aspira, en la casa el marido no debería limitarse a descorchar el vino mientras su mujer prepara la cena. Es posible mostrar ese tipo de contradicciones sin aleccionar ni caer en mensajes romos. Como siempre, la clave es la mirada, pero también, si a eso vamos, la pura técnica narrativa. Caparrós, en este caso Marta, una joven autora, lo logra a la perfección en su Filtraciones, colección de nouvelles editada por Caballo de Troya.

Demuestra ahí que las excusas de carácter meramente literario caen en saco roto, cuando la sensibilidad de un escritor, o escritora, es capaz de reflejar lo mismo que tantas otras obras, pero sin asomo de complicidad, así sea por descuidos u omisiones. En definitiva, Pero Grullo sabe que la literatura es también hija de su tiempo y contexto, y que puede ser machista aun intentando transmitir lo contrario, y desde luego machista aun intentando ofrecer un reflejo objetivo, si tal cosa es posible, del propio patriarcado. No es una cuestión de técnica narrativa ni veracidad, como demuestra el caso mencionado de Filtraciones. Es una cuestión de subjetividades. Y en literatura, como en tantos otros ámbitos, la de los autores suele ser, sencillamente, machista.

En nuestras manos está curarnos.

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