‘Entre el mundo y yo’, de Ta-Nehesi Coates (Ed. Seix Barral)

[Publicado originalmente en Eñe. Revista para leer]. El periodista y escritor Ta-Nehesi Coates ha escrito un brutal y conmovedor testimonio sobre lo que significa ser negro en Estados Unidos. Brutal porque no aplica ni un solo paño caliente a «quienes se creen blancos» y han construido un sistema basado en la explotación y violación sistemática «del cuerpo negro». Y conmovedor porque lo ha escrito en forma de carta a su hijo de quince años, y traspira amor y dolor a partes iguales.

«Imagina ese hijo adolescente leyéndolo», escribió en Twitter el novelista Isaac Rosa. Y lo cierto es que cuesta hacerlo, mucho. Querría uno sentirse en esa piel negra, la del hijo y la del padre, para lograr transmitir algo de la profunda verdad que remueve y trastoca a cualquiera que lea Entre el mundo y yo. Y que conste, el «cuerpo negro» de Coates no es solo un color de piel, que evidentemente no significa lo miso en Estados Unidos que en otras parte del globo. «Negros ha habido siempre», aunque «antes fueran irlandeses», por ejemplo o, por decirlo en otros términos, «subalternos», como comentábamos en estas mismas páginas. En definitiva, si precisamente allí decíamos que la categoría de «negro» es una invención (que aparece en un momento histórico determinado para justificar la violación de cuerpos ajenos, por usar la terminología de este libro), Coates va más allá y nos dice que la invención es la de «blanco».

Para su desarrollo, basado en la esclavitud, Estados Unidos creó una ficción supremacista que debía englobar un abanico tan amplio y diverso como para que solo encontrara un elemento aglutinante, por lo demás enormemente vago, como es de la «raza blanca». En términos políticos, sociales e históricos eso resulta indudable, pero ya hemos dicho que Entre el mundo y yo es una carta de un padre a su hijo, y no un ensayo al uso. Por lo tanto, lo que hace Coates es relatarnos en primera persona las consecuencias cotidianas de todo ello. Y son, principalmente, dos: el miedo y la rabia.

La impunidad con la que la policía de «la gente que se cree blanca» puede matar, golpear o privar de libertad a los cuerpos negros no supone únicamente titulares en la prensa y sentencias judiciales inauditas. Por el contrario, condiciona la manera de estar en el mundo, día a día, hora a hora, de Coates, de su familia, de sus amigos: desde la infancia ha visto cómo eran vejados, humillados y en última instancia también asesinados. Lo estremecedor es cómo Coates logra que entendamos hasta qué punto sucede eso en situaciones corrientes de alguien negro en Estados Unidos, cómo ese miedo tan real acaba configurando su subjetividad, personalidad y la manera de andar, de hablar y de actuar en cualquier espacio y cómo, a pesar de que su hijo «haya crecido con un presidente negro», esa injusticia sistémica aún se ensaña en sus cuerpos.

El propósito explícito de Coates es que su hijo comprenda los mecanismos por los que se produce ese estado de cosas, y ahí es donde entre la rabia, traducida también en el activismo. Son los momentos más duros de esta carta a un adolescente. Son los momentos implacables en los que su padre le confiesa que, aun residiendo en Nueva York, ni siquiera fue capaz de emocionarse ante los atentados de las Torres Gemelas, que no pudo sentirlos como un ataque a una patria propia, que los discursos que oyó, las fuerzas movilizadas que presenció, apelaban a un país, el de «la gente que se cree blanca», que es la culpable de su miedo y el de tantos como él.

«Quiero que seas un ciudadano consciente de que el mundo es terrible y hermoso», afirma. Y esa hermosura la encontró Oates en la Universidad Howard (Washington, D. C.), «La Meca» en la que conoció algo que, si él no nombra así, bien podríamos llamar hermandad. Esa hermosura también se la quiere trasmitir a su hijo mediante un clase de amor que los padres de tantos otros negros estaban incapacitados para ofrecer: un amor sin la violencia, la severidad ni el rigor casi salvaje de quienes se ven obligados «a demostrar que son el doble de buenos».

Y ahí radica buena parte de la angustia que, sin embargo, este hombre obsesionado con ser un buen padre plasma con una prosa sencilla y limpia, también hermosa. Es como si la misma polaridad que vemos entre el miedo y la rabia se trasladara a esta prosa, que resulta así bella e hiriente.

Como el mundo que describe.

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