ENCUADERNAR EL DUELO: TRES ESCRITORES FRENTE A LA MUERTE DE SUS PADRES.

HISTORIAS VERDADERAS

A finales de los años ochenta el escritor norteamericano Philip Roth descubrió que hay cuentas que estamos destinados a saldar únicamente ante la inminencia de la muerte. Son las cuentas con nuestros padres, envejecidos, desvalidos y desahuciados. Por aquel entonces, a Philip Roth, un escritor fecundo y torrencial, le costaba encontrar palabras para describir el estado de condescendencia que se apoderó de él desde el momento en que a su padre le diagnostican la enfermedad que finalmente le llevaría a la tumba. Alguien cercano le prestará esas palabras:

“- A tu padre lo has perdonado. Le has perdonado la implacabilidad y la falta de tacto, el ansia de hacer encajar a todo el mundo en el mismo molde. Todos los hijos pagan un precio, y el perdón implica que perdones también el precio que pagaste (…)”.

Patrimonio: una historia verdadera, es un libro que, en palabras del novelista Alberto Olmos, provoca “ganas de salir a la calle a gritar: ¡que lo lea todo el mundo!”. Y es que Patrimonio no es el relato de los últimos meses de vida del padre de Philip Roth: es el relato de ese precio que pagan los hijos, el relato de una deuda imposible de saldar en todas sus dimensiones, porque atañe a vidas enteras, pero también una deuda condonada por la escritura y los años. Si Patrimonio sobrecoge y desde el año 2003 ha tenido varias ediciones en nuestro país, es precisamente porque pese a ese perdón implícito no concede en ningún momento una postrera amnistía. Y es que no es lo mismo saldar una cuenta que pedir un ajuste de cuentas. Hay que escribir con una hondura inusual para que el lector así lo perciba, para que el lector sienta en todo momento que esa historia le hace crecer como ser humano, pero que ello no equivale a hacerse mejor persona.

Philip Roth no es un escritor romo, por mucho que algunas de sus obras, como en su día señalara Belén Gopegui, se dejen arrastrar por la corriente del pensamiento hegemónico y uno pueda echar en falta la espesura de caminos menos trillados. Y por eso, porque sabe mirar en las aristas, en las contradicciones, porque sabe escribir sobre aquello que nos hace mejores, pero también peores, en un libro como Patrimonio sólo podía ofrecernos algo irrepetible de sí mismo: el hijo ya entrado en años, el hijo exitoso, pero también el hijo marcado por el fanatismo de una educación que busca no perder sus raíces, la de una comunidad de judíos de clase trabajadora emigrados desde Europa Central a Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Esa comunidad, a la que cáusticamente reflejó en El lamento de Portnoy, es la herencia, el patrimonio al que se enfrenta Philip Roth en la figura de su padre. Y sale del reto más sabio.

TIEMPO DE EQUILIBRIO

Sin duda alguna el español Marcos Giralt Torrente ha tenido presente ese libro, al que menciona de paso, en la redacción de Tiempo de vida, un relato publicado esta primavera por Anagrama y que se asemeja en varios aspectos al del americano.

Tiempo de vida entraña un reto nada despreciable, pues nace desde el rencor y también desde el perdón, dos pesos en principio imposibles de equilibrar en la báscula de una narración que tampoco pretende erigirse como una ajuste de cuentas ni como un homenaje a la figura de su padre. Este libro nos habla de una reconciliación, la de un escritor con su padre cuando a éste le diagnostican un cáncer irremisible. ¿Resulta creíble una reconciliación así cuando el hijo no está dispuesto a olvidar los agravios del pasado? Marcos Giralt Torrente ha creído, en todo caso, que de ser posible sólo podía hacerlo abandonando la ficción. Pero dudó. Uno no escribe un libro bajo esas premisas si no está seguro de sus capacidades. Por eso Giralt Torrente no empezó a escribir hasta meses después de la muerte de su padre, al contrario que Roth, que avanzaba hacia el punto final de su libro al tiempo que su padre lo hacía hacia el de su existencia. Tiempo de vida es el duelo de Giralt Torrente, mientras que Patrimonio es una despedida. En ambos casos, si las cuentas quieren ser saldadas, sólo hay una forma: la verdad.

Abandonar la ficción, como es el caso de estos dos libros, no supone necesariamente convocar a la verdad. Hace falta que el lector se crea en todo momento que a la hora de saldar cuentas todos los activos se están poniendo sobre la mesa. Giralt Torrente, como Roth, lo consigue. Si algo transpiran estos libros es literatura, entendida en sentido galdosiano: libros, paradójicamente, cargados de vida, y por eso mismo de verdad. Si Giralt Torrente asegura que Tiempo de vida es un libro sobre dos, su padre y él, por otro lado no puede evitar los juicios, las acusaciones, incluso a terceros, pero tampoco soslayar sus propias faltas. Y lo logra. Es por eso que finalmente el fiel de la báscula que es Tiempo de vida queda, milagrosamente, equilibrado. Si Patrimonio es la herencia de Philip Roth, Tiempo de vida es el testamento de Juan Giralt escrito por su hijo.

CUANDO LA FICCIÓN ES SUFICIENTE

Ni lo uno ni lo otro encontramos en Mi madre, una breve narración de Richard Ford rescatada también por Anagrama esta pasada primavera. El título ya de por sí es revelador, como si su autor quisiera resaltar precisamente lo que le falta a la obra: su madre. Edna Akin es una mujer apenas esbozada, recordada en mosaicos que nunca llegan a componer una imagen, que no sirven siquiera de metáfora a una vida o una época, si bien a veces Ford parece oscilar entre ambas opciones. Edna Akin es su madre como podría no serlo, porque la mirada con la que la retrata no es la del hijo, pero tampoco la del escritor, ni siquiera la de un cronista. Parece, más bien, la del notario, lo que en alguien que ha descrito como pocos las pequeñas heroicidades de la vida cotidiana no deja de sorprender.

En Mi madre vemos constantemente la deuda, el homenaje, la pleitesía en cierto modo obligada, el expediente a ventilar cuanto antes. Y no se entiende. Por momentos se diría que Ford busca la sencillez, el relato de momentos escogidos, como si de ese modo, como si mediante esa enumeración, pretendiera desvelarnos algo esencial, pero es un intento que hace agua desde el momento en que no descubrimos lo que en las otras obras encontramos: verdad.

Es cierto que Mi madre no es un libro sobre dos, ni sobre un patrimonio heredado, que no es un libro sobre el perdón, ni sobre la reconciliación, pero tampoco parece, como afirma su autor, “un acto de amor”. Y es que ese amor, que legítimamente puede ser relatado sin apelar a la calidez, viene sustentado por una escritura que no rehuye algunos tópicos, lo que de nuevo sorprende en un autor como Ford. Repetir que entre hijo y madre solían intercalar en sus conversaciones la fórmula, tan propia de los estadounidense, “I love you” no dota de sinceridad el relato, no apela a lo verdadero. En todo caso, si algo subyace en todo este texto es el respeto entre madre e hijo y, casi en la misma proporción, el pudor. Ese pudor lastra igualmente la lectura.

Una obra que pretende nacer como “un acto de amor”, lo que ya de por sí supone una declaración explícita, no puede escudarse en el pudor para soslayar algunos aspectos clave -la evolución de la enfermedad terminal de Edna Akin, por ejemplo- sobre la sustancia de ese amor. No basta con declararlo, no si uno decide publicar un libro que se titula Mi madre. Richard Ford podría no haber hablado de su madre, si ese respeto, y sobre todo ese pudor, le impedían hacerlo con profundidad, pero no podía dejar de hablar de él mismo en relación a su madre, tal y como Giralt Torrente comprende desde la primera página de su Tiempo de vida.

Si el personaje de Edna Akin se confunde con el de cualquier otra mujer de la época, si su singularización resulta difusa, es porque Ford tampoco se individualiza como hijo, y en consecuencia su mirada no desprende originalidad, vida ni verdad. Mi madre no es por tanto el duelo de Richard Ford, como tampoco es su herencia, ni una despedida, ni el testamento en nombre de Edna Akin. Podríamos decir que Mi madre es el relato de una mirada distanciada, tal vez la única manera que el hijo ha encontrado para que el escritor recuerde. En cierto modo, eso convierte Mi madre en un homenaje, pero es precisamente ese distanciamiento el que nos impide encontrar las causas más hondas de ese homenaje. Aprendemos más de cómo padece Richard Ford en sus ficciones. Si se quiere ver así, Mi madre le consagra como cuentista y novelista.

Es habitual escuchar que los escritores se dedican a la literatura como un medio de prolongar su inmadurez, de postergar, o en el mejor de los casos, de evitar el ingreso en la edad adulta. La muerte de sus padres supone una cesura irremediable para ese deseo no tan inconsciente. De pronto el escritor, que a su vez puede haberse convertido en padre, pierde su cualidad de hijo, la última probablemente que de modo simbólico le ataba a la inmadurez. Por eso su venganza conlleva una una paradoja, pues se trata de una huida hacia adelante y, por consiguiente, preñada de inmadurez: escribir un libro. Sólo de ese modo sus padres, sus madres fallecidos, permanecen vivos y a su lado. Sólo de ese modo posterga su adulta madurez.

[Publicado originalmente en el número julio-agosto 2010 de la revista Clarín]

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