ALBERTO OLMOS: EJÉRCITO ENEMIGO

LA EXPECTATIVA
El caso de Alberto Olmos (Segovia, 1975) no deja de ser singular. Con tan solo 23 años debutó en 1998 como finalista del Premio Herralde con la que hasta la fecha sigue siendo su mejor novela, A bordo del naufragio. Veinticuatro horas en la jornada de un joven enfurecido consigo mismo y con el mundo servían en esa novela como retrato de una generación que, en efecto, a veces parecía enfurecida con el mero hecho de no encontrar una causa concreta para tanta furia.
Excepto alguna publicación minoritaria, no hubo noticias de Olmos hasta ocho años después, cuando Lengua de Trapo, donde aparecerían sus siguientes novelas, publicó Trenes hacia Tokio, Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid. Desde entonces Olmos ha mantenido el ritmo constante de un libro por año. Aún estábamos a la espera de una obra que confirmara las promesas encerradas en aquella primera. Sin lugar a dudas, su narrativa posterior no había terminado de cuajar. En algunos casos, así El talento de los demás, se trataba de indisimulados copiar-pegar de viejos archivos sin mucho aliento. En otros, como el de El estatus, alcanzaba un equilibrio formal innegable, algo que debió de reconocer el jurado del Premio Ojo Crítico, concedido por Radio Nacional de España.
Es de imaginar que ese laureado currículo para un autor de su edad pesó en la decisión de la revista Granta a la hora de incluirlo en su selección de los mejores autores jóvenes en español, lo que a su vez parece haber facilitado que esta nueva novela la publicara Mondadori. Ejército enemigo, sin embargo, no es ni de lejos una novela de madurez, como cabría esperar, sino más bien un relato epigonal, donde la sombra de Michel Houllebecq estorba en cada párrafo.
Al contrario, no obstante, que en el caso del francés, la narración de Olmos avanza demasiadas veces a costurones, como si, otra vez, viejos textos almacenados en alguna carpeta sirvieran aquí de retales sin otro ánimoque el de sumar páginas. En lo que sí se parece a su maestro es en la búsqueda de asuntos de actualidad mediática y en una cierto afán provocador, que aquí, por lo demás, resulta más bien candoroso. Sin ir más lejos, la tesis principal que esta novela parece sostener, enunciada en numerosas ocasiones, no es otra que la de que, en un sistema voraz hasta con sus propias contradicciones, la solidaridad ha fracasado. Conviene aclarar que lo que el narrador y protagonista de esta historia entiende por solidaridad tiene que ver, sobre todo, con el correlato contemporáneo de la caridad, es decir, con la labor de ciertas ONG, con las coartadas humanitarias para la promoción de algunos artistas, con los anhelos, en ocasiones ingenuos, de la juventud, etc. Por sorprendente que parezca, Olmos dedica 280 páginas a demostrar tal evidencia, incluso se diría que pretende resultar escandaloso, lo que en algunos pasajes resulta ruborizante -así la conversación entre el narrador y Eduardo sobre el cambio climático, por ejemplo-.
También a la estela del francés, y como no podía ser de otra manera, el sexo ocupa buena parte de cada capítulo. Igualmente resulta candoroso que autor alguno pretenda resultar provocador u original elaborando intrincados razonamientos sobre la masturbación desde la llegada del porno a internet. Alberto Olmos, no obstante, parece tomárselo en serio. De igual modo parece tomarse en serio la trama de esta historia, sustentada en temblorosos pilares: coincidencias, terroristas que se comunican a través de correos electrónicos de servidores comerciales, ideas surgidas echando un rato frente a una cerveza, etc.

CAMBIAR DE PRISMA
Llega un momento en que el lector siente que está haciendo algo mal, que no está abordando esa obra desde el lugar apropiado. Algo se le escapa, no puede ser cierto que en cada página el mismo tono pretendidamente provocador se extienda para hablar de pajas, tías a las que follarse, pollas enhiestas, falsos altruistas que en realidad están forrados… caca, culo, pedo, pis, en definitiva. Y entonces uno parece dar con la clave. Ejército enemigo era en su origen una novela concebida para un público adolescente, pero tras una artimaña comercial su nuevo sello la incluyó en una colección de adultos.
Tiene esta novela, en efecto, todo para atraer a ese público: su asesinato, su ciber-intriga, su sexo, su protagonista friki, sus chats, sus actualidad más inmediata, su rabia de bachillerato, etc. Incluso atesora dosis ingentes de ingenio, en lo que Olmos, como demuestra en sus blogs, es maestro. Podemos así comprender esos largos interludios, que nada aportan a la endeble trama, sobre encuentros procaces en la Red, ese gusto de cafetería de facultad por la frase lapidaria, por la metáfora brillante, esa filosofía de suplemento dominical, ese afán púber por la trascendencia, etc. Desde ese prisma, Ejército enemigo es una novela comprensible y que funciona a la perfección, destinada a un tipo de lector en auge, poco exigente, mayoritario, deseoso de ese tipo de novelas que antaño, en efecto, surtían las colecciones juveniles pero que hoy día, elaboradas por escritores dotados para la prosa, inundan los estantes de los centros comerciales.
Alberto Olmos, qué duda cabe, ha dado un paso de gigante en su proyección mediática, ha depurado su prosa, ha conquistado a lectores a los que antes no hubiera llegado ni por asomo y todo ello en virtud de una opción personal perfectamente válida, si bien el lastre soltado para tal vuelo es el de la literatura. Probablemente, muy a su gusto, Olmos ya forma parte de los escritores de consumo y, previsiblemente, a partir de ahora nos cueste encontrar hálito alguno en sus historias. Ejército enemigo se convierte así en una apuesta consciente de la que su autor sale ganador. Como no podía resultar de otro modo, llegar a un lugar nuevo entraña abandonar otro. Habrá a quienes les guste más el de partida que el de llegada y viceversa. Eso ya no nos corresponde juzgarlo a nosotros.

ENTRETENERSE
Ejército enemigo nos lleva a una reflexión sobre algunos modos de la narrativa contemporánea actual y que pasan por la sobresaliente capacidad de autores como Olmos, avezados en su oficio, cuidadosos con su estilo, lectores voraces y devoradores de cultura contemporánea, para esquivar la estulticia más palmaria. Con todos esos ingredientes, a los que habría que agregar la imaginación y la creación de argumentos más o menos con tirón, han sabido cocinar una literatura alejada de la zafiedad, de lo anodino, del estilo plano a la par que la grandilocuencia vacía, y crear así obras como esta. Su factura, salpimentada con asuntos de actualidad abordados desde una mirada no demasiado superficial, pueden resultar estimulantes para ciertos lectores renqueantes, sin ganas de gimnasia mental pero no tan perezosos como para conformarse con una cuantas flexiones a lo, digamos, Paulo Coelho.
La confusión surge cuando se intenta disfrazar estos libros de lo que no son, un empeño que en muchas ocasiones no viene ni siquiera de parte de sus autores. Este es el caso, tal vez, de Alberto Olmos, que en esta oportunidad parece consciente de haber escrito una novela sin más pretensiones que la de entretener al mayor número de personas, como se desprende de algunas de sus declaraciones. Así, nos encontramos con varias paradojas que Olmos encarna a la perfección. Por un lado, la crítica, en este caso representada por la revista Granta, parece imprimir una pátina de prestigio a ciertos autores, mientras que la campaña promocional de esos mismos autores se dirige a un tipo de lector que de creerse -o de conocer- los mimbres de ese supuesto prestigio nunca se acercaría a la obra. Estos novelistas citan a a otros autores, o se dicen en su estela -Olmos no tiene empacho en señalar, en este sentido, a Faulkner y Beckett-, de mucho más calado. De este modo otra vez paradójico amagan hacia el sector de lectores que, se diría, les gustaría tener, mientras que cada una de sus páginas va dirigida al consumidor que en el fondo parecían tener en mente al entregar la novela.
En contra de lo que pudiera parecer no se trata de una tierra de nadie. Antes bien, se da por supuesto que ese lector más exigente, que puede desentenderse de vistosas campañas promocionales y fiarse de criterios en principio más ecuánimes, siempre, en su reducido número, estará ahí. Así que la publicidad va dirigida hacia el sector indeciso, ese, por ejemplo, que leyó las últimas novelas de Saramago creyendo que leía algo mínimamente parecido a la obra que le condujo hasta el Nobel y se regodeó al encontrarlo tan ameno. Y en eso, en lo ameno, en lo entretenido, parece radicar la clave. Ejército enemigo, como tantas otras novelas en su estilo, consigue lo que, según muchos, debe ser la función primordial de la literatura: entretener. Habrá quien prefiera para ello pelar patatas, apuntarse a clases de tango o ver el telediario, es decir, actividades de las que seguramente uno sale siendo exactamente la misma persona de antes, pero con varias horas menos.
Pues eso, que cada uno haga con su tiempo lo que dé la gana.

[Publicado originalmente en Hermano Cerdo y en el n.º 97 de Clarín]

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