ISAAC ROSA: LA MANO INVISIBLE (ED. SEIX BARRAL, 2011)

NO HAY MUNDO DEL TRABAJO

Si a estas alturas a alguien le seguían quedando dudas, esta novela las acabará de despejar: Isaac Rosa juega de titular en la liga más exigente. La mano invisible es una novela imposible, o eso parece desde sus primeros párrafos. ¿De verdad se ha atrevido este loco a escribir casi cuatrocientas páginas no sobre el mundo del trabajo, sino sobre el trabajo en sí? Imposible, ya digo, resulta evidente que en algún momento tamaño empeño va a naufragar. ¿O es que este tipo es tan ambiciosamente ingenuo para sentirse capaz de reflejar, con una exactitud pasmosa, la jornada de trabajo de una teleoperadora, de un albañil, de un carnicero, de una operaria de cadena de montaje..? Y además pretende hacerlo en forma de ficción, con sus personajes, sus conflictos, su intriga, etc.

Lo hace.

La mano invisible es un reloj de precisión suiza, que avanza al milímetro, que en su propia monotonía resulta adictivo, hipnótico, inexplicablemente fluido. La mano invisible es un caudaloso río en un paisaje desértico, algo inconcebible, a la altura únicamente de un quimérico arquitecto. Isaac Rosa publicó hace siete años El vano ayer y sí, no hubo nadie que negara ese portento, pero era un escritor muy joven, vigoroso, atrevido, sin miedos y con todo el tiempo del mundo, por tanto, para perder por el camino sus dotes analíticas y narrativas. Después del experimento que supuso ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, donde se reinventa a sí mismo, se descuelga con una novela sobre el miedo o, mejor dicho, sobre los miedos cotidianos. En efecto, no sobre personas que padecen miedos, sino sobre el miedo en sí. El país del miedo era algo tendencialmente similar a La mano invisible. También allí, alejado de los arabescos de El vano ayer, veíamos un mecanismo construido, qué duda cabe, a golpe de borradores, hasta dotar su pulso narrativo de esa extraña cadencia adictiva. Había depurado su lenguaje, se había centrado en la mera esencia, pero conseguía que todo su relato transpirara vida, es decir, literatura.

Si de verdad quería confirmarse como un nombre insoslayable en la narrativa en español, parecía necesario que lo hiciera dando una nueva vuelta de tuerca a su trayectoria. Tal vez era pedir demasiado. Y entonces comienzan a llegar noticias de que Rosa preparaba una novela sobre el trabajo. O sea, una novela de tesis, pensamos, una novela no política, sino ideológica y, en consecuencia, sin lugar al pensamiento en fuga, a la desestructuración, al escepticismo. Una demostración de una hipótesis seguramente trasnochada, ya sabéis, toda esa cantinela de versos enmohecidos: dignidad, explotación, capitalismo, lucha obrera, huelga e, incluso, sindicato. Me siento idiota de haber llegado a pensar, siquiera por algún segundo, en algo así, pues eso lo hubiera hecho un escritor de izquierdas.

SÍ, TODOS SOMOS DE IZQUIERDAS

Rosa es un escritor, y también es de izquierdas. Parece lo mismo, pero no es igual. Es el relato de esta novela el que comporta ideas de izquierdas, no el pensamiento de izquierdas -tradicional- el que condiciona el relato. Dicho de otro modo, Isaac Rosa se convierte en un espectador, y no en juez, de su propia novela, por mucho que sepa desde la primera línea cuál es su intención. Todos somos mayorcitos para sacar nuestras propias conclusiones, claro, ¿pero dónde colocar al lector, dónde situarlo exactamente para que adquiera esa cualidad de espectador? Entre el público.

La mano invisible es la construcción de un panóptico, donde en lugar del vigilante imaginado por Bentham encontramos un cuerpo colectivo, difuso, presumiblemente heterogéneo, confundido aunque avizor: el público que cada día, a contraluz para ver sin ser visto, presencia desde una grada la jornada laboral de un grupo de trabajadoras y trabajadores, tan arbitrario como representativo de una sociedad que, por mucho que esos versos enmohecidos sigan loando, jamás volverá a unir las palabras ética y trabajo.

Se puede escribir a discreción sobre la precariedad material y existencial de nuestros días, más sangrante cuando el trabajo, y el mito del pleno empleo, no logran paliarla, pese a que en Occidente los medidores de riqueza superen a los de cualquier época pasada. Sí, podemos escribir sobre ello, analizarlo y encontrar cada una de sus raíces, pero solo hay una manera de comprender: recreando lo que el precariado, esa nueva clase, vive, vivimos, en carne propia durante cuarenta horas a la semana.

LA VIDA TAMBIÉN TRABAJA

Escribir sobre el trabajo era, hasta La mano invisible, escribir sobre las consecuencias del trabajo en la vida. Hoy sabemos que la vida se ha puesto a trabajar, que la extracción de valor se obtiene igualmente de innumerables aspectos inmateriales, precisamente los que componen la biografía cotidiana de cada trabajadora y trabajador. ¿En qué se transforma durante ocho horas diarias la vida de un mecánico o de una auxiliar administrativa? La pregunta no quiere interrogarse sobre en qué se transforma durante ocho horas la vida de los mecánicos o las auxiliares administrativas en general. Por si alguien aún no lo sabe, los contratos de dos meses, el despido libre, las empresas de trabajo temporal, etc., impiden la construcción en el seno de las centros laborales de un cuerpo homogéneo, de un nosotros. Por si a alguien se le escapaba, los conflictos laborales, gracias a una virtuosa estrategia del mando capitalista, se han convertido en conflictos individuales, lo que exige nuevos modos de organización colectiva que, cuando se dan, pasan por encima de sindicatos imposibles en una plataforma de televenta donde cada quien está contratado por empresas de trabajo temporal distintas, por la propia compañía donde desarrolla su labor o por una misteriosa subcontrata.

La vida puesta a trabajar es una vida desmembrada del órgano colectivo, y por tanto más vulnerable. Por eso, los trabajadores de La mano invisible comparten su lugar de trabajo, una fábrica de la infelicidad, por citar a Bifo, uno de los autores que Rosa menciona en sus agradecimientos, pero ocupan compartimentos estancos o, para ser más precisos y fieles al relato, registros diferentes en los programas informáticos de gestión de recursos humanos. La vida puesta a trabajar es por tanto muda. ¿Cómo hablar, entonces? Casi de un modo paradójico, regresando a los modos primigenios, pre-sindicales, si se prefiere, como lo eran aquellas tabernas proletarias, hoy cafeterías en los polígonos industriales como este, que podría ser cualquiera, de La mano invisible. Es en vano, claro, pues el daño está hecho, y si hoy presenciamos modos de agregación atípicos, desde centros sociales hasta nuevas herramientas virtuales, nada de ello encontraremos en esta novela, que carece de consignas reivindicativas, de sudores fuera de la jornada laboral: ya lo hemos dicho, este es el texto imposible -a priori- del trabajo en sí.

Me gusta el tono falsamente clásico de esta narración, porque a la postre resulta más rompedor que tanto experimento gaseoso; me gusta la contemporaneidad de su asunto en principio manido, porque destroza tanto alarde de espurio posmodernismo; me gusta la juventud de su autor, porque le pasa una bayeta de madurez a tanto izquierdoso; me gusta que sea español, porque supera toda una brillante tradición, pésimamente heredada, de novela social; me gusta su brutal autoexigencia, que se carga de un plumazo la cándida corriente del todo vale; me gusta incluso que esta obra magistral esté pasando relativamente desapercibida, porque confirma que se sitúa al margen del pensamiento hegemónico. Me gusta que haya incomodado, así, sin más ruido que el onomatopéyico del teclear en un ordenador, del de una máquina de coser o el de las tuercas apretadas de un viejo coche. Y me gusta que la nave del polígono donde trascurren estos trabajos se quede a la espera de un ominoso no se sabe qué.

Probablemente de otra novela.

[Publicado originalmente en Hermano cerdo y en el número 96 de Clarín]

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