‘NOS VEMOS ALLÁ ARRIBA’ (PIERRE LEMAITRE. ED. SALAMANDRA, 2014)

Nos vemos allá arriba_150x230Cuando contar no es suficiente.

Se cumple este año el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial y son numerosas las publicaciones en torno a la efemérides: novelas, cómics, suplementos especiales, etc. Nos vemos allá arriba, novela del francés Pierre Lemaitre, llega ahora a España después de un éxito arrollador en su país. Lo hace bajo el paraguas de Salamandra, que una vez más apuesta por eso que se llama “best sellers de calidad”. Más de medio millón de ejemplares vendidos en Francia y toda una batería de premios, entre ellos el Goncourt, parecen avalar una apuesta segura.

La novela, desde luego, cuenta con una trama ingeniosa, unos personajes tan peculiares como para que cueste olvidarlos, una visión cáustica y alejada de moralinas, pese a que el asunto central daba para ello: Lemaitre arranca la obra en los últimos días de la Guerra y centra el grueso de la historia en los años inmediatamente posteriores. El patriotismo convertido en negocio, el arribismo de políticos y empresarios a costa del sufrimiento ajeno, el olvido por parte del Estado de sus antiguos combatientes, jóvenes mutilados, traumatizados, condenados a la miseria por un país que les hizo luchar para defender su supuesta grandeza.

Albert Maillard y Édourd Péricourt, que se conocen en medio de una esperpéntica tragedia durante el último acto bélico de la Guerra, encarnan a la perfección todo ello. Estos excombatientes, cuyas vidas jamás habrían iterseccionado, acaban por desarrollar una memorable sociedad que, de algún modo, se rebelará contra la hipocresía dominante a través de una historia que reúne todos los ingredientes necesarios de la cocina más o menos comercial: amor, odio, amistad, guerra, ambición, pobreza, riqueza, intriga, denuncia social, etc. El mérito mayor, insistimos, es su mirada cínica y a veces hirientemente divertida.

No obstante, pese a todas esas cualidades, Nos vemos allá arriba acaba sabiendo a poco. A pesar de su vocación por crear grandes personajes, por caracterizarlos con gran solvencia, por ponerles en situaciones límite, al retrato le falta profundidad. Podríamos decir que la trama va en detrimento de los personajes, lo que puede resultar paradójico en una novela sustentada sobre todo en sus protagonistas.

Uno tiene la sensación de que debe hacer un esfuerzo notable para creerse las motivaciones de los personajes, sus anhelos, su psicología, sus ambiciones, su pusilanimidad, etc. Es una novela de acción, e incluso los monólogos interiores, los pensamientos, los momentos de introspección, están puestos al servicio de la trama, es decir, de que la historia avance por avanzar. Se trata de una falla característica de las novela de entretenimiento, “populares”, si preferimos. Pasamos un buen rato, ciertamente, pero no encontramos complejidades en unos personajes situados en situaciones extremas, lo que exigiría una mayor densidad humana.

Hay trazo gordo, por ejemplo, para entender el desmedido afán de notoriedad del teniente d’Aulnay-Pradelle, personaje sin ningún escrúpulo, falto de cualquier ética, incapaz de valorar la vida humana, que supedita todo al beneficio económico, así sea su matrimonio o un acto deshonroso de guerra. Tanta maldad acaba por convertirlo no tanto en un tipo humano como en un estereotipo. Y así con todos los demás.

El lector, por tanto, desde las primeras páginas ya sabe cómo ha de posicionarse. No hay lugar para las dudas, para que tomemos nuestras propias decisiones a medida que avance el relato. El maniqueísmo es tan evidente que desde el capítulo inicial ya sabemos dónde colocar nuestras simpatías y antipatías.

La excepción, quizás, provenga de algunos pasajes relacionados con Maillard, especialmente en las acciones desesperadas que lleva a cabo por conseguir la morfina de su compañero y, sobre todo, en sus decisiones finales para escapar de la pobreza. Es en esos momentos cuando el lector, por primera vez, siente incomodidad, flaquea en sus juicios, atisba aristas propias en cualquier naturaleza humana y siente, en definitiva, que su inteligencia es puesta a trabajar.

No es mucho para una novela tan extensa como esta. No es mucho para que cambiemos de opinión sobre el juicio general que nos merece la obra. Nos vemos allá arriba aspira a contar un argumento y denunciar la miseria de una época concreta. En ello sale airosa, pero podría haberse valido de armas mejor afiladas.

[Reseña aparecida en el n.112 de Clarín, revista de nueva literatura y en Hermano Cerdo]

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