‘LOS COMBATIENTES’, DE CRISTINA MORALES (ED. CABALLO DE TROYA)

ECT51228.jpgNo había leído aún Los combatientes, primera novela de la joven Cristina Morales (Granada, 1985) que causó cierto revuelo cuando se descubrió que un par de párrafos sobre la juventud llamada a la acción política correspondían a Primo de Rivera. Me alegro de haberlo hecho por fin. Hacía tiempo que no leía algo con una cualidad como la que aquí es, sin duda, la principal: la intensidad. Los combatientes es una novela breve, que no trata tanto de narrar una historia como de removernos por dentro, a golpes si hace falta, a veces certeros, otras potentes aunque algo desviados, algunas veces a traición y siempre, qué duda cabe, obligando al lector a mantener la guardia, la atención por todo lo alto.

La historia que traza en sus páginas es una historia colectiva, y en eso también radica su fuerza. A través del proceso para crear un pequeño grupo de teatro en la Universidad de Granada, de los ensayos para su primer montaje, de retazos de la propia representación así como de la historia sentimental de la narradora, Los combatientes no trenza tanto un argumento como un discurso. Es un discurso insertado de lleno en el contexto actual: la precariedad, la falta de expectativas para toda una generación y la ansiedad frente a un futuro incierto que se expresa a través de los cuerpos, de la composición colectiva con los demás, de la afectividad y la cotidianidad.

Cristina Morales, con un acierto pasmoso, revela lo que ya sabemos, pero no siempre materializamos: que la soledad es una pasión triste, un triunfo del mando y gobierno de unos pocos que logra incardinarse en nuestra subjetividad, un triunfo al fin y al cabo que nos derrota. La única salida, claro, es la colectividad, así sea en la expresión coral de un grupo de jóvenes dispuestos a derribar el discurso dominante sobre un escenario.

Es un combate sin tregua, extenuante: es saltar a la comba al ritmo de palabras que no describen, sino que desenmascaran el lenguaje habitual y su significado pletórico de hegemonía. Uno a uno, como fogonazos abrasadores, Los combatientes incendian las verdades asentadas gracias a todos esos mecanismos habituales de control: el arte, la escritura, el feminismo casposos y nada transformador, el conocimiento estéril. El conformismo.

En esta primera novela, su autora ha mostrado con contundencia sus armas, y anuncia una narradora que no dejará indiferente a nadie. Cada una de sus páginas constituye una provocación, y ahí es donde radica su mayor acierto, aunque también su mayor riesgo. La línea que divide la provocación de la pose es a veces tenue, y Morales, tal vez, la cruza en alguna ocasión. Denunciar, señalar, maldecir a los tontos que se creen listos no siempre es sinónimo de transformación, sino que a veces puede agotarse en una mera apuesta estética.

Aun así, esas caídas se solventan en trechos cargados de verdad. Son aquellas páginas en las que su narradora, golpeada por avatares tan pocos indulgentes como prosaicos puedan resultar los quebraderos amorosos, muestra también su propia vulnerabilidad. Y eso da carne a la narración. No hay grandes relatos en estas novela, no hay grandes épicas, no hay heroicidad grandilocuente. Hay la verdad de una guerra inclemente: combate, sí, dureza cuando hace falta, pose si se quiere, atrevimiento y audacia, pero hay también intimidad y pequeñas miserias que humanizan a su personaje principal. Y por eso sabemos que Los combatientes habla de ti y de mí también. De cada uno de los que estamos en esto.

Avisa la solapa de esta novela de que la historia verdadera que aquí se nos cuenta está basada en hechos ficticios. En otras palabras: que su autora sabe perfectamente lo que es la literatura. O mejor dicho, qué debería ser la literatura.

Escasean obras que lo entiendan. Los combatientes lo tiene claro.

[Publicado originalmente en Hermano Cerdo y en el n.º 115 de Clarín, revista de nueva literatura].

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