Peter Pan a través del espejo (de Alicia)

Lewis Carroll y Alice Lidell
Lewis Carroll y Alice Lidell

Lewis Carroll no podría haber concebido Alicia en el país de las maravillas en un lugar distinto a un río, en concreto el Támesis. Lo hizo un cuatro de julio de 1862 en Oxford, cuando aún era un joven sacerdote que solía remar en compañía de las pequeñas Lidell, entre las que sin duda prefería a Alicia. Y es que Alicia en el país de las maravillas es la historia de una mutación constante: de un devenir, una fuga perpetua de su territorio. Un río, en definitiva.

J. M. Barrie, sin embargo, unas cuatro décadas después, prefería los londinenses Jardines de Kensington para pasear con los hermanos Llewelyn Davies. En ese escenario, perfectamente acotado, justo lo contrario que un río en movimiento, solía caracterizar al pequeño Peter como aún hoy muestra una pequeña estatua del parque: ahí nació Peter Pan, que después de varias versiones teatrales acabaría en forma de novela en el año 1911 con el título de Peter y Wendy.

Peter Pan simboliza la búsqueda de una identidad, esto es, una construcción social, estable y convencional: una quimera, en definitiva, que solo se puede dar en un lugar fantástico (Nunca Jamás) o en el pasado reciente (la época victoriana).

Ya desde el inicio de la novela Barrie muestra que la fantasía, las aventuras, el aparente desprecio a las normas sociales, son solo el contrapunto necesario para sustentar justamente lo contrario, es decir, lo estático, lo correcto, lo rígido.

Así, en el primer encuentro entre los protagonistas, Wendy (un nombre, por cierto, inventado por el propio Barrie) le cose a Peter su sombra a los talones y ya presentimos que de eso tratará el libro: de mantener a cada quien en su sitio -las niñas cosen y los niños juegan- y cualquier desplazamiento reducirlo al mundo de los ensueños. De hecho, Peter Pan acabará raptando a la hija agradecida de Wendy para que le pueda realizar por siempre la limpieza de primavera, y cuando ella crezca, lo harán sus hijas, y después las hijas de ellas, “y así seguirán las cosas”.

Wendy es por tanto el verdadero eje en torno al que gira el mensaje romo del texto. Ella condensa lo imposible, el deseo sublimado viril y heterosexual a partir del cual estructurar toda la masculinidad y el dominio social del hombre en una época añorada, la victoriana, rígida y compartimentada como pocas. Wendy representa de un modo arquetípico a la hermana, la esposa y la madre, la mujer, en definitiva, pura, que debe permanecer inmutable para que el niño, el hermano, el hijo, el marido y el padre, el hombre victoriano, pueda mantener su hegemonía, anclada por demás en un tiempo marcado por el reinado, precisamente, de una mujer. Se trata de un desesperado grito de auxilio: cuando Barrie estrena Peter Pan, la reina Victoria llevaba tres años enterrada en el Mausoleo de Frogmore.

Nunca Jamás como reverso del País de las maravillas

Quien sí creció y murió bajo el reinado victoriano fue Lewis Carroll. El País de las Maravillas se sitúa en el reverso de Nunca Jamás hasta el punto de que si a este se llega volando, al otro se cae por un agujero. Siguiendo la segunda estrella a la derecha no encontramos el país de Nunca Jamás, sino Buckingham Palace, el lugar a salvo de garfios, así vinieran del Capitán Swing o de los tejedores de Manchester.

Si Nunca Jamás es el lugar del Siempre Eternamente, el país donde los niños no crecen, donde sus cuerpos no experimentan variación alguna, la primera prueba de Alicia al caer en el País de las Maravillas consiste en manipular el suyo, en acrecentarlo o menguarlo mediante la ingestión de brebajes y alimentos mágicos. Si Alicia quiere entrar en el País de las Maravillas tiene que empezar por cuestionarse los límites de su propio cuerpo y, a continuación, su identidad: quién eres, debe responder como una de las primeras pruebas. Sólo mediante ese cuestionamiento comienzan sus aventuras, sus nonsenses, que ya no serán tales.

peter morir_optPodemos concluir que si Alicia no hubiera perseguido a su elegante conejo, Peter Pan nunca habría nacido. Barrie quiso contrarrestar esa osadía y devolver a su mundo el orden de una época que Alicia había hecho pedazos con cada mordisco a la seta mágica. Carroll nos invita a remar con él en el Támesis, mientras que la nave de Barrie nunca navegará más allá de los estrechos límites de un estanque artificial.

A la larga, si es cierto que la justicia puede ser poética, los versos de la realidad se torcieron para darle a cada uno la razón, pero de modo inverso. Así, cuando Barrie era apenas un adolescente, aquella Alice Lidell que inspirara el cuento, ya clásico por entonces, mantuvo un romance con el príncipe Leopoldo, el menor de los hijos de la reina Victoria. Finalmente acabó esposada con un rico heredero y entrando de lleno en la rigidez de los corsés y la alta sociedad de la época: entró de lleno, antes de su creación, en Nunca Jamás. Carroll se irritó tanto que le pidió prestado el manuscrito original del cuento para publicar la edición facsímil.

Por su parte, Peter Llewelyn Davies, tras ver morir a sus hermanos en la Gran Guerra, donde él mismo fue soldado, escandalizaba a los suyos al mantener una relación con una mujer casada y 27 años mayor que él. La reacción de Barrie tampoco desmerece: excluyó a Peter de su testamento.

Hoy sabemos que era Peter Llewelyn Davies quien debería haber viajado en aquella barca que en julio de 1862 navegaba de Oxford a Godstow. Era él quien debería haber accedido al mundo subterráneo que Carroll imaginó para una niña a la que, ya octogenaria, el propio Peter iba a conocer brevemente en Estados Unidos, cuando ella conmemoraba en la Universidad de Columbia el centenario del nacimiento del escritor. Tal vez así hubiera evitado aquello que en 1960 le impulsó a experimentar hasta las últimas consecuencias con los límites de su propio un cuerpo. Si Peter hubiera sido Alice quizás nunca se habría arrojado al paso de un convoy de metro. Habría mantenido inalcanzable la materialización de eso otro deseo sublimado de Peter Pan cuando, exhausto sobre una roca de la Laguna de las sirenas, exclamó: “Morir será una aventura impresionante”.

[Publicado originalmente en el número 7 de El Buen Salvaje]

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